Domingo 33º del Tiempo Ordinario – Ciclo A.-

19 de noviembre de 2017

Domingo 33º del Tiempo Ordinario

- Ciclo A.-

Primera lectura

Lectura del libro de los Proverbios (31,10-13.19-20.30-31):

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso, y sostiene con la palma la rueca. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 127,1-2.3.4-5


R/.
 Dichoso el que teme al Señor

Dichoso el que teme al Señor 
y sigue sus caminos. 
Comerás del fruto de tu trabajo, 
serás dichoso, te irá bien. R/. 

Tu mujer, como parra fecunda, 
en medio de tu casa; tus hijos, 
como renuevos de olivo, 
alrededor de tu mesa. R/. 

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. 
Que el Señor te bendiga desde Sión, 
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (5,1-6):

En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas, Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,14-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.” El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”»
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES.

“Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará?” Según San Agustín, ya ha sido hallada: “tiene un marido extraordinario que la encontró perdida y, habiéndola hallado, la atavió… La mujer de la que pensamos decir algo es la Iglesia”. Mujer que, “como parra fecunda”, llenará la mesa del Señor de “renuevos de olivo”. Pues la Iglesia invita a todos los hombres a formar parte de ella y los prepara para el banquete celestial.

Esta mujer hacendosa educa a sus hijos para que “teman al Señor y sigan sus caminos”. Y hoy nos invita a estar vigilantes, porque no sabemos cuándo volverá el Señor, pues “el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Pero, sí sabemos que cuando lo haga, se pondrá a “ajustar las cuentas” con nosotros. Hagamos lo posible por no oír del Señor: “Eres un empleado negligente y holgazán”. Como nos comenta Orígenes: “Holgazanes, porque no hemos traficado con la palabra de Dios la salvación, nuestra o la de los demás, cuando hubiéramos debido depositar el dinero de nuestro Señor, es decir, sus palabras, en el banco de los oyentes, …, de suerte que cuando vuelva el Señor pueda recibir la palabra que nosotros hemos encomendado a otros con los intereses y, por añadidura, con los frutos producidos por quienes de nosotros recibieron la palabra”.

Nos recuerda San Juan Crisóstomo que: “Nada hay tan grato a Dios como el que tú consagres tu vida a la común utilidad. Para eso nos dotó de la facultad de hablar y de pies y manos y de fuerzas corporales, de mente, inteligencia; para que todo lo usemos para utilidad común y salvación nuestra”. Todo lo hemos recibido de Dios y tenemos que usarlo para “común utilidad”. El Señor condena a quienes no desarrollan los dones recibidos o los emplean en su propio servicio, y no en el servicio a Dios y al prójimo. Dios quiere que empleemos en su gloria todo cuanto de Él hemos recibido. Como nos aconseja San Bernardo: “Serás verdadero siervo fiel cuando no te apropies nunca la gloria de tu Señor, que no nace de ti, pero pasa por ti… Imitarás a Pablo y a los predicadores que fueron fieles, porque no se predicaron a sí mismos ni buscaron su interés, sino el de Jesucristo, igual que tú”.

San Juan Crisóstomo:

La (parábola) de los talentos, se dirige a quienes no quieren aprovechar al prójimo ni con su dinero, ni con su palabra, ni con el gobierno, ni de ninguna otra manera, sino que lo esconden todo… En Lucas la parábola de los talentos se cuenta de otro modo; pero debemos decir que se trata de parábolas distintas. En Lucas de una misma suma los lucros son diversos, puesto que de una mina un siervo entregó cinco, otro diez minas; y por esto no tuvieron la misma recompensa. Aquí, en cambio, fue al contrario; y por esto las coronas fueron iguales. Pues así como el que recibió dos talentos entregó además otros dos, así el que recibió cinco entregó otros cinco. En cambio, en la otra parábola, con el mismo capital uno logró mayor rendimiento y otro menos; y por lo mismo, al premiarlos no es igual la recompensa.

Advierte cómo el dueño no exige al punto y desde luego la ganancia. Así también dio la viña a los vinicultores y se fue lejos. Y en esta parábola les dio a los siervos su capital, y él se marchó. Para que por aquí entiendas su gran paciencia. A mí me parece que aquí deja entender la resurrección. Sólo que aquí no hay distinción entre vinicultores y viña, sino que todos son operarios. Es porque aquí habla no a solos los príncipes y a los judíos, sino a todos los hombres.

Al entregar los resultados, los operarios ingenuamente confiesan y entregan en conjunto lo suyo y lo de su señor. Uno dice: Señor: cinco talentos me diste; otro dice dos; con lo que demuestran que pudieron proceder a su operación gracias a su Señor y que por lo mismo le están muy agradecidos, y todo lo estiman como de su Señor. ¿Qué les dice el Señor?: ¡Enhorabuena, siervo diligente y fiel! Porque es propio del hombre honrado reconocer las cualidades del prójimo. Has sido fiel en lo poco, yo te estableceré en lo mucho. Entra en el festín de tu Señor. Palabra que encierra toda la felicidad y bienandanza. No dijo lo mismo el otro siervo, sino ¿qué?: Señor: yo sabía que eres severo. Siegas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por esto, aterrorizado, fui y escondí en tierra tu talento. Mira: aquí tienes lo que es tuyo. ¿Qué le respondió el Señor? ¡Siervo malo y perezoso! Lo razonable era que llevaras mi dinero a los banqueros. Es decir, debiste acudir a ellos, hablarles, instarlos, consultarlos. ¿Dirás que ellos no hacen caso de eso? No te toca a ti. ¿Quién hay más manso que este Señor? Ciertamente los hombres no proceden así; sino que obligan a dar cuentas al mismo que colocó a rédito. Pero este Señor no procede del mismo modo. Sino que dice al siervo: A ti te tocaba poner mi dinero a rédito y a mí dejarme eso de exigir cuentas. Yo habría exigido mi dinero con sus réditos. Llama réditos a la exhibición de las obras que se siguen de escuchar la predicación.

Es como si le dijera: A ti te tocaba lo más fácil, dejándome a mí lo más difícil. Pues bien, como no lo hiciste: Quitadle el talento y dadlo al que tiene diez talentos. Porque a todo el que tiene se le dará y sobreabundará; mas al que no tiene, aun lo poco que tiene se le quitará. ¿Qué quiere decir esto? Que quien ha recibido el don de la palabra y la doctrina para utilidad de los demás, pero no lo ha usado, perderá ese don; pero quien puso su empeño se atraerá un don mayor, mientras que el otro perderá lo que había recibido. Mas al siervo desidioso no le aconteció solamente esa calamidad, sino además se le impuso un intolerable castigo y juntamente con el castigo una sentencia rebosante de justa recriminación. Pues dice el Señor: Y en cuanto al siervo perezoso, arrojadlo a las tinieblas exteriores. Ahí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Adviertes cómo no únicamente el ladrón y el criminal, sino también el que simplemente no obra el bien, sufren el extremo suplicio?

Pues bien: escuchemos nosotros estas palabras; y mientras es tiempo aún, aseguremos nuestra salvación. Tomemos aceite juntamente con nuestras lámparas y coloquemos a rédito el talento recibido. Pues si acá fuéramos desidiosos y perezosos, en la otra vida nadie se compadecerá de nosotros, aun cuando miles de veces lloremos. También el que entró en el banquete con los vestidos astrosos y manchados, muchas veces se condenó a sí mismo por eso, pero sin utilidad alguna. Este otro siervo devolvió el talento que se le había entregado, y a pesar de eso fue condenado. Las vírgenes necias rogaron, se acercaron, llamaron, pero todo en vano y para nada.

Sabiendo esto, pongamos a disposición de los pobres nuestros dineros, nuestro empeño, nuestro patrocinio. Porque en la parábola se llama talento a lo que cada cual posee, ya sea capacidad de patrocinar, ya dineros, ya doctrina, ya otra cosa cualquiera parecida. Que nadie diga: Yo no tengo un talento y nada puedo hacer; pues con solo un talento puedes proceder como se debe. No eres más pobre que la viuda aquella del evangelio, ni más ignorante que Pedro y que Juan, que lo eran totalmente y no tenían letras algunas. Y sin embargo, obtuvieron el cielo porque pusieron empeño y todo lo hicieron para común utilidad.

Nada hay tan grato a Dios como el que tú consagres tu vida a la común utilidad. Para eso nos dotó de la facultad de hablar y de pies y manos y de fuerzas corporales, de mente, inteligencia; para que todo lo usemos para utilidad común y salvación nuestra. Se nos dio el habla, no únicamente para que cantemos himnos y demos gracias a Dios, sino que sirva también para enseñar y amonestar. Si para esto la usamos, a Dios imitamos; si para lo contrario, imitamos al demonio. Así, cuando Pedro confesó a Cristo se le llamó bienaventurado, como a quien hablaba enseñado del Padre; pero en cambio, cuando se horrorizó de la crucifixión y la rechazó, recibió una reprensión fuerte, como a quien tenía sentimientos diabólicos. Pues si hablando él así por ignorancia, con tanta fuerza se le respondió; cuando voluntariamente pecamos en muchas cosas ¿qué perdón tendremos? Hablemos, pues, cosas tales que por ahí se vea claramente que nuestras palabras son de Cristo.

(Homilías sobre el Ev. de San Mateo. De la homilía  78).

San Agustín:

Lo que tengo en mis manos, la Escritura que estáis viendo, nos invita a buscar y a alabar a cierta mujer, que tiene un marido extraordinario que la encontró perdida y, habiéndola hallado, la atavió… La mujer de la que pensamos decir algo es la Iglesia.

Igual ahora; cuando oís: ¿quién encontrará a la mujer fuerte? no penséis que habla de aquella Iglesia que está oculta, sino de la que fue encontrada por uno para que a nadie se ocultara. Por lo tanto, merece ser descrita, alabada, recomendada, amada como madre por todos nosotros, pues es esposa de un solo marido. ¿Quién encontrará la mujer fuerte? ¿Quién no ve a esta mujer tan fuerte? Pero esto ocurre ahora que ya fue encontrada, que ya destaca, ya es célebre, ya gloriosa, ya está ataviada, ya resplandece; para decirlo brevemente, está extendida por toda la tierra.

En ella confía el corazón de su marido. Confía totalmente y nos enseñó a confiar. Nos recomendó la Iglesia extendida hasta los confines de la tierra, por todos los pueblos, de mar a mar. Si no persevera hasta el final, no confía en ella el corazón de su marido. 

En todo tiempo realiza para su marido obras buenas, nunca malas. Ved cómo despoja esta mujer a los pueblos: realizando obras buenas y no malas para su marido. En todo tiempo obra el bien y no el mal. Y no para sí, sino para el marido, de modo que quien viva, no viva ya para sí, sino para aquel que murió y resucitó por todos. Para su marido, pues, obra el bien; en la presencia de Dios lo obra. A él sirve, a él está entregada, a él ama, a él se esfuerza por agradar siempre. No se adorna pensando en sus propios ojos o en los ajenos. No es de las que se complacen en sí mismas, ni de las que buscan sólo sus cosas: obra para su marido. En cambio, los que obran para sí mismos buscan todos sus intereses, no los de Jesucristo.

Encontrando lana y lino, hizo algo útil con sus manos. La palabra santa nos presenta a esta señora trabajando la lana y el lino. Se nos pregunta por el significado de la lana y del lino. Pienso que la lana significa algo carnal, y el lino, algo espiritual. Así me atrevo a deducirlo de la colocación de nuestros vestidos, pues los vestidos de lino son interiores; los de lana, exteriores. Lo que obramos en la carne está patente a todos; lo que obramos en el espíritu queda oculto.

Vedla a ella: Se ha hecho como la nave de un mercader que acumula para sí riquezas de lejos. Las riquezas de esta mujer son las alabanzas de su marido. Ved de cuán lejos se acumula riquezas: Desde la salida del sol hasta su acaso, alabad el nombre del Señor”.  (Del sermón 37).

 

Estos hermanos, señores y obispos como yo, se han dignado visitarnos y alegrarnos con su presencia; pero ignoro por qué no quieren ayudarme en mi cansancio. He dicho esto a Vuestra Caridad en su presencia, para que vosotros que me habéis oído intercedáis en cierto modo en favor mío ante ellos, a fin de que, cuando se lo pida, prediquen ellos también. Den lo que han recibido; dígnense trabajar antes que buscar excusas. Vosotros recibid de buen grado las pocas cosas que, a causa de mi cansancio y de que apenas puedo hablar, os voy a decir. Tenemos, además, la relación escrita de los beneficios concedidos por Dios a través de su mártir; escuchémoslo juntos con mayor agrado. ¿De qué se trata? ¿Qué voy a deciros? Habéis escuchado en el Evangelio el premio reservado para los siervos buenos y el castigo para los malos. La única culpa del siervo reprobado y severamente condenado fue no querer dar. Guardó íntegro lo que había recibido; pero el Señor buscaba ganancias obtenidas por él. Dios es avaro de nuestra salvación. Si así se condena a quien no dio lo recibido, ¿qué deben esperar quienes lo pierden? Nosotros, pues, somos administradores; nosotros damos, vosotros recibís. Buscamos ganancias: vivid santamente, pues esa es la ganancia que obtenemos al dar. Pero no penséis que no es tarea también vuestra el dar. No podéis dar desde este lugar más elevado, pero os es posible en cualquier lugar en que os halléis. Donde se recrimina a Cristo, defendedle; responded a quienes murmuran de él; corregid a quienes blasfeman; alejaos de su compañía. Si ganáis a algunos, eso es vuestro dar. Haced nuestras veces en vuestra casa. El obispo (episcopus) recibe este nombre porque vigila desde arriba, porque, con su vigilancia, cuida de los fieles. A cada uno, pues, en su casa, si es la cabeza de la misma, debe corresponderle el oficio de obispo, es decir, de vigilar cómo es la fe de los suyos, para evitar que alguno de ellos incurra en herejía, ya sea la esposa, o el hijo, o la hija, o incluso el siervo que fue comprado a tan alto precio. La disciplina apostólica puso al amo al frente del siervo y sometió el siervo al amo. Cristo, sin embargo, pagó por ambos un único precio. No despreciéis a los más pequeños de los vuestros; procurad con todo esmero la salvación de los de vuestra casa. Si esto hacéis, estáis dando; no seréis siervos perezosos, ni temeréis condenación tan detestable. (Sermón 94).

 

Expongamos ya lo que significa tu esposa, pues se habla a Cristo. Luego su esposa es su Iglesia. Su Iglesia, que somos nosotros, como viña fértil, es su esposa. ¿En quiénes es viña fértil? Vemos que muchos estériles constituyen estas paredes. Vemos que forman estas paredes muchos borrachos, usureros, charlatanes, agoreros, que se acercan a los hechiceros y hechiceras cuando les duele la cabeza. ¿Esta es la fertilidad de la vida? ¿Esta es la fecundidad de la esposa? No es ésta. Estas cosas son espinas, pero no es espinosa en todas las partes. Pues posee cierta fecundidad y es viña fértil…

Se diga cómo deben ser los hijos. ¿Cómo? Pacíficos. ¿Por qué pacíficos? Porque bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. El fruto de la paz se encierra en la oliva. El óleo simboliza la paz, porque simboliza la caridad, y sin caridad no hay paz. Es evidente que quienes quebrantaron la paz no tenían caridad. De aquí que ya expuse a vuestra caridad por qué la paloma llevó al arca el ramo de oliva con fruto: para significar que quienes fueron bautizados fuera, como fueron bautizados aquellos ramos fuera del arca, si no tuvieren únicamente hojas, es decir, sólo palabras, sino también fruto, cual es la caridad, la misma paloma los lleva al arca y se juntan a la unidad. Tales deben ser los hijos alrededor de la mesa del Señor, como pimpollos de olivos. Esta es una perfecta realidad, una gran felicidad. ¿Quién no anhela estar allí? Cuando ves a algún blasfemo que tiene esposa, hijos, nietos, si quizás tú no los tienes, no envidies, pues en ti se cumple esto, pero espiritualmente. ¿Acaso no perteneces a los miembros? Si no estás en ellos, llora, porque ni aquí ni allí los tendrás. Si estás en los miembros, estate seguro, porque, si los tienes allí y no aquí, será más fructuoso tenerlos allí en los miembros que aquí en la carne.

Te bendiga el Señor desde Sión. Habías comenzado a oír: He aquí que así será bendecido el hombre que teme al Señor; quizás ya tus ojos se habían posado en aquellos que no temen al Señor, y veían que tenían esposas fecundas, muchos hijos que rodeaban la mesa de su padre; no sé por dónde marchabas, por dónde revoloteaba tu pensamiento. Te bendiga el Señor, pero desde Sión. No reclames bendiciones que no sean de Sión. Pero ¿acaso, hermanos míos, no bendijo el Señor a estos hombres? Esta bendición de cosas del mundo es del Señor, ya que, si no es del Señor, ¿quién se casa si Dios no quiere? ¿Quién tiene salud si Dios no se la da? ¿Quién puede ser rico si no quiere el Señor? El Señor da estas cosas; pero ¿no ves que también se las concede a las bestias? Luego esta bendición no es de Sión… Usa de estos bienes si los has recibido; y piensa más bien en cómo has de educar a los hijos que en que nazcan. Pues no es felicidad tener hijos, sino tenerlos buenos. Si te nacieron, trabaja en su educación; si no te nacieron da gracias a Dios. Tendrás menos cuidados, y, como quiera que sea, no fuiste estéril de aquella madre. Quizás espiritualmente nacen por ti de esta madre los que, rodeando la mesa del Señor, son como pimpollos de olivo. Te consuele el Señor para que veas los bienes de Jerusalén. Ellos son los verdaderos bienes. ¿Por qué son? Porque son eternos.

…Destruida la muerte como último enemigo, no habrá enemigo alguno, y la paz será nuestro bien, por el que suspiramos. He aquí el bien, hermanos; el gran bien se llama paz. Preguntabais cómo se llamaba, si oro, plata, heredad o vestido. Se llama paz. No la paz que entre sí tienen los hombres, desleal, inestable, mudable, incierta; ni la paz que consigo tiene cada hombre, pues hemos dicho que el hombre lucha consigo mismo; lucha hasta que doblegue todas las concupiscencias. Luego ¿cuál es esta paz? La que no vio el ojo ni el oído oyó. ¿Cuál es esta paz? La de Jerusalén, porque Jerusalén significa visión de paz. Luego así te bendiga el Señor desde Sión y veas los bienes de Jerusalén; y los veas todos los días de tu vida. Y veas no sólo a tus hijos, sino a los hijos de tus hijos. ¿Quiénes son tus hijos? Las obras que tú haces. ¿Quiénes son los hijos de tus hijos? Los frutos de tus obras. Das limosna: éstos son tus hijos. Por la limosna consigues la vida eterna: éstos son los hijos de tus hijos.

(Comentarios a los salmos, 127)

San Bernardo:

Serás verdadero siervo fiel cuando no te apropies nunca la gloria de tu Señor, que no nace de ti, pero pasa por ti. Entonces, como dice el Profeta, aborrecerás las riquezas compradas con la mentira y conservarás tus manos limpias de todo soborno. Así cumplirás de verdad el mandato del Señor, alumbrando con tu luz a los hombres, no para que te glorifiquen a ti, sino al Padre del cielo. Imitarás a Pablo y a los predicadores que fueron fieles, porque no se predicaron a sí mismos ni buscaron su interés, sino el de Jesucristo, igual que tú. Por eso también escucharás: “Muy bien, siervo fiel y cumplidor. Has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de mucho”.

…Si comprendéis todo esto, hermanos, ninguno de vosotros deseará ser alabado en esta vida; todo favor que aquí consigas y no lo devuelvas a Dios, a él se lo robas. Pero ¿de qué, de dónde puedes soñar con la gloria, polvo corrompido? ¿De tu santidad? Es el Espíritu quien santifica. He dicho el Espíritu, pero no el tuyo, sino el de Dios. Aunque brillen tus signos y prodigios, los realizas tú, mas con el poder de Dios. ¿Te acaricia, quizá, el favor popular, porque has dicho algo bueno y con gran acierto?. Fue Cristo quien te dio la boca y la sabiduría. ¿Qué es tu lengua sino pluma de escribano?. Y hasta eso lo has recibido de prestado. Es un talento que te han confiado: se te reclamará con sus intereses. Sólo si eres diligente en tus trabajos y fiel para dar fruto, será recompensado tu esfuerzo. Si no fuese así, te quitarán el talento, pero te exigirán los intereses y te llamarán siervo negligente y cobarde. (Sermón 13, sobre el Cantar de los Cantares).

Orígenes:

Mi impresión, a propósito del presente pasaje, es ésta: que el justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna. En realidad, todo lo que «otro», es decir, el hombre justo, siembra y recoge para la vida eterna, lo cosecha Dios, pues el justo es posesión de Dios, que siega donde no siembra, sino el justo.

Lógicamente diremos también que el justo reparte limosna a los pobres y que el Señor recoge en sus graneros todo lo que el justo ha repartido en limosnas a los pobres. Segando lo que no sembró y recogiendo lo que no esparció, considera y estima como ofrecido a sí mismo todo lo que se sembró o se esparció en los fieles pobres, diciendo a los que hicieron el bien al prójimo: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, etc. Y porque quiere segar donde no sembró y recoger donde no esparció, al no encontrar nada dirá a los que no le dieron la oportunidad de segar y recoger: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado por el Padre para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer, etc. Porque realmente es duro, como dice Mateo, o austero, según la expresión de Lucas, pero sólo para los que abusan de la misericordia de Dios por propia negligencia y no para su conversión, como dice el Apóstol: Fíjate en la bondad y en la severidad de Dios; para los que cayeron, severidad; para ti, su bondad, con tal que no te salgas de su bondad.

Pues para el que piensa que Dios es bueno, seguro de conseguir su perdón si se convierte a él, para él Dios es bueno. Pero para el que considera que Dios es bueno, hasta el punto de no preocuparse de los pecados de los pecadores, para ese Dios no es bueno, sino exigente. Pues Dios arde en ira contra los pecados de los hombres que le desprecian. Sin embargo, para que no dé la impresión de que Cristo siega lo que no hemos sembrado y recoge lo que no hemos esparcido, sembremos para el espíritu y esparzamos en los pobres, y no escondamos el talento de Dios en la tierra.

Porque no es buena esa clase de temor ni nos libra de aquellas tinieblas exteriores, si fuéremos condenados como empleados negligentes y holgazanes. Negligentes, porque no hemos hecho uso de la acendrada moneda de las palabras del Señor, con las cuales hubiéramos podido negociar y regatear el mensaje cristiano, y adquirir los más profundos misterios de la bondad de Dios. Holgazanes, porque no hemos traficado con la palabra de Dios la salvación, nuestra o la de los demás, cuando hubiéramos debido depositar el dinero de nuestro Señor, es decir, sus palabras, en el banco de los oyentes, que, como banqueros, todo lo examinan, todo lo someten a prueba, para quedarse con el dogma bueno y verdadero, rechazando el malo y falso, de suerte que cuando vuelva el Señor pueda recibir la palabra que nosotros hemos encomendado a otros con los intereses y, por añadidura, con los frutos producidos por quienes de nosotros recibieron la palabra. Pues toda moneda, esto es, toda palabra que lleva grabada la impronta real de Dios y la imagen de su Verbo, es legítima. (Comentario sobre el evangelio de san Mateo, 68-69)

 

 

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