SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO.

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

-CICLO B.-

PRIMERA LECTURA

Lectura del Profeta Isaías (40, 1-5. 9-11):

Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados. 
Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; 
allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos   —ha hablado la boca del Señor—. Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión, alza con fuerza la voz, heraldo de Jerusalén, álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios.                                                                          

Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza, su brazo domina.  Mirad: le acompaña el salario, la recompensa le precede. Como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres. 

                                              

SALMO

Sal 84, 9-14

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. 

Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.» 
La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. 
La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; 
la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. 
El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. 
La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos. 

 

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pedro (3, 8-14):

Queridos hermanos: 

No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados y la tierra con todas sus obras se consumirá. 
Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida! Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos consumidos por el fuego y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables. 

EVANGELIO

Lectura del santo Evangelio según San Marcos (1, 1-8):

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el Profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. 
Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. 
Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. 
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: 
—Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo. 

 

COLLATIONES

“Es el Adviento un tiempo de esperanza en la venida del Reino de Dios. Es un tiempo de conversión y de preparación: “preparad el camino al Señor, allanad sus senderos”. Queriendo Dios consolar a su pueblo, les envía un mensajero que les diga que está pagado su crimen y cómo deben preparar el camino al Señor.

Juan predicaba la conversión y el bautismo para el perdón de los pecados. Nos invita a abrir caminos de esperanza. Nos muestra al Dios de la misericordia, sin el cual no  podríamos ver su salvación, “su Cristo”, como dice San Agustín. Cristo se ofreció en sacrificio por los que habían de ser justificados, ofreció su muerte por nuestros pecados, “pagó nuestro crimen” y así, mostrándonos el Señor su misericordia, nos dio su salvación. Y San Pedro nos recuerda que no es que El Señor tarde en cumplir su promesa, sino que tiene mucha paciencia con nosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos nos convirtamos.

Es el desierto, en el que vive Juan, el mejor lugar para abrirse a Dios e iniciar la conversión. En el desierto no se tiene nada y es cuando nos sentimos solos e indefensos cuando vemos nuestra necesidad de Dios y acudimos a Él. Confiados en la infinita misericordia de Dios, somos capaces de ver la verdad y confesar nuestros pecados. Nuestro desierto consiste en despojarnos de todo aquello que nos aleja de Dios, allanar los senderos.  Es entonces cuando abrimos el camino que estaba obstruido a Dios para llegar a nosotros. Dice San Agustín: “No tenía senda para acercarse. Confiesa tu vida, y abrirás la vía, y a ti vendrá Cristo, pondrá sus pasos en el camino; y así te instruirá para que sigas sus huellas”.

 

Beato Guerrico de Igny:

♦ “Es un gozo para mí, hermanos, evocar con vosotros el camino del Señor… del cual Isaías hace un elogio tan bello: «Habrá… en la tierra árida y en el desierto, un camino y una vía… Esta vía será llamada Vía Sacra» porque ella es la santificación de los pecadores y la salvación de los que están perdidos… «No pasará por ella el impío». Querido Isaías, ¿los que son impuros pasarán por otra vía? ¡Ah no! ¡Que todos vengan por esta vía y que en ella adelanten! Porque es sobre todo para los impuros que Cristo la ha trazado, ya que él «vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido»… ¿Entonces, es que el impuro pasará por la Vía Sacra? ¡Dios no lo quiera! Por muy sucio que esté al pisarla, ya no lo será más cuando pase por ella, porque desde que habrá puesto en ella los pies, desaparecerá su suciedad. En efecto, la Vía Sacra está abierta al hombre impuro pues desde que ella lo acoge, lo purifica borrando todo el mal que ha cometido… No le deja pasar con su suciedad, porque es la «vía estrecha», y por decirlo de otra manera «el ojo de la aguja»… Si tú estás ya en el camino, no te alejes de él; de no ser así el Señor te dejará errar en el «camino de tu propio corazón»… Si encuentras la vía demasiado estrecha, considera el término al que te conduce… Pero si tu mirada no alcanza a ver el término, fíate de Isaías, el vidente. Él, que a la vez distinguía entre la estrechez y el término de la vía, añadía: «Sobre este camino marcharán los liberados, los rescatados del Señor; llegarán a Sión con cantos de gozo. Una felicidad sin fin transfigurará su rostro. Tendrán alegría y gozo. Huirán dolores y gemidos » (5º sermón para el Adviento).

♦ “Entretanto, escuchemos lo que nos clama la voz del Verbo, a fin de que un día podamos pasar de la voz al mismo Verbo. Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Prepara el camino quien rectifica su vida;  endereza la senda quien lleva una vida más estricta. En realidad, la enmienda de la vida es el camino recto por el cual el Señor viene a nosotros y aun en esto él se nos adelanta. En efecto, es el Señor quien dirige los pasos del hombre y de tal manera le complace su senda que, acercándosele de buen grado por ella, caminará constantemente con él. Si él, que es el camino, la verdad y la vida, no se anticipa a venir hacia nosotros, nosotros no podríamos enderezar nuestro camino según la regla de la verdad ni, por consiguiente, dirigirlo hacia la vida eterna…

Así, por más dificultades que os salieran al paso en el camino del Señor, corred con un corazón gozoso y dilatado por el camino de los mandamientos de Dios. Si bien a los pusilánimes parece estrecho, es recto; aunque parezca duro, es sin mancilla. Dichosos los que siguen un camino sin mancilla, los que atraviesan el camino de este mundo por un sendero sin mancilla, sin manchar sus vestiduras; o si las hubieran manchado, no pierden por eso un lugar secundario en la bienaventuranza, antes bien, lavan sus vestiduras en el bautismo de la penitencia con el cual Juan bautiza en el desierto para preparar el camino del Señor.

Ojalá este camino por el que debemos recibir la salvación y al Salvador, así como no es tenebroso por la ignorancia de la verdad, no sea tampoco resbaladizo por la inconstancia en las obras.

…No debemos acusar el camino de ser resbaladizo, cuanto a la decisión de nuestra voluntad, es decir, el pie en que nos apoyamos, porque , ¿quién no camina por un terreno resbaladizo mientras está en el mundo y vive en un cuerpo de barro?. No es tanto el camino el que está en falta cuanto el pie que no está afirmado en el camino del Señor. ¿Pero acaso el que cae no se levantará? El justo cae siete veces al día  siete veces se levanta…

Empero, cuando no puedes hacer otra cosa, camina cayendo y levantándote, mas clamando siempre a aquel a quien deseas seguir y alcanzar: Afirma mis pasos en tus senderos para que no vacilen mis pies. Y si hay en mí un camino de iniquidad, o sea, de fragilidad humana, condúceme por el camino eterno para que por ti, que eres camino y verdad, llegue a ti que eres la verdad y la vida eterna. A ti la gloria por los siglos eternos. Amén”. (4ºsermón para el adviento).

San Bernardo:

“¿Queréis conocer cómo ardió y brilló Juan? Yo creo que podemos hallar en él tres maneras de arder y de iluminar. Ardía en sí mismo con una gran austeridad de vida, ardía para Cristo con un fuego de amor profundo y total, y ardía con los pecadores amonestándoles sin cesar y libremente. Para ser más concisos, brilló por su ejemplo, su dedo y su palabra. Se nos mostró como modelo a imitar, nos indicó otro astro mucho mayor que pasaba inadvertido y era el único capaz de perdonar los pecados, e iluminó nuestras tinieblas, como dice la Escritura: Señor, tú enciendes mi lámpara, alumbra mis tinieblas, para que me corrija. 
Contempla, pues, a este hombre prometido por el oráculo de un ángel, milagrosamente concebido y santificado en el seno de su madre. Admira también el nuevo fervor de penitencia de este hombre nuevo. El Apóstol nos propone este ideal: Teniendo qué comer y con qué vestirnos podemos estar contentos. Ésta es la perfección apostólica. Pero Juan fue mucho más allá, como nos dice el Señor en el Evangelio: Vino Juan que ni comía ni bebía, e iba medio desnudo. Comer saltamontes no es propio de hombres, sino de ciertos animales; y tampoco lo es vestirse con piel de camello. Camello, ¿cómo le dejaste tu piel? ¿Por qué no le diste tu jiba? Y vosotras, fieras salvajes y reptiles del desierto, ¿por qué buscáis manjares exquisitos?. Juan es un santo varón, enviado de Dios, un ángel de Dios, como dice el mismo Padre: Mira, yo te envío mi mensajero por delante. 

(EN EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA).

 

Orígenes:

          → “El Señor desea abrir en vosotros un camino por el que pueda penetrar en vuestras almas y hacer un viaje… El camino por el que ha de penetrar la palabra de Dios consiste en la capacidad del corazón humano. El corazón del hombre es grande, espacioso y capaz, como si de un mundo se tratara… Mira que el corazón humano no es algo pequeño, al caber tantas cosas. Comprende que su grandeza no reside en las dimensiones físicas, sino en la fuerza de su pensamiento, capaz de abarcar el conocimiento de tantas verdades… Prepara un camino al Señor mediante una conducta honesta, y con acciones irreprochables allana tú el sendero, para que la Palabra de Dios camine en ti sin obstáculo”. (Homilía 21 sobre el Ev. de Lucas, 5-7).

 

         → “Veamos qué es lo que se predica a la venida de Cristo. Para comenzar, hallamos escrito de Juan: Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Lo que sigue se refiere expresamente al Señor y Salvador. Pues fue él y no Juan quien elevó los valles. Que cada uno considere lo que era antes de acceder a la fe, y caerá en la cuenta de que era un valle profundo, un valle escarpado, un valle que se precipitaba al abismo.

Mas cuando vino el Señor Jesús y envió el Espíritu Santo como lugarteniente suyo, todos los valles se elevaron. Se elevaron gracias a las buenas obras y a los frutos del Espíritu Santo. La caridad no consiente que subsistan en ti valles; y si además posees la paz, la paciencia y la bondad, no sólo dejarás de ser valle, sino que comenzarás a ser «montaña» de Dios.

Diariamente podemos comprobar cómo estas palabras: elévense los valles, encuentran su plena realización en los paganos; y cómo en el pueblo de Israel, despojado ahora de su antigua grandeza, se cumplen estas otras: Desciendan los montes y las colinas. Este pueblo fue en otro tiempo un monte y una colina, y ha sido abatido y desmantelado. Por haber caído ellos, la salvación ha pasado a los gentiles, para dar envidia a Israel. Ahora bien, si dijeras que estos montes y colinas abatidos son las potencias enemigas que se yerguen contra los mortales, no dices ningún despropósito. En efecto, para que estos valles de que hablamos sean allanados, necesario será realizar una labor de desmonte en las potencias adversas, montes y colinas.

Pero veamos si la profecía siguiente, relativa a la venida de Cristo, ha tenido también su cumplimiento. Dice en efecto: Que lo torcido se enderece. Cada uno de nosotros estaba torcido —digo que estaba, en el supuesto de que todavía no continúe en el error–, y, por la venida de Cristo a nuestra alma, ha quedado enderezado todo lo torcido. Porque ¿de qué te serviría que Cristo haya venido un día en la carne, si no viniera también a tu alma? Oremos para que su venida sea una realidad diaria en nuestras vidas y podamos exclamar: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Vino, pues, mi Señor Jesús y limó tus asperezas y todo lo escabroso lo igualó, para trazar en ti un camino expedito, por el que Dios Padre pudiera llegar a ti con comodidad y dignamente, y Cristo el Señor pudiera fijar en ti su morada y decirte: Mi Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él”.  (Homilía 22 sobre el evangelio de san Lucas, 1-2).

 

San Jerónimo:

“Puede considerarse también en esto, que la salvación y la gloria de Dios no se predican en la bulliciosa Jerusalén, sino en la soledad de la Iglesia y en el vasto desierto de la multitud de los gentiles. San Juan Bautista es el primero que anuncia el reino de Dios, porque este honor era debido al precursor de Jesucristo. Tenía el vestido de pelo de camello, no de lana, porque el primero es señal de penitencia austera, mientras que el segundo es señal de molicie. Es cierto lo que sigue: “Su alimento era la langosta y la miel silvestre”. Esto es muy oportuno para el que habita en la soledad, para que no experimente las delicias de la comida, sino las necesidades de la vida humana.

La correa de piel con que se ceñía (como Elías), es la señal de la mortificación. En otro Evangelio se dice: “La correa de cuyo calzado no soy digno de soltar”. Aquí se demuestra su humildad, allí su misión. Porque siendo Jesucristo el Esposo y no mereciendo Juan desatar la correa del Esposo, su casa no puede llamarse casa de descalzado, según la ley de Moisés y el ejemplo de Rut.                                                               En espíritu y en fuego, porque el Espíritu Santo es fuego, que descendiendo se posa sobre cada uno de los apóstoles en forma de fuego. Así se cumple la palabra del Señor que dice: “He venido a prender fuego a la tierra”, porque al presente somos bautizados en espíritu y en adelante lo seremos en el fuego, según aquellas palabras del Apóstol: El fuego probará la calidad de obras de cada uno”. (sobre Isaías, 40,3).

San Elredo de Rieval:

“Existe la puerta de la penitencia, la puerta de la justicia, la puerta de la misericordia. La penitencia es como la puerta del estercolero, por la que se echan fuera las suciedades de los pecados con el puntal de la confesión. La justicia, en cambio, es como una puerta de hierro. Es muy duro vivir como si uno pudiese tratar con Dios de tú a tú y ser justificado por sus obras. ¿Qué va a hacer este Meribbaal, que no puede hacer frutos dignos de penitencia ni obras de verdadera justicia, sino esperar y llamar a la puerta de la misericordia?. La primera puerta da frutos, la segunda requiere trabajo, la tercera es maravillosa. ¿Qué hay más hermoso que tu misericordia, tú el más hermoso de los hombres, con la que haces hermosos a los feos, resplandecientes a los tiznados, justos y santos a los pecadores?. Con razón se sienta este tullido en la puerta Hermosa del templo, sabiendo que tu misericordia vale más que la vida, y tu conmiseración más que todas tus obras”. (En la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, sermón 70, 27-28)

San Agustín:

     ◊ Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación. Tu salvación, tu Cristo. Feliz aquel a quien Dios le mostró su misericordia. Es justamente el que no puede ensoberbecerse, aquél a quien Dios ha mostrado su misericordia. Porque al mostrarle su misericordia, le hace ver que cuanto de bueno tiene el mismo hombre, no tiene otro origen sino de aquel de quien es todo nuestro bien. Y al ver el hombre que todo el bien que tiene no lo es por sí mismo, sino que viene de su Dios, ve que todo lo que en él se alaba no es por sus méritos, sino que viene de la misericordia de Dios: y viendo esto no se ensoberbece, y así no se eleva, y no poniéndose en lo alto, no cae; no cayendo, se mantiene en pie, y con ello se une a Dios, y uniéndose, permanece estable, con lo cual disfruta y se alegra en su Dios… 

La misericordia y la verdad corrieron a encontrarse. La verdad en nuestra tierra, en la persona de los judíos, y la misericordia en tierra de los gentiles. ¿Dónde, pues, estaba la verdad? Donde estaba la palabra de Dios. ¿Y dónde la misericordia? Entre aquellos que habían abandonado a su Dios, y se dirigieron a los demonios. ¿Acaso a éstos los despreció? No, al contrario… Luego la misericordia y la verdad corrieron mutuamente a su encuentro; la justicia y la paz se besaron. Practica la justicia y tendrás paz; y así la justicia y la paz se besarán. Porque si no amas la justicia, no tendrás paz; estas dos virtudes, la paz y la justicia, se aman mutuamente y se besan, de forma que quien obra la justicia se encuentre con la paz que besa la justicia…

La verdad ha brotado de la tierra, y la justicia ha mirado desde el cielo. La verdad ha brotado de la tierra: es Cristo que ha nacido de una mujer. La verdad brota de la tierra: el Hijo de Dios ha nacido de la carne. ¿Qué es la verdad? El Hijo de Dios. ¿Qué es la tierra? La carne. Pregunta a ver de dónde nació Cristo, y verás que la verdad nació de la tierra… Pero para que la justicia nos mirase desde el cielo, es decir, para que recibieran los hombres la justificación por la gracia divina, la verdad nació de María Virgen, y así pudo ofrecer el sacrificio por los que habían de ser justificados, el sacrificio de su pasión, el sacrificio de la cruz…

Podemos dar otro sentido a estas palabras. La verdad ha brotado de la tierra, se podría interpretar así: del interior del hombre ha surgido la confesión. Tú eras un hombre pecador. Tú, ¡Oh tierra! que, cuando pecaste, tuviste que oír: Polvo eres, y al polvo volverás, deja que salga de ti la verdad, para que la justicia mire desde el cielo. ¿Cómo nace de ti la verdad, si eres un pecador, si eres un malvado? Confiesa tus pecados, y de ti nacerá la verdad…

¿Qué justicia es la que miró desde el cielo? La de Dios: es como si él dijera: Perdonemos a este hombre, que no se ha perdonado a sí mismo; excusémoslo, ya que él no se ha excusado; se ha convertido para castigar su pecado; voy a volverme yo a él para liberarlo. La verdad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

Delante de él irá la justicia, y en el camino pondrá sus pasos. La justicia de la que aquí se habla es la confesión de los pecados: es la verdad misma…Preparad el camino al Señor; que preceda esta justicia, por el reconocimiento de tus pecados; vendrá él a visitarte, puesto que pondrá en el camino sus pasos; ya tiene dónde poner sus pies, y por dónde puede acercarse a ti. En cambio, antes de confesar tus pecados, el camino estaba obstruido a Dios para llegar a ti. No tenía senda para acercarse. Confiesa tu vida, y abrirás la vía, y a ti vendrá Cristo, pondrá sus pasos en el camino; y así te instruirá para que sigas sus huellas. (Comentario al salmo 84).

     ◊ El Señor es compasivo y benevolente, magnánimo y lleno de misericordia. ¿Quién hay tan magnánimo como él? ¿Quién tan misericordioso? Pecamos y vivimos; acumulamos pecados y se nos prolonga la vida; se blasfema contra él a diario y hace salir el sol sobre buenos y malos. No cesa de llamar a la corrección, no cesa de invitar a la penitencia; a la criatura la llama mediante sus dones, otorgándole el tiempo de vida; la llama mediante el lector, mediante el predicador; la llama mediante una inspiración interior; la llama sirviéndose del azote de la corrección y de la misericordia del consuelo. Es magnánimo y lleno de misericordia.

Mas estate atento, no sea que usando mal de la abundancia de la misericordia de Dios, atesores ira para el día de la ira, según expresión del Apóstol. Éstas son sus palabras: «¿Desprecias las riquezas de su benignidad y magnanimidad, ignorando que la paciencia de Dios te lleva a la penitencia?. ¿Piensas que le estás agradando por el hecho de que te perdona? Hiciste esto y esto, y me callé; pero tú pensaste inicuamente que soy como tú. No me agrada el pecado, sino que con paciencia espero a que se haga el bien. Si castigase a los pecadores, no hallaría quienes me confesasen». Así, pues, Dios perdonándote en su paciencia te lleva a la penitencia; pero su ira aparecerá de repente si tú continúas con la cantinela de cada día: «El día de hoy llega a su fin; mañana volveré a ser como hoy, pues aún no es el último día», y así el día siguiente. Hermano, no tardes en convertirte al Señor.

Hay quienes piensan en la conversión, pero la difieren de un día para otro; es la voz del cuervo: «tras, cras» (mañana, mañana). El cuervo enviado desde el arca no regresó. Dios no desea la dilación simbolizada en la voz del cuervo, sino la confesión figurada en el gemido de la paloma. La paloma fue enviada y regresó. ¿Hasta cuándo durará el «eras, cras» (mañana, mañana)? Piensa en el último mañana; como ignoras cuál ha de ser, bástete el haber vivido como pecador hasta hoy. Ya lo oíste y sueles oírlo frecuentemente; también hoy has vuelto a oírlo; al diario oírlo correspondes con un diario no corregirte. Pues tú conforme a la dureza de tu corazón y a tu corazón impenitente, atesoras ira para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios que recompensará a cada uno de acuerdo con sus obras. No pienses que la misericordia de Dios anula en él la justicia. El Señor es compasivo y benevolente. Lo escucho y me llena de gozo el que digas eso; escucha y continúa en tu gozo, porque todavía añadió: magnánimo y lleno de misericordia; mas para acabar dijo: Y veraz. Si te llenaban de gozo aquellas palabras, infúndante temor estas últimas. La misericordia y magnanimidad del Señor no excluyen el que sea veraz. Al estar atesorando ira para el día de la ira, con desprecio de su benignidad, ¿no vas a experimentar su justicia?. (Comentario al salmo 102,16).        

 

San Cirilo de Jerusalén:

“El que por nosotros derramó su sangre es el que nos librará del pecado. No nos desesperemos, hermanos, para no caer en un estado de desolación y desesperanza. Terrible cosa es no tener fe en la esperanza de la conversión. Pues quien no espera la salvación, acumula males sin medida; quien, por el contrario, espera poder recuperar la salud, fácilmente se otorga en lo sucesivo a sí mismo el perdón. De hecho, el ladrón que ya no espera la gracia del perdón, se encamina hacia la contumacia: pero si espera el perdón, muchas veces acepta la penitencia. ¿Por qué la culebra puede deponer la camisa, y nosotros no deponemos el pecado?

Dios es benigno y lo es en no pequeña escala. Por eso, guárdate de decir: he sido disoluto y adúltero, he perpetrado cosas funestas y esto no una sino muchísimas veces: ¿me querrá Dios perdonar? ¿Será posible que en adelante no se acuerde más de ello? Escucha lo que dice el salmista ¡Qué grande es tu bondad, Señor! El cúmulo de todos tus pecados no supera la inmensa compasión de Dios; tus heridas no superan la experiencia del médico supremo. Basta que te confíes plenamente a él, basta con que confieses al médico tu enfermedad; di tú también con David: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y se operará en ti lo mismo que se dice a continuación: Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

¿Quieres ver la benevolencia de Dios y su inconmensurable magnanimidad? Escucha lo que pasó con Adán. Adán, el primer hombre creado por Dios, había quebrantado el mandato del Señor: ¿no habría podido condenarlo a muerte en aquel mismo momento? Pues bien, fíjatelo que hace el Señor, que ama al hombre a fondo perdido: lo expulsó del paraíso y lo colocó a oriente del paraíso, para que viendo de dónde había sido arrojado y de qué a cuál situación había sido expulsado, se salvara posteriormente por medio de la penitencia.

Es una auténtica benignidad y esta benignidad fue la de Dios; pero aún es pequeña si se la compara con los beneficios subsiguientes. Recuerda lo que ocurrió en tiempos de Noé. Pecaron los gigantes y en aquel entonces se multiplicó grandemente la iniquidad sobre la tierra, tanto que hizo inevitable el diluvio: repara en la benignidad de Dios que se prolongó por espacio de cien años. ¿O es que lo que hizo al cabo de los cien años no pudo haberlo hecho inmediatamente? Pero lo hizo a propósito, para dar tiempo a los avisos inductores a la penitencia. ¿No ves la bondad de Dios? Y si aquellos hubieran hecho entonces penitencia, no habrían sido excluidos de la benevolencia de Dios”. (La Catequesis 2, 5-8: La salvación proviene de la misericordia de Dios).

          “Con la fuerza del Espíritu Santo, por voluntad del Padre y del Hijo, Pedro de pie con los once, y levantando su voz (según la sentencia: “Alza con fuerza tu voz, la que trae buenas noticias a Jerusalén”), capturó con la red espiritual de su palabra unas tres mil almas. Igualmente obraba en todos los apóstoles una gracia tan grande que, de aquellos judíos que habían crucificado a Cristo llegaron a creer muchos, y se bautizaron en el nombre de Cristo, y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles y en las oraciones”. (La Catequesis, 17,21).

 

San Cipriano de Cartago:

“Nosotros, amadísimos hermanos, que somos filósofos no de palabra sino con los hechos, que a la apariencia preferimos la verdad de la sabiduría, que hemos conocido el profundo sentido de la virtud más que su ostentación, que no hablamos de cosas sublimes sino que las vivimos, cual siervos y adoradores de Dios, debemos dar pruebas, mediante obsequios espirituales, de la paciencia que hemos aprendido del  magisterio celestial.

Porque esta virtud nos es común con Dios. De aquí arranca la paciencia, de aquí toma su origen, su esplendor y su dignidad. El origen y la grandeza de la paciencia tiene a Dios por autor. Digna cosa de ser amada por el hombre es la que tiene gran precio para Dios: la majestad divina recomienda el bien que ella misma ama. Si Dios es nuestro Señor y nuestro Padre, imitemos la paciencia a la vez del Señor y del Padre, pues es bueno que los siervos sean obsequiosos y que los hijos no sean degenerados.

Cuál y cuán grande no será la paciencia de Dios que, soportando con infinita tolerancia los templos profanos, los ídolos terrenos y los santuarios sacrílegos erigidos por los hombres como un ultraje a su majestad y a su honor, hace nacer el día y brillar la luz del sol lo mismo sobre los buenos que sobre los malos, y, cuando con la lluvia empapa la tierra, nadie queda excluido de sus beneficios, sino que manda indistintamente las lluvias lo mismo sobre los justos que sobre los injustos. Y aun cuando es provocado por frecuentes o, mejor, continuas ofensas, refrena su indignación y espera pacientemente el día de la retribución establecido de una vez para siempre; y estando en su mano el vengarse, prefiere escudarse largo tiempo en la paciencia, aguantando benignamente y dando largas, en la eventualidad de que la malicia, largamente prolongada, acabe finalmente cambiando, y el hombre, después de haber sido el juguete del error y del crimen, si bien tarde, se convierta al Señor, escuchando la admonición del Señor que dice: No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva. Y de nuevo: Volved a mí, dice el Señor, volved al Señor, vuestro Dios, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas”. (Sobre los bienes de la paciencia,  3-4).

 

 

 

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