SAGRADA FAMILIA

28 de diciembre de 2014

Fiesta de la Sagrada Familia.

 

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (3,2-6.12-14):

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 127

R/. Dichosos los que temen al Señor
y siguen sus caminos

Dichoso el que teme al Señor,
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa; tus hijos,
como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,12-21):

Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y celebrad la Acción de Gracias: la palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas (2,22-40):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Palabra del Señor

COLLATIONES

Hemos sido testigos de cómo el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Le hemos visto nacer en una familia en la que crecerá y se llenará de sabiduría. Y hoy el evangelio nos muestra a “Dios, el legislador, sometiéndose, como un hombre cualquiera a sus propias leyes” (San Cirilo de Alejandría).

Cristo, según la carne, procede de la raza de Israel, pero no vino sólo a salvar a su pueblo, sino que salvó a todas las naciones de la tierra. Hoy debemos celebrar que formamos parte de una gran familia, la familia de los hijos de Dios, que Cristo reunió en su Iglesia. A nosotros se nos propone la Sagrada Familia de Nazaret como modelo de comportamiento, tanto en familia como en comunidad.

Podemos ver en el Eclesiástico lo importante que era la familia para el pueblo judío, y en la segunda lectura, San Pablo nos recuerda, lo importante que es para Dios, que los hombres nos comportemos como verdaderos hermanos, miembros de esa familia universal que formamos.

“Hoy la Virgen Madre introduce en el templo del Señor al Señor del templo”, (San Bernardo), hace llegar a todos los hombre la misericordia; la misericordia está en medio del templo y se ofrece a todos. Como Simeón dejémonos conducir por el Espíritu para llegar al templo de Dios, a su Iglesia, para encontrar allí a aquel a quien amamos.

La sagrada familia la forman “los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, pues esos son los hijos de Dios”. La familia en la que uno nace es muy importante, pero recordemos que Jesús mismo nos dijo que sus padres y sus hermanos eran los que hacían la voluntad de su Padre. Y como hacer la voluntad del Padre, es más fácil con la ayuda de la Madre, nos dejó Dios a María, su Madre, para que su Iglesia fuera una verdadera familia.

María introdujo en mi templo, al señor del templo, e hizo llegar hasta mí la misericordia, “… su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…” nos anuncia en el Magnificat. Y como hijos de Dios que somos, y de María, pues Dios lo ha dispuesto así, algún día nos tomará como a Jesús entre sus brazos, y nos introducirá en el Templo santo de Dios, en la Casa del Padre. Allí nos uniremos a la familia universal que ha formado la Iglesia a los largo de todos los tiempos. ¡Esa es nuestra familia!.

San Juan Crisóstomo:

Mira cómo nuevamente exhorta a la reciprocidad. Aquí, como allí, también junta el temor y el amor, pues puede darse que incluso quien ama sea una amargavidas. Lo que dice, pues, es lo siguiente: No os peleéis, pues nada hay más amargo que esta clase de lucha: cuando un hombre pelea con su mujer. En efecto, las luchas que van contra las personas que uno ama son las amargas de verdad. Y Pablo muestra que es fruto de mucha amargura el que uno -dice- rompa con su propio miembro. Por tanto, si cada uno aporta lo que le corresponde, entonces todo se mantiene seguro. En efecto, si una mujer es amada, se vuelve cariñosa, y si está sujeta a su marido, éste se torna amoroso. (Homilía sobre la Carta a los Colosenses).

San Cirilo de Alejandría:

Acabamos de ver al Emmanuel acostado en un pesebre como un niño recién nacido, envuelto en pañales según la humana costumbre, pero divinamente celebrado por el santo ejército de los ángeles. Estos serán los encargados de anunciar a los pastores su nacimiento. Pues Dios Padre otorgó a los celestes espíritus este altísimo privilegio: ser los primeros en predicar a Cristo. Acabamos de ver también hoy cómo Cristo se somete a las leyes mosaicas; más aún, hemos visto cómo Dios, el legislador, se sometía, como un hombre cualquiera, a sus propias leyes. Esta es la razón por la que el sapientísimo Pablo nos da esta lección: Cuando éramos menores estábamos esclavizados por lo elemental del mundo. Pero, cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley.

Así pues, Cristo rescató de la maldición de la ley a los que estaban bajo la ley, pero no a los que eran observantes de la ley. Y ¿cómo los rescató? Cumpliéndola. O dicho de otro modo, mostrándose morigerado y obediente en todo a Dios Padre, a fin de reparar los pecados de prevaricación cometidos en Adán. Pues está escrito que así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos. Por tanto, sometió como nosotros la cerviz al yugo de la ley, y lo hizo por razones de justicia.

Convenía, en efecto, que él cumpliera toda la justicia. Pues al asumir realmente la condición de siervo, quedaba, por su humanidad, inscrito en el número de los súbditos: pagó, como uno de tantos, a los que cobraban el impuesto de las dos dracmas, aun cuando por su calidad de Hijo era naturalmente libre y exento del tributo.

Ahora bien, al verle observar la ley, cuidado no te escandalices ni lo catalogues entre los siervos, a él que es libre; esfuérzate más bien en penetrar la profundidad del plan divino. Al cumplirse, pues, los ocho días, en cuya fecha y por prescripción de la ley, era costumbre practicar la circuncisión de la carne, le impusieron un nombre, y precisamente el nombre de Jesús, que significa Salvación del pueblo.
Tal fue, en efecto, el nombre que Dios Padre eligió para su Hijo, nacido de mujer según la carne. Pues fue ciertamente en ese momento cuando de manera muy especial se llevó a cabo la salvación del pueblo: y no de un solo pueblo, sino de muchos, mejor, de todas las naciones y de la universalidad de la tierra. A un mismo tiempo fue circuncidado y se le impuso el nombre, convirtiéndose efectivamente Cristo en luz que alumbra a las naciones y, a la vez, en gloria de Israel. Y si bien hubo en Israel algunos injustos, obstinados e insensatos, no obstante un resto fue salvado y glorificado por Cristo. Las primicias fueron los discípulos del Señor, cuya gloria resplandece en todo el mundo. Otra gloria de Israel es que Cristo, según la carne, procede de su raza, si bien, en cuanto Dios, está sobre todos y es bendito por los siglos. Amén. (Homilía 12).

Balduino de Ford:

Ocurre a veces que, en el proceso de la enfermedad del hijo, sufre más la madre compaciente que el hijo paciente. Esto es obra del amor, que hace suyos los dolores ajenos. Y esto con un plus de dolor, pues se conduele más que al otro le duele, quien en ocasiones desea sufrir solo con tal que el otro no sufra. En el sufrimiento de la condolencia, el alma del que se conduele está en cierto modo dividida de sí en sí. Pues al sufrir la persona amada y para compartir su dolor, el alma se entrega a la persona amada y sale fuera de sí; y movida a compasión, se une a ella para sufrir en su lugar. Y en cierto modo demuestra pertenecer a aquel con quien se ha compenetrado por el sentimiento de la compasión, como si viviera con aquel cuyos tormentos comparte. Por eso, cuando el anciano Simeón profetizó de Cristo y dijo: Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida, añadió a renglón seguido, hablando de la Virgen María: Y a ti una espada te traspasará el alma. Esto es, la espada traspasará tu alma como si realmente fuese la suya.

Puede ensayarse también otra interpretación: Tu alma de él, es decir, tu propia alma, será traspasada por una espada. De hecho la Madre de Dios, que amó más que los demás como más que los demás fue amada, de tal modo se compadeció de su hijo moribundo como si realmente fuera ella la que padecía. Pues su dolor era proporcionado a su gran amor. Y como amaba al Hijo más que a sí misma, las heridas que él recibió en el cuerpo, con agudísimo dolor las soportó ella en el alma. De suerte que la pasión de Cristo constituyó su propio martirio.

Pues la carne de Cristo era de algún modo su propia carne, es decir, la carne de su carne que Cristo había recibido de ella, María la amó más en Cristo que la suya en sí misma. Y cuanto más la amó, tanto más se condolió; sufrió más en el alma que el mártir en el cuerpo. Por eso resplandece por el singular privilegio de un glorioso martirio. En efecto, los demás mártires fueron consumados con el martirio de su propia muerte, mientras que ésta proporcionó de su propia carne, la carne destinada a padecer por la salud del mundo, y en la pasión y por la pasión de Cristo, su alma fue de tal manera invadida por la violencia del dolor, que cual si en Cristo hubiera sido consumada por el martirio, nos sea lícito creer que fue ella la que mereció la más alta gloria del martirio, después de Cristo. (Tratado 6 sobre las palabras del Apóstol: «La palabra de Dios es viva y eficaz»).

San Bernardo:

     ♦ Hoy la Virgen Madre introduce en el templo del Señor al Señor del templo. También José presenta a Dios no su hijo, sino el Hijo amado y predilecto de Dios. El justo Simeón reconoció a quien esperaba; y también Ana, la viuda, lo proclama.
Estos cuatro celebraron la primera procesión, que después había de continuarse con gozo en todos los rincones de la tierra y por todas las naciones. Nada extraño que fuera tan insignificante, pues se recibía a un niño. Ahí no había lugar para el pecador. Todos eran justos, todos santos, todos perfectos. Pero ¿tan sólo vas a salvar a éstos, Señor? Al crecer el cuerpo, crecerá también la misericordia. Tú, Señor socorrerás a hombres y animales cuando hayas multiplicado tu misericordia…

David, rey y profeta, gozaba esperando ver este día; y se alegró al verlo. Porque, si no lo hubiera visto, ¿cómo podría cantar: Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo? David recibió esta misericordia del Señor; la recibió también Simeón; la recibimos nosotros y cualquiera de los que están destinados a alcanzar la vida, porque Cristo es el mismo hoy que ayer y será el mismo siempre. La misericordia está en medio del templo; no en un rincón ni en un albergue, porque en Dios no hay favoritismos. La misericordia se pone a disposición común, se ofrece a todos y a nadie se priva, sino al que la rehúsa.
Éramos por naturaleza hijos de ira, pero alcanzamos misericordia. ¿De qué tipo de ira éramos hijos? ¿Qué misericordia hemos logrado? Éramos hijos de la ignorancia, de la debilidad, de la esclavitud y hemos alcanzado sabiduría, vigor, liberación. La ignorancia de la mujer seducida nos había segado. La flojera del hombre, llevado y traído por su propia concupiscencia, nos había debilitado. La malicia del diablo nos había esclavizado, previo al abandono de Dios. Así hemos nacido todos. En primer lugar, totalmente desconocedores del camino de la ciudad para habitar; luego débiles e inexpertos. Y aunque hubiésemos conocido el sendero de la vida, nuestra connatural inercia nos estorbaría y detendría. En fin, cautivos de un detestable y crudelísimo tirano, nos oprimiría la mísera condición de esclavitud, por muy sagaces y fuertes que fuésemos.
¿No tiene necesidad de misericordia y de inmensa compasión tanta miseria? Si ya estamos salvados de esta triple cólera por Cristo, que se hizo para nosotros sabiduría que procede de Dios Padre, justificación y redención; ¡qué atención necesitamos, queridos hermanos, para que, lo que nunca suceda, nuestra más reciente situación sea peor que la anterior! Si incurrimos de nuevo en la cólera de Dios, seremos hijos de ira, ya no por naturaleza, sino por nuestra misma voluntad.

Abracemos, pues, la misericordia que hemos recibido en medio del templo y, como Ana la dichosa, nunca nos movamos del templo. El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros, dice el Apóstol. A tu alcance está la misericordia, a tu alcance está la Palabra, en tus labios y en tu corazón.
Además, Cristo vive mediante la fe en vuestros corazones; ved ahí su templo y su trono, si no habéis olvidado que el alma del justo es trono de la sabiduría. Os vuelvo a recalcar, hermanos míos, lo que tantas veces, por no decir incesantemente, os advierto: no vivamos bajo la norma de la carne para no desagradar a Dios. Nunca seamos amigos de este mundo, si no queremos ser enemigos de Dios. Resistamos al diablo hasta que huya de nosotros, y así caminaremos libremente en el Espíritu y nuestra vida será profunda. Porque el cuerpo corruptible es lastre, debilidad y afectación para el alma, y la morada terrestre abruma la mente pensativa, para que no se alce a las realidades celestiales. De aquí que la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. Y el que se deja vencer por el malo, queda esclavo suyo. La misericordia se recibe en el corazón. Cristo habita en el corazón; en el corazón comunica la paz a su pueblo y a sus santos, y a los que se convierten de corazón. (EN LA PURIFICACIÓN DE SANTA MARÍA. SERMÓN CÁNTICO SEUSCEPIMUS)

     ♦ Oh tronco de Jesé, tú que eres una señal para todos los pueblos «cuántos reyes y profetas han deseado verte y no te han visto». ¡Dichoso el que en su vejez ha sido colmado con el don divino de verte! Tembló en deseos de ver la señal; «la vio y se regocijó». Habiendo recibido el beso de paz, dejó este mundo con la paz en el corazón, pero no sin antes haber proclamado que Jesús había nacido para ser una señal de contradicción. Y se cumplió así: justo acabado de nacer, fue contradicha la señal de paz –pero por aquellos que tienen el odio por paz. Porque él es «la paz para los hombres que ama el Señor», pero para los malintencionados es «piedra de tropiezo». El mismo Herodes «se turbó y toda Jerusalén con él». El Señor vino a él «pero los suyos no le recibieron». ¡Dichosos los pobres pastores que, velando de noche, han sido dignos de ver la señal!

Ya en aquel tiempo, se escondía a los pretendidos sabios y prudentes, pero se revelaba a los humildes. El ángel dijo a los pastores: «He aquí una señal para vosotros». Es para vosotros, los humildes y obedientes, para vosotros que no alardeáis de orgullosa ciencia sino que veláis «día y noche meditando la ley del Señor». ¡Ésta es vuestra señal! La que prometían los ángeles, la que reclamaban los pueblos, la que habían predicho los profetas… ahora Dios la ha cumplido y os la muestra…

Ésta es vuestra señal, pero ¿señal de qué? De perdón, de gracia, de paz, de una «Paz que no tendrá fin». «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Pero Dios está en él reconciliando al mundo consigo…. Es el beso de Dios, el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, viviendo y reinando por los siglos. (2ª homilía sobre el Cantar de los Cantares).

Beato Guerrico de Igny:

Ahí tenéis, hermanos míos, entre las manos de Simeón, un cirio encendido. También vosotros, encended en esta lámpara vuestros cirios, quiero decir estas lámparas que el Señor os ordena tener en vuestras manos. «Acercaos a él y quedaréis iluminados» de manera que vosotros mismos seáis más que portadores de unas lámparas: unas luces que alumbren vuestro interior y también al exterior de vosotros mismos y a vuestros prójimos.
¡Qué tengáis una lámpara en vuestro corazón, en vuestra mano, en vuestra boca! Que la lámpara que tenéis en vuestro corazón brille para vosotros mismos, que la lámpara que tenéis en vuestra mano y en vuestra boca brille para vuestro prójimo. La lámpara de vuestro corazón es la devoción que inspira la fe; la lámpara de vuestra mano, el ejemplo de las buenas obras; la lámpara de vuestra boca, la palabra que edifica. Porque no debemos contentarnos con ser unas luces a los ojos de los hombres gracias a nuestros actos y a nuestras palabras, sino que nos es necesario brillar incluso delante de los ángeles por nuestra oración, y delante de Dios por nuestra intención. Nuestra lámpara delante de los ángeles es la pureza de nuestra devoción que nos impulsa a cantar recogidamente o a orar con fervor en su presencia. Nuestra lámpara delante de Dios, es la sincera resolución de dar gusto únicamente a aquel ante el cual hemos encontrado gracia…
A fin de que brillen todas estas lámparas, dejaos iluminar, hermanos míos, acercándoos al que es la fuente de la luz, quiero decir a Jesús que brilla en las manos de Simeón. Él quiere, ciertamente, iluminar vuestra fe, hacer que resplandezcan vuestras obras, inspiraros la palabra justa para decir a los hombres, llenar de fervor vuestra oración y purificar vuestra intención… Y cuando la lámpara de esta vida se apague…, veréis la luz de la vida que no se apagará jamás elevarse y subir por la tarde como si fuera en pleno esplendor de mediodía. (1er sermón para la Purificación de la Virgen María).

Orígenes:

Simeón sabía que nadie es capaz de hacernos salir de la cárcel del cuerpo, con la esperanza de la vida futura, si no es aquél que él tenía en sus brazos. Por eso le dice: «Ahora, Señor, dejas a tu siervo irse en paz, porque todo el tiempo que yo no llevaba a Cristo y no le abrazaba con mis brazos, era como prisionero y no podía deshacerme de mis lazos.» Es necesario remarcar que esto no sólo vale para Simeón, sino para todos los hombres. Si alguno deja este mundo y quiere ganar el Reino, que coja a Jesús con sus manos, lo abrace con sus brazos, le estreche contra su pecho, y entonces podrá irse gozoso allí donde desea.

«Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios». Es, pues, el Espíritu Santo quien hace ir a Simeón al Templo. También tú, si quieres tener a Jesús, estrecharlo en tus brazos y hacerte digno de salir de tu prisión, esfuérzate en dejarte conducir por el Espíritu para llegar al templo de Dios.
Te encontrarás, desde ese momento, en el templo del Señor Jesús, es decir, en su Iglesia, su templo construido con piedras vivas…

Pues si tú vienes al Templo incitado por el Espíritu, encontrarás al Niño Jesús, lo cogerás en tus brazos y le dirás: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz». Esta liberación y este ponerse en camino se hacen en paz… ¿Quién es el que muere en paz sino el que goza de la paz de Dios que sobrepasa todo juicio y custodia el corazón de los que la poseen?. ¿Quién es el que se retira en paz de este mundo sino el que comprende que Dios ha venido en Cristo para reconciliar al mundo consigo?. (Homilía 15 sobre san Lucas).

 

San Gregorio de Nisa:

El Niño Jesús que nos ha nacido y que, en los que le reciben, crece diversamente en sabiduría, edad y gracia, no es idéntico en todos, sino que se adapta a la capacidad e idoneidad de cada uno, y en la medida en que es acogido, así aparece o como niño o como adolescente o como perfecto. Es lo que ocurre con el racimo de uvas: no siempre se muestra idéntico en la vid, sino que va cambiando al ritmo de las estaciones: germina, florece, fructifica, madura y se convierte finalmente en vino.(Comentario sobre el Cantar de los cantares, Hom 3).

San Hilario de Poitiers:

¡Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos!

Siempre que en las Escrituras se habla del temor del Señor, hay que tener en cuenta que nunca se habla sólo de él, como si el temor fuera suficiente para conducir la fe hasta su consumación, sino que se le añaden o se le anteponen muchas otras cosas por las que pueda comprenderse la razón de ser y la perfección del temor del Señor; como podemos deducir de lo dicho por Salomón en los Proverbios: Si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia, si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor.

Vemos, en efecto, a través de cuántos grados se llega al temor del Señor. Ante todo, hay que invocar a la inteligencia y dedicarse a toda suerte de menesteres intelectuales, así como buscarla y tratar de dar con ella; entonces podrá comprenderse el temor del Señor. Pues, por lo que se refiere a la manera común del pensar humano, no es así como se acostumbra a entender el temor.

El temor, en efecto, se define como el estremecimiento de la debilidad humana que rechaza la idea de tener que soportar lo que no quiere que acontezca. Existe y se conmueve dentro de nosotros a causa de la conciencia de la culpa, del derecho del más fuerte, del ataque del más valiente, ante la enfermedad, ante la acometida de una fiera o el padecimiento de cualquier mal. Nadie nos enseña este temor, sino que nuestra frágil naturaleza nos lo pone delante. Tampoco aprendemos lo que hemos de temer, sino que son los mismos objetos del temor los que lo suscitan en nosotros.

En cambio, del temor del Señor, así está escrito: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. De manera que el temor de Dios tiene que ser aprendido, puesto que se enseña. No se lo encuentra en el miedo, sino en el razonamiento doctrinal; no brota de un estremecimiento natural, sino que es el resultado de la observancia de los mandamientos, de las obras de una vida inocente y del conocimiento de la verdad.

Pues, para nosotros, el temor de Dios reside todo él en el amor, y su contenido es el ejercicio de la perfecta caridad: obedecer los consejos de Dios, atenerse a sus mandatos y confiar en sus promesas. Oigamos, pues, a la Escritura que dice: Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien.

Muchos son, en efecto, los caminos del Señor, siendo así que él mismo es el camino. Pero, cuando habla de sí mismo, se denomina a sí mismo «camino», y muestra la razón de llamarse así, cuando dice: Nadie va al Padre, sino por mí.

Hay que interesarse, por tanto, e insistir en muchos caminos, para poder encontrar el único que es bueno, ya que, a través de la doctrina de muchos, hemos de hallar un solo camino de vida eterna. Pues hay caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las diversas obras de los mandamientos, y son bienaventurados los que andan por ellos, en el temor de Dios. (Tratado sobre el salmo 127)

 

San Elredo de Rieval:

Creciendo y ardiendo más vehementemente con el mismo gusto, y no aguantando una demora, desea ya ver y abrazar a Aquél a quien ama. De ahí vienen los suspiros, las lágrimas, los gritos exponentes del deseo interior: ¿Cuándo vendrá? ¿Cuándo nacerá? ¿Cuándo lo veré? ¿Crees que voy a aguantar? Oh alma santa ¿Por qué gritas? Ten consideración con Dios, pues no te corresponde a ti saber los tiempos y los momentos que el Padre ha reservado en su poder. ¿Con qué presunción, oh beato Simeón, buscas saber lo que no escribió el profeta, lo que no predijo el ángel, lo que no ha anunciado el Apóstol?…

Amando, ardiendo, orando, inflamado, buscando, llamando así, recibió una respuesta del Espíritu Santo que no había de morir antes de ver al Cristo del Señor. Siéntete ya con más ánimos, oh santo Simeón, el Señor ha escuchado el deseo del pobre. Déjate ya de llorar, modera tus suspiros. De ningún modo. Lo veré ciertamente, pues es fiel el que ha prometido, lo veré, ¿pero cuándo, y dónde? ¿Dónde buscaré, o donde encontraré a aquél a quien ama mi alma? En mi lecho durante la noche busqué a aquél a quien ama mi alma. Lo busqué y no lo encontré. Me levantaré y recorreré la ciudad, por las calles y plazas buscaré al que ama mi alma. Rogaré también a los guardianes de la ciudad: ¿Habéis visto al que ama mi alma?…

Los que aman, los que desean, los que tienen experiencia, saben que el Verbo es dulce. Lo sabía de verdad el beato Simeón, y por eso lo buscó, lo buscó en el lecho, es decir, orando en su descanso; lo buscó en la ciudad, o sea tratando y conversando con personas honradas sobre la venida de Cristo; lo buscó por las calles y plazas, investigando a través de las criaturas del Creador; lo buscó en los guardianes, es decir, interrogando sobre él a los doctores y peritos de la ley. Y vino en el Espíritu al templo. Y lo mismo que tú si de verdad buscares en el lecho,…., llegares a venir al templo en el Espíritu.

También Jesús vino al templo. El lugar propio en el que se encuentren el alma y el Verbo. Hay que buscarlo en todas partes; pero se encontrará en el templo… Busca, pues, por todas partes, busca en todos, busca entre todos, pasa y vete más allá de todos, para que por fin llegues al lugar del tabernáculo admirable, a la casa de Dios, y encontrarás. Y vino en el Espíritu al templo. En el Espíritu, dice. Pues los que andan en la carne, no pueden agradar a Dios.

Y así, al entrar sus padres con Jesús, lo tomó en sus brazos. Ved el amor derritiéndose de gozo por el consentimiento, adhiriéndose por el abrazo, saboreando por el afecto… He encontrado al amor de mi alma. Y ojalá merezcamos alcanzar lo que sigue: lo he abrazado y no lo soltaré. Esto lo mereció el santo Simeón, que exclamó: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz. (Sermón 51. En la Presentación del Señor).

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