Transfiguración del Señor

6 de agosto de 2017

Transfiguración del Señor

Primera lectura

Lectura de la profecía de Daniel (7,9-10.13-14):

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 96


R/.
 El Señor reina, altísimo sobre la tierra

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean, 
justicia y derecho sostienen su trono. R/.

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R/.

Porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta de Pedro (1,16-19):

Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto.» Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» 
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» 
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

San Juan Crisóstomo, en su homilía, nos explica por qué el Señor llevó concretamente a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan” a una montaña alta” y Se transfiguró delante de ellos”.  Y también, por qué se aparecieron Moisés y Elías junto a Él: “Queriendo, pues, el Señor prepararlos para todo eso, les llevó allí sobre el monte a los que habían más gloriosamente brillado en el Antiguo Testamento”. 

“Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. “El Dios que dijo: «Brille la luz del seno de la tiniebla», ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo Jesús” (San Ambrosio de Milán). Y eso podían hacerlo porque, como dice San Pedro: “Habíamos sido testigos oculares de su grandeza”.

“Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo»”. “El universo entero es pura tiniebla en comparación con la luz eterna. Afánense otros en agradar a Dios con sus servicios: sólo él es la luz verdadera y eterna, en la que el Padre tiene sus complacencias” (San Ambrosio de Milán).

“De esta forma mostró en sí mismo aquel esplendor que un día comunicará a los justos” (Pedro de Blois).

“Aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!” (Atanasio de Sinaí).

San Ambrosio de Milán:

⊕ Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, enséñame tus leyes. El Señor ilumina a sus santos y brilla en el corazón de los justos. Por eso, cuando vieres un sabio, has de saber que sobre él ha descendido la gloria de Dios, ha iluminado su mente con el fulgor de la ciencia y del divino conocimiento.

Iluminó hasta corporalmente la cara de Moisés y se transfiguró la gloria de su rostro, tanto que, al verla los judíos, se llenaron de temor; lo cual motivó que Moisés se echase un velo por la cara, para que no lo vieran los hijos de Israel y se llenaran de espanto.

El rostro de Moisés es el fulgor de la ley; el fulgor de la ley no radica en la letra, sino en la inteligencia de su contenido espiritual. Por eso, mientras Moisés vivió, cuando hablaba al pueblo judío se echaba un velo sobre la cara; mas después de la muerte de Moisés, Josué, hijo de Nun, ya no hablaba a los ancianos y al puebla a través del velo ,sino con la cara descubierta, y nadie se echaba a temblar. De hecho, Dios le había prometido que estaría con él como había estado con Moisés, y que igualmente lo glorificaría, pero no con la gloria del rostro, sino con el éxito en sus empresas. Con esto quería el Espíritu Santo dar a entender que había de venir el verdadero Jesús: si alguno se convirtiera a él y quisiera escucharle, se le quitaría el velo del corazón, y podría ver a cara descubierta al verdadero Salvador.

Así pues, Dios, Padre todopoderoso, iluminó el corazón de los pueblos paganos con la gloria reflejada en Cristo, mediante su venida. Es lo que declara evidentemente el apóstol, cuando escribe: El Dios que dijo: «Brille la luz del seno de la tiniebla», ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo Jesús.

Por eso David dice al Señor Jesús: Haz brillar tu rostro sobre tu siervo. Deseaba ver el rostro de Cristo, para que su alma pudiera ser iluminada: lo cual puede entenderse de la encarnación. De hecho, muchos profetas y justos desearon ver, como señaló el mismo Señor. No que buscase lo que le fue negado a Moisés, esto es, ver corporalmente el rostro del Dios incorpóreo; si es que el mismo Moisés, tan sabio y erudito, llegó realmente a solicitar esto sin más y no en el misterio; no obstante es muy humano desear sobre nuestras posibilidades. Y no sin razón deseaba ver el rostro del que había de venir por mediación de la Virgen, para ser iluminado en su corazón, como eran también iluminados los que se decían: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras? (Comentario sobre el salmo 118. Sermón 17, 26-29)

 

⊕ Fue el mismo Señor Jesús el que quiso que al monte subiera únicamente Moisés a recibir la ley, aunque no sin Jesús (Josué). Y en el evangelio, de entre los discípulos, a solos Pedro, Santiago y Juan les fue revelada la gloria de su resurrección. De esta manera, quiso mantener oculto su misterio, y frecuentemente recomendaba que no fueran fáciles en hablar a cualquiera de lo que habían visto, a fin de que las personas débiles, incapaces por su carácter vacilante de asimilar la virtualidad de los sacramentos, no sufrieran escándalo alguno.

Por lo demás, el mismo Pedro no sabía lo que decía, cuando se creyó obligado a construir tres chozas para el Señor y para sus siervos. Inmediatamente después fue incapaz de resistir el fulgor de la gloria del Señor, que lo transfiguraba: cayó en tierra y con él cayeron también los hijos del trueno, Santiago y Juan; una nube los cubrió con su sombra, y no fueron capaces de levantarse hasta que Jesús se acercó, los tocó y les mandó levantarse, deponiendo todo temor.

Entraron en la nube para conocer cosas arcanas y ocultas, y allí oyeron la voz de Dios que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. ¿Qué significa: Éste es mi Hijo, el amado? Esto: No te equivoques, Simón, pensando que el Hijo de Dios puede ser parangonado con los siervos. Este es mi Hijo, ni Moisés es mi Hijo ni Elías es mi Hijo, aunque el uno dividiera en dos partes el mar, y el otro clausurara el cielo. Pero si es cierto que ambos vencieron la naturaleza de los elementos, fue con la fuerza de la palabra de Dios, de la que fueron simples instrumentos; en cambio, éste es el que solidificó las aguas, cerró el cielo con la sequía y, cuando quiso, lo abrió enviando la lluvia.

Cuando se requiere un testimonio de la resurrección, se estipulan los servicios de los siervos; cuando se manifiesta la gloria del Señor resucitado, desaparece el esplendor de los siervos. En efecto, cuando el sol sale, neutraliza los focos de las estrellas y toda su luz se desvanece ante el astro del día. ¿Cómo, pues, podrían verse las estrellas humanas a la plena luz del eterno Sol de justicia y de aquel divino fulgor? ¿Dónde están ahora aquellas luces que milagrosamente brillaban ante vuestros ojos? El universo entero es pura tiniebla en comparación con la luz eterna. Afánense otros en agradar a Dios con sus servicios: sólo él es la luz verdadera y eterna, en la que el Padre tiene sus complacencias. También yo encuentro en él mis complacencias, considerando como mío todo lo que ha hecho él, y aspirando a que cuanto yo he hecho se considere realmente como obra del Hijo. Escuchadle cuando dice: Yo y el Padre somos uno. No dijo: yo y Moisés somos uno. No dijo que él y Elías eran partícipes de la misma gloria divina. ¿Por qué queréis construir tres chozas? La choza de Jesús no está en la tierra, sino en el cielo. Lo oyeron los apóstoles y cayeron al suelo despavoridos. Se acercó el Señor, les mandó levantarse y les ordenó que no contaran a nadie la visión. (Comentario sobre el salmo 45, 2)

 

Pedro de Blois:

Aquel que —aun permaneciendo intacta la gloria de su divinidad— llevaba realmente la debilidad de nuestra naturaleza humana pudo mostrar en su carne mortal la gloria de la verdadera inmortalidad. Y el que después de su resurrección pudo mostrar las cicatrices de las llagas en su cuerpo glorificado, con el mismo poder ha querido mostrar en su carne, todavía sujeta al dolor, la gloria de la resurrección.

Así pues, en la misma glorificación, conservaba siempre la capacidad de padecer el que, en medio de la debilidad de nuestra naturaleza mortal, era absolutamente inmortal. Pero no debemos pasar por alto el hecho de que, en esta transfiguración, la futura glorificación del cuerpo no se manifestó en su plenitud, sino de manera limitada. En efecto, la glorificación del cuerpo consta de cuatro cualidades: claridad, agilidad, sutileza e inmortalidad. Aquí el Señor sólo apareció glorificado en cuanto a la claridad; demostró, en cambio, la futura sutileza de los cuerpos cuando se apareció a sus discípulos entrando con las puertas cerradas; y la agilidad, cuando anduvo sobre las aguas a pie enjuto.

Su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De esta forma mostró en sí mismo aquel esplendor que un día comunicará a los justos. Dice efectivamente la Escritura: Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Lo que ciertamente sucederá cuando Cristo transforme nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. El evangelista compara el Sol de justicia con el sol natural, pues entre los elementos de la creación no existe criatura alguna que tan significativamente exprese a Cristo, quien con el esplendor de su gloria, de tal modo supera el fulgor del sol y de la luna cuanto el Creador debe superar a la criatura. Y si el trono de Cristo es parangonado con el sol, según lo que dice el Padre por el profeta: Su trono como el sol en mi presencia, ¿cuánto más brillante que el sol no será el rostro del que está sentado en el trono? El es el sol del que dice el profeta: Ya no será el sol tu luz en el día, ni te alumbrará la claridad de la luna; será el Señor tu luz perpetua. Su esplendor es superior a cualquier esplendor y belleza.

Es lo que leemos en el profeta Isaías, inspirado por el Espíritu Santo: La Cándida se sonrojará, el Ardiente se avergonzará, cuando reine el Señor de los ejércitos en el monte Sión, glorioso delante de su senado. Las vestiduras de Cristo son sus fieles, que se revisten de Cristo y son revestidos por Cristo, como afirma el Apóstol: Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Y así, lavados por Cristo mediante el baño del segundo nacimiento, superarán en blancura al resplandor de la nieve, como dice también el profeta: Lávame: quedaré más blanco que la nieve. (Tratado sobre la transfiguración del Señor)

 

Anastasio del Sinaí:

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria de su Padre».

Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Estas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.

Debemos apresurarnos a ir hacia allí —así me atrevo a decirlo— como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.

Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos, como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!

 

Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas,. como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras. (Sermón en el día de la Transfiguración del Señor, 6-10)

 

San Juan Crisóstomo:

Tomando, pues, consigo a los principales, los condujo aparte, a un monte elevado, y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y les aparecieron Moisés y Elías, que hablaban con Él. — ¿Por qué toma el Señor a sólo éstos consigo? —Porque ellos eran los que descollaban sobre los otros. Pedro sobresalía por el ardiente amor que tenía a su Maestro; Juan era por éste particularmente amado, y Santiago le había dado, juntamente con su hermano, aquella generosa respuesta: Sí, podemos beber el cáliz. Y no fue solo responder, sino que las obras probaron lo que había dicho. Era, en efecto, tan vehemente y tan duro para los judíos, que el mismo Herodes pensó que no podía hacerles mejor gracia que quitarlo de en medio. —Mas ¿por qué no los subió inmediatamente al monte? Porque los otros discípulos no sintieran algún celillo humano. De ahí que ni siquiera les dice los nombres de los que habían de subir. Y en verdad, todos habrían deseado ardientemente acompañarle, pues iban a ver un trasunto de la gloria celeste, y se hubieran dolido de haber sido preteridos. Porque si bien el Señor mostró su gloria de un modo muy corporal, la cosa, sin embargo, era para excitar el mayor deseo. —Entonces, ¿por qué se lo anuncia de antemano? —A fin de que, por habérselo dicho antes, estuvieran más dispuestos para la visión y, llenos de más vehemente deseo durante los ocho días de plazo, llegaran por fin al monte con alma vigilante y cuidadosa. — ¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? —Muchas causas cabría alegar de ello. Sea la primera la siguiente: puesto que las gentes decían que el Señor era Elías o Jeremías o uno de los antiguos profetas, Él trae allí a los dos más grandes de ellos, a fin de que vieran con sus propios ojos la distancia y diferencia que iba del Señor a los siervos y cuán justamente había sido alabado Pedro por haberle confesado por hijo de Dios. Luego, bien sabemos que le acusaban constantemente de que transgredía la ley y que le tenían por un blasfemo, al atribuirse una gloria que no le pertenecía, no menos que la gloria del Padre. Así decían: Éste no viene de Dios, puesto que no guarda el sábado. Y otra vez: No te apedreamos por obra alguna buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios. Ahora, pues, para mostrar a sus enemigos que ambas acusaciones procedían de envidia y Él era totalmente inocente en ellas, pues ni sus actos eran transgresión de la ley ni se apropiaba una gloria que no se le debiera al proclamarse igual al Padre, saca allí al medio a los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios. Moisés, en efecto, era el que había dado la ley, y los judíos podían calcular que Moisés no hubiera tolerado al que, como ellos pensaban, la conculcaba ni hubiera rendido pleitesía a un enemigo declarado del propio legislador. En cuanto a Elías, nadie como él tenía tanto celo por la gloria de Dios, y si el Señor hubiera sido contrario a Dios, si se hubiera proclamado Dios, haciéndose igual al Padre, sin ser lo que decía ni convenirle aquella gloria, Elías no se hubiera presentado a su lado ni le hubiera obedecido.

Otra causa cabe alegar juntamente con las ya dichas. — ¿Cuál es ésta? —Hacerles entender que Él tenía poder sobre la vida y la muerte y que lo mismo domina en el cielo que en el infierno. De ahí que haga presentarse allí tanto a Moisés, que ya había muerto, como a Elías, que no había aún pasado por la muerte. La quinta causa (porque cinco van ya con ésta), nos la revela el mismo evangelista. ¿Y cuál es ésta? Mostrarles la gloria de la cruz, consolar a Pedro y a los otros, que temían la pasión, y levantar así sus pensamientos. Porque fue así que, llegados allí Moisés y Elías, no se estuvieron callados, sino que hablaban —dice el evangelista— de la gloria que había de cumplir en Jerusalén. Es decir, de la cruz y de la pasión, a la que llaman siempre “gloria”. Y no era ése el único modo como el Señor entrenaba a sus discípulos, sino también con la virtud de aquellos dos grandes varones, que Él más requería de ellos. Él les había dicho: Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame; de ahí que ahora les pone delante aquellos dos hombres que mil veces se habían expuesto a la muerte por cumplir la voluntad de Dios y por amor del pueblo que les había sido encomendado. Los dos, por haber perdido su alma, la hallaron. Los dos valientemente se enfrentaron a tiranos: Moisés al de Egipto, Elías a Acab, y eso en favor de hombres ingratos y rebeldes. Porque los dos se vieron en extremo peligro por culpa justamente de los mismos a quienes habían salvado. Los dos trataron de librar al pueblo de la idolatría, y los dos eran hombres con muchas limitaciones. El uno era tartamudo y de escasa voz; el otro de trato rudo. Los dos, seguidores de la suma perfección de la pobreza, puesto que ni Moisés poseía nada, ni menos Elías. ¿Qué tenía éste fuera de su piel de oveja? Y todo esto en el Antiguo Testamento y sin haber recibido tan grande gracia de milagros. Porque si es cierto que Moisés dividió en dos el mar, Pedro anduvo sobre las aguas y era capaz de trasladar montañas, y curó toda clase de enfermedades corporales, y expulsó a fieros demonios, y con la sombra de su cuerpo hizo aquellos grandes prodigios, y convirtió a toda la tierra. Y si Elías resucitó a un muerto, los apóstoles resucitaron infinitos, y eso que no habían aún recibido el Espíritu Santo. He ahí, pues, una nueva razón de ponerles delante a Moisés y a Elías: quería el Señor que sus discípulos imitaran el amor al pueblo, la constancia e inflexibilidad de aquellos dos grandes profetas y que fueran mansos como Moisés y celosos como Elías y, como los dos, solícitos por la salvación del pueblo. El uno, en efecto, soportó el hambre durante tres años por amor del pueblo judío. El otro decía: Si les perdonas este pecado, perdónaselo; si no, bórrame también a mí del libro que has escrito. Todo eso quería el Señor recordarles por medio de la visión. En realidad, si el Señor hizo aparecer a Moisés y Elías en su gloria, no fue para que sus discípulos se detuvieran en ellos, sino para que los sobrepasaran en la lucha por la virtud. Así, cuando más adelante le dijeran: ¿Quieres que hagamos bajar fuego del cielo?, y le recuerdan a Elías, que lo había hecho, el Señor les dice: No sabéis a qué espíritu pertenecéis, alentándolos a la paciencia por la diferencia del don que habían recibido. Y nadie piense que al decir esto pretendemos condenar por imperfecto a Elías. No, no decimos eso. En verdad, él era muy perfecto. Pero en sus tiempos, cuando la mente de los hombres era más infantil, necesitaba de aquella pedagogía. Según eso, también Moisés era perfecto y, sin embargo, a los apóstoles se les exige más que a Moisés. Porque, si vuestra justicia no aventaja a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Porque los apóstoles no tenían que entrar sólo en Egipto, sino en el mundo entero, que estaba peor dispuesto que Egipto; ni iban tampoco a hablar con Faraón, sino a luchar con el mismo diablo, tirano de la maldad. En verdad, su combate había de consistir en atar al tirano y arrebatarle luego todos sus instrumentos, y esto lo hicieron no rompiendo -el mar, sino hiriendo el abismo de la impiedad por medio de la vara de Jesé —aquel abismo de ondas más agitadas que las del mar—. Mira, sino, cuántos motivos de espanto tenían los apóstoles: la muerte, la pobreza, la ignominia, los sufrimientos sin término. Y más temían ellos todo esto que antaño los judíos el mar Rojo. Y, sin embargo, el Señor les persuadió a que rompieran con todo eso y que con toda tranquilidad atravesaran aquel mar como si caminaran por encima de tierra firme. Queriendo, pues, el Señor prepararlos para todo eso, les llevó allí sobre el monte a los que habían más gloriosamente brillado en el Antiguo Testamento. (Homilías sobre el Ev. de San Mateo. Homilía 56)

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