Vigilia Pascual. Ciclo A

Vigilia Pascual

Ciclo A

Para la Vigilia pascual se proponen nueve lecturas: siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo. Si lo exigen las circunstancias y por causas particulares, se puede disminuir el número de las lecturas asignadas. Ténganse al menos tres lecturas de Antiguo Testamento y, en casos más urgentes, por lo menos dos, antes de la epístola y el evangelio. Nunca se omita la lectura del Éxodo sobre el paso del mar Rojo (tercera lectura). Las lecturas son las mismas para todos los ciclos litúrgicos, variando el Evangelio. VER CICLO C.

 

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 28, 1-10

En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:

—Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. 
No, está aquí: ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis.» Mirad, os lo he anunciado.

Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.

De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:

—Alegraos. 
Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. 
Jesús les dijo:

—No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. 

COLLATIONES

“Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis»”. Sobre esta escena nos explica San Juan Crisóstomo que: “salieron del sepulcro con miedo y con alegría. ¿Cómo así? Por­que habían visto algo impresionante y maravilloso: vacío un sepulcro donde antes habían visto poner el cadáver. De ahí que el ángel las invitara a contemplarlo, a fin de que fueran las dos testigos del sepulcro y de la resurrección”.

También Jesús les sale al encuentro y les repite lo anunciado por el ángel: “No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. “Mirad cómo también Jesús da la buena noticia a sus discípulos por medio de las mujeres, honrando, como muchas veces he di­cho, al sexo más despreciado, dándole las mejores esperanzas y curando lo que se había maleado” (San Juan Crisóstomo).

San Bernardo nos plantea hoy, refiriéndose a estas mujeres, una pregunta: “¿Qué ejemplo nos proponen a imitar?”. Y el ejemplo es este: “Cuando veamos a Cristo muerto, esto es, cuando sintamos que la fe en Cristo está muerta en el corazón de un hermano, apresurémonos a comprar aromas y ungir a ese muerto”. Seamos los primeros testigos de la resurrección de Cristo en el corazón de ese hermano: “Cuando Cristo resucita en una persona, su rostro es más radiante, su aspecto más sereno, su palabra más delicada, su porte más modesto y su espíritu mucho más dispuesto para cualquier obra buena. ¿No es todo esto un radiante mensajero de la resurrección interior?”. El ángel te lo anunciará primero y después tú mismo verás a Jesús resucitado en tu hermano.

 

San Juan Crisostomo:

Después del sábado, al amanecer del primer día de la sema­na, vino María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y he aquí que se produjo un gran terremoto, pues un ángel del Señor, bajado del cielo, se acercó y retiró la piedra de la puerta del sepulcro y se sentó encima de ella. Su rostro era como un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. Después de la resurrección vino el ángel. ¿Cuál fue, pues, la razón de que vi­niera y levantara la piedra? Por razón de las mujeres, pues éstas le vieron entonces en el sepulcro. Así, pues, para que creyeran que el Señor había resucitado, ven el sepulcro vacío, sin el cuerpo. De ahí que removiera la piedra; de ahí también que se produjera el terremoto, a fin de que se despertaran las santas mujeres. Ellas habían venido para verter ungüento sobre el ca­dáver, y todo esto acontecía en la noche, por lo que es natural que algunas vinieran medio dormidas. —Mas ¿por qué razón —me dirás— les dijo el ángel: No temáis vosotras? —Primero las libra de todo temor y luego les habla de la resurrección. Ese vosotras es palabra de alto honor, a la vez que significa que a quienes tales crímenes cometieron con el Señor, de no arrepentirse, les al­canzarían los últimos suplicios. No os toca —parece decir el ángel—, no os toca temer a vosotras, sino a quienes le crucifi­caron. Una vez, pues, que las hubo librado de todo miedo, no sólo por sus palabras, sino por su misma cara (pues el esplendor de su figura estaba diciendo que venía a traer buena noticia), el ángel prosiguió diciendo: Sé que buscáis a Jesús, el cruci­ficado…; y no se avergüenza de llamarlo crucificado; pues ésta es la suma de todos los bienes. Resucitó. ¿Cómo se prueba? Como dijo. De modo que si a mí —parece decir el ángel— no me creéis, acordaos de sus palabras, y ya no me negaréis tampoco a mí la fe. Seguidamente les da otra prueba: Venid y ved el lugar donde había sido puesto. De ahí la razón de remover la piedra, pues quería que las mujeres se convencieran por vista de ojos de la resurrección. Y decid a los discípulos que le veréis en Galilea. Y mándales el ángel que den a otros la buena nueva, lo que confirmaba señaladamente la fe de las mujeres. Y con razón les habló de Galilea, a fin de librarlos de molestias y peligros, de modo que el temor no viniera a turbar la fe. Y salieron del sepulcro con miedo y con alegría. ¿Cómo así? Por­que habían visto algo impresionante y maravilloso: vacío un sepulcro donde antes habían visto poner el cadáver. De ahí que el ángel las invitara a contemplarlo, a fin de que fueran las dos testigos del sepulcro y de la resurrección. En verdad, bien po­dían pensar que nadie lo habría robado, con tantos soldados allí de guardia, si Él no se había resucitado a sí mismo. De ahí su admiración y su alegría. De ahí que reciban el premio de tanta perseverancia, de ser las primeras en ver y anunciar no sólo lo que se les había dicho, sino lo que ellas habían contemplado.

Luego, pues, que hubieran salido con miedo y alegría, he aquí que Jesús les salió al encuentro y les dijo: Dios os guarde. Y ellas se abrazaron a sus pies, y, estrechándose con Él con extraordinaria alegría, por el tacto recibieron testimonio y certeza plena de la resurrección, y le adoraron. ¿Qué les con­testa, pues, Él? —No temáis. Nuevamente trata también Él de quitarles el miedo preparando el camino a la fe. Mas andad y decid a mis hermanos que marchen a la Galilea y allí me verán. Mirad cómo también Jesús da la buena noticia a sus discípulos por medio de las mujeres, honrando, como muchas veces he di­cho, al sexo más despreciado, dándole las mejores esperanzas y curando lo que se había maleado. Tal vez alguno de vosotros quisiera haberse hallado con aquellas famosas mujeres y abra­zar los pies de Jesús; mas también ahora podéis, cuantos queráis abrazar no sólo los pies y las manos, sino aquella misma divina cabeza, si con pura conciencia os acercáis a la sacrosanta Euca­ristía. Y si queréis ser misericordiosos, no sólo le veréis aquí, sino también en el último día, cuando venga con su gloria ine­fable y entre la muchedumbre de sus ángeles, y oiréis de sus labios no sólo la palabra de saludo: Dios os guarde, sino tam­bién aquellas otras: Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino que os está preparado desde la constitución del mundo. Seamos, pues, piadosos, amantes de Dios y de nuestros herma­nos, dando pruebas de caridad para con todos, a fin de mere­cer oír estas palabras y recibir al mismo Cristo. (Homilías sobre el Ev de San Mateo. De la homilía 89)

 

San Bernardo:

¿Qué significa el gesto de esas tres piadosas mujeres que, al morir Jesús, compraron aromas para embalsamar el cuerpo que reposaba en el sepulcro? ¿Qué ejemplo nos proponen a imitar? Porque, como afirma San Gregorio, lo que ellas hacen es signo de otra cosa a realizarse en la santa Iglesia.

 

Así pues, cuando veamos a Cristo muerto, esto es, cuando sintamos que la fe en Cristo está muerta en el corazón de un hermano, apresurémonos a comprar aromas y ungir a ese muerto. Esas tres mujeres simbolizan tres facultades nuestras, capaces de adquirir sus propios ungüentos. ¿Cuáles son? El alma, la mano y la lengua.

Todo comprador da y recibe algo: pierde lo que da para poseer lo que recibe. Aquí, el alma da la moneda de la propia voluntad y adquiere el sentimiento de la compasión, el celo de la justicia y el discernimiento para aconsejar. La mano, por su parte, ofrece la obediencia y compra la continencia carnal, la paciencia en la tribulación y la perseverancia en el obrar. Y finalmente, la lengua presenta la moneda de la confesión y recibe la mesura en el corregir, la facilidad para exhortar y la eficacia para persuadir.

Preparados ya estos aromas, se acercan juntas al monumento y se preguntan: ¿Quién nos correrá la losa de la entrada del sepulcro? Esta losa puede ser la tristeza excesiva, la pereza o la dureza; mientras obstruye el acceso del corazón, impide que el alma, la mano y la lengua puedan embalsamar el cadáver. Pero la Escritura dice: Tu oído sintió la buena disposición de su corazón. Y las tres observan que la piedra está removida, entran en el sepulcro y oyen que ha resucitado ese muerto que querían ungir. ¿Quién les indica y les dice eso? Un ángel, testigo de la resurrección. Cuando Cristo resucita en una persona, su rostro es más radiante, su aspecto más sereno, su palabra más delicada, su porte más modesto y su espíritu mucho más dispuesto para cualquier obra buena. ¿No es todo esto un radiante mensajero de la resurrección interior?

Los demás acontecimientos y palabras sobre la resurrección de Cristo -como el sudario que encontraron o la promesa que le verían en Galilea- y otros detalles del texto evangélico, pueden ser interpretados también en este sentido tropológico. Pues lo que ocurrió históricamente en la Cabeza, debemos creer que también se realiza moralmente en su cuerpo. (Sobre la Pascua y las mujeres).

 

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