PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO.

30 de noviembre de 2014

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

-CICLO B.-

 

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de Isaías (63,16b-17.19b; 64,2b-7):

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia, jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos; aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 79,2ac.3b.15-16.18-19

 Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece.
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó,
y que tú hiciste vigorosa. R/.

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti;
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios   (1,3-9):

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (13, 33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

 

            “A veces olvidamos que durante siglos, aquellos que nos han precedido en la fe, deseaban y pedían la venida de Nuestro Señor Jesucristo: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!”. Sabían que al ocultarles su rostro, les entregaba al poder de sus culpas, por eso le piden con vehemencia: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. Si Dios con su presencia derrite los montes hechos de roca, le basta el brillo de su rostro para modelar al hombre, hecho de simple arcilla.

 

Y por fin, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Se construyó una casa a la que llamó Iglesia, y cuando ascendió nuevamente a los cielos, dejó a cada miembro de su iglesia una tarea, un servicio, un ministerio. Pero para ejercer esa tarea nos dejó al Espíritu Santo, y por eso dice san Pablo a los corintios: “No carecéis de ningún don”. Por fin bajó del cielo y con el fuego de su amor derritió los montes  y sus gracias se derramaron como un alud que cubrió toda la tierra, y que desde entonces la empapa y la nutre con sus dones. El mismo Dios, con sus dones, nos ayuda a mantenernos firmes hasta el final.

 

En este Evangelio Jesús manda a los Pastores a velar por la Iglesia,  y a nosotros a guardar nuestros corazones para que el enemigo no pase a tentarnos. Nuestros Padres nos recuerdan la importancia de la vigilancia interior, y entienden que Jesús no nos diga cuándo será el fin, porque así no persistiremos en nuestros pecados hasta el último momento.

 

Dice San Bernardo que el Señor para salvar la tierra vino una vez en carne visible, y que para salvar a cada alma viene cada día en Espíritu, y nos pide que limpiemos nuestra conciencia para que pueda entrar el autor de la pureza. Tenemos que desear la venida del Señor con la conciencia tranquila. Poder decirle a cada instante, ¡ven, Señor Jesús!, he permanecido despierta y vigilante, estoy preparada para recibir al dueño de la casa cuando Él quiera venir. Esta vez serás “reconocido, creído, temido y amado”.

San Elredo de Rieval:

          • “Si el santo David deseaba con tanto ardor como un ciervo aquella agua antes de que naciera aquella fuente, sería gran confusión para nosotros si no deseamos y amamos ardientemente esta fuente que vemos que ya ha nacido y ya hemos saboreado algo el agua que mana de ella. Pues vemos que ya se ha cumplido lo que tanto deseaba el profeta Isaías cuando decía : ¡Ojalá rasgases los cielos y descendieras!. A tu presencia los montes se  derretirían.

¿Qué creemos que deseaba el santo profeta cuando decía esto?. En primer lugar, sin duda, su venida, y esto con gran vehemencia y enseguida añade la causa por la que lo deseaba tan ardientemente: en tu presencia se derretirían los montes. Aquel santo varón veía cómo el diablo que por su soberbia cayó del cielo tenía dominado a todo el género humano. Veía cómo se hinchaba y se ensoberbecía porque todos los reyes y príncipes de este mundo le adoraban y que casi todo el mundo le seguía en su soberbia.

Veía el profeta y lo sentía mucho, y pienso que casi no podía soportar aquel sufrimiento, tanto más porque el Señor,  que había de destruir toda aquella soberbia, tardaba tanto. Por eso decía por un gran deseo: ¡Ojalá rasgases los cielos y descendieras! Etc. Sabía que estaba previsto el tiempo en que debía venir, pero aquel profeta soportaba con gran angustia aquella tardanza. Y por eso deseaba que a ser posible adelantase aquel momento que había determinado, que es lo que quería decir con estas palabras: ¡Ojalá, Señor, rasgases los cielos y descendieras! etc.

… ¿Por qué así? Me parece que cuando el santo Isaías sentía aquel dolor por la soberbia del diablo y por la maldad de los hombres, para consolarle nuestro Señor le mostró en espíritu lo que ahora nosotros vemos, es decir, que todo el mundo iba a creer en él, que los reyes y los príncipes le adorarían, que todos los ídolos habría de ser destruidos y los que eran soberbios se harían humildes con la venida del Señor. Así que , viendo el profeta estas cosas en espíritu, se alegraba y regocijaba y lleno de tanta alegría , como si viera ya realizado lo que de hecho vio que se había de realizar, exclamaba : bajaste, Señor, y en tu presencia se derritieron los montes… Bajó nuestro Señor y con la gracia de Espíritu Santo tocó los montes, es decir, los soberbios de este mundo. (En el Adviento del Señor, Sermón 1).

          • “Ha llegado para nosotros, queridos hermanos, el momento en que debemos “cantar la bondad y la justicia del Señor”. Se trata de la venida del Señor, la venida del Maestro de todo el que viene y que vendrá. Pero, ¿cómo y de dónde va a venir, cómo y de dónde viene? ¿No había dicho: “¿no lleno el cielo y la tierra?” ¿Cómo viene, entonces, del cielo a la tierra, si es él quien llena el cielo y la tierra? Escucha el Evangelio: “Estaba en el mundo y el mundo fue hecho por él y el mundo no lo conoció”. Él está presente y ausente al mismo tiempo: presente, porque estaba en el mundo; ausente, porque el mundo no lo había conocido… ¿Cómo no iba a estar lejos, si no fue reconocido, ni creído, ni temido, ni amado? …Viene para que le conozcamos, aquel que no fue reconocido; para que le creamos, aquel en que no creímos; para que le temamos, aquel que no fue temido; para que le amemos, aquel que no fue querido. El que estuvo presente en su naturaleza, viene en su misericordia… Pensad en Dios y ver lo que significa para él dejar tanto poder, cómo se humilla tan gran potencia, cómo se debilita tanta fuerza, y cómo se hace irracional tanta sabiduría. ¿Era, acaso, un deber de justicia para con los hombres? ¡Por supuesto que no! … En verdad, Señor, no es mi justicia, sino tu misericordia, la que te ha guiado; no es tu pobreza, sino mi necesidad. En efecto, tú has dicho: “La misericordia se construye en el cielo”. Así es, ya que la pobreza abundaba en la
tierra. Y es por eso que “Yo cantaré para ti, Señor, la misericordia” que has demostrado con tu venida… Cuando se mostró humilde en su humanidad, poderoso en sus milagros, fuerte contra la tiranía de los demonios, suave en la acogida de los pecadores, todo esto proviene de su misericordia, todo esto proviene de sus entrañas bondadosas. Por eso, “Cantaré, Señor, tu misericordia” que has demostrado desde tu primera venida. Y con razón, porque “la tierra está llena de la misericordia del Señor”. (Sermón para Adviento)

   • “Debéis saber, carísimos hermanos, que este santo tiempo que llamamos Adviento del Señor, nos recuerda dos cosas: por eso nuestro gozo debe referirse a estos dos acontecimientos, porque doble es también la utilidad que deben reportarnos.

Este tiempo nos recuerda las dos venidas del Señor, a saber: aquella dulcísima venida por la que el más bello de los hombres y el deseado de todas las naciones, es decir, el Hijo de Dios, manifestó a este mundo su presencia visible en la carne, presencia largamente esperada y ardientemente deseada por todos los padres: es la venida por la que vino a salvar a los pecadores. La segunda venida –que hemos de esperar aún con inquebrantable esperanza y recordar frecuentemente con lágrimas— es aquella en la que nuestro Señor, que primero vino oculto en la carne, vendrá manifiesto en su gloria, como de él cantamos en el Salmo: Vendrá Dios abiertamente, esto es, el día del juicio, cuando aparecerá para juzgar.

De su primera venida se percataron sólo unos pocos justos; en la segunda se manifestará abiertamente a justos y réprobos, como claramente lo insinúa el Profeta cuando dice: Y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios. Propiamente hablando, el día que dentro de poco celebraremos en memoria de su nacimiento nos lo presenta nacido, es decir, que nos recuerda más bien el día y la hora en que vino a este mundo; en cambio este tiempo que celebramos como preparación para la Navidad, nos recuerda al Deseado, esto es, el gran deseo de los santos padres que vivieron antes de su venida.

Con muy buen acuerdo ha dispuesto en consecuencia la Iglesia que en este tiempo se lean las palabras y se traigan a colación los deseos de quienes precedieron la primera venida del Señor. Y este su deseo no lo celebramos solamente un día, sino durante un tiempo más bien largo, pues es un hecho de experiencia que si sufre alguna dilación la consecución de lo que ardientemente deseamos, una vez conseguido nos resulta doblemente agradable.

Debemos considerar los innumerables beneficios que nuestro Señor nos hizo con su primera venida, y que está dispuesto a concedérnoslos aún mayores con su segunda venida. Dicha consideración ha de movernos a amar mucho su primera venida y a desear mucho la segunda. Y si no tenemos la conciencia tan tranquila como para atrevernos a desear su venida, debemos al menos temerla, y que este temor nos mueva a corregirnos de nuestros vicios: de modo que si aquí no podemos evitar el temor, al menos que, cuando venga, no tengamos miedo y nos encuentre tranquilos”. (Sermón 1 sobre la venida del Señor).

San Efrén:

          “Velad, pues cuando el cuerpo duerme, es la naturaleza quien nos domina; y nuestra actividad entonces no está dirigida por la voluntad, sino por los impulsos de la naturaleza. Y cuando reina sobre el alma un pesado sopor –por ejemplo, la pusilanimidad o la melancolía-, es el enemigo quien domina al alma y la conduce contra su propio gusto. Se adueña del cuerpo la fuerza de la naturaleza, y del alma el enemigo.

Por eso ha hablado nuestro Señor de la vigilancia del alma y del cuerpo para que el cuerpo no caiga en un pesado sopor ni el alma en el entorpecimiento y el temor como dice la Escritura: Sacudíos la modorra, como es razón; y también: Me he levantado y estoy contigo; y todavía: No os acobardéis. Por todo ello, nosotros, encargados de este ministerio, no nos acobardamos”. (Del comentario de San Efrén, diácono, sobre el Diatéssaron)

 

Didaché:

          “¡Velad por vuestra vida! Que vuestras linternas no estén extinguidas ni desceñidos vuestros lomos; mas estad alerta, porque no sabéis la hora en que el Señor vendrá. Reuníos con frecuencia, solícitos de lo que aprovecha a vuestras almas. Pues no os aprovechará todo el tiempo que vivisteis en la fe, si no estáis perfectos en el último tiempo”. (Capítulo XVI, 1-2: La Parusía).

 

Beato Guerrico de Igny:

          ♦ “También vosotros, hermanos, estad preparados, porque  a la hora que menos penséis, vendrá el hijo del hombre. Nada más cierto que su venida, pero nada más incierto que el momento de su venida. A tal punto no nos corresponde a nosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su poder, que ni siquiera a los ángeles que  lo asisten se les ha dado conocer el día y hora. También es ciertísimo, ha de llegar para nosotros el último día, más no sabemos cuándo, en qué lugar o cómo nos sorprenderá…

También nosotros, a quienes tal vez la edad, la salud o cualquier otro motivo parecen prometernos largos años de vida, cuanto menos la muerte aparezca a la vista, tanto más, si somos sensatos, debemos sospechar de ella, no vaya a suceder que aquel terrible día nos acometa como un ladrón en la noche y nos halle desprevenidos, no preparados… la única seguridad es, pues, no creernos nunca seguros. Que el temor, velando sobre sí mismo, nos obligue a estar siempre preparados hasta que la seguridad suceda al temor y no el temor a la seguridad… Qué hermoso, hermanos, qué felicidad, llegar a la muerte no sólo seguros, sino también triunfar gloriosos a causa del testimonio de la conciencia,….”. (Sermón 7).

            ♦ “Mira que viene el Rey, salgamos al encuentro de nuestro Salvador. Bellamente se expresa Salomón: Agua fresca en garganta sedienta es la buena noticia de tierra lejana. Y ciertamente es buena la noticia que nos anuncia la venida del Salvador, la reconciliación del mundo y los bienes del siglo futuro. Este tipo de noticias son agua refrigerante y bebida saludable de sabiduría para el alma que tiene sed de Dios. Y de hecho, quien anuncia a esa alma la venida u otros misterios del Salvador, le saca y le brinda aguas con gozo de las fuentes de la salvación, de suerte que a quien se lo anuncia –sea éste Isaías u otro o cualquiera de los profetas— parece como si incluso esta alma le respondiera con las palabras de Isabel, ya que ha sido abrevada con el mismo Espíritu que ella: ¿Quién soy yo para que me visite mi Señor? En cuanto tu anuncio llegó a mis oídos, mi espíritu saltó de alegría en mi corazón, tratando de salir al encuentro de Dios su Salvador.

Levántese, pues, nuestro espíritu con gozosa alegría, y corra al encuentro de su Salvador y, desde lejos, adore y salude al que está ya en camino, aclamándolo y diciendo: Ven, Señor, sálvame, y quedaré a salvo; ven, que brille tu rostro y nos salve. Esperamos en ti, sé nuestra salvación en el peligro. Así es como los profetas y los justos, muchos siglos antes, corrían, con el deseo y el afecto, al encuentro de Cristo que estaba por venir, deseando ver, a ser posible, con sus propios ojos lo que vislumbraba su espíritu.

Y la verdad es que —en este tiempo intermedio que corre entre la primera y la última venida del Señor– esta visita personal del Señor se efectúa con relativa frecuencia, habida cuenta del mérito y del esfuerzo de cada cual, y tiene la misión de conformarnos con la primera venida y prepararnos para la definitiva. Esta es efectivamente la motivación de su actual venida a nosotros: que no se frustre su primera venida a nosotros, ni, en la final, venga airado contra nosotros. Con su primera venida cuida de reformar nuestra propensión a la soberbia, configurándola según el modelo de su humildad, de la que en su primera venida nos dio pruebas fehacientes; y lo hace para después transformar nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, que nos mostrará cuando nuevamente vuelva.

A nosotros, en cambio, hermanos, que todavía no tenemos el consuelo de tan sublime experiencia, para que podamos esperar pacientemente la venida del Señor, consuélenos mientras tanto una fe cierta y una conciencia pura, que pueda decir con la misma dicha y fidelidad de Pablo: Sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio, es decir, hasta la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo, a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén.  (Sermón 2 en el Adviento del Señor).

Pascasio Radberto:

          “Velad, porque no sabéis el día ni la hora. Siendo una recomendación que a todos afecta, la expresa como si solamente se refiriera a los hombres de aquel entonces. Es lo que ocurre con muchos otros pasajes que leemos en las Escrituras. Y de tal modo atañe a todos lo así expresado, que a cada uno le llega el último día y para cada cual es el fin del mundo el momento mismo de su muerte. Por eso es necesario que cada uno parta de este mundo tal cual ha de ser juzgado aquel día. En consecuencia, todo hombre debe cuidar de no dejarse seducir ni abandonar la vigilancia, no sea que el día de la venida del Señor lo encuentre desprevenido.

Y aquel día encontrará desprevenido a quien hallare desprevenido el último día de su vida. Pienso que los apóstoles estaban convencidos de que el Señor no iba a presentarse en sus días para el juicio final; y sin embargo, ¿quién dudará de que ellos cuidaron de no dejarse seducir, de que no abandonaron la vigilancia y de que observaron todo lo que a todos fue recomendado, para que el Señor los hallara preparados? Por esta razón, debemos tener siempre presente una doble venida de Cristo: una, cuando aparezca de nuevo y hayamos de dar cuenta de todos nuestros actos; otra diaria, cuando a todas horas visita nuestras conciencias y viene a nosotros, para que cuando viniere, nos encuentre preparados.

¿De qué me sirve, en efecto, conocer el día del juicio si soy consciente de mis muchos pecados?, ¿conocer si viene o cuándo viene el Señor, si antes no viniere a mi alma y retornare a mi espíritu?, ¿si antes no vive Cristo en mí y me habla? Sólo entonces será su venida un bien para mí, si primero Cristo vive en mí y yo vivo en Cristo. Y sólo entonces vendrá a mí, como en una segunda venida, cuando, muerto para el mundo, pueda en cierto modo hacer mía aquella expresión: El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo”. (Exposición sobre el evangelio de san Mateo, Lib 11, cap 24).

 San Gregorio Magno:

          “Y como la tierra es el lugar propio del cuerpo, representó el Redentor en su ascensión a los cielos al hombre que sale a un viaje largo. Dio a sus criados poder para todo, porque con la gracia del Espíritu Santo concedida a sus fieles les dio facultad para servirle en el bien. Mandó también al portero que velase, porque manda al orden de los Pastores que se hagan cargo del cuidado de la Iglesia confiada a ellos. Pero no sólo a los Pastores, sino a todos nos manda que guardemos las puertas de nuestros corazones, a fin de que no las traspase el antiguo enemigo para tentarnos, y de que el Señor no nos encuentre dormidos. Por lo cual, y concluyendo el ejemplo, añade: “Velad, pues, también vosotros porque no sabéis”, etc”. (Homilía sobre el Evangelio, 9).

Teofilacto:

          “Queriendo impedir el Señor que le preguntasen sus discípulos sobre el día y la hora, dijo: “En cuanto al día o a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre”. Si hubiere dicho que lo sabía, pero que no quería revelárselo, los hubiese entristecido en extremo. Pero obró más sabiamente añadiendo, para que no le importunasen insistiendo sobre la misma pregunta: Ni lo saben los ángeles del cielo, ni yo.

Nos ordena, pues, dos cosas: vigilar y orar. Porque muchos vigilan, sí, toda la noche, pero es para consagrarla a la maldad. Y aduciendo un ejemplo en confirmación de esto, dice: “A la manera de un hombre que, saliendo a un viaje largo”, etc.

Es de notar que no dijo no sé sino no sabéis cuándo será el tiempo. Y nos lo ocultó porque así nos convenía, pues si ignorándolo no nos cuidamos del fin, ¿qué haríamos si lo conociéramos? Pues es muy cierto que persistimos en nuestros pecados hasta el último momento. Fijémonos ahora en la propiedad de las palabras: el fin llega por la tarde, cuando el que muere se halla en medio de la ancianidad; a media noche cuando se halla en medio de la juventud; al cantar el gallo cuando tiene ya desarrollada su razón, porque una vez que empieza el joven a vivir según ella, parece que una voz como la del gallo le despierta del sueño de la sensualidad; y la mañana es la infancia. Es preciso, pues, que todos vivamos preparados para el fin, y que no dejemos que el niño muera sin bautismo”.

San Bernardo:

          • “Escucha cómo el Profeta Habacuc acepta la corrección del Señor y la medita atentamente y sin cesar: Me pondré de centinela, haré la guardia oteando a ver qué me dice, qué respondo a su reclamación. Estemos también nosotros, hermanos, vigilantes, porque es la hora del combate. No vivamos en el estercolero de nuestro pobre cuerpo, sino en el corazón, donde habita Cristo. Lo dice la Escritura: Afianzo mis pies sobre roca y aseguro mis pasos. Con esta protección y seguridad contemplemos y veamos qué nos dice él y qué podemos responder a sus acusaciones.

Queridos hermanos, he aquí el primer grado de la voluntad de contemplación: considerar constantemente cuál es la voluntad de Dios, lo que agrada y complace. Y como todos le ofendemos muchas veces, nuestra vida retorcida choca con la rectitud de su voluntad, y le es imposible unirse y acoplarse a ella. Humillémonos, pues, ante la mano poderosa de Dios; no cesemos de presentarnos como unos miserables ante su presencia misericordiosa, y digamos: Sáname, Señor, y quedaré sano. Sálvame y estaré salvado. O esto otro: Señor, ten misericordia; sácame, porque he pecado contra ti.

Cuando hemos purificado el ojo de nuestro corazón con estos pensamientos, ya no vivimos en nuestro espíritu con amargura, sino en el de Dios y muy felices. Ni pensamos cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida, sino en sí misma. La vida está en su voluntad, y lo más útil y provechoso para nosotros es, sin duda alguna, lo que está conforme a su voluntad. Por eso, si queremos conservar escrupulosamente la vida de nuestra alma alejémonos lo menos posible de esa voluntad divina. Y a medida que avancemos en la práctica espiritual, bajo la dirección del Espíritu que sondea hasta lo profundo de Dios, meditemos cuán suave y bueno es el Señor. Oremos con el Profeta para conocer la voluntad de Dios y no vivir en nuestro corazón, sino en su templo. Y digamos también con el mismo Profeta: Mi alma se acongoja, por eso me acuerdo de ti.

En esto consiste toda la vida espiritual: fijarnos en nosotros mismos para llenarnos de un temor y tristeza saludables, y mirar a Dios para alentarnos y recibir el consuelo gozoso del Espíritu Santo. Por una parte fomentamos el temor y la humildad, y por otra, la esperanza y el amor”. (SOBRE EL VERSO DE HABACUC: ME PONDRÉ DE CENTINELA, HARÉ LA GUARDIA OTEANDO).

 

         • “A quienes consideraban “quién viene” se les dio a conocer la inmensa e inefable majestad. A los que avizoraban “de dónde viene”, se les descubrió un largo camino, según aquel testimonio inspirado por el espíritu de profecía: Mirad, el Señor en persona viene de lejos. Y quienes contemplaban “a dónde” venía, se encuentran con un amor infinito e inimaginable: la sublimidad en persona quiere bajar a cárcel tan horrorosa…

Con todo, quisiera saber qué motivaciones le mueven a venir hasta nosotros o por qué, más bien, no hemos ido nosotros hacia él. Nosotros éramos los necesitados. Y no es costumbre que los ricos se acerquen a los pobres ni en el caso de querer beneficiarlos. Lo más razonable, hermanos, era que nosotros fuéramos a él. Pero tropezábamos con un doble impedimento. Nuestra vista era muy débil. Y él habita en una luz inaccesible, mientras que nosotros, postrados y paralíticos en el catre, no podíamos alcanzar tanta sublimidad. Por este motivo, el Salvador, todo bondad y médico de las almas, bajó de su altura, y su claridad alivió los ojos enfermos. A ese cuerpo que tomó glorioso y purificado de toda mancha, lo vistió de cierto resplandor. Es aquella nube ligerísima y resplandeciente en la que montaría el Señor, según predicción del Profeta, para bajar a Egipto…

Ya es hora de considerar el tiempo en que llega el Salvador. Llega, sí, y creemos que no os pasa desapercibido; pero no al principio ni en el fluir del tiempo, sino al fin…
Ya tenéis a la persona que llega; dos lugares, el de origen y el de destino. No desconocéis tampoco la causa ni el tiempo. Sólo queda una cosa: el camino por donde viene. Y lo hemos de buscar con suma diligencia, pues vale la pena salir a su encuentro.

Si para realizar la salvación en la tierra vino una sola vez en carne visible, para salvar cada alma viene cada día en espíritu e invisible, como está escrito: El Espíritu que está delante de nosotros es Cristo el Señor. Y para que sepas que esta llegada espiritual es imperceptible, continúa: A su sombra viviremos entre los pueblos. Y si el enfermo no puede salir muy lejos al encuentro de tan excelente médico, intente, al menos, alzar la cabeza y erguirse un poco hacia el que viene. No tienes que cruzar los mares. No necesitas atravesar las nubes ni pasar los Alpes. Ni te señalan un camino muy largo. Sal tú mismo al encuentro de tu Dios. A tu alcance está la Palabra; la tienes en tus labios y en tu corazón. Entrégate a la compunción del corazón y la confesión de tus labios. De este modo saldrás del basurero de tu miserable conciencia, porque es indigno que entre allí el autor de la pureza”. (PRIMER SERMÓN DEL ADVIENTO: LOS SEIS ASPECTOS DEL ADVIENTO).

 

San Agustín:

       “Lo que se desarrolla rápidamente en el tiempo, parece tarde a quien lo está deseando. Pero ¿cómo tendrá lugar tarde su venida o cómo ha de estar aún distante si los mismos apóstoles, cuando aún vivían en la carne, dijeron: Ha llegado la última hora, aunque habían oído decir al Señor: No os toca a vosotros saber los tiempos? Los apóstoles ignoraban lo que ignoramos nosotros, y yo lo digo por lo que toca a mí y a los que lo ignoran conmigo. Y, sin embargo, aunque se les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos que el Padre reservó a su poder, amaban la aparición del Señor y daban a sus consiervos los alimentos a tiempo y no los maltrataban con altanería ni se entregaban a orgías con los amadores del mundo, diciendo: Tarda mi Señor.

Luego una cosa es ignorar los tiempos y otra la corrupción de las costumbres y el amor a los vicios. El apóstol Pablo decía: No os dejéis alterar fácilmente en vuestro ánimo ni os espantéis ni por palabras ni por cartas, como si yo las hubiese enviado, como si fuese inminente el día del Señor. No quería que creyesen a los que pensaban que ya se acercaba la venida del Señor. Y, sin embargo, no quería que dijesen como aquel siervo: Tarda en venir mi Señor, y se entregaran a la perdición a través de la soberbia y el derroche. No quería que escuchasen los falsos rumores de la inminencia del último día, pero quería que estuviesen prontos para la venida de su Señor, ceñidos los lomos y encendidas las lámparas. Y les dice: Vosotros, hermanos, no estáis en las tinieblas para que aquel día os sorprenda como un ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de la luz y del día, no lo somos de la noche ni de las tinieblas. El que dice: Tarda en venir mi Señor, para maltratar a sus consiervos y banquetear con los borrachos, no es hijo de la luz, sino de las tinieblas, y por eso le sorprenderá aquel día como un ladrón; yeso deben temerlo todos respecto al último día de esta vida. Como cada cual sea hallado en el último día de su vida, así será hallado en el último día del mundo, porque, según sea en ese día de su muerte, así será juzgado en el otro.

Aquí viene bien lo que está escrito en el Evangelio según Marcos: Vigilad, pues, ya que no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si en la tarde, a media noche, al canto del gallo, por la mañana; no sea que venga de repente y os halle dormidos. lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: vigilad. ¿Por quién dice todos sino por sus elegidos y amados pertenecientes a su cuerpo, que es la Iglesia? No sólo se dirigía a los que entonces le escuchaban, sino también a los que vinieron luego antes de nosotros, a nosotros mismos, y a los que llegarán después de nosotros hasta su última venida. ¿Acaso aquel día nos encontrará a todos en esta vida? ¿O dirá alguno que también se refería a los muertos al decir: Vigilad, no sea que venga de repente y os encuentre dormidos?¿Por qué dice a todos lo que tan sólo atañe a los que vivirán entonces, sino porque en el sentido que acabo de exponer atañe a todos? Vendrá para cada uno el día en que cada uno ha de salir de aquí tal cual será juzgado en aquel día. Por eso debe vigilar todo cristiano, para que no le encuentre desprevenido la venida del Señor. Y le hallará desprevenido ese día final si le encuentra desprevenido el último día de su vida. Los apóstoles sabían por lo menos que el Señor no vendría en su tiempo, mientras vivían en carne. ¿Y quién duda de que se distinguieron vigilando y guardando lo que dijo a todos, para que, si el Señor venía de repente, no les hallase desapercibidos?”. (Carta a Hesiquio, 199, 1-3).

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