Domingo 25º del Tiempo Ordinario – Ciclo A.-

24 de septiembre de 2017

Domingo 25º del Tiempo Ordinario

- Ciclo A.-

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (55, 6-9):

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos –oráculo del Señor–. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes que vuestros planes.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 144


R/.
 Cerca está el Señor de los que lo invocan

Día tras día, te bendeciré, Dios mío
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor y merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (1,20c-24.27a):

Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del Santo Evangelio Según San Mateo (20,1-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.” Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES

El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña…”. Dice San Gregorio Magno que:Posee una viña, la Iglesia universal, que ha tenido siempre, por así decirlo, sarmientos que han producido santos, desde Abel, el justo, hasta el último elegido que nacerá al final del mundo”.

“Salió otra vez a media mañana… Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros…”. “El Señor no deja en ningún momento de enviar obreros para cultivar su viña, es decir para enseñar a su pueblo. Porque mientras hacía fructificar las buenas costumbres de su pueblo por los patriarcas, y luego por los doctores de la ley y los profetas, y, por último, los apóstoles, trabajaba, en cierto modo, cultivando su viña por medio de sus trabajadores. Todos aquellos que, a una fe recta, han unido las buenas obras, han sido los obreros de esta viña … (San Gregorio Magno)”.

En cuanto a lo de: “Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. Como nos explica San Agustín: “En la recompensa seremos, pues, todos iguales: los últimos como los primeros y los primeros como los últimos, porque el denario es la vida eterna y en la vida eterna todos serán iguales”.

“Lo que la parábola intenta es animar más y más a los que en su última edad se han convertido a Dios y han corregido su vida y no consentirles que se tengan por in­feriores (San Juan Crisóstomo)”. O, los que como el “buen ladrón”, le encuentran en la hora undécima: “Los que habían trabajado todo el día, no habían entrado todavía en el Reino, y a él, el hombre de la hora undécima, se le admite sin hacerle esperar… Yo, el pastor, he encontrado la oveja perdida, y la cargo sobre mis hombros porque ella me ha dicho: «Me he equivocado, pero acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu Reino»” (San Cirilo de Jerusalén).

Algunos cristianos de origen judío no podían entender que los no judíos, llegados más tarde, tuvieran en la Iglesia la misma situación que ellos. Mateo a través de esta parábola los exhorta a cambiar de mentalidad, les muestra que la recompensa no es por sus méritos, ¡ni mucho menos!, es un regalo de Dios inmerecido: un Don. Dios nos enseña que su amor es gratuito y que es el secreto del Reino de Dios. “Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.

Es en este contexto donde las palabras de Isaías cobran sentido: Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos
—Oráculo del Señor—. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes”
. Y ese plan de Dios es la salvación del hombre llevada a cabo mediante la encarnación, la muerte y la resurrección de su Hijo Jesucristo. Un plan que no podía caber en cabeza humana.

El profeta Isaías nos aconseja que “busquemos al Señor mientras se le encuentra”, pues es importante recordar que no viviremos para siempre y que cuando esta vida pase, habrá pasado el tiempo de la misericordia: “Ahora es cuando disfrutamos de esa posibilidad de buscar y de encontrar. “Buscad a Dios mientras se deja encontrar, invocadle mientras está cerca”. Pasará este tiempo y esta ocasión, y esa fuente de misericordia se secará definitivamente… (San Bernardo)”.

San Bernardo de Claraval:

“Aquí no pasamos el día parados. Sabemos muy bien lo que buscamos y quien nos ha contratado: buscamos a Dios y esperamos a Dios…. Ahora es cuando disfrutamos de esa posibilidad de buscar y de encontrar. “Buscad a Dios mientras se deja encontrar, invocadle mientras está cerca”. Pasará este tiempo y esta ocasión, y esa fuente de misericordia se secará definitivamente… ¿Qué bueno eres, Señor, para el alma que te busca!. Y si tanto eres para quien te busca, ¿Cuánto más para el que te encuentra?”. (Ser. Var. 4).

“Toda alma de entre vosotros que busque a Dios, sepa que antes se anticipó otro y que ha sido buscada antes de que ella lo busque… el alma busca al Verbo, pero antes le buscó a ella el Verbo… “Busqué al amor de mi alma”. A esto te invita con antelación la benignidad de aquel que antes te buscó y te amó. En modo alguno podrías buscar si antes no te buscase, ni amar si antes no te amase. No se anticipó solo con una bendición, sino con dos: el amor y la búsqueda”. (Cant. Ser. 84).

San Gregorio Magno:

El Reino de los cielos se compara a un padre de familia que contrata trabajadores para cultivar su viña. Sin embargo ¿quién puede ser más justamente comparado con este padre de familia que nuestro Creador, que gobierna lo que ha creado, y ejerce en este mundo el derecho de propiedad sobre sus elegidos como un maestro sobre los servidores que tiene en su casa? Posee una viña, la Iglesia universal, que ha tenido siempre, por así decirlo, sarmientos que han producido santos, desde Abel, el justo, hasta el último elegido que nacerá al final del mundo.

Este Padre de familia contrata trabajadores para cultivar su viña, desde el amanecer, a la hora tercera, a la sexta, en la novena y a la 11ª hora, ya que no ha cesado, del comienzo del mundo hasta el final, de reunir predicadores para instruir a la multitud de fieles. El amanecer del día, para el mundo, era desde Adán a Noé; la tercera hora, de Noé a Abraham; la sexta, de Abraham a Moisés; la novena, de Moisés hasta la llegada del Señor; y la 11ª hora, de la venida del Señor hasta el final del mundo. Los santos apóstoles han sido enviados para anunciar en esta última hora, y aunque han llegado tarde, han recibido un salario completo.

El Señor no deja en ningún momento de enviar obreros para cultivar su viña, es decir para enseñar a su pueblo. Porque mientras hacía fructificar las buenas costumbres de su pueblo por los patriarcas, y luego por los doctores de la ley y los profetas, y, por último, los apóstoles, trabajaba, en cierto modo, cultivando su viña por medio de sus trabajadores. Todos aquellos que, a una fe recta, han unido las buenas obras, han sido los obreros de esta viña …

… ¿Por qué se dice que murmuraron los que, si bien tarde, fueron llamados al Reino?. Ninguno que murmure puede recibir el Reino de los Cielo; ninguno que reciba este Reino puede murmurar. Como los padres antiguos que existieron antes de la venida de Jesucristo, no habrían sido llevados al Reino, aun cuando vivieran santamente, si no hubiera bajado el que había de abrir las puertas del paraíso por medio de su muerte, su murmuración consistiría en que habían vivido santamente por recibir el Reino y, sin embargo se les dilataba el tiempo de recibirlo…. Nosotros, los que venimos a trabajar en la viña a la hora undécima, no murmuramos después del trabajo y recibimos el denario; porque, después de la venida de nuestro Mediador, los que nacemos en este mundo somos llevados al reino inmediatamente que quedamos libres de este cuerpo, y lo recibimos sin tardanza alguna, siendo preferidos a los antiguos padres, los cuales no lo recibieron hasta después de haber transcurrido mucho tiempo”. (Homilías sobre el Evangelio, n° 19). 

San Cirilo de Jerusalén:

Uno de los ladrones crucificados con Jesús exclamó: «¡Acuérdate de mí, Señor! Es ahora que me dirijo a ti… No te voy a decir mis obras porque me hacen temblar.

Cualquier hombre se siente bien dispuesto hacia su compañero de camino, y aquí me tienes como compañero de camino hacia la muerte. Acuérdate de mí, tu compañero de viaje, no ahora, sino cuando llegues a tu Reino».

¿Cuál es el poder que te ha iluminado, buen ladrón? ¿Quién te ha enseñado a adorar así al que es despreciado y crucificado contigo? ¡Oh luz eterna que iluminas a los que viven en tinieblas! «Ánimo… En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso, puesto que hoy has escuchado mi voz y no se te ha endurecido el corazón. Porque Adán desobedeció, pronto fue expulsado del huerto del paraíso… Tú que hoy obedeces a la fe, hoy serás salvado. Para Adán, el árbol fue ocasión de caída; a ti, el árbol te hace entrar en el paraíso…

Oh gracia inmensa e inexpresable: Abraham, el fiel por excelencia, no había todavía entrado cuando entra el ladrón. Pablo se siente lleno de estupor y dice:

«¡Allí donde creció el pecado, más desbordante fue la gracia!». Los que habían trabajado todo el día, no habían entrado todavía en el Reino, y a él, el hombre de la hora undécima, se le admite sin hacerle esperar. Que nadie murmure contra el dueño: «No hago ninguna injusticia a nadie. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?» El ladrón quiere ser justo…, me basta su fe… Yo, el pastor, he encontrado la oveja perdida, y la cargo sobre mis hombros porque ella me ha dicho: «Me he equivocado, pero acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu Reino». (Catequesis bautismal, 13).

San Agustín de Hipona:

¿Qué significa que los últimos fueron los primeros y los primeros los últimos? Que recibieron exactamente lo mismo los primeros y los últimos. ¿Qué sentido tiene, entonces, el haber comenzado a pagar por los últimos? ¿No han de recibir todos —según leemos— la recompensa al mismo tiempo? En efecto, en otro pasaje del Evangelio leemos que ha de decir a los que ponga a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino preparado para vosotros desde el inicio del mundo. Si, pues, todos han de recibir la recompensa a la vez, ¿cómo vemos aquí que los obreros de las cinco de la tarde fueron los primeros en recibirla y los de las seis de la mañana los últimos? Si logro decirlo en forma que vosotros lo entendáis, gracias sean dadas a Dios. Es a él a quien debéis agradecerlo, a él, que os da sirviéndose de mí; pues no os doy de lo mío. Si, por ejemplo, con referencia a dos personas, preguntas quién recibió primero, si la que recibió después de una hora o la que lo hizo después de doce, todo hombre responderá que recibió antes la primera de las dos. Del mismo modo, aunque todos hayan recibido a la misma hora, no obstante, puesto que unos recibieron después de una hora y otros después de doce, se dice que recibieron antes los que recibieron tras un breve espacio de tiempo. Los primeros justos como Abel, como Noé, llamados en cierto modo a las seis de la mañana, recibirán la felicidad de la resurrección al mismo tiempo que nosotros. Otros justos posteriores a ellos, como Abrahán, Isaac, Jacob y sus contemporáneos, llamados como a las nueve de la mañana, recibirán la felicidad de la resurrección al mismo tiempo que nosotros. Otros justos, Moisés y Aarón y los que con ellos fueron llamados como a mediodía, recibirán la felicidad de la resurrección con nosotros. Después de éstos, los santos profetas, llamados como a las tres de la tarde, recibirán la misma felicidad con nosotros. Al final del mundo, todos los cristianos, como llamados a las cinco de la tarde, han de recibir la felicidad de la resurrección con ellos. Todos la han de recibir al mismo tiempo, pero ved después de cuánto tiempo la reciben los primeros. Si, pues, los primeros la recibieron después de mucho tiempo y nosotros después de poco, aunque la recibamos contemporáneamente, se tiene la impresión de que nosotros la recibimos los primeros, porque nuestra recompensa no se hará esperar.

En la recompensa seremos, pues, todos iguales: los últimos como los primeros y los primeros como los últimos, porque el denario es la vida eterna y en la vida eterna todos serán iguales. Aunque unos brillarán más, otros menos, según la diversidad de los méritos, por lo que respecta a la vida eterna será igual para todos. No será para uno más largo y para otro más corto lo que en ambos casos será sempiterno; lo que no tiene fin, no lo tendrá ni para ti ni para mí. De un modo estará allí la castidad conyugal y de modo distinto la integridad virginal; de un modo el fruto del bien obrar y de otro la corona del martirio. Un estado de vida de un modo, otro estado de otro; sin embargo, por lo que respecta a la vida eterna, ninguno vivirá más que el otro. Viven igualmente sin fin, aunque cada uno viva en su propia gloria. Y el denario es la vida eterna. No murmure, pues, el que lo recibió después de mucho tiempo contra el otro que lo recibió tras poco. A uno se le da como recompensa, a otro se le regala; pero a uno y a otro se otorga lo mismo.

Existe también en esta vida algo semejante. Dejemos de lado la solución de esta parábola, según la cual a las seis de la mañana fueron llamados Abel y los justos de su época; a las nueve, Abrahán y los justos de su época; a mediodía, Moisés y Aarón y los justos de su época; a las tres de la tarde, los profetas y los justos contemporáneos suyos, y a las cinco de la tarde, como al final del mundo, todos los cristianos. Dejando de lado esta explicación de la parábola, también en nuestra propia vida puede advertirse una semejanza que la explica. Se toman como llamados a las seis de la mañana quienes empiezan a ser cristianos nada más salir del seno de su madre como a las seis de la mañana, los muchachos; como a mediodía, los jóvenes; como a las tres de la tarde, los que se encaminan a la vejez, y como a las cinco de la tarde, los ya totalmente decrépitos. Todos, sin embargo, han de recibir el único denario de la vida eterna.

Pero prestad atención y comprended, hermanos míos, no sea que alguien difiera venir a la viña, apoyado en la seguridad de que venga cuando venga ha de recibir el mismo denario. Sin duda tiene la seguridad de que se le promete el mismo denario, pero no se le manda postergar el ir a la viña. Pues ¿acaso los que fueron conducidos a la viña, cuando el padre de familia salió a las nueve de la mañana para llevar a la viña a los que encontrara y los llevó, le dijeron, por ejemplo: «Espera; no iremos allí hasta mediodía»? ¿O los que encontró a mediodía: «No iremos hasta las tres de la tarde»? ¿O los de las tres de la tarde: «No iremos hasta las cinco? Si a todos vas a dar exactamente lo mismo, ¿por qué hemos de fatigarnos nosotros más?» Lo que el padre de familia ha de dar y lo que ha de hacer es decisión suya; tú vete cuando te llamen. La recompensa se promete igual para todos, pero lo referente a la hora de emprender el trabajo plantea una gran cuestión. Pues si, por ejemplo, los que fueron llamados a mediodía, es decir, los que se hallan en la edad física en que los años jóvenes arden como arde también el mediodía; si esos jóvenes llamados dijeran: «Espera, pues hemos oído en el Evangelio que todos han de recibir una única recompensa; iremos cuando nos hagamos viejos, a las cinco de la tarde; habiendo de recibir lo mismo, ¿para qué fatigarnos?» Estos obtendrían como respuesta: «¿No quieres fatigarte, tú que ignoras si has de vivir hasta la senectud? Te llaman a mediodía, vete entonces. El padre de familia te prometió ciertamente el denario aunque fueras a las cinco de la tarde; pero nadie te ha prometido vivir hasta la una de la tarde. No digo hasta las cinco; ni siquiera hasta la una. ¿Por qué, pues, difieres seguir a quien te llama, teniendo la certeza de la recompensa y la incertidumbre respecto al día? Pon atención, no sea que, con tu dilación, te prives tú mismo de lo que él te ha de dar, conforme a su promesa». Si esto es válido aplicado a los bebés, como llamados a las seis de la mañana; referido a los muchachos, como pertenecientes a las nueve; a los jóvenes, en cuanto puestos en el ardor del mediodía, con cuánta mayor razón ha de decirse a los decrépitos: «Ve que ya son las cinco de la tarde y aún estás ahí plantado; ¿eres perezoso para venir?».(Sermón 87, 4-8).

 

San Juan Crisóstomo:

¿Qué nos quiere decir el Señor con esta parábola? Por­que lo que se dice al principio no concuerda con lo que se dice al fin, sino que más bien se afirma lo contrario. La parábola nos presenta a todos los trabajadores recibiendo el mismo jornal, y no que se rechace a unos y se admita a otros. El Señor, sin embargo, lo mismo antes de la parábola que después de ella, dice lo con­trario, a saber, que los primeros serán los últimos, y los últimos los primeros. Es decir, primeros que los mismos primeros, que no seguirán ya siendo los primeros, sino que habrán pasado a ser los últimos. Y que quiera esto significar, se ve por lo que añadió: Porque muchos son llamados, y pocos escogidos. De suerte que por doble modo hiere a los unos y consuela y anima a los otros. Mas la parábola no dice eso, sino que los últimos serán iguales a los que mucho se distinguieron y trabajaron. Porque: Los has hecho —dice— iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor.

¿Qué es, pues, lo que dice la parábola? Esto es lo que ante todo es menester poner en claro para resolver luego la otra dificultad. Ahora bien, viña llama a las ordenaciones y mandamientos de Dios; tiempo de trabajo es la presente vida; obreros, a los que de diversos modos son llamados a la guarda de los man­damientos de Dios; horas de la mañana, de tercia, sexta, nona y undécima, a los que en diversas edades se vuelven a Dios y se distinguen por su virtud. Ahora el problema consiste en si los que han venido primero y se han distinguido brillantemente y han agradado a Dios y han brillado por sus trabajos el día en­tero, al fin se dejan dominar de aquella pasión, suma de la maldad, cual es la envidia y malquerencia. Porque, viendo a los otros que reciben la misma paga que ellos, dicen: Estos últimos no han trabajado más que una hora y los has equiparado con nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor. Sin que a ellos hubiera de seguírseles daño alguno, sin que su paga se disminuyera un ápice, se enfadan y apenan por el bien de los otros, lo que constituye la esencia misma de la envidia y malque­rencia. Y hay más, y es que el mismo amo, justificándose a sí mismo y defendiéndose ante el que así había hablado, le con­dena por su maldad y extrema envidia: ¿No te conviniste con­migo en un denario? Pues toma lo tuyo y márchate, porque yo quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Porque yo soy bue­no, has de ser tú envidioso? ¿Qué se trata, pues, de demostrar con esto?…

— ¿Por qué fin, pues, fue compuesta esta parábola y qué es lo que trata de conseguir? Lo que la parábola intenta es animar más y más a los que en su última edad se han convertido a Dios y han corregido su vida y no consentirles que se tengan por in­feriores. Y ésta es justamente la razón por la que nos presenta a los otros malhumorados por los bienes de aquellos rezagados, no porque realmente se consuman y mueran de envidia, ni mucho menos. Lo que con eso se nos quiere hacer ver es que gozan aquéllos de tan grande honor que pudiera hasta causar envidia…

—Mas ¿por qué no los contrató a todos al principio? —En cuanto del amo dependía, a todos los contrató; pero si no todos le obedecieron al mismo tiempo, la diferencia dependió de la distinta disposición de los que fueron llamados. De ahí que unos son llamados de mañana, otros a la hora tercia, sexta y nona, y hasta a la undécima, cada uno en el momento que ha de obedecer al llamamiento. Esto es lo que declara también Pablo cuando dice: Mas cuando le plugo al Dios que me separó del vientre de mi madre… ¿Y cuándo le plugo? Cuando había de obedecerle. Por parte de Dios, desde el principio lo hubiera querido; mas como Pablo no hubiera querido, entonces le plugo a Dios, cuando él había de rendirse. De este modo llamó también al ladrón, a quien indudablemente podía haber llamado antes. Pero no le hubiera obedecido. Porque si Pablo no le hubiera respondido antes, mucho menos el ladrón. Ahora bien, si los obreros mismos dicen aquí que nadie los había contratado, en primer lugar, como ya queda dicho, no todo se ha de averiguar menudamente en las parábolas, y luego, que no es el amo, sino los trabajadores, quienes aquí dicen eso. El, sin embargo, no los reprende, pues pudieran desalentarse, y lo que quiere es atraérselos. Por lo demás, que, por lo que a Él tocaba, los había llamado a todos desde el principio, la parábola misma lo da a entender al decir que salió a contratarlos desde por la mañana.

Por todas partes, pues, resulta evidente que la parábola se dirige a los que desde la primera edad, por un lado, y a los que en la vejez y más tardíamente, por otro, se dan a la virtud: a aquéllos, para que no se engrían ni insulten a los de la hora un­décima; a éstos, para que sepan que pueden en breve tiempo recuperarlo todo. Y es así que, como antes había hablado acerca del fervor, del abandono de las riquezas y desprecio de cuanto se tiene, y esto requería un gran esfuerzo y un aliento juvenil, para encender en ellos la llama de la caridad y darles temple de voluntad, les hace ver la posibilidad, aun habiendo llegado tarde, de recibir paga de todo el día. Pero esto no se lo dice por el peligro de que también éstos se desvanezcan, sino que les muestra que todo es obra de su benignidad, y que, gracias a ella, tampoco ellos serán preteridos, sino que gozarán de bienes inefables. Y esto es lo que señaladamente quiere el Señor dejar bien asentado por medio de esta parábola. Y no es de maravi­llarse si luego añade. De este modo serán los últimos primeros, y los primeros últimos. Y: Porque muchos son llamados y pocos escogidos. Porque eso no lo dice como deducido de la parábola, sino que quiere sólo dar a entender que como sucedió lo uno, sucederá lo otro. Porque aquí no fueron los primeros últimos, sino que todos, contra lo que podían esperar y barruntar, recibieron el mismo pago. Ahora bien, al modo como esto sucedió, contra toda esperanza y suposición, y los últimos vinieron a ser iguales que los primeros, así también sucederá lo que es más extraño que eso, a saber, que se pongan los últimos delante de los primeros y los primeros vengan detrás de los últimos. De suerte que una cosa es lo uno y otra lo otro. Y, a mi parecer eso de los últimos y primeros lo dice el Señor, de una parte, por alusión a los judíos, y también a aquellos cristianos que brillaron al principio por su virtud, pero se descuidaron luego y se quedaron atrás; de otra, por aquellos que, convertidos de la maldad, sobrepujaron luego a muchos por su virtud… (Homilías sobre el Evangelio de Mateo. De la homilía 64).

 

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