CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

21 de diciembre de 2014

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

-CICLO B.-

 

PRIMERA LECTURA

Lectura del segundo libro de Samuel (7,1-5.8b-12.14a.16):

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: “Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.” Natán respondió al rey: “Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.”

Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: “Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra.

Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.

SALMO

Sal 88, 2-5. 27. 29

“Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, / anunciaré tu fidelidad por todas las edades. / Porque dije: “Tu misericordia es un edificio eterno, / más que el cielo has afianzado tu fidelidad.” R.

“Sellé una alianza con mi elegido, / jurando a David, mi siervo: / “Te fundaré un linaje perpetuo, / edificaré tu trono para todas las edades.”” R.

Él me invocará: “Tú eres mi padre, / mi Dios, mi Roca salvadora.” / Le mantendré eternamente mi favor, / y mi alianza con él será estable. R.

 

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos (16, 25-27):

Hermanos: Al que puede fortalecernos según el evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús —revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe—, al Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

EVANGELIO

Lectura del santo Evangelio según San Lucas (1, 26-38):

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando a su presencia, dijo:
—Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.
Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
—No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Y María dijo al ángel:
—¿Cómo será eso, pues no conozco varón?
El ángel le contestó:
-El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
María contestó:
—Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

 

COLLATIONES

“Dijo el Señor al rey David: ¿Eres tu quien me va a construir una casa para que habite en ella?. Y así fue, pues de la estirpe de David descendía María, y en el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses.

María escuchó y puso por obra la Palabra.  “Y una muchachita de tal modo acoge a Dios dentro de su seno, lo recibe, lo regala con su hospedaje, que obtiene como pensión por la casa y como recompensa por el seno virginal: paz para la tierra, gloria para los cielos, salvación para los perdidos, vida para los muertos, parentesco entre el cielo y la tierra y, para el mismo Dios, la participación de la naturaleza humana”. (San Pedro Crisólogo).

Cristo se encarnó en la estirpe de David, para conducir a su pueblo, al pueblo del rey David, al reino eterno. María, al igual que Cristo, intenta traer a las naciones a la obediencia de la fe, ya que Cristo habita en el corazón de los elegidos por la fe y la caridad. Cristo nos rige y nos gobierna, protegiéndonos para que alcancemos la salvación. Así es como reina ahora mismo en su Iglesia, pero “su reino no tendrá fin”, porque  también reinará en la vida futura, cuando nos introduzca en la patria celestial y seamos felices de estar todo el día alabándolo.  Nos dice Isaac de Stella, que “hasta el fin del mundo, vivirá Cristo en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel”.

Hoy nos pregunta a nosotros el Señor: ¿Eres tu quien me va a construir una casa para que habite en ella?. Y nuestra respuesta, como la de María, ha de ser: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”.

 

San Bernardo:

      ♦  “Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no era por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia. Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida…

No tardes, Virgen María, da tu respuesta. Señora Nuestra, pronuncia esta palabra que la tierra, los abismos y los cielos esperan. Mira: el rey y señor del universo desea tu belleza, desea no con menos ardor tu respuesta. Ha querido suspender a tu respuesta la salvación del mundo. Has encontrado gracia ante  Él con tu silencio; ahora él prefiere tu palabra. El mismo, desde las alturas te llama: “Levántate, amada mía, preciosa mía, ven…déjame oír tu voz”. Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna…

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

“Aquí está la esclava del Señor, -dice la Virgen- hágase en mí según tu palabra.”(Homilía 4, sobre el “missus est”).

 

      ♦ “No sin razón quedó prendado el Rey de la belleza de la Virgen. Porque cumplió sobradamente cuanto le había prescrito con antelación David, su padre, cuando le dijo: Escucha, hija, mira; presta oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; si lo haces, el Rey quedará prendado de tu belleza. Y así lo cumplió. Escucño y miró. No como algunos que oyen y no escuchan; miran y no ven. Sino que oyó y creyó; vió y entendio. Presto atención, la atención de la obediencia; e incline su corazón a la sumisión, para olvidarse de su pueblo y de la casa paterna. No le interesó multiplicar su pueblo con la sucesión de hijos, no pensó en dejar herederos a la casa de su padre. Todo lo tuvo por pérdida comparado con Cristo; hasta los honores y bienes terrenos que pudiera poseer en su pueblo y en su casa paterna. Pero no se frustraron sus ilusiones. Pues sin traicionar sus deseos de mantenerse virgin, tuvo a Cristo por hijo suyo. Justamente, pues, llama llena de gracia a la que fue fiel a al gracia de la virginidad y además se granjeó la Gloria de la fecundidad.

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. No le dijo “el Señor está en tí”, sino el Señor está contigo. Es cierto que el Señor esta en todo ser y de la misma manera en todas partes por su simplicísima sustancia. Pero en las criaturas irracionales no está como en las que gozan de razón; y dentro de éstas, con relación a su eficacia, es muy distinta su presencia en los buenos y en los malos. Por supuesto, las criaturas irracionales ni siquiera pueden reconocer esta presencia. Las racionales, sin embargo, llegan a aconocerla; pero únicamente los buenos la experimentan por el amor. Incluso sólo en ellos llega a establecerse por la Concordia del amor. Pues cuando se comprometen con la santidad, de tal modo que su querer no desdiga de Dios, entonces, al no disentir de su voluntad, se unen espiritualmente con él.

Si esto sucede con todos los santos, muy especialmente se realiza en María. Fue tan profunda su adhesion amorosa con ella, que no sólo se unió a su voluntad, sino incluso a su cuerpo, porque entre su sustancia y la de la Virgen hizo un solo Cristo. El cual no procede totalmente de Dios ni totalmente de la Virgen; pero es todo de Dios y todo de la Virgen; no porque Cristo tenga dos filiaciones, sino porque es un solo Hijo de Dios y de María. Por eso dice: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. No sólo está contigo el Señor, tu hijo, a quien revistes de tu carne. También está contigo tu Señor, el Espíritu Santo, por cuya intervención concibes. Y también está contigo tu Señor, el Padre, que engendró al que tú concibes. Sí. Está contigo el padre, que hace tuyo también a su propio Hijo. Está contigo el Hijo, quien para consumar en ti este admirable misterio, se guarda para sí misteriosamente el secreto de la generación y deja intacto en ti el sello de tu virginidad. Está contigo el Espíritu Santo, que con el Padre y el Hijo santifica tu vientre. Por tanto, el Señor está contigo…

Abre, Virgen, tu seno; ensancha tu regazo; dispón tus entrañas. Porque el Poderoso está a punto de hacer grandes cosas por ti y desde ahora te felicitarán todas las generaciones, borrando tu maldición de Israel. Virgen prudente, no vaciles ante la fecundidad, que no te arrebatará tu integridad. Vas a concebir, y sin pecado. Quedarás embarazada y libre. Darás a luz y sin angustias. No conocerás varón y engendrarás un hijo. ¿Y qué hijo? Serás la Madre de un hijo cuyo Padre es Dios. El Hijo del esplendor de ese Padre será el galardón de tu amor. La Sabiduría del corazón del Padre será el fruto de tu vientre virginal. En una palabra: darás a luz a Dios y de Dios concebirás…

Ella se turbó al oír estas palabras, preguntándose qué saludo era aquél. Las vírgenes que realmente lo son, siempre están temerosas y nunca viven seguras. Para prevenirse de lo que realmente deben temer, pierden la seguridad aun cuando se sienten protegidas. Son conscientes de que llevan un tesoro de gran valor en vasos muy frágiles y que es arduo de verdad pasar por la tierra como un ángel entre los hombres o imitar aquí abajo a los ángeles del cielo, viviendo célibes  a pesar de la carne. Y por eso recelan de cualquier cosa inusitada o imprevista, como si fuera algo insidioso, porque todo lo ven como una intriga.

Esta la razón por la que María se turbó al oír estas palabras del ángel. Se turbó, pero no se perturbó. Me turbé, pero guardé silencio; repasando los días antiguos, recordé los años remotos. De manera que María se turbó, pero no reaccionó bruscamente. Se puso a pensar qué saludo era aquél. Que se turbara, obedecía a su pudor virginal. Que no se perturbara, se lo debía a su fortaleza interior. Que lo pensara silenciosa, correspondía a su prudencia. Se preguntaba qué saludo era aquél. Sabía esta Virgen sensata que Satanás se transforma en ángel de luz muchas veces. Como era humilde y sencilla, no esperaba que aquello viniera de un ángel de bien. Por eso se preguntaba qué saludo era aquél.

Mirando entonces el ángel a la Virgen, e intuyendo claramente que en su interior bullían pensamientos confusos, la consuela en sus temores, la alienta en sus vacilaciones, y llamándola familiarmente por su nombre, la induce con dulzura a que no tema. Tranquilízate,  María, que Dios te ha concedido su favor. Nada de engaños ni encantamientos. No sospeches fraude o tergiversación alguna. No soy un hombre; soy un espíritu; un ángel de Dios y no de Satanás. Tranquilízate, María, que Dios te ha concedido su favor. ¡Si supieras cómo complace a Dios tu humildad, lo que le agrada tu sublimidad, no te creerías indigna de que un ángel te saludara y te asistiera! ¿Cómo puedes pensar que no mereces esta distinción de los ángeles cuando has hallado gracia ante Dios? Encontraste lo que buscabas; hallaste lo que nadie pudo conseguir antes que tú: la gracia de Dios. ¿Qué gracia? La paz de Dios y de los hombres, la destrucción de la muerte, la instauración de la vida. Este es el favor que hallaste ante el Señor.  Y aquí tienes la señal: vas a concebir, darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Deduce, Virgen sensata, por el nombre del hijo que te prometen, cuánto favor y qué clase de gracia has hallado ante el Señor. y le pondrás por nombre Jesús. Otro evangelista nos da la razón de este nombre, según lo interpreta el ángel: porque él salvará a su pueblo de los pecados…

            Es verdad que tú, Virgen, darás a luz un niño, criarás a un niño, darás de mamar a un niño. Pero cuando le veas tan niño, piensa que es muy grande. Será grande, porque Dios lo hará poderoso ante los reyes, tanto que todos los reyes se postrarán ante él y todos los pueblos le servirán. Proclame, pues, tu alma la grandeza el Señor, porque será grande y se llamará Hijo del Altísimo. Será grande y el poderoso hará grandes cosas por ti y su nombre es santo. ¿Podemos pensar un nombre más santo que llamarse Hijo del Altísimo? Proclamemos la grandeza del Señor nosotros que somos pequeños, pues para hacernos grandes se hizo él un niño, como nos dice el profeta: un niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado. Para nosotros ha nacido, no para él; que ya antes había nacido de su Padre mucho más noblemente y no necesitaba nacer de mujer en un tiempo determinado. Tampoco nació para los ángeles, pues como ya lo poseían en toda su grandeza, no lo necesitaban tan niño. Nació para nosotros, se nos dio a nosotros, porque nosotros lo necesitábamos.

De este niño que nos ha nacido y se nos ha dado, sirvámonos para el fin que nos nació y se nos ha dado. Gocemos del que es nuestro para nuestro bien, realicemos nuestra salvación mediante el Salvador… Hagámonos como este niño, aprendamos de él, que es sencillo y humilde de corazón. No vaya a resultar que el Dios grande se haya hecho un hombre pequeño en vano, que haya muerto inútilmente y que haya sido crucificado en balde. (Homilías en Alabanza a la Virgen Madre).

 

Beato Guerrico de Igny:

“Buena y consoladora es a no dudarlo tu omnipotente palabra, Señor. ella descendió hoy desde su trono real al seno de la Virgen, donde también se construyó para sí un trono real; y si bien se sienta en él ahora en los cielos como Rey, rodeado de los ejércitos angélicos, sin embargo es consuelo de los afligidos en la tierra.

La Virgen fue escogida, en efecto, de estirpe real; noble retoño descendiente de reyes, pero más noble aún por su virtud real. De esta suerte la nobleza materna contribuyó a salvaguardar la dignidad real del Rey eterno, Hijo del Rey, el cual, procedente del trono real de su Padre, colocaría también su trono real en el aula virginal de su Madre reina. En ella, sin duda, y de ella la sabiduría se edificó una casa, en ella y de ella preparó para sí, cuando tomó en ella y de ella su propia carne, un trono tan perfecto y adecuado para todo, que es a un mismo tiempo casa para descansar y trono para juzgar; el cual le sirvió primero de tabernáculo para luchar y de cátedra para enseñar.

Mira, no obstante, si ella no será acaso el trono de David su padre, a quien el ángel prometió que se le daría, no porque David se sentara en él, sino porque de la descendencia de David había de ser tomado y fabricado. Ahora bien, si no es el trono de David, no hay duda de que ella es tu trono, Señor, por los siglos de los siglos. Si no es el trono de David, indudablemente ella es un trono excelso y elevado sobre toda creatura”. (Sermón 26, Anunciación de Nuestra Señora).

Beato Isaac de Stella:

“El Hijo de Dios es el primogénito entre muchos hermanos, y, siendo por naturaleza único, atrajo hacia sí muchos por la gracia, para que fuesen uno solo con él. Pues da poder para ser hijos de Dios a cuantos lo reciben.

Así pues, hecho hijo del hombre, hizo a muchos hijos de Dios. Atrajo a muchos hacia sí, único como es por su caridad y su poder: y todos aquellos que por la generación carnal son muchos, por la regeneración divina son uno solo con él.

Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo.

Pues así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, asimismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes.

Ambas son madres, y ambas vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra.

Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón como dicho en singular de la virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la virgen madre María, y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos.

También se considera con razón a cada alma fiel como esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda. Todo lo cual la misma sabiduría de Dios, que es el Verbo del Padre, lo dice universalmente de la Iglesia, especialmente de María, y singularmente de cada alma fiel.

Por eso dice la Escritura: Y habitaré en la heredad del Señor. Heredad del Señor que es universalmente la Iglesia, especialmente María y singularmente cada alma fiel. En el tabernáculo del vientre de María habitó Cristo durante nueve meses; hasta el fin del mundo, vivirá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia; y, por los siglos de los siglos, morará en el conocimiento y en el amor del alma fiel”.  (Sermón 51)

                                     

San Beda el Venerable:

“La lectura del santo evangelio que acabamos de escuchar, carísimos hermanos, nos recuerda el exordio de nuestra redención, cuando Dios envió un ángel a la Virgen para anunciarle el nuevo nacimiento, en la carne, del Hijo de Dios, por quien —depuesta la nociva vetustez— podamos ser renovados y contados entre los hijos de Dios. Así pues, para merecer conseguir los dones de la salvación que nos ha sido prometida, procuremos percibir con oído atento sus primeros pasos.

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José; la virgen se llamaba María. Lo que se dice: de la estirpe de David, se refiere no sólo a José, sino también a María, pues en la ley existía la norma según la cual cada israelita debía casarse con una mujer de su misma tribu y familia. Lo atestigua el Apóstol, cuando escribiendo a Timoteo, dice: Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Este ha sido mi evangelio. En consecuencia, el Señor nació realmente del linaje de David, ya que su Madre virginal pertenecía a la verdadera estirpe de David.

El ángel, entrando a su presencia, dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su Padre». Llama trono de David al reino de Israel, que en su tiempo David gobernó con fiel dedicación por mandato y con la ayuda de Dios.

Dio, pues, el Señor a nuestro Redentor el trono de David su padre, cuando dispuso que éste se encarnara en la estirpe de David, para que con su gracia espiritual condujera al reino eterno al pueblo que David rigió con un poder temporal. Como dice el Apóstol: Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.

Y reinará en la casa de Jacob para siempre. Llama casa de Jacob a la Iglesia universal, que por la fe y la confesión de Cristo pertenece a la estirpe de los patriarcas, sea a través de los que genealógicamente pertenecen a la línea de los patriarcas, sea a través de quienes, oriundos de otras naciones, renacieron en Cristo mediante el baño espiritual. Precisamente en esta casa reinará para siempre, y su reino no tendrá fin. Reina en la Iglesia durante la vida presente, cuando, habitando en el corazón de los elegidos por la fe y la caridad, los rige y los gobierna con su continua protección para que consigan alcanzar los dones de la suprema retribución. Reina en la vida futura, cuando, al término de su exilio temporal, los introduce en la morada de la patria celestial, donde eternamente cautivados por la visión de su presencia, se sienten felices de no hacer otra cosa que alabarlo”. (Homilía 3 en el Adviento). 

San Agustín:

“Cantaré eternamente, Señor, tus misericordias; y mi boca anunciará tu verdad de generación en generación. Que mis miembros den honra, dice, a mi Señor. Yo hablo, pero hablo tus cosas; mi boca anunciará tu fidelidad… 

Porque has dicho: La misericordia será edificada para siempre. Esto es lo que yo canto; esta es tu verdad, y mi boca está dispuesta a servirle anunciándola… Es así, dices, como yo edifico; pero a algunos los destruyes para edificarlos... Y, sin duda, todos los que adoraban a los ídolos y rendían culto a las piedras, no habrían podido ser edificados en Cristo, si antes no fueran destruidos en su primer error     ..Porque todos los caminos del Señor son misericordia y verdad. No aparecería la verdad como cumplimiento de las promesas, si la misericordia no precediera en la remisión de los pecados. Además, como se habían prometido proféticamente muchas cosas al pueblo de Israel, que procedía de la estirpe de Abrahán según la carne, y así se propagó aquel pueblo en el que habían de cumplirse las promesas de Dios; y, con todo, Dios no secó el manantial de su bondad para con las naciones extranjeras, que puso bajo el amparo de los ángeles, reservándose para sí únicamente la porción del pueblo de Israel. En estas dos estirpes el Apóstol distribuye, distinguiendo en cada una de ellas la misericordia de Dios y la verdad. De hecho, dice que Cristo se puso al servicio de los circuncisos a favor de la veracidad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres. Ya veis cómo Dios no engañó, y cómo no ha rechazado a su pueblo, que había conocido de antemano…Luego La verdad de Dios se cumplió en aquellos israelitas que creyeron, y así vino a juntarse a la piedra angular una pared procedente de la circuncisión. Pero aquella piedra no habría constituido el ángulo, si no hubiera sustentado la otra pared que procede de los gentiles. Aquella primera pared pertenece propiamente a la verdad, y esta segunda a la misericordia…

Dijiste: He sellado un testamento con mis elegidos. ¿De qué testamento habla, sino del Nuevo?... Lo he jurado a mi siervo David. ¡Con qué seguridad habla este inteligente, cuya boca está al servicio de la verdad! Porque tú has hablado, yo hablo seguro. Si me das seguridad, por haber hablado, ¿Cuánto más seguro estaré si lo has jurado? En efecto, el juramento de Dios es confirmación de la promesa…

Veamos, pues, qué es lo que Dios ha jurado. Dice: He jurado a mi siervo David: Haré estable tu descendencia para siempre. ¿Cuál es la de David, sino la de Abrahán? ¿Y cuál es la de Abrahán? Lo dice el Apóstol: Y a tu descendencia, que es Cristo. Pero el Cristo Cabeza de la Iglesia, salvador del Cuerpo, esa es la descendencia de Abrahán, y también la de David. Y nosotros, ¿no somos descendencia de Abrahán? ¡Claro que lo somos!, como dice el Apóstol: Si vosotros sois de Cristo, sois también descendencia de Abrahán, herederos según la promesa. Entendámoslo, pues, así, también nosotros, hermanos: Haré estable para siempre tu descendencia, no sólo aquella carne nacida de la Virgen María, sino también nosotros, todos los que creemos en Cristo; pues todos somos miembros de aquella Cabeza. No puede ser decapitado este cuerpo; si la Cabeza es glorificada para siempre, por siempre serán también los miembros glorificados, a fin de que ese Cristo permanezca íntegro eternamente. Haré estable tu descendencia para siempre; y a tu trono lo afianzaré de generación en generación. Pienso que quiso decir eternamente, cuando dijo de generación en generación..Cristo ahora tiene su trono entre nosotros, tiene afianzado su trono en nosotros. Si no lo tuviera, no nos gobernaría; y si no fuéramos gobernados por él, iríamos al precipicio llevados por nosotros mismos. Tiene, pues, su trono entre nosotros, y reina en nosotros; y también lo tendrá en la otra generación, la que surgirá de la resurrección de los muertos. Cristo reinará por siempre en sus santos. Esto lo ha prometido Dios…

Le conservaré eternamente mi misericordia, y con él será fiel mi testamento. En atención a él será fiel mi testamento; con él se ha concordado el testamento; él es el mediador del testamento, el que lo ha firmado, el albacea, el testigo del testamento, él mismo es la heredad y es el coheredero del testamento”.

(Comentario al salmo 88)

San Pedro Crisólogo:

 “El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José. El evangelista designa el lugar, el tiempo y la persona, para que la verdad del relato pueda ser comprobada con los claros indicios de los mismos acontecimientos. El ángel —dice— fue enviado a una virgen desposada. Dios envía a la Virgen un alado mensajero: pues da las arras y recibe la dote el que es portador de la gracia, restablece la confianza, hace entrega de los dones de la virtud y tiene la misión de dar pronta resolución al consentimiento virginal. Vuela raudo a la esposa el veloz intérprete, para alejar y dejar en suspenso el afecto de la esposa de Dios hacia los esponsales humanos; de modo que sin separar la Virgen de José, se la devuelva a Cristo a quien estaba destinada desde el vientre materno. Recibe Cristo su esposa, no se apodera de la ajena; ni crea separación, cuando une consigo a toda su entera criatura en un solo cuerpo. Pero escuchemos lo que hizo el ángel.

Entrando en su presencia, dijo: —Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. En estas palabras hay una oferta, la oferta de un don y no un mero cumplido de cortesía. Ave, es decir, recibe gracia; no tiembles ni te preocupes de la naturaleza. Llena, ya que en los otros está la gracia, sobre ti vendrá toda la plenitud de la gracia juntamente. El Señor está contigo. ¿Qué significa el Señor está en ti? Pues que no vino con el simple deseo de hacerte una visita, sino que viene a ti en el nuevo misterio de su nacimiento.

Por eso añadió muy oportunamente: Bendita tú entre las mujeres. Pues si en ellas la maldición de Eva castigaba las entrañas, ahora entre ellas se goza, es honrada y acogida la bendita María. Y de esta suerte ha venido realmente a ser por la gracia madre de los vivientes, la que antes era por naturaleza madre de los murientes.

Ella se turbó ante estas palabras. ¿Por qué se turba al escuchar unas palabras y no al ver una persona? Porque había venido un ángel amable en su presencia, fuerte en la batalla; suave en la apariencia, terrible en su palabra, pronuncia palabras humanas y promete cosas divinas. De aquí que la virgen a quien la visión apenas impresionara la turbó y mucho la audición, y a la que la presencia del enviado le conmoviera poco, la conturbó con todo su peso la autoridad del que le enviaba. ¿Y qué más? De pronto sintió que había recibido en sí al juez supremo, en quien al principio vio y contempló al mensajero celestial. Y aun cuando con gran suavidad y piadoso afecto Dios convirtió a la virgen en madre y a la esclava el Señor la transforma en Madre suya, sin embargo todas sus entrañas se conmovieron, el alma se resiste y la misma condición humana se estremeció, cuando Dios, a quien toda la creación es incapaz de contener, todo él se encerró y se formó dentro de un seno humano.

Y se preguntaba —dice— qué saludo era aquél. Advierta vuestra caridad que —como hemos dicho— la Virgen no dio su consentimiento a las palabras del saludo, sino a la realidad, y que la voz no tenía el sentido de una acostumbrada cortesía, sino que era portadora de toda la eficacia de la suprema virtud. Reflexiona la Virgen: porque responder sin más es propio de la humana superficialidad, mientras que pensar la respuesta es señal de una gran ponderación y de un juicio muy maduro. Desconoce la grandeza de Dios quien no se espanta de la cordura de esta Virgen y no admira su fortaleza de ánimo. Teme el cielo, se estremecen los ángeles, la criatura no lo soporta, la naturaleza no se basta, y una muchachita de tal modo acoge a Dios dentro de su seno, lo recibe, lo regala con su hospedaje, que obtiene como pensión por la casa y como recompensa por el seno virginal: paz para la tierra, gloria para los cielos, salvación para los perdidos, vida para los muertos, parentesco entre el cielo y la tierra y, para el mismo Dios, la participación de la naturaleza humana. Así se cumplió aquello del profeta: La herencia que da el Señor son los hijos; su salario, el fruto del vientre”. (Sermón 140)

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