Domingo 32º del Tiempo Ordinario – Ciclo A.-

12 de noviembre de 2017

Domingo 32º del Tiempo Ordinario

- Ciclo A.-

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (6,12-16):

La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta. Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 62,2.3-4.5-6.7-8 


R/.
 Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, 
mi alma está sedienta de ti; 
mi carne tiene ansía de ti, 
como tierra reseca, agostada, sin agua. R/.

¡Cómo te contemplaba en el santuario 
viendo tu fuerza y tu gloria! 
Tu gracia vale más que la vida, 
te alabarán mis labios. R/.

Toda mi vida te bendeciré 
y alzaré las manos invocándote. 
Me saciaré como de enjundia y de manteca, 
y mis labios te alabarán jubilosos. R/.

En el lecho me acuerdo de ti 
y velando medito en ti, 
porque fuiste mi auxilio, 
y a la sombra de tus alas 
canto con júbilo. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (4,13-17):

No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él. Esto es lo que os decimos como palabra del Señor: Nosotros, los que vivimos y quedamos para cuando venga el Señor, no aventajaremos a los difuntos. Pues él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

“Esta parábola de las vírgenes y la siguiente de los talentos se asemejan a la anterior del criado fiel y del otro ingrato y consumidor de los bienes de su señor. En conjunto son cuatro las comparaciones que, en términos diferentes, nos dirigen la misma recomendación, es decir, el fervor con que hemos de dar limosna y ayudar al prójimo en todo cuanto podamos, como quiera que de otro modo no es posible salvarse”. San Juan Crisóstomo nos ha dado en pocas palabras la clave de cuatro parábolas, incluida la de hoy. “Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas”. Las vírgenes sensatas, según San Agustín, “representan todas las almas que han de entrar en el reino de Dios”. Y las necias son las almas de los que “acostumbraban a ser alabados y como a ser excitados a las buenas obras, no por la solidez de la buena conciencia, sino por el incentivo de la lengua ajena”.

“El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron”.  Lo que quiere decir para San Agustín, que “al retrasarse la venida del Señor, tanto a las necias como a las sabias les sobreviene la muerte de la vida corporal y visible”. Pero, si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él”. Y cuando el Esposo estaba por llegar,  las necias dijeron a las sensatas: Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero como nos explica San Juan Crisóstomo: “en el otro mundo, a quienes sus propias obras falten, nadie los podrá socorrer, no porque no quiera, sino por ser imposible”.

Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. “¿Y quiénes son los que lo venden? Los pobres. ¿Y dónde están éstos? En la tierra, y en la tierra había que buscar el aceite, y no en aquel momento” (San Juan Crisóstomo).

No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza”. Esperamos, por lo tanto, como dice san Gregorio Nacianceno, el día en el que: “cual radiantes almas vírgenes, no adormiladas por la pereza o la indolencia, saldremos al encuentro de Cristo, el esposo, con las radiantes lámparas de la fe, a fin de que no se presente de improviso, sin nosotros saberlo, aquel cuya venida esperamos, y nosotros, desprovistos de combustible y de aceite, careciendo de buenas obras, seamos excluidos del tálamo nupcial”.

 

San Juan Crisóstomo:

Esta parábola de las vírgenes y la siguiente de los talentos se asemejan a la anterior del criado fiel y del otro ingrato y consumidor de los bienes de su señor. En conjunto son cuatro las comparaciones que, en términos diferentes, nos dirigen la misma recomendación, es decir, el fervor con que hemos de dar limosna y ayudar al prójimo en todo cuanto podamos, como quiera que de otro modo no es posible salvarse. Pero en la parábola de los criados se habla, de modo más general, de todo género de ayuda que hemos de prestar a nuestro prójimo; en esta de las vírgenes nos encarece el Señor particularmente la limosna, y de modo más enérgico que en la parábola pasada. Porque en ésa castiga al mal siervo aquel que golpea a sus compañeros y se emborracha y dilapida los bienes de su señor; en esta otra, al que no aprovecha ni da generosamente de lo suyo a los necesitados. Porque las vírgenes necias llevaban, sin duda, aceite; pero no abundante, y por eso son castigadas. Mas ¿por qué motivo nos presenta el Señor esta parábola en la persona de unas vírgenes y no supuso otra cualquiera? Grandes excelencias había dicho sobre la virginidad: Hay eunucos que se castraron a sí mismos por amor del reino de los cielos. Y: El que pueda comprender, que comprenda. Por otra parte, sabe el Señor que la mayoría de los hombres tienen una alta idea sobre la misma virginidad. Y en verdad, cosa es por naturaleza grande, como se ve claro por el hecho de que en el Antiguo Testamento no fue practicada por aquellos santos y grandes varones y en el Nuevo no llegó a imponerse por necesidad de ley. En efecto, no la mandó el Señor, sino que dejó a la libre voluntad de sus oyentes practicarla o no. De ahí que diga también Pablo: Acerca de las vírgenes, no tengo mandamiento del Señor. Alabo ciertamente a quien la guarde, pero no obligo al que no quiera ni hago de ella un mandato. Ahora bien, puesto que tan grande cosa es la virginidad y de tanta gloria goza entre los hombres, para que nadie al practicarla se imaginara haberlo ya hecho todo y anduviera tibio y descuidado en las demás virtudes, pone el Señor esta parábola, que basta para persuadirnos que la virginidad, y aun todos los otros bienes, sin el bien de la limosna, es arrojada entre los fornicadores, y entre éstos pone el Señor al hombre cruel y sin misericordia. Y ello con mucha razón, pues el uno se dejó vencer del amor de la carne, y el otro del amor del dinero. Y no es igual el amor de la carne que el dinero. El de la carne es más ardiente y más tiránico. De ahí que cuanto el adversario es más débil, menos perdón merecen los derrotados. De ahí también que llame el Señor necias a aquellas vírgenes, pues, habiendo pasado el trabajo mayor, lo perdieron todo por el menor. Por lo demás, lámparas llama aquí al carisma mismo de la virginidad, a la pureza de la castidad, y aceite, a la misericordia, a la limosna, a la ayuda de los necesitados.

Como tardara, pues, el esposo, dormitaron todas y se durmieron. Aquí da nuevamente a entender el Señor que no había de ser breve el tiempo intermedio, disuadiendo así a sus discípulos a que no esperaran la inmediata aparición del reino de Dios. En realidad, eso es lo que ellos esperaban, por lo que constantemente está el Señor quitándoles tal esperanza. Después de eso pone de manifiesto que la muerte es un sueño. Porque se durmieron—dice—. Pero hacia la media noche se oyó un grito… Aquí, o es que el Señor quería seguir el hilo de la parábola, o nuevamente nos significa que la resurrección había de ser durante la noche. Del grito también hace mención Pablo cuando dice: A una voz de mando, a la voz del arcángel, con la última trompeta, bajará del cielo— ¿Y qué significan las trompetas? ¿Y qué dice el grito? —¡El esposo viene!

Ya, pues, que las vírgenes apercibieron sus lámparas, las necias les dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite. De nuevo las llama el Señor necias, con lo que nos da a entender que no hay fatuidad mayor que la de quienes se dedican a hacer dinero en la tierra y se van desnudos al otro mundo, donde más necesidad tendremos de caridad y misericordia. Y no son sólo por eso necias, sino porque se imaginaron que de allí iban a recibir aceite, y lo buscaron fuera de tiempo. Realmente, nadie más compasivo que las vírgenes prudentes, como que ello era su más señalada gloria. Por otra parte, tampoco las necias les piden todo su aceite: Dadnos —les dicen— de vuestro aceite. Y les manifiestan juntamente su necesidad: Porque se nos apagan las lámparas. Y ni aun así consiguieron nada. Ni la compasión de las rogadas, ni lo fácil del ruego que se les hacía, ni el apremio de la necesidad fueron parte para que aquellas pobres necias lograran un poco de aceite. ¿Qué lección sacamos de ahí? Que en el otro mundo, a quienes sus propias obras falten, nadie los podrá socorrer, no porque no quiera, sino por ser imposible. Las vírgenes necias, en verdad, se refugian en lo imposible. Esto puso también de manifiesto el bienaventurado Abrahán cuando dijo: Un gran abismo se abre entre vosotros y nosotros, de modo que ni aun los que quieren, pueden atravesarlo. Marchad más bien a los que venden y compradlo ¿Y quiénes son los que lo venden? Los pobres. ¿Y dónde están éstos? En la tierra, y en la tierra había que buscar el aceite, y no en aquel momento.

Mirad cómo con los pobres podemos hacer nuestro negocio. Si los quitáramos del mundo, habríamos suprimido una grande esperanza de salvación. Por eso, aquí, cuando el tiempo nos invita a ello, aquí es donde debemos recoger el aceite, para que allí nos aproveche. No aquél, sino éste, es el tiempo de la recolección. No consumáis, pues, vanamente vuestros bienes en placeres y ostentación, pues mucha necesidad tendréis allí de aceite. Oyendo las necias aquello, se fueron a comprar, pero no compraron nada. Esto lo pone el Señor, o por seguir la parábola y terminar su trama, o para darnos a entender que, aun cuando después de la muerte nos volvamos misericordiosos, de nada nos aprovechará ya esa misericordia para escapar al castigo. Consiguientemente, tampoco a las vírgenes necias les valió para nada su tardío fervor, pues aquí y no allí tenían que haber acudido a los vendedores. Como de nada tampoco le valió al otro rico haberse vuelto tan compasivo, que se preocupaba en el infierno por sus familiares. Porque el que había pasado de largo sin mirar al pobre Lázaro tendido junto a su puerta, ése es el que ahora tiene tanta prisa por librar a sus hermanos del infierno, a quienes ya ni veía, y suplica se les mande alguno que les anuncie lo que allí pasaba. Sin embargo, ni el rico ni las vírgenes consiguieron nada. Porque, apenas oída la respuesta, se marcharon, vino el esposo, y las que estaban prevenidas entraron, y las otras se quedaron fuera. Después de tantos trabajos, después de tantos sudores, después de aquella insoportable lucha y de los trofeos levantados contra la naturaleza rabiosa, las vírgenes necias hubieron de retirarse avergonzadas, con sus lámparas apagadas y la cabeza baja. Nada hay, en efecto, más lúgubre que la virginidad si no va acompañada de la limosna. Así, la gente suele llamar amargados a los que no tienen misericordia. ¿Dónde está, pues, el orgullo de la virginidad, si no vieron al esposo ni, llamando a la puerta, lograron se les abriera, sino que oyeron la terrible palabra: Iros, no os conozco? Ahora bien, cuando el Señor dice eso, ya no queda otra cosa que el infierno y el suplicio insoportable, o, más bien, esa palabra misma es más dura que el mismo infierno. Es la palabra que había dicho a los obradores de iniquidad. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Mirad cómo pone constantemente el mismo epílogo, dándonos a entender qué provechosa nos es la ignorancia de nuestra salida del mundo. ¿Dónde están, pues, ahora esos que se pasan la vida entera en la tibieza y, cuando nosotros les reprendemos, nos replican: En la hora de mi muerte dejaré para los pobres? Escuchen esas palabras del Señor y corríjanse. En verdad, muchos se vieron burlados en aquel momento, arrebatados que fueron repentinamente, sin dárseles tiempo a mirar por los mismos que hubieran querido. (Homilías sobre el Ev. de San Mateo. De la homilía 78)

San Agustín de Hipona:

⊕ El Apóstol nos exhorta a no entristecernos por nuestros seres queridos que duermen, o sea, que han muerto, como hacen los que no tienen esperanza, es decir, esperanza de la resurrección e incorrupción eterna. En efecto, también la costumbre de la Escritura los denomina con toda verdad durmientes, para que al escuchar este término no perdamos en absoluto la esperanza de que han de volver al estado de vigilia. Por ello se canta también en el salmo: ¿Acaso el que duerme no volverá a levantarse? Los muertos, pues, producen tristeza, en cierto modo natural, en aquellos que los aman. El pánico a la muerte no proviene, en efecto, de la sugestión, sino de la naturaleza. Ni la muerte habría sobrevenido al hombre si no hubiese existido antes la culpa que originó la pena. En consecuencia, si hasta los animales, que han sido creados para morir cada uno a su debido tiempo, huyen de la muerte y aman la vida, ¡cuánto más el hombre, que había sido creado de forma que si hubiera querido vivir sin pecado hubiera vivido sin término! De aquí surge la necesidad de estar tristes cuando, al morir, nos abandonan aquellos a los que amamos, pues aunque sabemos que no nos abandonan para siempre a los que quedamos aquí, sino que nos preceden por algún tiempo a quienes hemos de seguirles, sin embargo, la misma muerte de la que huye la naturaleza, cuando se adueña del ser amado, contrista en nosotros el afecto que origina la amistad misma. Por eso no nos exhortó el Apóstol a no entristecernos, sino a no hacerlo como los demás que no tienen esperanza. En la muerte de los nuestros, pues, nos entristecemos ante la necesidad de perderlos, pero con la esperanza de recuperarlos. Nos angustia lo primero, nos consuela lo segundo; allí nos abate la debilidad, aquí nos levanta la fe; de aquello se duele la condición humana, de esto nos sana la promesa divina. (Sermón 172,1)

 

⊕ Aquellas vírgenes simbolizan las almas. En realidad, no eran cinco, sino que en las cinco se hallaban representadas millares. Además, en aquel número quinario se hallan comprendidos no sólo las mujeres, sino también los hombres, pues a uno y a otro sexo se les representa por una mujer, por la Iglesia; y a ambos sexos, es decir, a la Iglesia, se la llama virgen: Os desposé con un solo varón para presentaros, cual virgen casta, a Cristo. Pocos poseen la virginidad de la carne; la del corazón deben poseerla todos. La virginidad de la carne consiste en la pureza del cuerpo; la virginidad del corazón, en la incorruptibilidad de la fe. Luego toda la Iglesia se denomina virgen, y el pueblo de Dios se nombra con el género masculino. Ambos sexos son pueblo de Dios, un pueblo y un solo pueblo; y también una Iglesia y una sola paloma. Y en esta virginidad hay miles de santos. Luego las cinco vírgenes representan todas las almas que han de entrar en el reino de Dios. Con razón se consignó con el número quinario (esta virginidad), porque cinco son los sentidos del cuerpo conocidísimos por todos. Por cinco puertas entra algo al alma mediante el cuerpo; o por los ojos, o por el oído, o por el olfato, o por el gusto, o por el tacto entra lo que codicias malamente. El que no da paso a la corrupción por estas cinco puertas, se computa entre las cinco vírgenes. A esta corrupción se da paso por medio de los deseos ilícitos. Que sea lícito o ilícito, nos lo dice la Escritura a cada momento. Es necesario que te cuentes entre aquellas cinco vírgenes. Así no temerás lo que se dice: “Nadie entrará.” Se dice esto, y así acontecerá, pero una vez que hayas entrado. Nadie cerrará, dejándote fuera; pero, una vez que hayas entrado, se cerrarán las puertas de Jerusalén y se asegurarán los cerrojos de sus puertas. Pero, si tú no quieres ser virgen de corazón o pretendes ser virgen del número de las necias, quedarás fuera y en vano llamarás.

¿Quiénes son las vírgenes necias, pues ellas son cinco también? Las almas que conservan la continencia de la carne, evitando la depravación proveniente de todos los sentidos, que ya conmemoré. Estas evitan ciertamente la corrupción que dimana de cualquier parte, pero no llevan su bien en la conciencia ante los ojos de Dios, sino que pretenden agradar con él a los hombres siguiendo el parecer ajeno. Van a caza de la aclamación del populacho, y, por lo mismo, se hacen viles al querer ser estimadas de los espectadores no bastándoles su conciencia. Con razón no llevan óleo consigo. El óleo es el acto de gloriarse debido al brillo y al esplendor. ¿Pero qué dice el Apóstol? Atiende tú a las vírgenes sabias, que llevan el óleo consigo, (y ve lo que dice): Cada uno pruebe su propia obra, y entonces tendrá gloria en sí mismo y no en otro. Estas son las vírgenes sabias. Las necias encienden ciertamente sus lámparas, parece que lucen sus obras, pero decaen y se apagan, porque no se alimentan con el óleo interior. Tardando el Esposo, todas se duermen, porque ambos géneros mueren. Al retrasarse la venida del Señor, tanto a las necias como a las sabias les sobreviene la muerte de la vida corporal y visible, a la cual llama la Escritura sueño, conforme es sabido por todos los cristianos. Al decir el Apóstol sobre los enfermos: Porque hay entre vosotros muchos enfermos y sin salud, y muchos duermen pesadamente, dijo duermen por “mueren”. Ved que el Esposo ha de venir, y todos se levantarán, pero no todos entrarán, pues faltarán las obras a las vírgenes necias al carecer del óleo en la conciencia, y no encontrarán a quienes compren lo que solían venderles los aduladores. Las que se mofan, no las que envidian, dice: Id, compradlo para vosotras. Se lo habían pedido las necias a las prudentes, diciéndoles: Dadnos aceite, pues nuestras teas nupciales se apagan. ¿Y qué les dijeron las sabias? Id más bien a los que lo venden y compradlo para vosotras, no sea que no haya bastante para nosotras y vosotras. Esto era lo que había de amonestarse: “¿De qué os aprovechan ahora aquellos de quienes acostumbrabais a comprar la adulación?” Y mientras ellas fueron a comprarlo, entraron las prudentes y se cerró la puerta. Cuando se alejan con el corazón, cuando se ejecutan tales cosas, cuando se apartan de la recta intención y, volviéndose atrás, recuerdan las cosas pasadas, se encaminan a los vendedores; pero entonces no encuentran a los protectores, no encuentran a sus loadores, por quienes acostumbraban a ser alabados y como a ser excitados a las buenas obras, no por la solidez de la buena conciencia, sino por el incentivo de la lengua ajena.

Lo que se consignó: No sea que no tengamos bastante nosotras, se dijo con gran reconocimiento de humildad, pues el óleo que llevamos en nuestra conciencia es el juicio que tenemos de nosotros, y es difícil que alguno juzgue perfectamente de sí mismo. Hermanos míos, por mucho que aproveche el hombre, por más que se encamine a lo de adelante y se olvide de lo de atrás, si se dice ya a sí mismo: “Está bien”, debemos decir que avanza con la regla sacada de los tesoros de Dios y que examina hasta poner en claro su modo de ser. Pero ¿quién se gloriará de tener puro el corazón? ¿Quién se gloriará de estar limpio de pecado? Pues ¿qué dice la Escritura? Se hará juicio sin misericordia a quien no hizo misericordia. Por tanto, por mucho que progreses, has de esperar en la misericordia. Pues, si se aplica la justicia sin misericordia, en cualquiera parte encontrarás algo que condenar. ¿Con qué nos consuela la Escritura? Con lo que nos exhorta a hacer misericordia, para que crezcamos dando lo que nos sobra. Tenemos muchas cosas superfluas si las tenemos como innecesarias, puesto que, si buscamos las frívolas, nada nos basta. Hermanos, reclamad, pedid lo suficiente para la obra de Dios, no lo que llene vuestra codicia. Vuestra codicia no es obra de Dios. Vuestra hermosura, vuestro cuerpo, vuestra alma, todo esto es obra de Dios. Pedid las cosas que bastan, y veréis qué pocas son. A la viuda le bastaron dos ochavos para obrar la misericordia; le bastaron dos ochavos para comprar el reino de Dios. Para equipar tantas veces a los gladiadores, ¿qué le basta al empresario? Ved que no sólo son pocas las cosas que os bastan, sino que ni el mismo Dios exige muchas de vosotros. Reclama cuanto te dio, y de ello toma cuanto te basta; las demás cosas que como superfluas tienes arrinconadas, son necesarias para otros. Las cosas superfluas de los ricos son las necesarias de los pobres. Se poseen bienes ajenos cuando se poseen bienes superfluos. (Comentario al Salmo 147,10-12).

San Gregorio Nacianceno:

La pausa que harás ante el gran santuario inmediatamente después del bautismo simboliza la gloria de la vida futura. El canto de los salmos, a cuyo ritmo serás recibido, es el preludio de aquella himnodia. Las lámparas que encenderás son figura de aquella procesión de antorchas, con que, cual radiantes almas vírgenes, no adormiladas por la pereza o la indolencia, saldremos al encuentro de Cristo, el esposo, con las radiantes lámparas de la fe, a fin de que no se presente de improviso, sin nosotros saberlo, aquel cuya venida esperamos, y nosotros, desprovistos de combustible y de aceite, careciendo de buenas obras, seamos excluidos del tálamo nupcial.

Mi imaginación me representa aquella triste y miserable escena. Estará presente aquel que, al oírse la señal, exigirá que salgan a su encuentro. Entonces todas las almas prudentes le saldrán al encuentro con una luz espléndida y con sobreabundante provisión de aceite; las restantes, muy azoradas, pedirán intempestivamente aceite a las que están bien surtidas. Pero el esposo entrará a toda prisa y las prudentes entrarán junto con él; en cambio, a las necias que emplearon el tiempo en que debieran entrar en el aderezo de sus lámparas, se les prohibirá el ingreso y se lamentarán a grandes voces, comprendiendo, demasiado tarde, el daño que se han acarreado con su negligencia y su desidia. La puerta de entrada al tálamo nupcial, que ellas mismas culpablemente se cerraron, no les será abierta por más que lo pidan y supliquen.

No imitéis tampoco a aquellos que rehusaron participar en las bodas que el buen padre preparó para el óptimo esposo, poniendo como excusa, bien que acaba de casarse, bien el campo recientemente comprado, bien la yunta de bueyes mal adquirida: privándose de este modo de unos bienes mayores por la solicitud de cosas insignificantes y fútiles.

Tampoco tendrá allí puesto el orgulloso y el arrogante, como tampoco el perezoso y el indolente, ni el que va vestido con un traje sucio o impropio de una fiesta nupcial, aun cuando en esta vida se hubiere considerado digno de semejante honor y se hubiere furtivamente confundido entre los demás, lisonjeándose con una esperanza ilusoria.

Y después, ¿qué? Una vez entrados allí, el esposo sabe muy bien lo que va a enseñarnos, y cómo se entretendrá con las almas que le acompañaron al entrar. Pienso que se entretendrá con ellas introduciéndolas en los más excelentes y puros misterios. ¡Ojalá que también nosotros nos hagamos partícipes de tales misterios, tanto los que esto os enseñamos como los que aprendéis. En Cristo Señor nuestro, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos. Amén. (Sermón 40 en la festividad del bautismo, 46)

 

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