NAVIDAD

25 de diciembre de 2014

Natividad del Señor

(solemnidad)

LECTURAS

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (52,7-10):

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 97,1-6


R/.
 Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.

Tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (1,1-6):

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y el será para mí un hijo»? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»

Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-5.9-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor

COLLATIONES

Hoy es un día de inmensa alegría, “un Niño ha nacido para nosotros, un Hijo nos ha sido dado”. A pesar de que muchos trataron de mostrarnos el camino, tuvo que  venir la luz al mundo, hacerse hombre el que es el “camino”: Jesucristo. La Palabra se hizo carne, se hizo camino para que viéndole, nos fuese más fácil seguir sus pasos: “nadie va al Padre, sino por mí”.

Andando por este camino, nos convertiremos en hombres nuevos y podremos “Cantar al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”, “se ha acordado de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel” y ha descendido de su trono a un humilde pesebre. “Obtendrás el reino de los cielos, porque, sobre la tierra, habrás reconocido al Rey celestial” (San Hipólito).

Dice San León Magno que “mientras adoramos el nacimiento de nuestro Salvador, resulta que estamos celebrando nuestro propio comienzo”, porque no puede nacer la cabeza sin que nazca el cuerpo, que es el pueblo cristiano. Jesús nació y “Se hizo Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios”. Sabemos que se hizo hombre como nosotros, para que cuando nos prescribiera imitarlo, viéramos que no nos pide un imposible. “Y, si tú obedeces sus órdenes y te haces buen imitador de este buen maestro, llegarás a ser semejante a él y recompensado por él; porque Dios no es pobre, y te divinizará para su gloria” (San Hipólito).

Y me gustaría acabar con una exhortación de San Bernardo: “Nosotros, por nuestra parte, hermanos, esforcémonos para que esa Palabra que procede de la boca del Padre y viene a nosotros a través de la Virgen, no sea estéril”.

¡FELIZ NAVIDAD!

San Hipólito:

No prestamos nuestra adhesión a discursos vacíos ni nos dejamos seducir por pasajeros impulsos del corazón, como tampoco por el encanto de discursos elocuentes, sino que nuestra fe se apoya en las palabras pronunciadas por el poder divino. Dios se las ha ordenado a su Palabra, y la Palabra las ha pronunciado, tratando con ellas de apartar al hombre de la desobediencia, no dominándolo como a un esclavo por la violencia que coacciona, sino apelando a su libertad y plena decisión.

Fue el Padre quien envió la Palabra, al fin de los tiempos. Quiso que no siguiera hablando por medio de un profeta, ni que se hiciera, adivinar mediante anuncios velados; sino que le dijo que se manifestara a rostro descubierto, a fin de que el mundo, al verla, pudiera salvarse.

Sabemos que esta Palabra tomó un cuerpo de la Virgen, y que asumió al hombre viejo, transformándolo. Sabemos que se hizo hombre de nuestra misma condición, porque, si no hubiera sido así, sería inútil que luego nos prescribiera imitarle como maestro. Porque, si este hombre hubiera sido de otra naturaleza, ¿cómo habría de ordenarme las mismas cosas que él hace, a mí, débil por nacimiento, y cómo sería entonces bueno y justo?

Para que nadie pensara que era distinto de nosotros, se sometió a la fatiga, quiso tener hambre y no se negó a pasar sed, tuvo necesidad de descanso y no rechazó el sufrimiento, obedeció hasta la muerte y manifestó su resurrección, ofreciendo en todo esto su humanidad como primicia, para que tú no te descorazones en medio de tus sufrimientos, sino que, aun reconociéndote hombre, aguardes a tu vez lo mismo que Dios dispuso para él.

Cuando contemples ya al verdadero Dios, poseerás un cuerpo inmortal e incorruptible, junto con el alma, y obtendrás el reino de los cielos, porque, sobre la tierra, habrás reconocido al Rey celestial; serás íntimo de Dios, coheredero de Cristo, y ya no serás más esclavo de los deseos, de los sufrimientos y de las enfermedades, porque habrás llegado a ser dios.

Porque todos los sufrimientos que has soportado, por ser hombre, te los ha dado Dios precisamente porque lo eras; pero Dios ha prometido también otorgarte todos sus atributos, una vez que hayas sido divinizado y te hayas vuelto inmortal. Es decir, conócete a ti mismo mediante el conocimiento de Dios, que te ha creado, porque conocerlo y ser conocido por él es la suerte de su elegido.

No seáis vuestros propios enemigos, ni os volváis hacia atrás, porque Cristo es el Dios que está por encima de todo: él ha ordenado purificar a los hombres del pecado, y él es quien renueva al hombre viejo, al que ha llamado desde el comienzo imagen suya, mostrando, por su impronta en ti, el amor que te tiene. Y, si tú obedeces sus órdenes y te haces buen imitador de este buen maestro, llegarás a ser semejante a él y recompensado por él; porque Dios no es pobre, y te divinizará para su gloria.  (Tratado sobre las herejías).

San León Magno:

          ο Aunque aquella infancia, que la majestad del Hijo de Dios se dignó hacer suya, tuvo como continuación la plenitud de una edad adulta, y, después del triunfo de su pasión y resurrección, todas las acciones de su estado de humildad, que el Señor asumió por nosotros, pertenecen ya al pasado, la festividad de hoy renueva ante nosotros los sagrados comienzos de Jesús, nacido de la Virgen María; de modo que, mientras adoramos el nacimiento de nuestro Salvador, resulta que estamos celebrando nuestro propio comienzo.

Efectivamente, la generación de Cristo es el comienzo del pueblo cristiano, y el nacimiento de la cabeza lo es al mismo tiempo del cuerpo.

Aunque cada uno de los que llama el Señor a formar parte de su pueblo sea llamado en un tiempo determinado y aunque todos los hijos de la Iglesia hayan sido llamados cada uno en días distintos, con todo, la totalidad de los fieles, nacida en la fuente bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento, del mismo modo que ha sido crucificada con Cristo en su pasión, ha sido resucitada en su resurrección y ha sido colocada a la derecha del Padre en su ascensión.

Cualquier hombre que cree -en cualquier parte del mundo-, y se regenera en Cristo, una vez interrumpido el camino de su vieja condición original, pasa a ser un nuevo hombre al renacer; y ya no pertenece a la ascendencia de su padre carnal, sino a la simiente del Salvador, que se hizo precisamente Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios.

Pues si él no hubiera descendido hasta nosotros revestido de esta humilde condición, nadie hubiera logrado llegar hasta él por sus propios méritos.

Por eso, la misma magnitud del beneficio otorgado exige de nosotros una veneración proporcionada a la excelsitud de esta dádiva. Y, como el bienaventurado Apóstol nos enseña, no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, a fin de que conozcamos lo que Dios nos ha otorgado; y el mismo Dios sólo acepta como culto piadoso el ofrecimiento de lo que él nos ha concedido.

¿Y qué podremos encontrar en el tesoro de la divina largueza tan adecuado al honor de la presente festividad como la paz, lo primero que los ángeles pregonaron en el nacimiento del Señor?

La paz es la que engendra los hijos de Dios, alimenta el amor y origina la unidad, es el descanso de los bienaventurados y la mansión de la eternidad. El fin propio de la paz y su fruto específico consiste en que se unan a Dios los que el mismo Señor separa del mundo.

Que los que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios, ofrezcan, por tanto, al Padre la concordia que es propia de hijos pacíficos, y que todos los miembros de la adopción converjan hacia el Primogénito de la nueva creación, que vino a cumplir la voluntad del que le enviaba y no la suya: puesto que la gracia del Padre no adoptó como herederos a quienes se hallaban en discordia e incompatibilidad, sino a quienes amaban y sentían lo mismo. Los que han sido reformados de acuerdo con una sola imagen deben ser concordes en el espíritu.

El nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz: y así dice el Apóstol: Él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, ya que, tanto los judíos como los gentiles, por su medio podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu. (Sermón 6 en la Natividad del Señor).

          ο Hoy, amadísimos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos. No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la Vida, disipando el temor de la muerte y llenándonos de gozo con la eternidad prometida. Nadie se crea excluido de tal regocijo, pues una misma es la causa de la común alegría. Nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, así como a nadie halló libre de culpa, así vino a librar a todos del pecado. Exulte el santo, porque se acerca al premio; alégrese el pecador, porque se le invita al perdón; anímese el pagano, porque se le llama a la vida.

Al llegar la plenitud de los tiempos, señalada por los designios inescrutables del divino consejo, tomó el Hijo de Dios la naturaleza humana para reconciliarla con su Autor y vencer al introductor de la muerte, el diablo, por medio de la misma naturaleza que éste había vencido. En esta lucha emprendida para nuestro bien se peleó según las mejores y más nobles reglas de equidad, pues el Señor todopoderoso batió al despiadado enemigo no en su majestad, sino en nuestra pequeñez, oponiéndole una naturaleza humana, mortal como la nuestra, aunque libre de todo pecado.

No se cumplió en este nacimiento lo que de todos los demás leemos: nadie está limpio de mancha, ni siquiera el niño que sólo lleva un día de vida sobre la tierra. En tan singular nacimiento, ni le rozó la concupiscencia carnal, ni en nada estuvo sujeto a la ley del pecado. Se eligió una virgen de la estirpe real de David que, debiendo concebir un fruto sagrado, lo concibió antes en su espíritu que en su cuerpo. Y para que no se asustase por los efectos inusitados del designio divino, por las palabras del Ángel supo lo que en ella iba a realizar el Espíritu Santo. De este modo no consideró un daño de su virginidad llegar a ser Madre de Dios. ¿Por qué había de desconfiar María ante lo insólito de aquella concepción, cuando se le promete que todo será realizado por la virtud del Altísimo? Cree María, y su fe se ve corroborada por un milagro ya realizado: la inesperada fecundidad de Isabel testimonia que es posible obrar en una virgen lo que se ha hecho con una estéril.

Así pues, el Verbo, el Hijo de Dios, que en el principio estaba en Dios, por quien han sido hechas todas las cosas, y sin el cual ninguna cosa ha sido hecha, se hace hombre para liberar a los hombres de la muerte eterna. Al tomar la bajeza de nuestra condición sin que fuese disminuida su majestad, se ha humillado de tal forma que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, unió la condición de siervo a la que Él tenía igual al Padre, realizando entre las dos naturalezas una unión tan estrecha, que ni lo inferior fue absorbido por esta glorificación, ni lo superior fue disminuido por esta asunción. Al salvarse las propiedades de cada naturaleza y reunirse en una sola persona, la majestad se ha revestido de humildad; la fuerza, de flaqueza; la eternidad, de caducidad.

Para pagar la deuda debida por nuestra condición, la naturaleza inmutable se une a una naturaleza pasable; verdadero Dios y verdadero hombre se asocian en la unidad de un solo Señor. De este modo, el solo y único Mediador entre Dios y los hombres puede, como lo exigía nuestra curación, morir, en virtud de una de las dos naturalezas, y resucitar, en virtud de la otra. Con razón, pues, el nacimiento del Salvador no quebrantó la integridad virginal de su Madre. La llegada al mundo del que es la Verdad fue la salvaguardia de su pureza.

Tal nacimiento, carísimos, convenía a la fortaleza y sabiduría de Dios, que es Cristo, para que en Él se hiciese semejante a nosotros por la humanidad y nos aventajase por la divinidad. De no haber sido Dios, no nos habría proporcionado remedio; de no haber sido hombre, no nos habría dado ejemplo. Por eso le anuncian los ángeles, cantando llenos de gozo: gloria a Dios en las alturas; y proclaman: en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad. Ven ellos, en efecto, que la Jerusalén celestial se levanta en medio de las naciones del mundo. ¿Qué alegría no causará en el pequeño mundo de los hombres esta obra inefable de la bondad divina, si tanto gozo provoca en la esfera sublime de los ángeles?

Por todo esto, amadísimos, demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros; y, estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida en Cristo para que fuésemos en Él una nueva criatura, una nueva obra de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo con sus acciones y renunciemos a las obras de la carne, nosotros que hemos sido admitidos a participar del nacimiento de Cristo.

Reconoce, ¡oh cristiano! tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina, y no vuelvas a la antigua miseria con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado del poder de las tinieblas, has sido trasladado al reino y claridad de Dios. Por el sacramento del Bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo: no ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas, no te entregues otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la Sangre de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará conforme a la verdad. El cual con el Padre y el Espíritu Santo reina por los siglos de los siglos. Amén. (Homilía I sobre la Natividad del Señor).

 

          ο Dios todopoderoso y clemente, cuya naturaleza es bondad, cuya voluntad es poder, cuya acción es misericordia, desde el instante en que la malignidad del diablo nos hubo emponzoñado con el veneno mortal de su envidia, señala los remedios con que su piedad se proponía socorrer a los mortales. Esto lo hizo ya desde el principio del mundo, cuando declaró a la serpiente que de la Mujer nacería un Hijo lleno de fortaleza para quebrantar su cabeza altanera y maliciosa; es decir, Cristo, el cual tomaría nuestra carne, siendo a la vez Dios y hombre; y, naciendo de una virgen, condenaría con su nacimiento a aquél por quien el género humano había sido manchado.

Después de haber engañado al hombre con su astucia, regocijábase el diablo viéndole desposeído de los dones celestiales, despojado del privilegio de la inmortalidad y gimiendo bajo el peso de una terrible sentencia de muerte. Alegrábase por haber hallado algún consuelo en sus males en la compañía del prevaricador y por haber motivado que Dios, después de crear al hombre en un estado tan honorífico, hubiese cambiado sus disposiciones acerca de él para satisfacer las exigencias de una justa severidad. Ha sido, pues, necesario, amadísimos, el plan de un profundo designio para que un Dios que no se muda, cuya voluntad por otra parte no puede dejar de ser buena, cumpliese — mediante un misterio aún más profundo — la primera disposición de su bondad, de manera que el hombre, arrastrado hacia el mal por la astucia y malicia del demonio, no pereciese, subvirtiendo el plan divino.

Al llegar, pues, amadísimos, los tiempos señalados para la redención del hombre, Nuestro Señor Jesucristo bajó hasta nosotros desde lo alto de su sede celestial. Sin dejar la gloria del Padre, vino al mundo según un modo nuevo, por un nuevo nacimiento. Modo nuevo, ya que, invisible por naturaleza, se hizo visible en nuestra naturaleza; incomprensible, ha querido hacerse comprensible; el que fue antes del tiempo, ha comenzado a ser en el tiempo; señor del universo, ha tomado la condición de siervo, velando el resplandor de la majestad; Dios impasible, no ha desdeñado ser hombre pasible; inmortal, se somete a la ley de la muerte.

Ha nacido según un nuevo nacimiento, concebido por una virgen, dado a luz por una virgen, sin que atentase a la integridad de la madre… Que una virgen conciba, que una virgen dé a luz y permanezca virgen, es humanamente inhabitual y desacostumbrado, pero revela el poder divino. No pensemos aquí en la condición de la que da a luz, sino en la libre decisión del que nace, naciendo como quería y podía. ¿Quieres tener razón de su origen? Confiesa que es divino su poder. El Señor Cristo Jesús ha venido, en efecto, para quitar nuestra corrupción, no para ser su víctima; no a sucumbir en nuestros vicios, sino a curarlos. Por eso determinó nacer según un modo nuevo, pues llevaba a nuestros cuerpos humanos la gracia nueva de una pureza sin mancilla. Determinó, en efecto, que la integridad del Hijo salvaguardase la virginidad sin par de su Madre, y que el poder del divino Espíritu derramado en Ella mantuviese intacto ese claustro de la castidad y esta morada de la santidad en la cual Él se complacía, pues había determinado levantar lo que estaba caído, restaurar lo que se hallaba deteriorado y dotar del poder de una fuerza multiplicada para dominar las seducciones de la carne, para que la virginidad — incompatible en los otros con la transmisión de la vida — viniese a ser en los otros también imitable gracias a un nuevo nacimiento.

Mas esto mismo, amadísimos, de que el Señor haya escogido nacer de una virgen, ¿no aparece dictado por una razón muy profunda? Es a saber, que el diablo ignorase que había nacido la salvación para el género humano; que ignorando su concepción por obra del Espíritu Santo, creyese que no había nacido de modo diferente de los otros hombres. Efectivamente, viendo a Cristo en una naturaleza idéntica a la de todos, pensaba que tenía también un origen semejante a todos; no conoció que estaba libre de los lazos del pecado Aquél a quien veía sujeto a la debilidad de la muerte. Pues Dios, que en su justicia y en su misericordia tenía muchos medios para levantar al género humano, ha preferido escoger principalmente el camino que le permitía destruir la obra del diablo no con una intervención poderosa, sino con una razón de equidad.

(…) Alabad, pues, amadísimos, a Dios en todas sus obras y en todos sus juicios. Ninguna duda oscurezca vuestra fe en la integridad de la Virgen y en su parto virginal. Honrad con una obediencia santa y sincera el misterio sagrado y divino de la restauración del género humano. Abrazaos a Cristo, que nace en nuestra carne, para que merezcáis ver reinando en su majestad a este mismo Dios de gloria, que con el Padre y el Espíritu Santo permanece en la unidad de la divinidad por los siglos de los siglos. Amén. (Homilía 2 sobre la Navidad del Señor).

San Bernardo:

           “¡Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos! El Santo que va a nacer de ti se llamará Hijo de Dios. ¡La fuente de la sabiduría, la Palabra del Padre está en las alturas! Esta palabra, por tu mediación, Virgen santa, se hará carne, de manera que el mismo que afirma: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” podrá afirmar igualmente: “Yo salí de Dios y aquí estoy”.

En el principio, dice el Evangelio, ya existía la Palabra. Era una Fuente que manaba, pero hasta entonces solo dentro de sí misma. Y añade: “Y la Palabra estaba junto a Dios, es decir, morando en la luz inaccesible. El Señor decía desde el principio: “Mis designios son de paz y no de aflicción”. Pero tus designios están escondidos en ti, y nosotros no los conocemos; porque, ¿quién había penetrado la mente  del Señor?, o ¿quién había sido su consejero?.

Pero estos designios de paz se convirtieron en obras de paz: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros; ha acampado, ciertamente, en nuestros corazones por la fe; ha acampado en nuestra memoria, en nuestro pensamiento y desciende hasta la misma imaginación. ¿Qué idea de Dios hubiera podido formarse antes el hombre, que no fuse un ídolo fabricado por su capricho?

Era incomprensible e inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano; pero ahora ha querido ser comprendido, hacerse visible y accesible a nuestra inteligencia. ¿De qué modo me dirás? Pues acostado en un pesebre, reposando en el regazo maternal, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien, pendiente de la cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos  y dominando el poder de la muerte; e igualmente, resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como signo de victoria; y subiendo finalmente, ante su mirada, hasta lo más íntimo de los cielos.

¿No merece todo esto una verdadera, piadosa y santa meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta Dios, y en todas encuentro a mi Dios. A esa meditación la llamo sabiduría, y para mí la prudencia consiste en ir saboreando recuerdos tan llenos de dulzura; esa dulzura que la vara sacerdotal infundió tan abundante en estos frutos; esa dulzura que María recoge en lo más alto de los cielos y la derrama a manos llenas sobre nosotros.

La recibe en lo más alto de los cielos y más allá de los ángeles, cuando recibe al Verbo del corazón mismo del Padre, según dice la Escritura: ”El día comunica al día su Palabra”. Aquí el día es el Padre, porque el día del día significa la salvación venida de Dios. ¿Y no es también la Virgen día? Sí, y un día muy claro. Un día luminoso que surge como la aurora, hermoso como la luna y límpido como el sol…

La fecundidad de la Virgen es un título incomparable; y este privilegio sin igual la sublima infinitamente sobre los ángeles, porque la misión de un ministro no tiene comparación posible con la de una madre. Este favor halló la que ya estaba llena de gracia. Y así, con su ardiente caridad, su intacta virginidad y su profunda humildad, pudo concebir sin concurso de varón y dar a luz sin dolor. Y no a cualquiera: su Hijo es el Santo, el Hijo de Dios.

Nosotros, por nuestra parte, hermanos, esforcémonos para que esa Palabra que procede de la boca del Padre y viene a nosotros a través de la Virgen, no sea estéril. Apoyémonos en esa misma Virgen para dar gracias por tal favor. Avivemos su memoria mientras suspiramos por su presencia, y hagamos que estos caudales de gracia retornen a su manantial, y vuelvan a brotar más abundantes. De otro modo, si no vuelven a la fuente se secarán, e infieles en lo poco nos haremos indignos de recibir lo que es mucho mayor. El recuerdo es una pequeñez comparada con la presencia; es nada en comparación de lo que deseamos, pero mucho para lo que merecemos.  (En el nacimiento de Santa María).

          Cristo nació en invierno y de noche. ¿Fue, acaso fortuito que naciera en la estación anual más cruda y entre tinieblas aquel de quien depende el invierno y el verano, el día y la noche?…Hermanos: Cristo, antes de ser hombre, estaba desde siempre en Dios, era Dios y le pertenecía, como le pertenece ahora, la sabiduría y el poder, porque es la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios. Al nacer el Hijo de Dios, podía elegir libremente el momento. Y eligió el más intempestivo, sobre todo para un niño e hijo de una pobre madre, que a duras penas disponía de unos pañales para envolverlo y acostarlo en un pesebre…

            Y quiso nacer de noche. ¿Dónde están los que pretenden hacer temerariamente ostentación de sí mismos? Cristo escoge lo que  juzga más conveniente, y vosotros elegís lo que él reprueba. ¿Quién gana en prudencia? ¿Quién piensa con más verdad? ¿Qué criterio es el mejor? Cristo calla. No se enaltece. No se alaba. No se predica a sí mismo. Y fijaos que el ángel lo anuncia y una legión del ejército celestial lo alaba. Tú, pues, que sigues a Cristo, esconde el tesoro encontrado. Gusta de ser desconocido. Que te alabe el extraño, pero nunca tu boca.

            Además, Cristo nace en un establo y lo acuestan en un pesebre. ¿No es éste el que dice: El orbe de la tierra y cuanto lo llena es mío? ¿Por qué elige un establo? Para reprobar la gloria del mundo y condenar la vanidad de la vida. Todavía no se expresa su lengua, y he aquí que, en torno a él, todo es un clamor, un anuncio, una evangelización. Ni sus miembros infantiles callan. Y todos contradicen, desmienten y refutan el juicio del hombre.

            ¿Qué hombre, si tuviera opción, no se escogería un cuerpo ya formado, y una madurez intelectual, en vez de los comportamientos infantiles? ¡Oh Sabiduría, que brotas del misterio! ¡Oh encarnada e invisible Sabiduría! Y, sin embargo, hermanos, este niño es el prometido desde tiempos antiguos por Isaías, el que sabría rechazar el mal y escoger el bien. Según esto, el deleite corporal es malo; en cambio, el sufrimiento es bueno…

            Sí, hermanos, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Mientras se hallaba desde el principio en Dios, vivía en una luz inaccesible y nadie la podía comprender. ¿Quién conoció la mente del Señor?¿Quién fue su consejero? El hombre carnal no entiende las realidades del Espíritu de Dios. Pero ahora las puede entender cualquier carnal, porque lo espiritual se ha hecho carne. Y si no puede percibir más que lo referente a la carne, aquí tiene la Palabra hecha carne; escúchela en el carne. Hombre, la sabiduría se te muestra en la carne. En otro tiempo estuvo oculta; ahora ya está dando vida a los sentidos de tu carne. Y de manera carnal, por así decirlo, te grita: “ahuyenta el deleite, porque la muerte está apostada al umbral del deleite. Haz penitencia y te acercarás al reino”.

            Mira lo que te está predicando el establo, lo que proclama el pesebre, lo que declaran esos tiernos miembros. Las lágrimas y los gemidos están evangelizando esto mismo… (En la Natividad del Señor, Sermón 3).

 

Teodoto de Ancira:

Ni los profetas, que habían sido vencidos; ni los doctores, que nada habían adelantado; ni la Ley, que carecía de la fuerza suficiente; ni los frustrados intentos de los ángeles; ni la voluntad de los hombres, reacia a practicar lo que es bueno…: para levantar la naturaleza caída, hubo de venir su mismo Creador.

Y vino, no con la manifestación externa de su condición divina: precedido de un gran clamor, con el ensordecedor estruendo del trueno, rodeado de nubes y mostrando un fuego terrible; ni con sonido de trompetas, como antiguamente se había aparecido a los judíos, infundiéndoles terror (…); tampoco usó de insignias imperiales, ni se presentó con una corte de arcángeles: no deseaba atemorizar al desertor de sus leyes.

El Señor de todas las cosas apareció en forma de siervo, revestido de pobreza para que la presa no se le escapase espantada. Nació en una ciudad que no era ilustre en el Imperio, escogió una obscura aldea para ver la luz, fue alumbrado por una humilde virgen, asumiendo la indigencia más absoluta, para lograr, en silencio, al modo de un cazador, apresar a los hombres y así salvarlos.

Si hubiese nacido con esplendor y rodeado de grandes riquezas, los incrédulos hubieran atribuido a esa abundancia la transformación de la tierra. Si hubiese escogido la gran ciudad de Roma, entonces la más poderosa, de nuevo habrían creído que la potencia de la Urbe fue la que cambió el mundo. Si hubiese sido hijo del emperador, habrían atribuido el bien conseguido a la nobleza y poder de esa cuna. Si fuese hijo de un gran hombre de leyes, lo hubiesen achacado a la sabiduría de sus prescripciones.

¿Qué es lo que hizo en cambio? Escogió todo lo que es pobre y sin valor alguno, lo más modesto e insignificante, para que fuese evidente que sólo la Divinidad ha transformado el mundo. Precisamente por eso, eligió una madre pobre, una patria todavía más pobre, y Él mismo se hizo pobrísimo.

No existiendo un lecho donde se le reclinase, el Señor fue colocado en un comedero de animales, y la carencia de las cosas más indispensables se convirtió en la prueba más verosímil de las antiguas profecías. Fue puesto en un pesebre para indicar expresamente que venía para ser alimento, ofrecido a todos, sin excepción. El Verbo, el Hijo de Dios, al vivir en pobreza y yacer en ese lugar, atrajo hacia Sí a los ricos y a los pobres, a los sabios y a los ignorantes (…).

A través de su Humanidad, el Verbo de Dios se muestra así para que a todas las criaturas, racionales e irracionales, se les abriese la posibilidad de participar en el alimento de salvación. Y pienso que a esto aludía Isaías cuando hablaba del misterio del pesebre: conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento (…).

Se nos pone aún más de manifiesto por qué quien siendo rico en razón de su divinidad, se hizo pobre por nosotros, para hacer más fácilmente asequible a todos su salvación. A esto se refirió también San Pablo cuando dijo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza. (…).

Pero, ¿quién era aquel rico al que se refiere el Apóstol? ¿y en qué estribaba su riqueza? Decidme, ¿quién siendo rico, se hizo pobre en consideración a mi miseria? Que nos respondan quienes desgajan de Dios, del Verbo, su Humanidad; disociando lo que está unido, con el pretexto de las dos naturalezas (…). Ese rico, ¿no es, por ventura, Aquél que se mostró como hombre, y a quien tú separas de la divinidad? Si sólo Dios puede enriquecer a la criatura, entonces fue el mismo Dios quien se hizo pobre, asumiendo la penuria de la criatura humana, a través de la cual se manifestaba: rico en su divinidad, se hizo menesteroso al asumir nuestra humanidad. (Homilía I en la Navidad del Señor).

San Agustín:

Cantad al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo lo conoce, el viejo no lo conoce. El hombre viejo es la vida vieja; el nuevo es la vida nueva. La vida vieja nos viene de Adán; la nueva se forma en Cristo. En este salmo se le invita a todo el orbe de la tierra a que cante el cántico nuevo…

Cuando se le dice a todo el orbe que cante el cántico nuevo, se entiende que la paz canta el cántico nuevo. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque el Señor ha hecho maravillas. ¿Qué maravillas? Hace poco se leía… dijo el Señor: Joven, a ti te digo, levántate. Y el difunto se sentó y comenzó hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. He aquí las maravillas que hizo el Señor. Pero mayor maravilla es el haber resucitado de la muerte eterna a todo el orbe de la tierra, que haber resucitado al hijo único de una madre viuda. Cantad, pues, al Señor un cántico nuevo, porque el Señor ha hecho maravillas. ¿Qué maravillas? Escucha: Por él lo sanó su diestra y su santo brazo. ¿Cuál es el brazo santo del Señor? Nuestro Señor Jesucristo… Luego su santo brazo y su diestra son la misma persona. Nuestro Señor Jesucristo, pues, es el brazo y la diestra de Dios. Por eso, lo ha sanado para él. No se dice solamente: Sanó el orbe de la tierra con su diestra; sino: La ha sanado para él. Muchos se sanan para sí mismos, no para él… Porque una vez recibida la salud, se entregan a sus vicios… ¿Quién es el que se restablece para él? El que se sana interiormente, y creyendo en él se transforma en un hombre nuevo, … Recuperémonos, pues, para él, a fin de que, restaurados para él, creamos en su diestra, porque para él restauró su diestra y su santo brazo.

El señor ha dado a conocer su salvación. Su diestra, su brazo, su misma salvación es nuestro Señor Jesucristo, del que se dijo: Y verá toda carne la salvación de Dios; y del cual dijo también el anciano Simeón, que tomó en brazos al Infante: Ahora, Señor, puedes dejar irse en paz a tu servidor, porque mis ojos han visto tu salvaciónEl señor ha dado a conocer su salvación... ¿A quién ha dado a conocer el Señor su salvación? Escucha lo que dice: El Señor ha revelado a las naciones su justicia. La diestra de Dios, el brazo de Dios, la salvación de Dios y la justicia de Dios, es el Señor, Salvador nuestro, Jesucristo.

Se acordó de su misericordia con Jacob, y de su fidelidad para con la casa de Israel. ¿Cuál es el significado de: se acordó de su misericordia y de su fidelidad? Que al prometer tuvo compasión, y porque prometió y mostró misericordia, ha llegado a la verdad y a la fidelidad: la misericordia adelantó la promesa, y la promesa se ha cumplido de verdad y con fidelidad. Se acordó de su misericordia con Jacob, y de su fidelidad para con la casa de Israel. ¿Y qué? ¿Ha sido sólo con Jacob, y sólo con la casa de Israel? La casa de los judíos y la descendencia de Abrahán, según la carne, suele llamarse casa de Israel, e Israel es Jacob… ¿Acaso Cristo se les prometió únicamente a ellos? … Israel significa el que ve a Dios. Lo veremos cara a cara, si ahora lo vemos por la fe… Para que no pienses sólo en la nación judía, escucha lo que sigue en el salmo: Todos los confines de la tierra vieron la salvación de nuestro Dios

Porque la han contemplado, regocijaos en el Señor toda la tierra. Ya sabéis qué es regocijarse. Alegraos y hablad… Háblale a quien te ha sanado. Los confines todos de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios. Alegraos con el Señor, toda la tierra; cantad, vitoread, tocad salmos.

Cantad salmos a nuestro Dios con la cítara. Con la cítara y el canto de los salmos. Cantad no sólo con la voz; añadidle las obras: no cantéis solamente, sino poned también en práctica. El que canta y practica, acompaña el salmo con la cítara y el salterio.

Fíjate cuántos diversos instrumentos se citan que son parecidos: Con clarines y al son de cornetas. ¿Qué quieren significar los clarines y las cornetas? Los clarines son trompetas de sonido agudo, que se construyen golpeando con el martillo el bronce. Si es golpeando, es entonces hiriendo, azotando. Seréis, pues, clarines construidos para alabanza de Dios, si sabéis aprovechar vuestras tribulaciones; los golpes producen un fruto que nos hace progresar espiritualmente… Yo, dice el artífice, quiero perfeccionar la trompeta; y no la perfeccionaré sino con el martillo: La fortaleza se perfecciona en la debilidad. Y escucha ya lo bien que suena ese clarín: cuando me debilito, entonces soy fuerte…

Con clarines y al son de trompetas aclamad jubilosos al Rey y Señor. (Salmo 97).

Beato Guerrico de Igny:

Un Niño ha nacido para nosotros, un Hijo nos ha sido dado. Se prueba que ha nacido para nosotros precisamente porque nos ha sido dado. Con razón se dice nacido para aquellos a quienes vemos que ha sido dado. A todos fue ofrecida la gracia de su nacimiento, pero no todos la recibieron. No todos, en efecto, tienen fe. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Ahora bien, inútil habría sido su nacimiento si no nos hubiera sido dado; en vano se habría hecho hijo del hombre si no lo hubieran recibido los hijos de los hombres a quienes daría el poder de llegar a ser hijos de Dios…

Dichosa gentilidad, mira que se te entrega a Jesús, corre con las manos extendidas, abre tus brazos, dilata tu seno. Manifiesten tu devoción tanto tus actos como tu afecto; recibe con fe y abraza con amor al Niño que se te ofrece, procurando que more siempre entre tus pechos.

Me parece estar oyendo las voces de exultación y alabanza de todos los rincones del orbe; oigo desde las extremidades de la tierra las alabanzas, la gloria del Justo. Es como el ruido de una multitud, el ruido de los ejércitos de Dios, la voz unánime de los que alaban y dicen: “un Niño ha nacido para nosotros, un Hijo nos ha sido dado”. Si no me equivoco, es la Iglesia que se regocija y alaba en toda la tierra, porque abraza al Hijo que ha nacido para ella y que le ha sido dado, aquel a quien había visto ofrecido y luego quitado a los judíos infieles…

¿Quién me ha dado estos hijos? Yo era estéril y no daba a luz;…Madre incorrupta, virgen fecunda: el Hijo  que te ha sido dado, él te los ha dado. Pues él es el Hijo del Altísimo, para quien el Padre los ha adoptado a fin de que todos sean conformes a su imagen y él sea el primogénito entre muchos hermanos. Dilata, pues, el lugar de tu tienda desde Oriente a Occidente, de uno al otro mar; porque  te extenderás a derecha y a izquierda y tu descendencia poseerá en herencia las naciones. En verdad, este Hijo único de María es el primogénito de toda creatura, a quien el Padre dice: “Pídeme, y te daré las naciones en herencia y extenderé tus dominios hasta los confines del orbe”. (Sermón 7; Navidad II: Del don que recibió la Iglesia, postergada la sinagoga).

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