Domingo 20º del Tiempo Ordinario – Ciclo A.-

20 de agosto de 2017

Domingo 20º del Tiempo Ordinario

- Ciclo A.-

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (56,1.6-7):

Así dice el Señor: «Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 66,2-3.5.6.8

R/.Oh Dios, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben

 

El Señor tenga piedad y nos bendiga, 
ilumine su rostro sobre nosotros; 
conozca la tierra tus caminos, 
todos los pueblos tu salvación. R/.

Que canten de alegría las naciones, 
porque riges el mundo con justicia, 
riges los pueblos con rectitud 
y gobiernas las naciones de la tierra. R/. 

Oh Dios, que te alaben los pueblos, 
que todos los pueblos te alaben. 
Que Dios nos bendiga; 
que le teman hasta los confines del orbe. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (11,13-15.29-32):

Os digo a vosotros, los gentiles: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, en otro tiempo, erais rebeldes a Dios; pero ahora, al rebelarse ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos, que ahora son rebeldes, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (15,21-28):

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. 
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada. 
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.» 
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» 
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.» 
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.» 
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.» 
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» 
En aquel momento quedó curada su hija.
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

Dios llama a todos los hombres a la salvación, a todos los pueblos: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”.
Hoy vemos cómo Jesús “abre la puerta del reino a los gentiles” (San Juan Crisóstomo). Y esto lo hace, como vemos en el pasaje que hemos leído, mediante el don de la fe. Nos explica san Atanasio que, “quien se acerca a Dios, ante todo es necesario que crea en él, y entonces él le concederá lo que pide. Porque, como enseña Pablo, sin fe es imposible agradar a Dios”. 

Nos comenta San Hilario de Poitiers, que el Señor tarda en acceder a la petición de la mujer porque: “guarda las primicias de la fe, para este pueblo del que había salido, después el resto deberá ser salvado por la predicación de los apóstoles…” Y es uno de estos apóstoles, San Pablo, el que a pesar de llamarse “apóstol de los gentiles”, sigue luchando como dice aquí: “por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos”. Porque: “Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos”.

La mujer cananea se acerca a Jesús gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Y aunque, incluso los apóstoles le insisten, Jesús responde: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Pero como nos recuerda San Agustín: “El mismo Señor dice en cierto lugar: Tengo otras ovejas que no son de este redil; conviene que también atraiga a estas, para que haya un solo rebaño y un solo pastor. Una de ellas era esa mujer”.

Ante la negativa de Jesús, ella le insiste, pero le insiste con humildad y con fe: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.» 

Es también San Agustín, el que nos explica la postura de Jesús. Dice que: “Él fingía desentenderse de ella, no para negarle la misericordia, sino para estimular su deseo, y no solo para acrecentarle el deseo, sino también para recomendar la humildad”.

La mujer no acepta una negativa. San Juan Crisóstomo nos anima a insistir con más fuerza: “Al ver que juntamente con ella eran rechazados los que por ella intercedían; y al oír que lo que pedía no era posible, podía esto haberla hecho desesperar. Pero no decayó de ánimo, sino que, viendo que sus abogados nada lograban, perdiendo laudablemente la vergüenza, tomó atrevimiento”. “Bien sabía Cristo que ella iba a responderle así, y por eso difería el beneficio, para que apareciera públicamente la virtud de aquella mujer”.

San Agustín:

Esta mujer cananea, que la lectura evangélica acaba de encarecernos, nos ofrece un ejemplo de humildad y el camino de la piedad: nos enseña a pasar de la humildad a la altura. Al parecer, no pertenecía al pueblo de Israel como los patriarcas, los profetas, ancestros de nuestro Señor Jesucristo según la carne, y también la misma Virgen María, que dio a luz a Cristo. La cananea, pues, no provenía de este pueblo, sino de la gentilidad. Pues, según hemos oído, el Señor se retiró a las regiones de Tiro y Sidón, y una mujer cananea, que salía de aquellos contornos, le solicitaba con insistencia el favor de que curase a su hija, maltratada por el demonio. Las ciudades de Tiro y Sidón no pertenecían al pueblo de Israel, sino a los pueblos gentiles, aunque eran vecinas de Israel. Ella, ansiosa de obtener el favor, gritaba y llamaba con fuerza a puerta del Señor; él fingía desentenderse de ella, no para negarle la misericordia, sino para estimular su deseo, y no solo para acrecentarle el deseo, sino también —como antes dije— para recomendar la humildad. Gritaba, pues, como si no la escuchase el Señor, que, sin embargo, planeaba en silencio lo que iba a hacer. Los discípulos le rogaron por ella y le dijeron: Despáchala, pues viene gritando detrás de nosotros. Pero él replicó: No he sido enviado sino a las ovejas de la casa de Israel que han perecido.

¿De dónde salió Pablo mismo, antes Saulo, es decir, primero orgulloso y después humilde? … Cristo, por tanto, con una sola frase derribó a Saulo y levantó a Pablo; es decir, le derribó en cuanto orgulloso y le levantó hecho ya humilde. En efecto, ¿qué razón tuvo para cambiar de nombre, de modo que, llamándose antes Saulo, quisiese llamarse Pablo, sino el reconocer que, por su condición de perseguidor, en su persona el nombre de Saulo era expresión de orgullo? Eligió, pues, un nombre humilde; eligió llamarse Pablo, esto es, mínimo. «Paulum» designa algo mínimo; algo «paulum» no es otra cosa que algo pequeño. Gloriándose ya de este nombre y recomendando la humildad, dijo: Soy el menor de los Apóstoles. ¿De dónde, pues, provenía, de dónde provenía este, sino del pueblo judío? De él provenían los demás apóstoles, de él provenía Pablo, de él los que Pablo mismo recomienda porque habían visto al Señor resucitado, …

Asimismo provenían de aquel pueblo los que, cuando Pedro, una vez recibido el Espíritu Santo, proclamó con su palabra la pasión, resurrección y divinidad de Cristo y cuando todos aquellos sobre los que descendió el Espíritu Santo comenzaron a hablar las lenguas de la totalidad de los pueblos, se compungieron de corazón. Pensando en su salvación, los oyentes que provenían del pueblo judío le pidieron entonces consejo, tomando conciencia de que eran culpables del derramamiento de la sangre de Cristo. Fueron conscientes de que ellos mismos habían crucificado, de que ellos mismos habían dado muerte a aquel en cuyo nombre veían que se hacían tantos milagros y advertían la presencia del Espíritu Santo. Pidiendo, pues, consejo, recibieron respuesta: Haced penitencia, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y os serán perdonados vuestros pecados. ¿Quién perdería la esperanza de que se le perdonasen los pecados, si se perdonaba a los culpables el crimen de haber dado muerte a Cristo? Los que se convirtieron pertenecían al pueblo judío mismo; se convirtieron y se hicieron bautizar. Se acercaron a la mesa del Señor y bebieron con fe la sangre que habían derramado con furor… Estas son las ovejas de las que dijo: No he sido enviado sino a las ovejas de la casa de Israel que han perecido. A ellas se manifestó físicamente y por ellas, que se ensañaban con él, oró desde la cruz diciendo: Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen. El médico comprendía que eran enfermos en delirio quienes, perdida la mente, daban muerte al médico y, al darle muerte, sin advertirlo, se procuraban un medicamento para la propia enfermedad. Efectivamente, con su muerte el Señor nos ha curado a todos; con su sangre nos ha rescatado; con el pan de su cuerpo nos ha librado del hambre. Este tipo de presencia fue la que manifestó Cristo a los judíos. Por tanto, dice: No he sido enviado sino a las ovejas de la casa de Israel que han perecido para hacer referencia a su presencia física, no para desdeñar o marginar a las ovejas que tenía entre los gentiles.

Él no fue personalmente a los gentiles, pero envió a sus discípulos. Y en ellos se cumplió lo dicho por el profeta: Un pueblo, al que no conocía, me ha servido. ¡Vez cuán profunda, cuán evidente y cuán explícita es esta profecía! Un pueblo, al que no conocía, esto es, un pueblo al que no manifesté mi presencia física, me ha servido. ¿Cómo? Continúa: Tras escucharme con su oído, me obedeció. Es decir, creyeron en mí, no porque me vieran, sino porque me oyeron. Por eso los gentiles son acreedores a una mayor alabanza. Los judíos lo vieron y lo asesinaron; los gentiles oyeron hablar de él y creyeron en él. Para llamar y reunir a los gentiles, a fin de que se cumpliera lo que acabamos de cantar: Congréganos de entre los gentiles, para que confesemos tu nombre y nos gloriemos en tu alabanza, fue enviado el célebre apóstol Pablo. El menor aquel fue engrandecido, no por sí mismo, sino por aquel al que perseguía; fue enviado a los gentiles, convertido de salteador en pastor, de lobo en oveja. El célebre apóstol, el menos de todos ellos, fue enviado a los gentiles, trabajó mucho entre ellos y, por su mediación, creyeron. De ello dan testimonio sus cartas…

El Señor no había sido enviado sino a las ovejas de la casa de Israel que habían perecido. Mas como le había de servir también el pueblo que no había conocido, como le había de obedecer tras haberle escuchado con su oído, tampoco calló a propósito de él, cuando se hallaba allí. Pues el mismo Señor dice en cierto lugar: Tengo otras ovejas que no son de este redil; conviene que también atraiga a estas, para que haya un solo rebaño y un solo pastor.

Una de ellas era esa mujer; por tanto, no sufrió un desprecio, sino una dilación. No he sido enviado —dijo— sino a las ovejas de la casa de Israel que han perecido. Pero ella, con sus gritos, insistía, perseveraba, llamaba a la puerta, como si ya hubiese oído: «Pide y recibe, busca y hallarás, llama y se te abrirá». Insistió, llamó a la puerta, pues cuando el Señor dijo estas palabras: Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá, había dicho previamente: No deis las cosas santas a los perros, ni arrojéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas y, volviéndose, os despedacen, es decir, además de despreciar vuestras perlas hasta os resulten molestos. No les echéis, pues, lo que desprecian.

Pero supongamos que respondieron: ¿cómo sabemos quiénes son los puercos y quiénes son los perros? Esto se muestra en esa mujer. En efecto, a esa mujer que le insistía, el Señor le respondió lo siguiente: «No está bien quitar el pan a los hijos y echárselo a los perros. Tú eres perro, una gentil, adoras a los ídolos». ¿Hay cosa más habitual en un perro que lamer las piedras? Así, pues, no está bien quitar el pan a los hijos y echárselo a los perros. Si ella, al recibir esa respuesta, se hubiese retirado, se habría acercado siendo perro y siendo perro se habría alejado; pero llamando a la puerta, de perro se convirtió en hombre. Insistió en su petición y, en lo que llevaba trazas de un insulto, demostró su humildad y alcanzó misericordia. Pues no se alteró, ni se enojó porque, al pedir un beneficio y demandar misericordia, la llamara perro, sino que dijo Así es, Señor. Me has llamado perro; reconozco que lo soy, reconozco este apelativo como mío; habla la Verdad. Pero no por eso he de ser excluida del favor. Sin duda soy perro, pero también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Deseo un favor módico e insignificante; no asalto la mesa, sino que busco las migajas.

Ved cómo se nos encareció la humildad. El Señor la había llamado perro; pero ella no dijo «no lo soy», sino «lo soy». Y, por haberse reconocido perro, acto seguido le dijo el Señor: ¡Oh mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda como has pedido. Tú reconociste perro, yo ya te reconozco hombre. ¡Oh mujer, qué grande es tu fe! Pediste, buscaste, llamaste a la puerta; recibe, halla, que te abran. Ved, hermanos, cómo en esta mujer que era cananea, esto es, proveniente de la gentilidad y tipo, es decir, figura de la Iglesia, se nos ha encarecido ante todo la humildad. En verdad, con el resultado de ser excluido del evangelio, el pueblo judío se infló de orgullo por haber merecido recibir la Ley, porque de su estirpe procedieron los patriarcas, porque en él existieron los profetas, porque el siervo de Dios Moisés hizo en Egipto los grandes milagros que hemos escuchado al recitar el salmo, condujo al pueblo por medio del Mar Rojo cuando se retiraron las aguas, recibió la ley que Dios había dado al pueblo mismo. El pueblo judío tenía motivos para vanagloriarse, pero ese orgullo les llevó a no querer humillarse ante Cristo, autor de la humildad, represor del orgullo, Dios médico, que por eso se hizo hombre, siendo Dios: para que el hombre se reconociese hombre. ¡Magnífica medicina! Si esta medicina no cura el orgullo, no sé qué podrá curarlo. Es Dios y se hace hombre; deja de lado la divinidad, la secuestra en cierto modo, esto es, oculta lo que era suyo, dejando ver lo que había recibido. Siendo Dios se hace hombre, y el hombre no se reconoce hombre, esto es, no se reconoce mortal, frágil; no se reconoce pecador y enfermo, para buscar, al menos en cuanto enfermo, al médico. Y lo que es más peligroso, ¡se cree sano!

Así, pues, aquel pueblo no se acercó por eso, por su orgullo. A los judíos se les llama ramas naturales, tronchadas del olivo, es decir, del pueblo surgido de los patriarcas; estériles a causa de su espíritu orgulloso. Pero en ese olivo fue injertado el acebuche. El acebuche es el pueblo gentil. Así dice el Apóstol que en el olivo fue injertado el acebuche, mientras que las ramas naturales fueron tronchadas. Las ramas naturales fueron cortadas por su orgullo, el acebuche fue injertado por su humildad. Esa humildad mostraba la cananea cuando decía: «Así es, Señor; perro soy, migas deseo». …

Para concluir, presta atención a lo que sigue. Por eso os digo —porque no he hallado fe tan grande en Israel, esto es, tanta humildad con fe, por eso os digo, que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos… (Sermón 77, 1. 3-5, 9-13).

 

San Juan Crisóstomo:

Una vez que liberó a las turbas de la falta de alimentos, siguiendo la misma línea de conducta fue para abrir la puerta del reino a los gentiles…

Advierte cómo aquella mujer es digna de cualquier beneficio. No se atrevió a ir a Jerusalén por temor y por no creerse digna de ello. Pues si tal temor no la hubiera cohibido, sin duda habría ido allá, como parece claro por la urgencia que al presente demuestra, y porque salió de los términos de su país. Hay algunos que explican esto alegóricamente; y dicen que cuando Jesús salió de Judea, entonces se atrevió a acercárseles la Iglesia, saliendo ella misma de sus confines. Porque dice en un salmo: Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre. Salió Cristo de su país y también la mujer salió de su país, y así pudieron dialogar. Pues dice el evangelista: Una mujer cananea, habiendo salido de los términos de su país. Acusa el evangelista a esa mujer para hacer ver el milagro y para más enaltecerla. Porque al oír que es cananea debes recordar que aquella gente malvada había arrancado de raíz hasta los fundamentos mismos de la ley natural. Y al recordarlo, piensa en la virtud y fuerza del advenimiento de Cristo. Pues los que habían sido arrojados de en medio de los judíos para que a éstos no los pervirtieran, ahora se tornan mejores que los judíos, hasta el punto de salir de su país para acercarse a Cristo, mientras los judíos lo rechazaban, siendo así que para ellos había venido.

Se acercó, pues, la mujer y no dijo sino: ¡Compadécete de mí! y con su clamor suscitó un gran espectáculo. Porque gran espectáculo era contemplar a aquella mujer gritando con tan crecido afecto; ver a una madre suplicando por su hija; por su hija, repito, que tan intensamente sufría. No se atrevió a llevar a la posesa a la presencia del Maestro, sino que la dejó en su casa y se presentó ella como suplicante, y únicamente representó el caso, sin añadir nada más. Tampoco se atrevió a llevar a su casa al Médico, como el príncipe aquel que decía: Ven e imponle las manos y baja antes de que muera mi hija; sino que, habiendo expuesto su desgracia y lo terrible del padecimiento, con grandes clamores implora la misericordia del Señor.

Y no dice: Compadécete de mi hija, sino: Compadécete de mí. Como si dijera: ella no se da cuenta de su enfermedad, pero yo estoy inmensamente atormentada y siento como propia su enfermedad y al verla enloquezco. Pero él no le contestó ni una palabra. ¡Cosa más nueva e inaudita! A los judíos Cristo los atrae aun siendo ellos ingratos; aun blasfemando ellos, les ruega. En cambio, a esta mujer que lo busca, le ruega, le suplica, y que no ha sido instruida en la Ley ni en los profetas, y que por otra parte demuestra tan gran piedad, ni siquiera se digna responderle. ¿Quién no se habría dado por ofendido al ver un comportamiento tan contrario a la fama de Cristo?

Había ella oído que Jesús recorría las villas curando las enfermedades; pero ahora, cuando ella se le acerca, él la rechaza. Por otra parte, ¿a quién no habría conmovido aquel padecimiento y aquellas súplicas que la mujer hacía en favor de su hija posesa del demonio? Porque no se acercó a Cristo como digna de aquel beneficio y como si exigiera una deuda, sino pidiendo misericordia y declarando su trágico padecer; y sin embargo, no reporta ninguna respuesta. Quizá muchos de los oyentes quedaron mal impresionados, pero ella no. ¿Qué digo muchos de los oyentes? Pienso que los discípulos mismos, impresionados por la desgracia de aquella mujer, se conturbaron. Sin embargo, ni aun así impresionados se atrevieron a decirle a El: Concédele ese beneficio; sino que se le acercaron y le rogaron diciéndole: Despídela, pues viene gritando detrás de nosotros. Porque sucede que nosotros, cuando queremos persuadir de algo, con frecuencia decimos cosas inoportunas.

Cristo en cambio dice: Yo no he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel.

¿Qué hace entonces la mujer? ¿decayó de ánimo al oír semejante respuesta? ¿se alejó? ¿abandonó su empeño y anhelos? ¡De ninguna manera! Al revés, instó con mayor fuerza. No lo hacemos así nosotros. Por el contrario, si no conseguimos lo que pedimos, desistimos al tiempo en que lo conveniente sería instar con mayor fuerza. ¿A quién no habría derrotado la palabra de Jesús? El silencio mismo del Maestro podía haberla hecho desesperar, pero mucho más semejante respuesta. Al ver que juntamente con ella eran rechazados los que por ella intercedían; y al oír que lo que pedía no era posible, podía esto haberla hecho desesperar. Pero no decayó de ánimo, sino que, viendo que sus abogados nada lograban, perdiendo laudablemente la vergüenza, tomó atrevimiento.

Antes no se había atrevido a presentarse de frente, pues los discípulos dicen: Clama detrás de nosotros. Pero cuando lo verosímil era que ella, dudosa ya en su ánimo, se apartara, entonces se acercó mucho más, y adorándolo le dijo: ¡Señor, ayúdame! ¿Qué es esto, oh mujer? ¿Tienes acaso una confianza mayor que la de los apóstoles? ¿Tienes mayor fortaleza? ¡No! responde: ni mayor confianza, ni mayor fortaleza. Más aún: estoy llena de vergüenza. Pero echo mano de la audacia para suplicar. El se compadecerá de mi atrevimiento. Mas ¿por qué lo haces? ¿no has oído que dijo: No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel?

Responde la mujer: ¡Sí, lo he oído! Pero él es el Señor. Porque por este motivo ella no le dijo: ruega, suplica; sino ¡ayúdame! Y ¿qué hace Cristo? No se contentó con la prueba, sino que la aumentó, diciendo: No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los canes. Jesús con tal respuesta la colmó de tristeza más aún que con el anterior silencio. Ya no pasa el negocio a otro, ni dice: Yo no he sido enviado. Sino que cuanto más ella insiste pidiendo, tanto mayor repulsa recibe. Ya no llama él ovejas a los judíos, sino hijos, y a ella can.

¿Qué hace la mujer? De las mismas palabras de Cristo saca su argumento Como si dijera: ¡si perro soy, a lo menos ya no soy extranjera! Con razón Cristo decía: Yo he venido al mundo para juicio. A Aquella mujer, aun injuriada, muestra virtud, muestra perseverancia y fe grande; mientras que los judíos, cultivados cuidadosa y honorablemente, se portan de modo contrario. Como si ella dijera: bien sé yo que el alimento es necesario para los hijos, por lo cual yo no por eso debo ser rechazada. Si en absoluto está prohibido recibir alguna cosa, será necesario abstenerse aun de las migas; pero si en alguna cosilla se puede participar, aun cuando yo sea un can, no se me prohíbe, sino al revés, por eso mismo se me debe dar alguna partecilla.

Bien sabía Cristo que ella iba a responderle así, y por eso difería el beneficio, para que apareciera públicamente la virtud de aquella mujer. Pues si no pensara en concederlo, tampoco luego lo hubiera concedido ni a ella de nuevo la hubiera reprendido. Lo que hizo en el caso del centurión cuando le dijo: Yo iré y lo curaré, con el objeto de que conociéramos la piedad del centurión y lo oyéramos decir: No soy digno de que entres bajo mi techo; y lo que hizo con la mujer que padecía el flujo de sangre, cuando dijo: Yo he conocido que una virtud ha salido de mí, y lo que hizo con la samaritana para dejar ver que ella ni aun refutada desistía, eso mismo hace ahora. Porque no quería que tan gran virtud de aquella mujer permaneciera oculta. En realidad lo que él le decía no era para reprenderla, sino para instarla a más acercarse y para ir descubriendo aquel oculto tesoro.

Por tu parte, considera juntamente la fe y la humildad de aquella mujer. El a los judíos los llamó hijos; ella, no contenta con eso, los llamó señores: ¡tan lejos estuvo de dolerse por las alabanzas ajenas! De modo que respondió: ¡Cierto, Señor! Pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. ¿Observas la prudencia de esta mujer? ¿Cómo no se atreve a contradecir ni envidia las alabanzas ajenas ni se entristece o irrita por la injuria? ¿Ves su perseverancia? El le dice: No esta bien; ella responde: ¡Cierto, Señor! El a los judíos los llama hijos; ella, señores. El a ella la llama can; ella arguye con la costumbre de los canes. ¿Observas su humildad? Compara esto con la jactancia de los judíos. ¡Somos linaje de Abrahán y de nadie hemos sido siervos jamás; y hemos nacido de Dios! (Jn 8,33) No así la mujer, sino que se llama can y a ellos señores; y por esta humildad fue constituida hija. ¿Qué le responde Cristo?: ¡Oh mujer! ¡grande es tu fe! Por esto difería el don, para que brotara semejante expresión de aquellos labios, y por este camino coronar a aquella mujer. Hágase como quieres Como si dijera: tu fe puede hacer aun cosas mayores que ésta. Hágase, pues, como tú quieres. Esta palabra tiene afinidad con aquella otra: Hágase el cielo, y el cielo fue hecho. Y su hija desde aquella hora quedó sana.

Considera cómo esta mujer ayudó no poco a la curación de su hija. Por esto no dice Cristo: Sea sana tu hija, sino: Grande es tu fe: hágase como quieres. Para que veas que no fueron palabras de adulación, sino que hubo ahí una excelentísima virtud de fe. Y dejó Cristo que los sucesos dieran una exacta prueba y demostración de la verdad. Pues dice el evangelista que al punto quedó sana la hija. Advierte cómo, venciendo a los apóstoles y sin que ellos hicieran nada de su parte, fue la mujer la que todo lo hizo. Tan gran cosa es la perseverancia en la oración. Prefiere Dios, cuando se trata de nuestros propios intereses, que seamos nosotros mismos los que le supliquemos, a que otros lo hagan por nosotros.

Pues en el caso, los apóstoles tenían una mayor confianza, pero la mujer tuvo mucho mayor perseverancia. Por lo demás, con el feliz éxito del negocio, Jesús como que se justificó delante de los discípulos de haber retardado el milagro; y que, con razón, cuando ellos le rogaban, El no había accedido. Y partiendo de ahí Jesús vino al mar de Galilea; y habiendo subido a una montaña se asentó ahí. Y se le acercó una gran muchedumbre, en la que había cojos y mancos, ciegos y mudos y muchos otros que se echaron a sus pies y los curó. Y la muchedumbre se admiraba viendo que hablaban los mudos, los mancos sanaban, los cojos andaban y veían los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel. Unas veces va por las aldeas, otras se asienta en espera de los enfermos y lleva a los cojos hasta la montaña. Ahora no tocan sus vestidos; sino que llevados a lo alto, se arrojan a sus pies y demuestran así su doble fe. Porque cojos, suben al monte y no necesitan otra cosa, sino arrojarse a los pies de Jesús. Y era cosa de maravilla ver andar, sin que nadie les ayudara, a quienes antes eran llevados por otros; y que los ciegos veían, sin necesidad de lazarillos.

Llenó así de admiración a todos tanto la gran multitud de los que fueron curados, como la facilidad con que lo fueron. ¿Adviertes cómo a la hija de la mujer cananea la curó tras de larga espera, mientras que acá a estos enfermos los curó al punto? No fue porque éstos fueran mejores, sino porque la fe de aquélla fue más fervorosa. Por eso en el caso de la mujer, dio largas para hacer ver su perseverancia; mientras que a estos enfermos los cura al punto, para cerrar la boca al judaísmo incrédulo, y quitarle toda justificación y excusa. Pues cuanto son mayores los beneficios que alguno ha recibido, a tanto mayor castigo se le condena, en el caso de que se muestre ingrato, y ni por el honor que se le ha concedido se torne mejor. Por esto los ricos son con mayor rigor castigados que los pobres, si son malvados; puesto que ni por la mayor abundancia de bienes se tornaron más mansos. (Homilías sobre el ev. de san Mateo. Homilía 52).

San Atanasio de Alejandría:

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Conviene, pues, que los santos y amantes de la vida en Cristo se eleven al deseo de este alimento, y digan suplicantes: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.

Siendo esto así, también nosotros, hermanos míos, debemos dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros y alimentarnos del pan vivo con fe y caridad para con Dios; tanto más cuando sabemos que sin fe es imposible participar de este pan. El mismo Salvador, al tiempo de hacer una llamada general para que todos acudieran a él, decía: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. E inmediatamente después de haber hecho mención de la fe, sin la cual nadie debiera tomar este alimento, dijo: Como dice la Escritura: de las entrañas del que cree en mí manarán torrentes de agua viva. Por esta razón, él mismo alimentaba continuamente con sus palabras a los discípulos, esto es, a los creyentes, y les comunicaba la vida con la presencia de su divinidad.

En cambio, a aquella mujer cananea, que todavía no había accedido a la fe, ni se dignó siquiera responderla, aun cuando estaba muy necesitada de ser por él alimentada. Actuó de esta forma, no por desprecio —¡ni pensarlo!—, pues de lo contrario no se hubiera dirigido al país de Tiro y Sidón, sino porque todavía no era creyente y porque a causa de su origen no podía exhibir derecho alguno. Con razón obró así, hermanos míos, pues de nada servían sus ruegos antes de haber recibido la fe, puesto que sus ruegos debían estar en sintonía con su fe.

Por lo cual, quien se acerca a Dios, ante todo es necesario que crea en él, y entonces él le concederá lo que pide. Porque, como enseña Pablo, sin fe es imposible agradar a Dios. Careciendo, pues, ella todavía de fe y siendo además extranjera, hubo de oír de labios del maestro: No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero inmediatamente, dirigiéndose a la que había humillado con palabras tan duras y que, liberada de su paganismo había conseguido la fe, no la trata ya como a un perro, sino como a una persona humana, y le dice: ¡Mujer, qué grande es tu fe! Habiendo ella creído, en seguida él le otorgó el fruto de su fe, y le dijo: Que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija. (Carta Pascual 7, 6-8)

San Hilario de Poitiers:

Esta Cananea pagana no necesita para ella más curación, ya que confiesa a Cristo como el Señor e Hijo de David, pero ella pide ayuda para su hija, es decir para la muchedumbre pagana, prisionera por la dominación de espíritus impuros. El Señor se calla, guardando por su silencio el privilegio de la salvación a Israel… Llevando en él el misterio de la voluntad del Padre, responde que ha sido enviado a las ovejas perdidas de Israel, para que quedara claro, que la hija de la Cananea es el símbolo de la Iglesia… No se trata de que la salvación no sea dada también a los paganos, sino que el Señor había venido “para los suyos y en su casa”, y guarda las primicias de la fe para este pueblo del que había salido, después el resto deberá ser salvado por la predicación de los apóstoles…

Y para que comprendamos que el silencio del Señor proviene de la consideración del tiempo y no de un obstáculo puesto por él, añade: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” Quería decir que esta mujer, conocedora de su salvación, tenía fe – o lo que es mejor todavía – en la alianza de los paganos, ya cercana, por su fe, serán liberados como la niña de toda forma de dominación de los espíritus impuros. Y la confirmación de esto llega: en efecto, después de la representación del pueblo pagano en la hija de la Cananea, hombres aquejados de diversas enfermedades son presentados al Señor por la muchedumbre, sobre la montaña. Son hombres descreídos, es decir enfermos, que son traídos por creyentes a la adoración y prosternación y a quienes se les devuelve la salvación con vistas a acoger, estudiar, y seguir a Dios. (Comentario al evangelio de Mateo, 15)

 

 

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