TERCER DOMINGO DE ADVIENTO.

14 de diciembre de 2014

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

-CICLO B.-

 

PRIMERA LECTURA

Lectura del Profeta Isaías  (61, 1-2a. 10-11):

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones 
desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros, la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. 
Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos. 

SALMO

Salmo tomado de (Lc 1, 46-50. 53-54)

Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. 
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. 
A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel su siervo, acordándose de la misericordia. 

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (5, 16-24):

Hermanos: 
Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda ocasión tened la Acción de Gracias: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. 
No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, 
quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo. 
El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas. 

EVANGELIO

Lectura del santo Evangelio según San Juan (1, 6-8. 19-28):

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. 

Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: —¿Tú quién eres ? 
El confesó sin reservas: —Yo no soy el Mesías. 
Le preguntaron: —Entonces ¿qué ? ¿Eres tú Elías ? 
Él dijo: —No lo soy. 
—¿Eres tú el Profeta?                                                                                                               Respondió: —No. 
Y le dijeron: —¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?                                                                                                            Él contestó: —Yo soy «la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor» (como dijo el Profeta Isaías). 
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: 
—Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta? 
Juan les respondió: 
—Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia. 
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando. 

COLLACIONES

“Hoy se nos presentan dos de los mayores ejemplos de humildad. La humildad de la Virgen María, que queda inmortalizada en su proclamación  del Magnificat, y la humildad de San Juan Bautista, que al ser interrogado por los sacerdotes y levitas, les habla de uno que viene detrás de él y del que dice no ser digno de desatar la correa de las sandalias.

Como nos dice Guerrico de Igny, hablando de San Juan Bautista: “A nosotros, hermanos míos, se nos propone su humildad no tan sólo como objeto de admiración, sino también de imitación… Se esforzaba para aumentar la gloria de Cristo haciéndose él mismo más pequeño”.

María proclama en el Magnificat, que el Señor “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Así es Juan: humilde. Dice San Agustín que: “La voz fue confundida con la palabra; pero la voz se conoció a sí misma para no ofender a la palabra”. Esa fue una gran prueba de amor a Dios  y de humildad. Él no se predicaba a sí mismo y no quiso que los demás se confundieran. Él no era la Luz, sólo era testigo de la luz.

San Juan puede hacer suyas las palabras del profeta Isaías, porque el Señor le ha enviado para ser su precursor y por ello “desborda de gozo con el Señor, y se alegra con su Dios…”. Sabe cuál es su misión y en todo momento se esfuerza por aumentar la gloria de Cristo, pues en la gloria de Cristo está su alegría: “Se alegra su espíritu en Dios su salvador”. Y así debemos estar nosotros: “estad siempre alegres” porque el Señor está cerca”.

 

Beato Guerrico de Igny:

     • “Lo que ha hecho grande a Juan, lo que le ha hecho el más grande entre los grandes, es que ha vivido sus virtudes al máximo… uniendo a estas la más grande de todas, la humildad. Siendo considerado como el más elevado de todos, espontáneamente y con la presura del amor, ha puesto por encima de él a Aquel que es el más humilde de todos, y hasta tal punto lo ha puesto por encima de él que se declaró indigno de desatarle las sandalias.

    Que otros queden maravillados de que Juan haya sido anunciado por los profetas, anunciado por un ángel…, nacido de padres tan santos y tan nobles, aunque de edad avanzada y estériles…, que en el desierto haya preparado el camino del Redentor, que haya convertido los corazones de los padres hacia los hijos y los de los hijos hacia los padres, que haya sido digno de bautizar al Hijo, escuchar al Padre, ver al Espíritu, en fin, que haya combatido por la verdad hasta dar la vida y que, para ser precursor de Cristo incluso en el país de los muertos, haya sido mártir de Cristo ya antes de su Pasión. Que otros se queden maravillados de todo esto…

    A nosotros, hermanos míos, se nos propone su humildad no tan sólo como objeto de admiración, sino también de imitación. Es ella que le ha incitado a no querer pasar por grande, siendo así que podía hacerlo… En efecto, este fiel «amigo del Esposo» que amaba a su Señor más que a sí mismo, deseaba «disminuir» para que él creciera. Se esforzaba para aumentar la gloria de Cristo haciéndose él mismo más pequeño, manifestando a través de toda su conducta lo que diría el apóstol Pablo: «No nos predicamos a nosotros mismos sino al Señor Jesucristo». (Tercer sermón sobre san Juan Bautista).

 

     • «Juan ha dado testimonio de la verdad…; era la lámpara que ardía y brillaba». Esta lámpara destinada a iluminar al mundo me da un gozo nuevo, porque es gracias a ella que he reconocido la verdadera Luz que brilla en las tinieblas, pero que las tinieblas no han recibido… Podemos admirarte a ti, Juan, el más grande de todos los santos; pero imitar tu santidad nos es imposible. Puesto que te apresuras a preparar un pueblo perfecto para el Señor con unos publicanos y unos pecadores, es urgente que les hables de una manera más a su alcance que no sea tu vida. Proponles un modelo de perfección que sea, no según tu manera de vivir, sino adaptada a la debilidad de las fuerzas humanas. «Producid, dice él, los frutos que pide la conversión». Pero nosotros, hermanos, nos gloriamos de hablar mejor de lo que vivimos. Juan, cuya vida es más sublime de lo que los hombres pueden comprender, pone sus palabras al alcance de su inteligencia: «¡Dad, dice, los frutos que pide la conversión!» Os hablo de manera humana a causa de la debilidad de la carne. Si todavía no podéis practicar el bien plenamente, que por lo menos tengamos un verdadero arrepentimiento de lo que está mal. Si no podéis aún dar frutos de una perfecta justicia, que por lo menos vuestra perfección sea dar los frutos que pide la conversión. (Segundo sermón sobre san Juan Bautista).

 

San Juan Crisóstomo:

     ♦ “¿Cuál es la sentencia que hoy se nos propone?: Juan da testimonio de Él y clama: Este es aquel de quien dije: El que viene detrás de mí ha sido constituido superior a mí, porque existía antes que yo…
Puesto que quien asegura de sí alguna cosa notable, siempre aparece sospechoso y con frecuencia ofende a la mayor parte de los oyentes, ahora es otro el que viene a dar testimonio de Cristo. Por otra parte, suele la multitud acudir cuando escucha una voz que le es familiar y como connatural, porque la conoce mejor; por lo cual la voz del Cielo se dejó oír dos veces, mientras que la de Juan se escuchó con gran frecuencia. Los que eran superiores a la debilidad popular y vivían como despegados de los sentidos, no necesitaban tanto de la voz humana, pues podían entender las voces del Cielo, ya que a ésta en absoluto la obedecían y ella los guiaba; pero los que aún estaban en los grados inferiores y andaban envueltos en la densa oscuridad de las cosas terrenas, necesitaban una voz más abajada y humilde. 

Tal es el motivo de que el Bautista, despojado ya de todos los intereses sensibles, no necesitara de humanos maestros, sino que fuera enseñado del Cielo. Porque dice: El que me envió a bautizar con agua, Ese me dijo: Aquel sobre quien vieres descender el Espíritu Santo, Ese es. En cambio, los judíos, como aún niños y que no pueden levantarse a semejantes alturas, necesitaban de un hombre que les sirviera de maestro y les enseñara no sus propias doctrinas, sino las del cielo. Y ¿qué es lo que ese maestro les dice? El da testimonio de Él y clama diciendo: ¿Qué significa ese clama? Quiere decir que lo predica con entera confianza y libertad y quitado todo temor. Y ¿qué es lo que clama y testifica? Este es, decía, del que os dije: El que viene detrás de mí ha sido constituido superior a mí, porque existía antes que yo. 

Oscuro es y por demás humilde semejante testimonio. Puesto que no dijo: Este es el Hijo de Dios Unigénito; sino ¿qué?: Este es del que os dije: El que viene detrás de mí ha sido constituido superior a mí, porque existía antes que yo. Así como las aves no enseñan a sus polluelos en un día ni en un momento el arte íntegro de volar, sino que primero solamente los sacan del nido y luego los dejan descansar del vuelo, y luego los ejercitan en volar más y al día siguiente los obligan a mayor ejercicio, y así poco a poco y lentamente los llevan al fin a la conveniente altura, así el bienaventurado Juan no llevó en un momento a los judíos a las alturas sublimes, sino que primero los despegó de la tierra y los enseñó a volar, diciendo que Cristo le era superior. 

Por el momento no era poco que los oyentes pudieran creer que aquel a quien no conocían ni había obrado prodigios era superior al Bautista, varón tan admirable y tan ilustre y hacia el cual todos corrían y lo tenían por un ángel. De modo que Juan por de pronto se esforzaba en persuadir a los oyentes de que Aquel de quien daba testimonio era superior al testificante; superior al que ya había venido Aquel que aún no venía; y que Aquel que aún no aparecía era más excelente que el que ya era ilustre y admirable. Observa cuán prudentemente testifica: No lo muestra ahí presente, sino que lo anuncia antes de que se presente. Porque la expresión: Este es del que os dije, eso significa; lo mismo que en Mateo, cuando dice: Yo os bautizo en agua; pero el que viene en pos de mí es más poderoso que yo, tanto que yo no soy digno de llevar sus sandalias. 

¿Por qué testificó así antes de que Cristo apareciera? Para que luego, al mostrarse Cristo, se recibiera su testimonio estando ya los ánimos dispuestos por las palabras del Bautista, y que en nada impidiera la vil vestidura de Cristo su testimonio. Si nada hubieran oído acerca de Cristo, antes de verlo; si no hubieran recibido aquel grande y admirable testimonio acerca de Él, al punto lo vil de las vestiduras de Cristo habría contrariado la alteza de sus palabras. Porque Cristo se presentaba con un vestido tan pobre y vulgar que aún la mujer samaritana, las meretrices y los publicanos se le acercaban y hablaban con El con gran confianza y libertad…
(Homilías sobre el Ev. de San Juan 13).

 

          ♦ “Los que de las ciudades habían concurrido y arrepentidos confesaban sus pecados y se bautizaban, movidos a penitencia, envían a algunos que le pregunten: ¿Tú quién eres? Verdadera estirpe de víboras; serpientes y más que serpientes si hay algo más. Generación mala, adúltera y perversa. Tras de haber recibido el bautismo, ahora ¿preguntas e inquieres con vana curiosidad quién sea el Bautista? ¿Habrá necedad más necia que ésta? ¿Habrá estulticia más estulta? Entonces ¿por qué salisteis a verlo? ¿por qué confesasteis vuestros pecados? ¿por qué corristeis a que os bautizara? ¿para qué le preguntasteis lo que debíais hacer? Precipitadamente procedisteis, pues no entendíais ni el origen ni de qué se trataba. 

Pero el bienaventurado Juan nada de eso les echó en cara, sino que les respondió con toda mansedumbre. Vale la pena examinar por qué procedió así. Fue para que ante todos quedara patente la perversidad de ellos. Con frecuencia Juan dio ante ellos testimonio de Cristo; y al tiempo en que los bautizaba muchas veces les hacía mención de Cristo y les decía: Yo os bautizo en agua. Mas el que viene en pos de mí es más poderoso que yo. El os bautizará en el Espíritu Santo y fuego. Pensaban ellos acerca de Juan algo meramente humano. Procurando la gloria mundana, y no mirando sino a lo que tenían ante los ojos, pensaban ser cosa indigna de Juan el ser inferior a Cristo. 

Ciertamente muchas cosas recomendaban a Juan. Desde luego el brillo de su linaje, pues era hijo de un príncipe de los sacerdotes. En segundo lugar, la aspereza en su modo de vivir. Luego, el desprecio de todas las cosas humanas, pues teniendo en poco los vestidos, la mesa, la casa, los alimentos mismos, anteriormente había vivido en el desierto. Cristo en cambio era de linaje venido a menos, como los judíos con frecuencia se lo echaban en cara diciendo: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y la que parecía ser su patria de tal manera era despreciable que aún Natanael vino a decir: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Añadíase el género de vida vulgar y el vestido ordinario. No andaba ceñido con cinturón de cuero ni tenía túnica de pelo de camello, ni se alimentaba de miel silvestre y de langostas, sino que su comida era de manjares ordinarios, y se presentaba incluso en los convites de publícanos y hombres pecadores para atraerlos. 

No entendiendo esto los judíos, se lo reprochaban, como El mismo lo advirtió: Vino el Hijo del hombre que come y bebe y dicen: Ved ahí a un hombre glotón y bebedor, amigo de publícanos y pecadores! Pues como Juan con frecuencia remitiera a quienes se le acercaban de los judíos a Cristo, el cual a ellos les parecía inferior a Juan; y éstos avergonzados y llevándolo a mal, prefirieran tener como maestro a Juan, no atreviéndose a decirlo abiertamente, lo que hacen es enviarle algunos de ellos, esperando que por medio de la adulación lo obligarían a declarar ser él el Cristo. 

Y no le envían gente de la ínfima clase social, como a Cristo, cuando querían cogerlo en palabras -pues en esa ocasión le enviaron unos siervos y luego unos herodianos, gente de esa misma clase-, sino que le envían sacerdotes y levitas; y no sacerdotes cualesquiera, sino de Jerusalén, o sea, de los más honorables -pues no sin motivo lo subrayó el evangelista-. Y los envían para preguntarle: ¿Tú quién eres? El nacimiento de Juan había sido tan solemne que todos decían: Pues ¿qué va a ser este niño? Y se divulgó por toda la región montañosa. Y cuando se presentó en el Jordán, de todas las ciudades volaron a él; y de Jerusalén y de toda Judea iban a él para ser bautizados. De modo que los enviados preguntan ahora no porque ignoren quién es?-¿cómo lo podían ignorar, pues de tantos modos se había dado a conocer?-, sino para inducirlo a confesar lo que ya anteriormente indiqué. 

Oye, pues, cómo este bienaventurado responde, no a la pregunta directamente, sino conforme a lo que ellos pensaban. Le preguntaban: ¿Tú quien eres? y él no respondió al punto lo que convenía responder: Soy la voz que clama en el desierto sino ¿qué? Rechaza lo que ellos sospechaban. Pues preguntado: ¿Tú quien eres?, dice el evangelista: Lo proclamó y no negó la verdad y declaró: Yo no soy el Cristo. Observa la prudencia del evangelista. Tres veces repite la afirmación, para subrayar tanto la virtud del Bautista como la perversidad de los judíos. 

Por su parte Lucas dice que como las turbas sospecharan si él sería el Cristo, Juan reprimió semejante sospecha. Deber es éste de un siervo fiel: no sólo no apropiarse la gloria de su Señor, sino aun rechazarla si la multitud se la ofrece…

Pero cogidos en su misma trampa, pasan a otra pregunta. 

¿Entonces que? ¿Eres tú Elías? Y él les respondió: No soy. Porque ellos esperaban la venida de Elías, como lo indicó Cristo…

Luego los judíos preguntan a Juan: ¿Eres tú el profeta? Y respondió: ¡No! Y sin embargo era profeta. Entonces ¿por qué lo niega? Es que de nuevo atiende al pensamiento de los que preguntan. Esperaban éstos que había de venir un gran profeta, pues Moisés había dicho: Os suscitará un profeta el Señor Dios de entre vuestros hermanos, como yo, al cual escucharéis? Se refería a Cristo. Por eso no le preguntan: ¿Eres un profeta? es decir, uno del número de los profetas, sino que ponen el artículo, como si dijeran: ¿Eres tú aquel profeta? Es decir el anunciado por Moisés. Y por esto Juan negó ser aquel profeta, pero no negó ser profeta. 

… Juan, una vez descartadas las falsas opiniones, establece la verdad. Pues dice: Yo soy la voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como lo dijo el profeta Isaías. Pues había proclamado algo grande y excelente acerca de Cristo, atemperándose a la opinión de ellos se refugia en el profeta Isaías y por aquí hace creíbles sus palabras. Y dice el evangelista: Los que se le habían enviado eran algunos de los fariseos. Y le preguntaron y dijeron: ¿Cómo, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?…

Pues no pudieron vencer al Bautista por la adulación, creyeron que lo lograrían mediante la acusación, para que confesara lo que ellos anhelaban, y que no era verdad. 
… Pues les dice. Yo bautizo con agua; pero en medio de vosotros está ya el que vosotros no conocéis. Ese es el que ha de venir en pos de mí, el que existía antes que yo y del cual no soy digno de desatar la correa de sus sandalias… 

Se acercaron a Juan con sumo anhelo, aunque luego cambiaron. Ambas cosas significó Cristo cuando dijo: Juan era una antorcha que brillaba y ardía; y a vosotros os plugo regocijaros momentáneamente con su llama. La respuesta de Juan le procuraba todavía una mayor credibilidad. Pues dice Cristo: El que no busca su gloria es veraz y en él no hay injusticia. Juan no la buscó, sino que los remitió a Cristo. Y los que le fueron enviados eran de los más dignos de fe y principales entre ellos, de modo que no les quedara excusa o perdón por no haber creído en Cristo. 

¿Por qué no creéis a lo que Juan afirmaba de Cristo? Enviasteis a vuestros principales. Por boca de ellos vosotros interrogasteis. Oísteis lo que respondió el Bautista. Los enviados desplegaron todo su empeño, toda su diligencia, y todo lo escrutaron, y trajeron al medio a todos los varones de quienes tenían sospecha que fuera Juan. Y sin embargo éste con toda libertad les respondió y confesó no ser el Cristo, ni Elías, ni el famoso Profeta. Y no contento con esto, declaró quién era él y habló de la naturaleza de su bautismo, afirmando ser humilde y poca cosa y que, fuera del agua, ninguna virtud tenía, y proclamó la excelencia del bautismo instituido por Cristo. Trajo además el testimonio del profeta Elías, proferido mucho antes y en el que al otro lo llamaba Señor y a Juan siervo y ministro. 

¿Qué más habían de esperar? ¿qué faltaba? ¿Acaso no únicamente que creyeran a aquel de quien Juan daba testimonio, y lo adoraran y lo confesaran como Dios? Y que semejante testimonio no procediera de adulación, sino de la verdad, lo comprobaban las costumbres y la prudencia y demás virtudes del testificante…

En medio de vosotros está ya el que vosotros no conocéis. Habló así Juan porque Cristo, como era conveniente, se mezclaba con el pueblo y andaba como uno de los plebeyos, porque en todas partes daba lecciones de despreciar el fausto y las pompas y vanidades… Lo otro que dice Juan y lo repite con frecuencia: Vendrá después de mí, es como si dijera: No penséis que con mi bautismo ya está todo perfecto. Si lo estuviera, nadie vendría después de mí a traer otro bautismo nuevo. Este mío no es sino cierto modo de preparación. Lo mío es sombra, es imagen. Se necesita que venga otro que opere la realidad…

Es más poderoso que yo. Es decir más honorable, más esclarecido. Y luego, para que no pensaran que esa superioridad en la excelencia la decía refiriéndose a sí mismo, quiso declarar que no había comparación posible y añadió: Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. De modo que no solamente ha sido constituido superior a mí, sino que las cosas son tales que no merezco que se me cuente entre los últimos de sus esclavos; puesto que desatar la correa del calzado es el más bajo de los servicios. Pues si Juan no es digno de desatar la correa, Juan, mayor que el cual no ha nacido nadie de mujer ¿en qué lugar nos pondremos nosotros? Si Juan, que era superior a todo el mundo (pues dice Pablo: De los que el mundo no era digno), no se siente digno de ser contado entre los últimos servidores de Cristo, ¿qué diremos nosotros, cargados de tantas culpas y que tan lejos estamos de Juan en las virtudes cuanto la tierra dista del cielo?… (Homilía 15 sobre el Evangelio de San Juan).

San Bernardo:

     “¡Cuánta más sensatez y sabiduría demostró ese otro lucero, Juan Bautista! Fue el precursor del Señor, pero no por propia presunción, ni como un ladrón o bandido, sino por autorización de Dios Padre. Así está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti. Y en un salmo leemos también: Preparé una lámpara para mi Ungido. Era una antorcha que ardía e iluminaba, y los judíos quisieron disfrutar una hora de su luz. Pero él se negó. ¿Por qué motivo? Pregúntaselo a él y que se aclare. El amigo del esposo, responde él, está siempre con él y se alegra mucho de oír su voz. Juan persevera: no una caña sacudida por el viento. Persevera porque es su amigo, y porque es un fuego que arde. Y por eso los Serafines están en pie. Sí, es un auténtico amigo del esposo, porque no siente celos de la gloria del que procede del trono; le prepara el camino, predica su amor gratuito, y sólo aspira a participar también él de su plenitud.

Juan alumbra, y alumbra con tanta mayor claridad cuanto más arde. Y cuanto menos desea brillar tanto más verdadera es su luz. Es un auténtico lucero que no viene a suplantar al Sol de justicia, sino a proclamar su resplandor. Escuchémosle: Yo no soy el Mesías. Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle la correa de las sandalias. Yo os bautizo con agua, y él os va a bautizar con Espíritu Santo y fuego. Este lucero quiere decirnos sin rodeos: ¿por qué os detenéis a contemplar mi resplandor? Yo no soy el sol. Vais a ver a otro que es incomparablemente mayor. Junto a él yo no soy luz, sino tinieblas. Yo, como lucero de la mañana, os regalo el rocío matinal. Él os inundará con sus rayos de fuego, derretirá los hielos, secará los pantanos, calentará a los que están yertos, y será el vestido de los pobres. Las palabras del Precursor concuerdan con las del juez: el fuego que promete Juan, Cristo lo derrama: He venido a encender fuego en la tierra.
Puedes replicarme que tan esencial le es al fuego despedir llamas como resplandores. No te lo niego, aunque las llamas creo que le son mucho más esenciales. Escuchemos nuevamente del Señor cuál es la propiedad por excelencia del fuego: He venido a encender fuego en la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo. Ahí tienes su deseo. Tampoco ignoras que vivir es cumplir su voluntad, y que el empleado que conoce el deseo de su señor y no lo cumple recibirá muchos palos. ¿Por qué quieres brillar tan pronto? Todavía no ha llegado el momento en que los justos brillarán como el sol en el Reino del Padre. Actualmente es muy peligrosa esa ansia de brillar. Es muchísimo más interesante arder”. (LA VISIÓN DE ISAÍAS. SERMÓN TERCERO).

 

San Beda El Venerable:

     “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.

Proclama la grandeza del Señor el alma de aquel que consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios y con la observancia de los preceptos divinos, demuestra que nunca echa en olvido las proezas de la majestad de Dios. Se alegra en Dios su salvador el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna. Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hayan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que Ella, por un privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno.

Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y única persona, su verdadero hijo y Señor.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. No se atribuye nada a sus méritos, sino que toda su grandeza la refiere a la libre donación de aquel que es por esencia poderoso y grande, y que tiene por norma levantar a sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes.

Muy acertadamente añade: Su nombre es santo, para que los que entonces la oían y todos aquellos a los que habían de llegar sus palabras comprendieran que la fe y el recurso a este nombre había de procurarles, también a ellos, una participación en la santidad eterna y en la verdadera salvación, conforme al oráculo profético que afirma: Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, ya que este nombre se identifica con aquel del que antes ha dicho: Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.

Por esto se introdujo en la Iglesia la hermosa y saludable costumbre de cantar diariamente este cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina, ya que así el recuerdo frecuente de la encarnación del Señor enardece la devoción de los fieles y la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los corrobora en la solidez de la virtud. Y ello precisamente en la hora de Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y las múltiples preocupaciones del día, al llegar el tiempo del reposo, vuelva a encontrar el recogimiento y la paz del espíritu”.

 

San Agustín:

      “Admira, pues, a Juan sólo de forma que oigas lo que sigue —No era él la luz—, no sea que, por suponer que el monte es la luz, en el monte naufragues en vez de hallar solaz. Pero ¿qué debes admirar? El monte como monte. En cambio, yérguete hacia ese que ilumina el monte que está erguido para esto: para recibir, el primero, los rayos y comunicarlos a tus ojos. El, pues, no era la luz.

Así pues, ¿por qué vino? Sino para dar testimonio de la luz. ¿Por qué esto? Para que todos creyeran mediante él. ¿De qué luz daría testimonio? Era la luz verdadera. ¿Por qué añade verdadera? Porque al hombre iluminado también se le llama luz; pero luz verdadera es la que ilumina…

…Esto sucede con todos aquellos hombres a quienes Cristo vino. Ellos no eran capaces de descubrirlo; pero irradió sobre Juan, y a través de su testimonio, que insiste en no ser él quien irradia e ilumina, sino quien recibe los rayos de esa luz, se conoce al que ilumina, se conoce al que brilla, se conoce al que todo lo llena. ¿Quién es? El que ilumina, dice, a todo hombre que viene a este mundo. Si el hombre no se hubiera alejado de ahí, no tendría que ser iluminado. Pero ha de ser iluminado aquí, precisamente porque se apartó de ahí donde el hombre podía estar siempre iluminado.

¿Y qué decir ahora? Si vino hasta aquí, ¿dónde estaba? Estaba en este mundo. Estaba aquí y hasta aquí vino. Aquí estaba por la divinidad, hasta aquí vino mediante la carne porque, aunque estaba aquí por la divinidad, no podían verle los insensatos, ciegos e inicuos. Estos inicuos son las tinieblas de las que está dicho: La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron…

No caigas y nunca llegará para ti la caída de este sol. Tu caída será su ocaso. En cambio, si tú te mantienes, él está contigo. Pero no te mantuviste. Recuerda entonces de dónde te caíste, de dónde te arrojó el que cayó primero que tú. Porque no te precipitó por la fuerza o violentamente, sino por tu propia voluntad. Si no hubieras consentido en el mal, te habrías mantenido en pie y no habrías perdido tu luz. Pero ahora que ya has caído y tienes llagas en el corazón, que es el que tiene ojos para ver esta luz, ha venido a ti de tal forma que puedas verle, y se presentó como un hombre que busca el testimonio de otro hombre. Al hombre pide Dios el testimonio y Dios tiene por testigo a un hombre; tiene Dios por testigo a un hombre, pero por el hombre: ¡tan débiles somos! Mediante la lámpara buscamos el día, porque a Juan mismo se le ha llamado lámpara, pues dice el Señor: Él era la lámpara que ardía y lucía, y vosotros quisisteis gozar un momento de su luz. Yo, en cambio, tengo un testimonio mayor que Juan.

Muestra él, pues, que por los hombres quiso ser mostrado mediante una lámpara a la fe de los creyentes, para que mediante esa lámpara quedasen confundidos sus enemigos… (Tratado 2 sobre el Ev. de San Juan).

 

Eusebio de Cesarea:

     “La Iglesia recibió pues al conjunto de los salvados como si fueran sus propios miembros, e igual que una novia dotada de un cuerpo hermoso y lozano, y envuelta en los adornos que recibió de su esposo, exclama: “¡Que mi alma se regocije en el Señor!”. Además añade el motivo diciendo: “Pues el Señor me ha vestido con un manto de salvación”. El cuerpo resucitado será una especie de columna de luz divina destellante, lo que aquí se llama: “manto de salvación”. En efecto, ya no será un “cuerpo de muerte”, como Pablo ponía de manifiesto al decir: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”, sino un cuerpo salvador. Y envolverá al alma un “manto de salvación” y una “túnica de gozo”, pues cada uno se vestirá con el adorno de sus propios actos, aquellos que en justicia llevó a cabo… Y la misma  “novia”, la del Verbo esposo, aquella que acogió en sí la simiente de Él, da frutos hermosos y abundantes”. (Comentario a Isaías, 2, 52).

 

Teodoreto de Ciro:

     “(El Señor) entró en la sinagoga y leyó precisamente este pasaje… Y recibió la unción de Espíritu Santo no en cuanto Dios, sino en cuanto hombre…

(El profeta) llama “pobres” a los que han perdido la riqueza del cielo; “corazones desgarrados” a los que han corrompido su capacidad de razonar; “ciegos” a los que han ignorado a Dios y dan culto a la creación; “cautivos” a los que han sido llevados como tránsfugas al campo del enemigo y han perdido su primera libertad…Cristo no sólo nos ha concedido el perdón de los pecados, la liberación de la tiranía (del demonio) y nos ha mostrado la luz divina, sino que también nos ha prometido la existencia futura y nos ha dado a conocer el justo juicio. En efecto yo pienso que califica de “año de gracia” a su primera venida y de “día de venganza” al día del juicio.

 …Aquí el texto cambia la forma y, en nombre de la Iglesia, grita a su bienhechor: “Mi alma se alegra en el Señor”… Llama “ropaje de salvación” y “manto de justicia” a la gracia del santo bautismo. “porque todos vosotros –dice (el apóstol)- habéis sido bautizados en Cristo y os habéis revestido de Cristo”. Ciertamente, en hebreo, “ropaje de salvación” se dice vestido de Jeshua, es decir, de Jesús… Aquí (la Iglesia) se llama a sí misma de dos formas: novia porque se ha unido al novio, y “novio” porque se ha revestido del novio (Cristo). Respecto a la mitra, los tres traductores la llaman “corona”. Del mismo parecer es el bienaventurado David, que dice: “A tu diestra está la reina, vestida con oro de distintas variedades”. Así pues, el texto deja entender la diversidad de gracias que acompaña al Espíritu Santo”. (Comentario a Isaías, 19, 61).

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