Domingo 27º del Tiempo Ordinario – Ciclo A.-

8 de octubre de 2017

Domingo 27º del Tiempo Ordinario

- Ciclo A.-

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (5,1-7):

Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones. Pues ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones? Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña: quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su tapia para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella. La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 79,9.12.13-14.15-16.19-20


R/.
 La viña del Señor es la casa de Israel

Sacaste una vid de Egipto, 
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. 
Extendió sus sarmientos hasta el mar, 
y sus brotes hasta el Gran Río. R/.

¿Por qué has derribado su cerca 
para que la saqueen los viandantes, 
la pisoteen los jabalíes 
y se la coman las alimañas? R/. 

Dios de los ejércitos, vuélvete: 
mira desde el cielo, fíjate, 
ven a visitar tu viña, 
la cepa que tu diestra plantó 
y que tú hiciste vigorosa. R/. 

No nos alejaremos de ti: 
danos vida, para que invoquemos tu nombre. 
Señor, Dios de los ejércitos, 
restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (4,6-9):

Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,33-43):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.” Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» 
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.» 
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?” Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»
Palabra del Señor

 

COLLATIONES:

 

Continuamos con la tensión entre Jesús y los líderes judíos, que no aceptan su autoridad, ni lo aceptan como Mesías. “El Señor por lo tanto les propuso esta parábola, para que ellos, sin saberlo, se sentenciaran a sí mismos” (San Juan Crisóstomo)

“Había un propietario que plantó una viña”. Dios eligió al Pueblo de Israel para confiarles su viña, – su Ley -, pero aunque su Ley es perfecta, los frutos que recibe son “agrazones”. A pesar de eso manda a su Hijo. El Hijo viene a mostrar a los viñadores qué frutos quiere el Padre. Como nos dice San Bernardo: “Estos frutos son nuestros progresos. Y complacen al esposo, porque a Él le interesa nuestro bien”. O, como dice Orígenes: “Es el fruto de esa viña la vida irreprensible de los hombres”.

Pero ellos se han convencido de que la viña es suya, la Ley de Dios es suya y por eso no tienen por qué obedecer al Hijo. Matan al Hijo pensando que así eliminan el problema, pero el Dueño de la viña se la quitó para entregársela a otros viñadores. Entregó su Ley a aquellos, que reconocen la crueldad e injusticia cometida con el Hijo y, que se convierten en sus discípulos. A los apóstoles, a los gentiles y a todos aquellos que toman a Cristo como piedra angular de su vida. Todos los que hemos sido bautizados hemos recibido las semillas de la fe, la esperanza y la caridad, que Dios ha plantado en nuestra viña, es decir, en nuestra alma, porque como dice San Basilio: “El Señor no cesa de comparar las almas humanas a las viñas”.

Cristo es la piedra angular del Reino de Dios y el que se convierta a Él dará mucho fruto y heredará su Reino. Nos deja libertad para cultivar estas semillas y dar fruto. Quiere ver qué somos capaces de hacer con la viña que nos ha dado. Es su viña, son sus semillas, todo es suyo. “Sólo les dejó a ellos un cuidado mínimo: guardar lo que ya tenían, cuidar de lo que se les había dado. Nada se había omitido, todo estaba acabado. Mas ni aun así supieron aprovecharse, no obstante los grandes dones de Él recibidos” (San Juan Crisóstomo).

“La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel”. Nos explica San Máximo de Turín que: “La viña del Señor, dice el profeta, es la casa de Israel. Ahora bien, esta casa somos nosotros…y pues somos Israel, somos también la viña del Señor. Vigilemos, pues, que no nazca de nuestros sarmientos, en lugar de la uva dulce, el fruto de la cólera, para que no diga: «Esperaba uvas y dio agraces».

San Bernardo:

Ya hemos hecho ver que conforme a la exigencia moral, las viñas son concretamente las personas espirituales, cuyo interior, cultivado en toda su extensión, germina, fructifica y engendra el espíritu de la salvación. Lo que se afirma acerca del Reino de Dios, también podemos referirlo a estas viñas del Señor de los ejércitos, porque están dentro de nosotros. Se dice en el Evangelio que ese reino se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. San Pablo los enumera así: “el fruto del espíritu es amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, mansedumbre, lealtad, sencillez, castidad”. Estos frutos son nuestros progresos. Y complacen al esposo, porque a Él le interesa nuestro bien. (Sermón 63, sobre el Cantar de los Cantares).

San Basilio:

El Señor no cesa de comparar las almas humanas a las viñas: «Mi amigo tenía una viña en un fértil collado»; «Planté una viña y la rodeé de una cerca». Evidentemente que Jesús llama su viña a las almas humanas, que las ha cercado, como con una clausura, con la seguridad que dan sus mandamientos y la guarda que les proporcionan sus ángeles, porque «el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege». Seguidamente plantó alrededor nuestro como una empalizada poniendo en la Iglesia «en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros». Además, por los ejemplos de los santos hombres de otros tiempos, hace elevar nuestro pensamiento sin dejar que caiga en tierra donde serían pisados. Quiere que los ardores de la caridad, como los zarcillos de una vid, nos aten a nuestro prójimo y nos hagan descansar en él. Así, manteniendo constantemente nuestro deseo hacia el cielo, nos levantaremos como vides que trepan hasta las más altas cimas.

Nos pide también que consintamos en ser escardados. Ahora bien, un alma está escardada cuando aleja de ella las preocupaciones del mundo que no son más que una carga para nuestros corazones. Así, el que aleja de sí mismo el amor carnal y está atado a las riquezas o que tiene por detestable y menospreciable la pasión, por esta miserable y falsa gloria ha sido, por decirlo así, escardado, y respira de nuevo, desembarazado ya de la carga inútil de las preocupaciones de este mundo.

Pero, para mantenernos en la misma línea de la parábola, es preciso que no produzcamos únicamente madera, es decir, que vivamos con ostentación, ni que busquemos ansiosamente la alabanza de los de fuera. Es necesario que demos fruto reservando nuestras obras para ser mostradas tan sólo al verdadero propietario de la viña”. (Homilía 5 sobre el Hexaemeron, 6).

San Máximo de Turín:

La viña del Señor, dice el profeta, es la casa de Israel. Ahora bien, esta casa somos nosotros…y pues somos Israel, somos también la viña del Señor. Vigilemos, pues, que no nazca de nuestros sarmientos, en lugar de la uva dulce, el fruto de la cólera, para que no diga: «Esperaba uvas y dio agraces» ¡Qué tierra tan ingrata! La que tenía que dar a su amo frutos de dulzura, lo atravesó con espinas agudas. Así, sus enemigos, los que tenían que haber acogido a su Salvador con toda la devoción de su fe, lo coronaron con espinas en la pasión. Para ellos, esta corona significaba ultraje e injuria, pero, a los ojos del Señor, era la corona de las virtudes…

Prestad atención, hermanos, que no se diga a vuestro propósito: «Esperaba buenos frutos y dieron agraces». Estemos atentos a que nuestras malas acciones no hieran la cabeza del Salvador como espinas crueles. Hay espinas del corazón que han herido hasta la misma palabra de Dios, como lo dice el Señor en el evangelio cuando narra que el grano del sembrador cayó entre espinos, éstos crecieron y ahogaron la semilla… Vigilad, pues, que vuestra viña no produzca espinos en lugar de racimos, que vuestra vendimia no dé vinagre en lugar de vino. Cualquiera que haga la vendimia sin distribuir a los pobres sus bienes, recoge vinagre en lugar de vino. Y aquel que mete su cosecha en los graneros sin dar alimento a los indigentes, no recoge el fruto de la limosna sino el rastrojo de la avaricia. (Sermón para la fiesta de San Cipriano).

San Juan Crisóstomo:

¡Cuántas cosas nos da el Señor a entender por esta parábola! La providencia de Dios para con los judíos, tan de antiguo demostrada; su instinto de asesinos, que les viene también desde el principio; cómo nada omitió Él de cuanto atañía a la solicitud por ellos; cómo, aun después de asesinados los profetas, no los rechazó, sino que les envió a su propio Hijo. Allí vemos también cómo uno solo es el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento, las grandes cosas que llevaría a cabo la muerte de Cristo, el terrible castigo que los judíos habían de sufrir por su crimen de crucificarle, la vocación, en fin, de los gentiles y la reprobación de los mismos judíos. De ahí que el Señor pusiera esta parábola después de la anteriormente comentada, pues con ella demuestra la mayor culpa de ellos y lo absolutamente imperdonable de su pecado. — ¿Cómo y de qué manera? —Porque después de ser objeto de tanta solicitud por parte de Dios, ellos se dejaron adelantar — ¡y en qué medida! — por publicanos y rameras. Y mirad, por otra parte, la grande providencia de Dios y la inexplicable indolencia de ellos. En verdad, lo que tocaba a los labradores lo hizo Él mismo: poner la cerca en torno, plantar la viña y todo lo demás. Sólo les dejó a ellos un cuidado mínimo: guardar lo que ya tenían, cuidar de lo que se les había dado. Nada se había omitido, todo estaba acabado. Mas ni aun así supieron aprovecharse, no obstante los grandes dones de Él recibidos. Porque fue así que al salir de Egipto les dio la ley, les levantó una ciudad, les preparó un altar, les construyó un templo, y Él se ausentó. Es decir, tuvo paciencia con ellos, no castigándolos siempre inmediatamente por sus pecados. Porque esta ausencia, la inmensa longanimidad de Dios quiere decir. Y les despachó sus criados, es decir, a los profetas. Para percibir el fruto, es decir, la obediencia que debían mostrar por sus obras. Mas ellos también aquí mostraron su maldad, no sólo en no dar fruto después de ser objeto de tanta solicitud, propio efecto de su indolencia, sino también en enfadarse de que vinieran. Porque, ya que no tenían para dar y, sin embargo, eran deudores, lo que debían hacer no era irritarse, sino suplicar. Mas ellos no sólo se irritaron, sino que mancharon sus manos de sangre. Reos de castigo, lo infligieron ellos. De ahí que Dios les mandó por segunda y aun tercera vez a otros, lo que era poner en evidencia la maldad de los labradores, por un lado, y la benignidad del amo que los enviaba, por otro. —Y ¿por qué no envió inmediatamente a su propio hijo? —A fin de que, reconociendo lo que habían hecho con los criados y, calmado su furor, respetasen al hijo cuando llegara. No faltan otras explicaciones; pero de momento pasemos a lo que sigue. — ¿Qué quiere decir lo de: Tal vez lo respetarán? —No que el amo ignorara lo que iba a pasar, ni mucho menos; lo que quería era mostrar el enorme pecado de sus colonos, que no habían ya de tener perdón ninguno. Él sabía que lo habían de matar, y, sin embargo, se lo envió; pero dice: Respetarán a mi hijo, anunciando lo que debiera haber sucedido. Porque, en efecto, debieran haberlo respetado. Es lo que en otra ocasión dice: Por sí caso me escuchan; donde tampoco ignora lo que va a pasar. Mas para que no digan algunos insensatos que la predicción fuerza la desobediencia, el Señor se vale de esas expresiones: “tal vez”, “acaso”. Porque ya que con los criados se mostraron ingratos aquellos labradores, de esperar era que respetaran la dignidad del hijo. ¿Qué hacen, pues, ellos? Cuando debían haber corrido a su encuentro, cuando debían haberle pedido perdón de sus pasados crímenes, ellos se abalanzan a cometer otros mayores, añadiendo abominación a abominación, dejando constantemente atrás lo pasado con lo presente. Es lo que el Señor mismo les declaraba, diciendo: Llenad la medida de vuestros padres. Y lo mismo les echaban de antiguo en cara los profetas: Vuestras manos están chorreando sangre. Y: La sangre se mezcla a la sangre. Y: Los que edifican a Sión sobre sangre. Pero no entraban en razón. Y, sin embargo, el primer mandamiento que se les había dado fue: No matarás. Y con miras a él se les mandaba abstenerse de muchas otras cosas, y de este modo y por otros muy variados se los inducía a la guarda de este mandamiento. Y, sin embargo, no abandonaron su mala costumbre. Mas ¿qué dicen al ver al hijo? ¡Ea! Vamos a matarle. ¿Por qué y para qué? ¿De qué crimen, grande ni pequeño, teníais que culparle? ¿De que os honró y, siendo como era Dios, se hizo hombre por vosotros y entre vosotros obró todas aquellas maravillas? ¿Porque os perdonaba vuestros pecados y os convidaba al reino de los cielos? ¡Mirad, juntamente con la impiedad, la grande insensatez de estos asesinos y la locura de la causa que alegan para matar al hijo! Porque: Matémosle —dicen—y la herencia será para nosotros. ¿Y dónde deciden matarle? —Fuera de la viña.

Mirad cómo el Señor profetiza hasta el lugar en que había de morir: Y, echándole fuera, le mataron. Lucas nos cuenta haber sido el Señor mismo quien dijo lo que ellos habían de sufrir, a lo que habrían replicado: ¡Dios nos libre! Y que fue entonces cuando alegó el testimonio del profeta. Porque: Dirigiéndoles su mirada, les dijo: ¿Qué quiere, pues, decir lo que está escrito: La piedra que rechazaron los constructores, ésa vino a ser la piedra angular? Y: Todo el que cayere sobre ella, se hará pedazos. Pero, según Mateo, fueron ellos mismos los que pronunciaron su sentencia. Sin embargo, no se trata de una contradicción. En realidad sucedieron las dos cosas. Ellos pronunciaron sentencia contra sí mismos, y luego, dándose cuenta de lo que decían, exclamarían: ¡Dios nos libre! Y entonces fue cuando el Señor les opuso el testimonio del profeta para convencerlos de que así sería irremediablemente. Ni aun así, sin embargo, les reveló claramente el destino de las naciones, para no darles asidero ninguno. Sólo aludió a él diciendo: Dará en arriendo su viña a otros. Y justamente, si les propuso una parábola, fue porque quería que ellos mismos pronunciaran su sentencia. Lo mismo que sucedió con David, cuando él mismo sentenció en la parábola del profeta Natán. Mas considerad, os ruego cuán justa es la sentencia aun por el solo hecho de que los mismos que han de ser castigados se condenan a sí mismos. Luego, para hacerles ver que no sólo la justicia pedía su castigo, sino que de antiguo lo había predicho la gracia del Espíritu Santo, y era, por tanto, sentencia de Dios mismo, el Señor les alega la profecía y vivamente los reprende diciendo: ¿Nunca habéis leído que la piedra que los constructores rechazaron, ésa vino a ser la piedra angular? De parte del Señor fue hecho eso, y ello es admirable a nuestros ojos. Modos todos de manifestarles que ellos, por su incredulidad, habían de ser rechazados e introducidas en su lugar las naciones. Esto les dio a entender por medio de la cananea, esto por la asnilla en su entrada en Jerusalén, esto por el centurión, esto por otras muchas parábolas, y esto también ahora. De ahí que añadiera: De parte del Señor fue hecho esto, y ello es admirable a nuestros ojos. Con lo que de antemano les declaraba que los gentiles creyentes y cuantos creyeran también de entre los mismos judíos, vendrían a ser una misma cosa, no obstante ser tan grande la distancia que antes los separaba. Y para que cayeran en la cuenta que ninguno de aquellos hechos había de ser contrario a Dios, sino muy acepto a Él y muy maravilloso, capaz de impresionar a cuantos habían de verlo —y en verdad era milagro inefable—, prosiguió diciendo: De parte del Señor fue hecho esto, y ello es admirable a nuestros ojos. Por lo demás, llámase a sí mismo piedra, y constructores a los maestros de los judíos. Lo mismo que dice Ezequiel: Los que construyen la pared y la untan sin orden ni concierto. Y ¿cómo rechazaron, Señor los constructores? Diciendo: Éste no viene de Dios. Éste extravía al pueblo. Y otra vez: Eres un samaritano y estás endemoniado. Mas para que se dieran cuenta que su daño no había de consistir sólo en ser echados fuera, añade también los castigos, diciendo: Todo el que cayere sobre esta piedra, quedará hecho pedazos, y aquel sobre quien cayere ella, será aplastado. Con lo que les indica dos modos de ruina y perdición: uno, tropezar y escandalizarse en la piedra, que es lo que quiere decir: El que cayere sobre esta piedra. Otro, el que había de venirles de la toma de su ciudad, de su desastre y ruina general, que claramente les anuncia de antemano al decirles: Lo aplastará. Y también aquí anuncia su propia resurrección.

Ahora bien, el profeta Isaías nos dice haber sido Dios mismo quien acusa a su viña; mas aquí condena también el Señor a los príncipes del pueblo. Allí dice: ¿Qué debí hacer yo por mi viña que no lo hiciera?. Y otra vez por otro profeta: ¿Qué te he hecho y qué falta hallaron en mí vuestros padres?. Y otra vez: Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿O en qué te he contristado?. Palabras todas que descubren la ingratitud de sus almas y cómo, gozando de todo, correspondieron a Dios con ingratitud. Mas aquí hace el Señor resaltar eso con más fuerza. Porque no es al mismo quien sentencia, diciendo: ¿Qué debí hacer yo, que no haya hecho?, sino que los introduce a ellos mismos sentenciando no haber quedado nada por hacer, y ellos son los que se condenan a sí mismos. Porque cuando dicen: A esos miserables, miserablemente los hará perecer y arrendará su viña a otros labradores, no otra cosa hacen sino pronunciar más que abundantemente su propia sentencia. Esto fue lo que Esteban les echó en cara —y ello fue lo que les hirió más en lo vivo—: que, habiendo gozado de particular providencia divina, ellos correspondieron ingratamente a su bienhechor. Lo cual era la mejor prueba de que su castigo no era culpa de quien se lo infligía, sino de los mismos que se lo habían atraído y merecido. Y esto es también lo que aquí pone de manifiesto el Señor, tanto por medio de la parábola como con la profecía. Porque no se contentó con la parábola, sino que añadió una doble profecía: la de David y la suya propia. Ahora bien, ¿qué debieran haber hecho los judíos al oír todo esto? ¿Por ventura no era su deber adorar al Señor y admirar su solicitud, la de antes y la de ahora? Mas, si nada de esto los movía a corregirse, por lo menos el temor al castigo debía haberlos hecho entrar en razón. Pero no fue así. — ¿Qué hacen, pues, seguidamente? —Oído que oyeron la parábola —dice el evangelista—, comprendieron que iba para ellos. Y queriendo echarle mano, temieron a las muchedumbres, pues le tenían por un profeta. Es que se habían ya dado cuenta que a ellos aludía el Señor. Ahora bien, hay veces que, queriéndole detener, pasa por medio de ellos y no es visto; otras, ante sus mismos ojos contiene la impetuosa pasión de sus contrarios. (Homilías sobre el ev. de San Mateo. De la homilía 68).

Orígenes:

El padre de familia es Dios, que es llamado hombre en algunas parábolas, a la manera de un padre que habla con su pequeño hijo infantilmente, en sentido que le pueda entender y le instruye.

Puede decirse que el vallado es la defensa del mismo Dios, y el lagar es el sitio de las libaciones. Acerca de lo cual prosigue: “Y cavando hizo en ella un lagar”.

Como el Señor había estado con los israelitas en la nube durante el día y en la columna de fuego durante la noche, en adelante ya no se les apareció en esta forma. El pueblo judío se llama, pues, viña, según Isaías. La amenaza del padre de familia se hace en contra de esta viña, y en el Evangelio no se inculpa a esta viña, sino a sus habitantes. Pero en el Evangelio se entiende por viña el reino de Dios, esto es, la doctrina que se encuentra en las Sagradas Escrituras. Y es el fruto de esa viña la vida irreprensible de los hombres. Según las Sagradas Escrituras la cerca fue puesta a la viña para que los frutos que ella tiene escondidos no sean vistos por los que están fuera. La profundidad de la palabra divina es el lagar de la viña, en el cual los que aprendieron la palabra de Dios derraman su saber como frutos. Y la torre edificada es la palabra que procede del mismo Dios y de las misericordias de Jesucristo. Entregó esta viña a sus campesinos -esto es, a los que vivieron antes que nosotros-, tanto sacerdotes como seglares. Y se marchó lejos a su estancia para dar a los campesinos ocasión de trabajar. Se acerca, pues, el tiempo de los frutos. Según sucede en cada una y generalmente en todas las creaturas, el primer tiempo de la vida se parece a la infancia, y entonces nada produce, únicamente tiene en sí mucha fuerza y vigor. Cuando empieza a poder hablar, es el tiempo de la generación. Todo lo que progresa el alma de un niño, progresa también la viña -esto es, la palabra de Dios-, y después que ha crecido, la viña produce el maduro fruto de la caridad, de la alegría, de la paz y de otras cosas por el estilo.
Y para el pueblo, que recibió la Ley por medio de Moisés, se acerca el tiempo de que alguna vez dé frutos.

Y aquello que dice: “Respetarán a mi hijo” parece que se cumple respecto de aquellos judíos que, conociendo a Jesucristo, creyeron en El. Pero está aquello otro que dice: “Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: éste es el heredero, venid, matémosle”. En estas palabras se cumplió aquello de que, habiendo visto a Jesucristo y conociendo que era Hijo de Dios, sin embargo, lo crucificaron.

Y cuando dice: “Le sacaron fuera de la viña”, me parece que lo consideraron como extraño de la viña y de los colonos.

Como Caifás, así éstos no vaticinaron por sí mismos contra sí, puesto que se les había de privar de la divina gracia que había de pasar a los gentiles los cuales habían de dar fruto a su tiempo; y el Señor, a quien mataron, vino en seguida resucitado de entre los muertos y perdió a los malos colonos de mala manera. Entregó entonces su viña a otros colonos (esto es, a los apóstoles), o sea a aquéllos que creyeron, procedentes del pueblo judío.

”Fue el Señor quien hizo esto…” Esto es, esta piedra es un don regalado por Dios al edificio del universo, y es la cabeza admirable que se presenta a nuestra vista para que podamos verla con la luz de nuestra inteligencia.

Llama reino de Dios a los misterios del reino de Dios, es decir, a las divinas Escrituras que el Señor ha dictado. En primer lugar, a aquel pueblo primitivo a quien fueron confiados los primeros misterios; en segundo lugar, a los gentiles que producían frutos. A nadie se concede la palabra de Dios, sino al que da de ella frutos. Y a ninguno se concede tampoco el reino de Dios si el pecado reina en él. Por lo tanto, ¿cómo les fue dado a aquéllos a quienes se le volvió a quitar? Pero observa que lo que se da, se da gratuitamente. Y aquéllos a quienes concedió esta gracia, no se la concedió en absoluto, como a sus escogidos y a sus fieles, a quienes la dio por juicio de elección.

Conocen algo de lo que es verdad cuando lo consideran como a un profeta, pero no conocen toda su grandeza, según la cual era hijo de Dios. Los príncipes temen a las turbas que conociéndolo así estaban dispuestas a defenderlo, porque no pueden ponerse a la altura de sus conocimientos, no creyendo nada digno respecto de Él. Por lo tanto, debe tenerse en cuenta que habían diversas opiniones entre los que querían prender a Jesús. Los príncipes y los fariseos deseaban detenerlo, pero de un modo distinto al que deseaba tenerle la esposa del Cantar de los Cantares, cuando dice: “Lo he sujetado y no lo dejaré hasta que lo lleve a mi tienda”, o como dice en otro lugar: “Subiré a la palma, y tendrá su altura”. Pero los que no conocen perfectamente a la divinidad quieren cogerle para maltratarle. Además, no se deben comprender ni admitir palabras contrarias a las de Jesucristo. Ninguno puede por lo tanto comprender el Verbo de la verdad -esto es, entenderlo- ni separar del sentido de los que creen, ni mortificarlo -esto es, destruirlo-. (Homilía 19 in Matthaeum).

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