Domingo 34º del Tiempo Ordinario – Ciclo A.-

26 de noviembre de 2017

Domingo 34º del Tiempo Ordinario

- Ciclo A.-

Jesucristo, Rey del universo (Solemnidad).

        El papa Pio XI instituyó esta solemnidad con la carta encíclica “Quas primas” el 11 de diciembre de 1925, y después del Vaticano II ha sido colocada el último domingo del Tiempo Ordinario, como final del año litúrgico, para expresar el sentido de consumación del plan de Dios que conlleva este título de Cristo por encima de malas interpretaciones político-religiosas.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (34,11-12.15-17):

Así dice el Señor Dios: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear –oráculo del Señor Dios–. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido. Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.»

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 22,1-2a.2b-3.5.6


R/.
 El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta: 
en verdes praderas me hace recostar. R/. 

Me conduce hacia fuentes tranquilas 
y repara mis fuerzas; 
me guía por el sendero justo, 
por el honor de su nombre. R/. 

Preparas una mesa ante mí, 
enfrente de mis enemigos; 
me unges la cabeza con perfume, 
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan 
todos los días de mi vida, 
y habitaré en la casa del Señor 
por años sin término. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios (15,20-26.28):

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,31-46)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»
Palabra del Señor

COLLATIONES.

El Señor es el buen pastor que da la vida por sus ovejas, que no las abandona: “Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido”. Él nos busca, nos sigue el rastro y cura nuestras heridas. Nuestra herida de muerte fue el pecado de Adán, pero incluso de esa herida de muerte nos salvó Cristo y nos devolvió la Vida. Nos volvió a acoger a su lado, en su rebaño, para que, en este tiempo de la misericordia, caminemos seguros, siguiéndole a Él que es el camino: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo”.  

Le seguimos ahora que vamos de camino y también le seguiremos en la resurrección: “Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto”. Porque, como nos explica San Ambrosio de Milán: “Todos resucitan, pero que nadie se inquiete, ni le duela al justo esta copartición global en la resurrección, pues cada cual recibirá el premio correspondiente a su virtud. Todos resucitan, pero cada uno —como dice el Apóstol— en su puesto. Es común el fruto de la divina clemencia, pero distinta la jerarquía de los méritos”.

Estas lecturas nos recuerdan que estamos en el tiempo de la misericordia, pero nos invitan a estar vigilantes, porque llegará el día del Juicio: “Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”. Nos avisa San Bernardo: “Guardémonos, pues, de obrar el mal. Y no pequemos con temeridad en el seno de la Iglesia, sintiéndonos seguros de que ya estamos contenidos en la red. Tengamos presente que no todos los peces arrastrados dentro de la red entrarán en las cestas de los pescadores; al llegar a la orilla, los buenos serán seleccionados, y los malos arrojados fuera”. Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones”. “Ahora no están los hombres separados, sino todos mezclados; mas entonces se hará la separación con extremo cuidado” (San Juan Crisóstomo).

Dice San Cirilo de Alejandría, que: “En efecto, todas las criaturas comparecerán a juicio: y retribuyendo lo que es equitativo de acuerdo con el mérito de la vida, dirá a los que estarán situados a su izquierda, esto es, a cuantos en el pasado se guiaron por sentimientos mundanos: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. En cambio, a los de su derecha, es decir, a los santos y a los buenos, les dirá: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”:  “El Señor tuvo hambre no por sí mismo, sino en sus santos; el señor sintió sed, no por sí mismo, sino en sus pobres; el Señor estuvo desnudo, no por sí mismo, pues viste a todos, sino en sus siervos; etc” (Epifanio El Latino).

Tengamos siempre presente que la misericordia con el prójimo es un criterio decisivo en el juicio divino. Como nos advierte San Cesaréo de Arlés: “Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe practicarla en este mundo. Y, por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro”.

 

San Cesáreo de Arlés:

Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los humanos la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh humano, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe practicarla en este mundo. Y, por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicieron.

El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra. ¿Cómo somos nosotros, que cuando Dios nos da, queremos recibir y, cuando nos pide, no le queremos dar? Porque, cuando un pobre pasa hambre, es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer: No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Les pregunto, hermanos, ¿qué es lo que quieren o buscan cuando vienen a la iglesia? Ciertamente la misericordia. Practiquen, pues, la misericordia terrena, y recibirán la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al necesitado, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir, si tú te niegas a dar.

(De los Sermones de San Cesáreo de Arlés, obispo).

 

San Bernardo de Claraval:

¿Qué harán allí?. Mejor, ¿cómo va a sufrir los criminales cuando oigan: “Id al fuego eterno”, todos los que no practicaron la misericordia? ¿Cómo puede entrar en el banquete de bodas el que no se ciñó la cintura para evitar el mal, ni encendió su lámpara para hacer el bien, cuando ni la virginidad más íntegra, ni la claridad de las lámparas podrán excusar el simple descuido de no tener aceite? ¡Qué tormento aguarda a los que en esta vida obran el mal y consuman lo detestable!. Todos los que recibieron bienes en esta vida y ahora se encuentran sumergidos en la hoguera y devorados por ardientes llamaradas, ya no podrán conseguir siquiera el alivio de una gota de agua.

Guardémonos, pues, de obrar el mal. Y no pequemos con temeridad en el seno de la Iglesia, sintiéndonos seguros de que ya estamos contenidos en la red. Tengamos presente que no todos los peces arrastrados dentro de la red entrarán en las cestas de los pescadores; al llegar a la orilla, los buenos serán seleccionados, y los malos arrojados fuera. No nos contentemos tampoco con ceñirnos la cintura; encendamos también nuestra lámpara y no nos cansemos de hacer el bien. Pensemos que tanto el árbol que da mal fruto como el que no lo da bueno serán cortados y echados al fuego: “al fuego eterno preparado para el diablo y sus ministros”. (A los clérigos, sobre la conversión, 20).

 

Epifanio El Latino:

Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber. Y otras muchas cosas que recitamos. Y una vez confiados, los justos responderán diciendo: Señor cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? Y las demás cosas que siguen ¿Qué significa esto, carísimos? ¿Nuestro Señor tuvo hambre y sed, y estuvo desnudo, cuando Él mismo es el que hizo todas las cosas del cielo y de la tierra, cuando Él miso alimenta a los ángeles del cielo y a toda clase de hombres en la tierra, y nada terreno necesita, pues su propia naturaleza es inagotable? Parece increíble. Pero es fácilmente creíble porque Él mismo lo confiesa. En efecto, el Señor tuvo hambre no por sí mismo, sino en sus santos; el señor sintió sed, no por sí mismo, sino en sus pobres; el Señor estuvo desnudo, no por sí mismo, pues viste a todos, sino en sus siervos; estuvo enfermo, no en sí mismo, pues puede curar todas las enfermedades e incluso aniquilar la muerte misma, sino en sus siervos; el Señor fue peregrino no en sí mismo, pues de Él son el cielo y la tierra, sino en sus siervos; nuestro Señor estuvo en la cárcel no personalmente, pues puede liberar de la tribulación a cualquier hombre, sino en sus santos. Ya veis, carísimos, que los santos no están solos, pues cuando sufren estas cosas por el Señor, también el Señor sufre con ellos…

Mirar, carísimos, que aquí no vale ninguna excusa. En efecto, aquellos supieron lo que tenían que hacer en este mundo, pero la avaricia y su voluntad enferma se lo prohibió, de manera que no prepararon tesoros para la vida futura sino para la gehenna. Por eso no fueron condenados porque hubiesen realizado algún mal, ni tampoco el Señor les dijo: Apartaos de mí, malditos, porque fuisteis homicidas, adúlteros o ladrones. No. Al contrario: Porque tuve hambre y sed en mis siervos y no me socorristeis. Si aquellos que no hicieron ningún mal son así condenados, ¿qué habrá que decir de aquellos que perpetran las acciones del diablo? ¿Acaso no se les aplicarán las palabras del bienaventurado profeta David: Los impíos no resistirán el juicio, ni los pecadores en la comunidad de los justos? No porque no resuciten, sino porque no merecerán entrar ni en el juicio ni en la comunidad de los justos; resucitarán para ir de castigo en castigo. E irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna. Allí es todo eterno; para los pecadores es eterno el castigo y para los justos es eterna la vida. (Interpretación de los Evangelios, 38).

San Cirilo de Alejandría: 

Después de su resurrección de entre los muertos, de vuelta a su primitivo estado nuestra naturaleza, liberado el hombre de la corrupción, en calidad de primicias y en su primer templo, ascendió Jesús a Dios Padre, que está en los cielos. Pero transcurrido un breve intervalo de tiempo descenderá nuevamente —según creemos—, y volverá otra vez a nosotros en la gloria de su Padre, acompañado de sus santos ángeles, para convocar a todos, buenos y malos, al tremendo tribunal.

En efecto, todas las criaturas comparecerán a juicio: y retribuyendo lo que es equitativo de acuerdo con el mérito de la vida, dirá a los que estarán situados a su izquierda, esto es, a cuantos en el pasado se guiaron por sentimientos mundanos: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. En cambio, a los de su derecha, es decir, a los santos y a los buenos, les dirá: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

Convivirán, pues, y conreinarán con Cristo y disfrutarán con grandísimo placer de los bienes celestiales, hechos semejantes a él en la resurrección, liberados de los lazos de la antigua corrupción, rodeados de larga e inefable vida para vivir eternamente con el Señor que vive para siempre. Y que han de vivir incesantemente con Cristo quienes hubieran vivido una vida buena y virtuosa, contemplando su divina e inefable belleza, lo declaraba Pablo cuando decía: Pues él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor.

Y dirigiéndose a quienes se esforzaron en mortificar las concupiscencias mundanas, dice nuevamente: Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en la gloria. Por lo cual, para resumir en pocas palabras la fuerza y el significado de este texto, diré que los que aman los males del mundo caerán en el infierno y serán arrojados lejos de la presencia de Cristo; en cambio, los amantes de la virtud y cuantos hubieren custodiado íntegras las arras del Espíritu convivirán con él, vivirán en su compañía y contemplarán su divina hermosura. Será —dice— el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. (Comentario sobre el evangelio de san Juan; Lib 9).

San Ambrosio de Milán:

Esta es la voluntad de mi Padre, que me envió: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. ¿Quién es el que esto dice? Precisamente el que, habiendo muerto, resucitó los cuerpos de muchos difuntos. Si no creemos en Dios, ¿no daremos fe a los hechos? ¿No creemos lo que prometió cuando realizó incluso lo que no había prometido? Y por lo que a él se refiere, ¿habría tenido razón de morir, si no hubiera tenido un motivo para resucitar?

Y como Dios no podía morir –pues la sabiduría no puede morir–, y no podía resucitar lo que no había muerto, asumió una carne capaz de morir, para que muriendo según la ley común, resucitara lo que había muerto. No es posible la resurrección sino mediante el hombre, pues, si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección de los muertos. Así pues, resucitó el hombre, porque era el hombre el que había muerto; resucita el hombre, pero resucitándolo Dios, entonces hombre según la carne, ahora Dios en plenitud; ahora ya no conocemos a Cristo según la carne, pero tenemos la gracia de la carne y así podemos afirmar que conocemos al que es las primicias de los que duermen, al primogénito de entre los muertos.

Y pensemos que las primicias son del mismo género y de igual naturaleza que el resto de la cosecha; se ofrecen a Dios los primeros productos en la esperanza de obtener una cosecha más abundante: don sacro en representación del conjunto y cual libación de una naturaleza renovada. Pues bien: Cristo es la primicia de los que duermen.

Pero ¿de todos los muertos o sólo de sus muertos, es decir, de aquellos que, exentos en cierto modo de la muerte, descansan en un dulce sopor? Si en Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Por tanto, como Adán es la primicia de la muerte, así Cristo es la primicia de la resurrección.

Todos resucitan, pero que nadie se inquiete, ni le duela al justo esta copartición global en la resurrección, pues cada cual recibirá el premio correspondiente a su virtud. Todos resucitan, pero cada uno —como dice el Apóstol— en su puesto. Es común el fruto de la divina clemencia, pero distinta la jerarquía de los méritos. El día amanece para todos, el sol caldea a todos los pueblos, todos los campos son regados y fecundados por la lluvia benéfica. Todos nacemos, todos resucitamos, pero diversa es para cada uno la gracia de vivir y de revivir, distinta la condición. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados. Incluso en la misma muerte unos descansan, otros viven. Bueno es el descanso, pero mejor es la vida. Por eso, Pablo despierta para la vida a los que descansan, diciendo: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. (Libro sobre la muerte de su hermano Sátiro; Lib 2).

San Juan Crisóstomo:

Escuchemos con fervor y con toda devoción este fragmento evangélico, tan dulcísimo, que nosotros no cesamos de meditar constantemente y con el que, muy razonablemente, ha terminado el Señor su discurso. ¡Cuánta importancia daba Él a la misericordia y a la limosna! De ahí que no sólo habló anteriormente de ella de modos diversos, sino que aquí también habla finalmente con más claridad y energía, no poniéndonos delante dos o tres o cinco personas, sino el orbe entero. Cierto que tampoco antes esas dos personas representaban simplemente dos personas, sino dos grandes porciones de la humanidad: una, los que desobedecen, y otra los que obedecen; mas aquí su palabra toma acentos más trágicos y brilla con más vivo resplandor. De ahí que ya no diga: Se asemeja el reino de los cielos, sino que Él mismo se nos muestra descubiertamente, diciendo: Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria… Porque ahora ha venido en deshonor, en injurias e ignominias; mas entonces se sentará en el trono de su gloria… Seguidamente: Se reunirán —dice— todas las naciones, es decir, todo el género humano. Y separará los unos de los otros, como el pastor a sus ovejas. Ahora no están los hombres separados, sino todos mezclados; mas entonces se hará la separación con extremo cuidado. Y, por de pronto, por el lugar que cada porción ocupa, da el Señor a entender lo que son; luego, por los nombres que les pone manifiesta la diversa calidad, pues a unos los llama ovejas, y a los otros, cabritos. Cabritos, para indicar la inutilidad; ovejas, para significar el mucho provecho. Ninguna utilidad producen, en efecto, los cabritos; mucho provecho, en cambio, sacamos de las ovejas: la lana, la leche, las crías, de todo lo cual carece el cabrito. Ahora bien, los animales tienen de la naturaleza ser inútiles o provechosos, mas en los hombres depende de su libre albedrío. De ahí que en éstos, unos son castigados y otros premiados. Sin embargo, el Señor no los castiga, hasta haberse justificado ante ellos; de ahí que, después de colocarlos a la izquierda, les dirige sus acusaciones. Ellos le responden humildemente, pero ya no les sirve para nada. Y con mucha razón, pues descuidaron una cosa en que tanto empeño tiene el Señor. En verdad, los profetas mismos no hacían sino repetirles en todos los tonos: Misericordia quiero y no sacrificio. Moisés, su legislador, por todos los medios, por obras, por palabras, trataba de inducirlos a la práctica de la misma misericordia. Y la misma naturaleza es maestra de esa virtud. Notad, sin embargo, cómo ellos no faltan a una o dos de sus obras, sino a todas. Porque no sólo no dieron de comer al hambriento ni vistieron al desnudo, sino que ni siquiera visitaron al enfermo, con ser tan fácil. Y advertir también qué ligeras cosas manda. Porque no dijo: Estuve en la cárcel, y me librasteis; enfermo, y me curasteis, sino: Enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y me vinisteis a ver…

 

Porque veamos, por otro lado, la justicia de su sentencia contra quienes no practicaron la misericordia, el Señor alaba primeramente a los que hicieron las obras de ella, y les dice: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino que está para vosotros preparado desde la constitución del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer, y todo lo demás íntegro… Ya, pues, que ha alabado a quienes practicaron las obras de misericordia, muéstrales ahora qué grande fue desde antiguo su amor para con ellos. Porque: Venid —les dice—, benditos de mi Padre; heredad el reino que está preparado para vosotros desde la constitución del mundo. ¡Cuántos bienes no encierra ese nombre: ser benditos, y benditos de su Padre! ¿Y cómo se hicieron dignos de ese honor? ¿Cuál fue la causa de esa bendición? Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber, y lo demás. ¡Qué palabras tan llenas de honor y bienaventuranza! Y no dijo: “Tomad”, sino: Heredad, como si se tratara de cosa familiar, de herencia paterna, de algo que es vuestro, de algo que de antiguo se os debía. Porque antes —parece decirles— de que vosotros nacierais, todo eso estaba preparado y dispuesto para vosotros, pues ya sabía yo que habíais de ser así.

¿Y a cambio de qué reciben el reino de los cielos? A cambio de haber dado un techo, a cambio de unos vestidos, de un pedazo de pan, de un vaso de agua, de la visita a un enfermo, de la entrada en una cárcel. Porque siempre se trata de socorrer una necesidad, si bien hay casos en que ni necesidad existe. Porque como antes dije, ni el enfermo ni el encarcelado piden sólo que se los visite, sino éste que se le dé libertad, y el otro que se le cure de su enfermedad. Mas el Señor, en su benignidad, sólo nos exige lo que está en nuestra mano o, por mejor decir, menos de lo que está en nuestra mano, dejando lo demás a nuestra generosidad.

A los réprobos, sin embargo, les dice: Apartaos de mí, malditos; y ya no dice: De mi Padre, pues no fue el Padre quien los maldijo, sino sus propias obras; al fuego eterno, que está aparejado, no para vosotros, sino para el diablo y sus ángeles. Cuando habló del reino de los cielos, dijo: Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino, y luego prosiguió: Que está preparado para vosotros desde la constitución del mundo; mas, hablando del fuego, no dice así, sino: Que está preparado para el demonio. Por mi parte, yo os había preparado el reino de los cielos; mas el fuego, sólo para el diablo y sus ángeles, no para vosotros, estaba preparado. Mas, puesto que vosotros os habéis arrojado en él, a vosotros habéis de echaros la culpa. Y no sólo así, con lo que luego sigue se defiende también el Señor ante ellos y les pone las causas de su sentencia: Porque tuve hambre, y no me disteis de comer. Aun cuando el que se acercaba a vosotros hubiera sido un enemigo, ¿no bastaban sus sufrimientos a conmover y doblegar al más cruel: el hambre, el frío, la cárcel, la desnudez, la enfermedad, el andar por doquiera errante al cielo raso? Bastante era todo eso para terminar con cualquier enemistad. Mas vosotros no socorristeis ni a quien era vuestro amigo, vuestro bienhechor y señor. Muchas veces, al ver a un perro hambriento, nos conmovemos; a una fiera que contemplemos sufrir hambre, nos doblegamos. ¿Y viendo a tu Señor no te conmueves? ¿Qué defensa tienes en eso? Aun cuando ello solo fuera, ¿no sería bastante recompensa? No digo oír, en presencia del orbe entero, aquella palabra de bienaventuranza de boca del que está sentado en el trono de su Padre y alcanzar el reino de los cielos; no, la obra misma, digo, la obra misma, ¿no era ya en sí bastante galardón? Mas ahora, en presencia de toda la tierra y entre los esplendores de su gloria, Él te proclama y te corona, y confiesa que tú le alimentaste y acogiste, y no se avergüenza de confesarlo, a fin de abrillantar más tu corona. De ahí que unos son castigados por justicia y otros son coronados por gracia. Porque, aun cuando hubieren hecho mil buenas obras, siempre será liberalidad de la gracia darles, a cambio de tan pequeños y pobres servicios, un cielo tan inmenso, tal reino y tal honor. (Homilías sobre el Ev. de San Mateo. De la homilía 79).

 

 

 

 

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