Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Ciclo A.-

9 de abril de 2017

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

- Ciclo A.-

PROCESION DE LAS PALMAS

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (11, 1-10)

 

Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, y Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles:

– Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita y lo devolverá pronto.”

Fueron y encontraron el borrico en la calle, atado a una puerta, y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron:

– ¿Por qué tenéis que desatar el borrico?

Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron. Llevaron el borrico, le echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban:

- Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Hosanna en el cielo!

 

 

MISA

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (50,4-7):

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24


R/.
 Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, 
hacen visajes, menean la cabeza: 
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; 
que lo libre, si tanto lo quiere.» R/. 

Me acorrala una jauría de mastines, 
me cerca una banda de malhechores; 
me taladran las manos y los pies, 
puedo contar mis huesos. R/. 

Se reparten mi ropa, 
echan a suertes mi túnica. 
Pero tú, Señor, no te quedes lejos; 
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/. 

Contaré tu fama a mis hermanos, 
en medio de la asamblea te alabaré. 
Fieles del Señor, alabadlo; 
linaje de Jacob, glorificadlo; 
temedlo, linaje de Israel. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,6-11):

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (26,14–27,66):

C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: 
S. «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: 
S. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
C. Él contestó:
+ «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: “El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.”» 
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: 
+ «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?»
C. Él respondió:
+ «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.» 
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho.»
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: 
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo.»
C.. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo: 
+ «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.» 
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.” Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.» 
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
C. Jesús le dijo:
+ «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.» 
C . Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
+ «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo: 
+ «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.» 
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.» 
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.» 
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: 
S. «Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!»
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?»
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.» 
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.» 
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron: 
S. «Éste ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.”» 
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?» 
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.» 
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.» 
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte.»
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo: 
S. «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo: 
S. «También tú andabas con Jesús el Galileo.»
C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
S. «No sé qué quieres decir.»
C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
S. «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron: 
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.» 
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: 
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: 
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato: 
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?» 
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: 
S. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.» 
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás.»
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Contestaron todos:
S. «Que lo crucifiquen.»
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Que lo crucifiquen!»
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo: 
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
C. Y el pueblo entero contestó:
S. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo: 
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
S. «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.» 
C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo: 
S. «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?» 
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó: 
+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. «A Elías llama éste.»
C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: 
S. «Realmente éste era Hijo de Dios.»
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: 
S. «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré.” Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos.” La última impostura sería peor que la primera.» 
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.» 
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

“Actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. “Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido” (San Andrés de Creta). “Realmente su pasión saludable abatió a los principados y triunfó sobre los dominadores del mundo y de este siglo, liberó a todos de la tiranía del diablo y nos recondujo a Dios. Sus cicatrices nos curaron y, cargado con nuestros pecados, subió al leño; y de este modo, mientras él muere, a nosotros se nos mantiene en la vida, y su pasión se ha convertido en nuestra seguridad y muro de defensa” (San Cirilo de Alejandría).

San Juan Crisóstomo nos presenta la Pasión del Señor como ESCUELA DE PACIENCIA: “Le han desnudado, le han crucificado, le han dado a beber vinagre; pero aun pasan más adelante. Le contemplan cla­vado en la cruz, y todavía le escarnecen ellos y los que por allí pasan… Y Él callaba a todo, y así nos preparaba el mejor remedio, que es la paciencia”. “Los que creían haber vencido, fueron más que nadie confundidos y derrotados y se perdieron; y el que pare­cía haber sido derrotado, ése brilló más que nadie y venció con todo su poder. No busquemos, pues, ven­cer siempre, ni siem­pre tratemos de huir de la derrota. Veces hay que la victoria nos daña y la derrota nos aprovecha. Así, en los que se enfa­dan, parece haber vencido el que más injurias profiere; y en realidad ése es el más derrotado y dañado por la más fiera pasión. En cambio, el que sufrió pacientemente, ése venció y triunfó. El uno no fue capaz de dominar ni su propia pasión; el otro mató hasta la ajena. El uno fue vencido por su propia pasión, el otro salió triunfante hasta de la ajena”.

 

San Andrés de Creta:

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido.

Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará —dice—, no gritará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos, hacia el oriente, es decir, según me parece, hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde lo más ínfimo de la tierra hasta lo más alto de los cielos.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas.

Y si antes, teñidos corno estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor. (Sermón 9 sobre el domingo de Ramos. PG 97, 990-994)

 

San Cirilo de Alejandría:

Cristo, a pesar de su naturaleza divina y siendo por derecho igual a Dios Padre, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Realmente su pasión saludable abatió a los principados y triunfó sobre los dominadores del mundo y de este siglo, liberó a todos de la tiranía del diablo y nos recondujo a Dios. Sus cicatrices nos curaron y, cargado con nuestros pecados, subió al leño; y de este modo, mientras él muere, a nosotros se nos mantiene en la vida, y su pasión se ha convertido en nuestra seguridad y muro de defensa. El que nos ha rescatado de la condena de la ley, nos socorre cuando somos tentados. Y para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de la ciudad.

Por eso, repito, la pasión de Cristo, su preciosa cruz y sus manos taladradas se traducen en seguridad, en muro inaccesible e indestructible para quienes creen en él. Por lo cual dice justamente: Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen, y yo les doy la vida eterna. Y también: Nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Y esto porque precisamente viven a la sombra del Omnipotente, protegidas por la ayuda divina como en una torre fortificada.

Desde el momento, pues, en que Dios Padre nos sostiene casi con sus manos, custodiándonos junto a él, sin permitir que seamos inducidos al mal o que sucumbamos a la malicia de los malvados, ni ser presa de la violencia diabólica, nada nos impide comprender que las murallas de Sión designadas por sus manos, signifiquen a los expertos en el arte espiritual que, poseídos por la gracia, se dan a conocer en el testimonio de la virtud.

En consecuencia, podríamos decir que las murallas de Sión construidas por Dios, son los santos apóstoles y evangelistas, aprobados por su propia palabra, que nunca se equivoca ni se devalúa. Sus nombres están escritos en el cielo y figuran en el libro de la vida. No hemos de maravillarnos si dice que los santos son los baluartes y las murallas de la Iglesia. El mismo es el muro y el baluarte, como una fortaleza.

De igual modo que él es la luz verdadera y, no obstante, dice que ellos son la luz del mundo, así también, siendo él el muro y la seguridad de quienes creen en él, confirió a sus santos esta estupenda dignidad de ser llamados murallas de la Iglesia. (Comentario sobre el libro del profeta Isaías. Libro 4, or 4: PG 70, 1066-1067)

San Juan Crisóstomo:

Estaban los discípulos tan inseparablemente unidos con su Maestro, que tuvo el Señor que decirles: Permaneced aquí mientras yo me retiro para orar. Porque tenía Él costumbre de orar a solas. Lo cual hacía para enseñarnos a nosotros a que también nos procuremos para nuestras oraciones la mayor tran­quilidad y soledad. Y, tomando a sus tres predilectos, les dijo: Triste está mi alma hasta la muerte. — ¿Por qué no los tomó a to­dos consigo? —Para que no se abatieran. Sólo llevó consigo a éstos que habían sido testigos de su gloria. Y aun a éstos los dejó. Y, adelantándose breve trecho, oró diciendo: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz. Sin embargo, no sea como yo quiero, sino como tú. Y marchó a ellos, y los halló dormidos, y dijo a Pedro: ¿Conque no habéis sido capaces de velar una sola hora conmigo? Velad y orad para que no entréis en tentación. Porque el espíritu está pronto, pero la carne es flaca. No sin razón se dirige el Señor particularmente a Pedro, a pesar de que todos se habían dormido. Es que quería reprenderle también aquí por la causa que antes hemos dicho. Luego, como quiera que también los otros habían hablado como Pedro, pues cuando éste dijo: Aun cuando fuere menester morir contigo, yo no te negaré, nos cuenta el evangelista que lo mismo repitieron todos los discípulos; con todos habla el Señor, arguyendo su fla­queza. Porque los que alardeaban de morir con Él no tuvieron entonces fuerzas para permanecer despiertos y acompañarle en su tristeza, sino que se dejaron vencer del sueño. Mas Él ora intensamente. Y para que no pudiera pensarse que se trataba de un acto de hipocresía, por la misma causa corre el sudor por todo su cuerpo; para que los herejes no dijeran que su agonía fue ficción, le corre el sudor como gotas espesas de sangre, y aparece un ángel que le conforta, y se presentan otros mil signos del auténtico temor. Nadie pudiera decir que sus palabras eran fingidas. De ahí, justamente, la misma oración. Ahora bien, en las palabras: Si es posible, pase de mí este cáliz, nos descubrió su lado humano; mas al decir: Sin embargo, no sea como yo quiero, sino como tú, nos muestra su virtud y entrega al Padre, a la vez que nos enseña a seguir la voluntad de Dios, a despecho de toda la resistencia de la naturaleza.

…Después que hubo por tercera vez orado, vuelve, y ahora, sí, les dice: ¡Dormid ya y descan­sar! En realidad, aquél era momento de estar despiertos. Mas para darles a entender que no serían capaces de resistir ni la vista del peligro, sino que huirían y le abandonarían presas de pánico; y no menos para hacerles ver que no necesitaba de su ayuda, pues era de todo punto necesario ser Él entregado: Dormid ya y descansad —les dice—. He aquí llegada la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Con lo que una vez más muestra que cuanto sucedía entraba en el plan divino.

Levantaos, vamos de aquí. Mirad que se acerca el que me va a entregar. No pierde el Señor ocasión de enseñar a sus discípulos que su pasión no dependía de necesidad ni de flaqueza, sino que entraba en un designio inefable. Él sabía, en efecto, de antemano que sus ene­migos iban a llegar, y, sin embargo, no sólo no huyó, sino que les salió al encuentro. Y fue así que, cuando aún estaba Él ha­blando, he aquí que Judas, uno de los doce, se presentó, y con él una gran muchedumbre, armados de cuchillos y palos, man­dados por los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. ¡Hermo­sos instrumentos de los sacerdotes! Toda aquella chusma viene armada de cuchillos y de palos. Y Judas —dice el evangelista—, uno de los doce, iba con ellos. De nuevo le llama uno de los doce, y no se avergüenza. Y el que le había traicionado, les dio la señal diciendo: Aquel a quien yo besare, ése es; echadle mano. ¡Oh! ¡Cuánta maldad no mostró el alma del traidor! Porque ¿con qué ojos pudo entonces mirar a su maestro? ¿Con qué boca besarlo? ¡Oh abominable designio! ¡Qué consejo tomó! ¡Qué crimen cometió! ¡Qué contraseña dio en su traición! Aquel a quien yo besare —les dice—. Tenía él confianza en la manse­dumbre de su maestro. Pues eso más que nada era bastante para cubrirlo de ignominia, eso le quitaba todo perdón: haber entre­gado a un maestro tan manso. —Y ¿por qué dice Judas eso? —Sin duda, porque muchas veces había el Señor pasado por en medio de ellos al quererle detener, sin que ellos le vieran. Sin embargo, lo mismo hubiera sucedido entonces, si Él no hubiera querido que entonces se le detuviera. Y porque quería darle esa lección al traidor, cegó los ojos de sus perseguidores, y fue Él quien les preguntó: ¿A quién buscáis? Y no le cono­cieron, a pe­sar de llevar sus faroles y lámparas y tener a Judas consigo. Y cuando aquéllos le respondieron: A Jesús, entonces Él les dijo: Yo soy el que buscáis. Y luego a Judas: Amigo, ¿a qué has venido? Sólo después de haber hecho alarde de su poder, con­sintió que le prendiesen. Juan, por su parte, nos dice que hasta el último momento trató el Señor de corregir a Judas, diciéndole: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? Como si di­jera: ¿Ni de la forma de tu traición tienes vergüenza? Sin em­bargo, puesto que ni esto tampoco le detuvo, el Señor se dejó besar y se entregó voluntariamente a ellos, y ellos echaron sobre Él sus manos y le prendieron, todo en la misma noche en que habían comido la pascua. Tal era su furor y su locura. Sin embargo, de no habérselo Él consentido, nada hubieran podido contra Él. Este consentimiento del Señor no exime a Judas de su insoportable castigo, más bien le condena más gravemente; pues, no obstante las pruebas que tenía del poder de Jesús, de su modestia, de su mansedumbre y de su bondad, él se convirtió en la más salvaje de todas las fieras. (Homilía 83)

 

Entonces todos sus discípulos —dice el evangelista—, aban­donándole, emprendieron la fuga. En el momento de prenderle aún resistieron; mas apenas hubo dicho aquello a la chusma, empren­die­ron la fuga. Es que, como lo vieron entregárseles vo­lunta­riamen­te y le oyeron decir que todo aquello sucedía en cumplimiento de las Escrituras, los discípulos comprendieron que ya no había modo de que escapara de manos de sus ene­migos. Y, huido que hubie­ron los discípulos, los esbirros condujeron a Jesús a casa de Caifás, y Pedro fue siguiendo, y entró allá, a ver en qué paraba todo. Grande era el ardor de este discípulo. Aun viendo cómo todos huían, él no huyó, sino que se mantuvo firme y entró con la chusma en casa del pontífice. Si también entró Juan, fue por ser conocido del mismo pontí­fice. —Y ¿por qué le llevaron allí, donde estaban todos reunidos? —Porque querían hacerlo todo de acuerdo con los sumos sacer­dotes; y Caifás era aquel año sumo sacerdote. Allí esperaban todos al Señor; allí estaban todos trasnochando y despiertos por solo aquel negocio.

…Sabían ellos muy bien que, si la causa del Se­ñor se hubiera sometido a un examen y conocimiento riguroso, hubiera quedado libre de toda culpa; de ahí que le condenan entre ellos mismos y previenen a los oyentes dicien­do: Vosotros mismos habéis oído la blasfemia. Lo que era poco menos que obligarlos y forzarlos a dar la sentencia. ¿Qué responden, pues, los otros? —Es reo de muerte. Así condenado, no había ya sino hacer que Pilatos pronunciara la sentencia. Con clara concien­cia de su plan responden todos al sumo sacerdote: Reo es de muerte. Ellos son los que acusan, ellos los que condenan, ellos la que pronuncian la sentencia, ellos lo son allí todo… El sumo sacerdote le lleva ya a Pilatos como reo convicto y confeso.

…Los que creían haber vencido, fueron más que nadie confundidos y derrotados y se perdieron; y el que pare­cía haber sido derrotado, ése brilló más que nadie y venció con todo su poder. No busquemos, pues, ven­cer siempre, ni siem­pre tratemos de huir de la derrota. Veces hay que la victoria nos daña y la derrota nos aprovecha. Así, en los que se enfa­dan, parece haber vencido el que más injurias profiere; y en realidad ése es el más derrotado y dañado por la más fiera pasión. En cambio, el que sufrió pacientemente, ése venció y triunfó. El uno no fue capaz de dominar ni su propia pasión; el otro mató hasta la ajena. El uno fue vencido por su propia pasión, el otro salió triunfante hasta de la ajena.

… Sabiendo, pues, esto, busquemos la victoria que da el sufrir el mal y huyamos de la otra, que viene de hacer el mal. De este modo pasaremos sin trabajo alguno y con toda tran­quilidad la presente vida y alcanzaremos los bienes venideros, por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. (Homilía 84)

 

Escuchad, pues, lo que sigue. Después que se hubieron bur­lado del Señor, los soldados le llevaron a crucificar, dice el evan­gelista, y, desnudándole, tomaron sus vestidos y, sentándose, es­peraron hasta que expirara. Y se distribuyen sus vestidos; lo cual sólo se hacía con condenados viles y miserables, que a nadie tenían y morían en la más absoluta soledad. Se reparten, pues, aquellos vestidos que tantos milagros habían obrado antes; pero nada hicieron entonces, pues Cristo retenía en sí su poder inefable. No era ello pequeño aumento de su ignominia, pues, como he dicho, contra Él se atrevían a todo, como si fuera un infeliz, el más despreciado y el más vil de los hombres todos. Por lo menos, nada de eso hicieron con los ladrones.

…Le han desnudado, le han crucificado, le han dado a beber vinagre; pero aun pasan más adelante. Le contemplan cla­vado en la cruz, y todavía le escarnecen ellos y los que por allí pasan. Y le echan en cara lo que más podía herirle: que todo aquello lo sufría por impostor y embustero, como un arro­gante que sólo por bravuconada había dicho lo que dijo. De ahí su interés en crucificarle públicamente, pues así le podrían ultrajar a la vista de todo el mundo. De ahí también que lo hicieran por mano de los soldados, pues, cometiendo tales des­afueros en público tribunal, el oprobio tenía que ser mayor.

… Añadamos a todo eso quiénes le hacen sufrir, por qué motivo y en qué tiempo. Y, lo que es más grave, mientras se le maltrataba, nadie hubo que reprendiera ni tachara de inhumanos aquellos hechos. Al contrario, todo el mundo aplau­día, todos se unían en las burlas y escarnios, todos le insultaban como a impostor y embustero, como a fanfarrón que no era capaz de mostrar en los hechos lo que había dicho de palabra. Y Él callaba a todo, y así nos preparaba el mejor remedio, que es la paciencia. Mas nosotros, no obstante oír todo esto, no la tenemos ni con nuestros esclavos, sino que saltamos y coceamos más que onagros, crueles e inhumanos, cuando se nos ofende a nosotros, indiferentes a las injurias que se hacen a Dios. Lo mismo hacemos con nuestros amigos. Una molestia que reciba­mos, no la sabemos soportar; una injuria que nos hagan, nos enfurecemos más que una fiera, nosotros, que diariamente leemos la pasión del Señor. Un discípulo le traicionó; los demás le abandonaron y huyeron; los que de Él habían recibido benefi­cios, le escupieron; el criado del sumo sacerdote le dio un bo­fetón; los soldados le dieron también de cachetes, los tran­seúntes se le mofaban e insultaban; los ladrones le acusaban. Y Él no pronunció palabra contra nadie, sino que a todos los venció con el silencio, con lo que prácticamente te enseñaba que cuanto con mayor paciencia sufras, tanto mejor vencerás a quienes te hacen mal y más admirado serás por todo el mun­do. Porque ¿quién no admira al que sufre valerosamente las in­jurias de sus adversarios? Aun cuando uno sufra justamente, si lo lleva con paciencia, la gente cree que padece injustamente; así, por lo contrario, el que sufriendo injustamente se irrita con aspereza, da la impresión de que sufre justamente, y es objeto de general rechifla por haberse dejado arrastrar, cautivo, de la ira y haber perdido su propia dignidad. Porque a ese tal no debe siquiera llamársele hombre libre, aun cuando fuere señor de mil esclavos. ¿Me dices que fulano te irritó sobremanera? ¿Y qué? Entonces es cuando tú has de demostrar tu filosofía, pues, cuando nadie las azuza, las mismas fieras vemos que están man­sas. Porque ni las fieras mismas son siempre feroces, sino cuan­do alguien las irrita. ¿Qué hacemos, pues, de más nosotros, si sólo somos mansos cuando nadie nos azuza? En realidad, aqué­llas tienen frecuentemente razón en mostrar su fiereza, y bien se las puede excusar si, provocadas y heridas, atacan. Por otra parte, ellas están desprovistas de razón y la fiereza les viene de natural instinto. Mas tú, dime: ¿qué perdón puedes tener de tu fiereza y salvajismo? ¿Qué daño has sufrido? ¿Que se te ha robado? Pues súfrelo, a fin de ganar más de lo que te han robado. ¿Te han quitado la honra? ¿Y eso qué? En nada se disminuye por ello lo que es verdaderamente tuyo, con tal de que te portes como filósofo. Si, pues, no sufres daño alguno, ¿a qué te irritas contra quienes no te hacen mal, antes bien te traen provecho? En efecto, los que alaban, hacen más flojos, si no, están muy sobre sí, a los que ya son desidiosos; en cam­bio, los que injurian y desprecian a los que vigilan sobre sí mismos, los hacen más pacientes y constantes. Los tibios más daño reciben de quienes los honran que de quienes los injurian. Éstos, por poco que vigilemos, son causa de que practiquemos la filosofía; aquéllos no hacen sino exaltar nuestro orgullo, lle­narnos de arrogancia, vanidad y tontería y debilitar más y más nuestra alma. Bien nos lo atestiguan los padres que reprenden más que alaban a sus hijos, temerosos de que puedan recibir daño de la alabanza; y del mismo remedio se valen con ellos los maestros. De modo que, si de alguien hay que apartarse, más bien debemos huir de los que nos adulan que no de los que nos injurian. Porque a los que no atienden a sí mismos, más les daña el cebo de la adulación que no la injuria; y más difícil es dominar la adulación que no la injuria. Y, naturalmente, el galardón y la admiración también es mayor; porque, en verdad, más admirable es ver a un hombre injuriado y que no se conmueve, que no golpeado y que no responde con otro golpe. – -Y ¿cómo es posible—me dirás—no conmoverse? — ¿Te ha in­juriado alguien? Pon sobre tu pecho la señal de la cruz, acuér­date de todo lo, que en ella sucedió, e inmediatamente toda ira se apagará. No consideres sólo las injurias que has recibido; piensa también si no has recibido alguna vez algún favor del mismo que te ha injuriado, y verás qué pronto te sientes manso. O más bien piensa, antes que en otra cosa, en el temor de Dios, y rápidamente serás moderado y modesto… (Homilía 87)

(Homilías sobre el Ev. de Mateo. De las Homilías 83,84 y 87)

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