2º DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

4 de enero de 2015

2º Domingo después de Navidad.

 

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (24,1-2.8-12):

La sabiduría se alaba a sí misma, se gloría en medio de su pueblo, abre la boca en la asamblea del Altísimo y se gloría delante de sus Potestades. En medio de su pueblo será ensalzada, y admirada en la congregación plena de los santos; recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos y será bendita entre los benditos. El Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: «Habita en Jacob, sea Israel tu heredad.» Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás. En la santa morada, en su presencia, ofrecí culto y en Sión me establecí; en la ciudad escogida me hizo descansar, en Jerusalén reside mi poder. Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad, y resido en la congregación plena de los santos.
Palabra de Dios

 Salmo

Sal 147,12-13.14-15.19-20


R/.
 La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R/.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,3-6.15-18):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por eso yo, que he oído hablar de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. 
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» 
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. 
Palabra del Señor

 

 

 

COLLATIONES

Cristo, Sabiduría de Dios, habitó entre nosotros, porque Dios no quiso ya ser conocido, por la sabiduría velada que existe en las cosas creadas, “sino que quiso que la auténtica Sabiduría tomara carne, se hiciera hombre y padeciese la muerte de cruz, para que, en adelante, todos los creyentes pudieran salvarse por la fe en ella”. (San Atanasio).

“La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”, por eso, “aquel que supera nuestra capacidad, que es incomprensible, invisible, se hace visible y comprensible para los hombres, se adapta a su capacidad, para dar vida a los que lo perciben y lo ven”. (San Ireneo). Cristo es “la Luz verdadera que ilumina a todo  hombre que viene a este mundo”. Como el hombre ha sido hecho a imagen de Dios y tiene mente racional, puede percibir la sabiduría. La perciben en mayor medida los santos, “pero corazones quizá necios no pueden captar esta luz, porque los oprime el peso de sus pecados, para que no puedan verla. Pero no piensen que la luz está ausente, precisamente porque ellos no pueden verla. Ellos, en efecto, son tinieblas por sus pecados. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron… Presente está la sabiduría, pero para uno que es ciego es como si estuviera ausente de sus ojos. No porque ella no le acompañe, sino porque él está distante de ella. ¿Y qué ha de hacer éste? Purificarse hasta poder ver a Dios”. (San Agustín).

Abre tu corazón para que la Sabiduría pueda iluminarte con su luz, y piensa que la luz del sol ilumina a todos, pero sólo calienta al que se acerca. Acércate  a las Sagradas Escrituras, porque “la Palabra de Dios llama a tu puerta, y dice: Si alguien me abre, entraré”.

 

Isaac de la Estrella:

Busquemos en la oración, en la meditación, en la lectura, sin desfallecer jamás. Porque si insistimos en la búsqueda ciertamente encontraremos; lo ha afirmado esa misma Verdad que buscamos: “buscad y encontraréis”. Éste es el tesoro escondido en el campo, la perla preciosísima que deber ser buscada con ahínco, adquirida a un alto precio, y guardada con sumo cuidado.  Es el monte de los montes, en el cual sólo el Hijo existe, por naturaleza,  con el Padre. Pero, para no ser él solo el heredero, se dignó adoptar hermanos.  Debe buscarse pues, con el mayor cuidado, todo aquello que hace que podamos ser hermanos de Cristo e hijos de Dios: “Herederos de Dios, coherederos de Cristo”. Y he aquí que uno de los serafines, en quien se encuentra la plenitud de la dilección, y tal vez la misma que  buscamos dice: “A cuantos le recibieron des dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”.

¿Acaso dice: “A cuantos le vieron”? los puros de corazón son los que ven, pero los buenos son los que reciben. Tal vez es éste, más aún, verdaderamente éste es el campo donde se encuentra escondido el tesoro. Dice: “A cuantos le recibieron”. Y también: “Yo vine en nombre de mi Padre y no me recibisteis”. ¿Qué es entonces recibir el Verbo de Dios? Es una desgracia no ver al Verbo de Dios; es el colmo de la desgracia verlo y no recibirlo… (Sermón 5).

 

— Porque el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Lo que hemos oído, dice el Apóstol, y hemos visto, lo que nuestras manos tocaron del Verbo de vida…”. Hermanos, ¿qué más hubiera debido hacer que no haya hecho?. Hermanos míos, él mismo, el verdadero Verbo se hizo carne; el propio Señor Jesús, nuestro único Maestro, Cristo, deviene un libro también para nosotros. Él, que se hizo hombre para enseñarnos cómo debemos ser nosotros.

El propio Verbo santo, al que los bienaventurados ojos de los Apóstoles vieron en carne, tocaron con sus manos, hoy está con nosotros, visible en la letra, palpable en el misterio. Mas para cumplir lo que predijera el Vidente: “Tus ojos verán a tu maestro, y no haré desaparecer más al que te instruye”, nos concedió, en su bondad, un sexto libro, es decir el santo Evangelio, para que el texto del santo Evangelio sea como la presencia corporal del Verbo visible. (Sermón 9).

— Regenerados pues por el Espíritu Santo y por la Virgen Madre, es decir, por la Iglesia, ¿no es verdad que nacemos de un modo admirable, nuevo y divino: de viejos que éramos llegamos a ser maravillosamente, nuevos; de pecadores, justos; de carnales, espirituales; de hombres, dioses, nacidos “no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios”?. En efecto así como el Dios eterno, llegó a ser Hombre nuevo, apareció Hijo del hombre, sin tener en modo alguno pecado, no de la nada, ni de otra raza, sino del viejo hombre, y sin embargo no por el hombre, sino por el Espíritu Santo y la Virgen María; así, no es asombroso, o más bien es el asombro de los asombros, que el viejo hijo del viejo hombre renazca hijo de Dios para remisión de todos los pecados, ni de la nada, ni de otra reza, sino del propio hombre viejo, y no por el hombre, sino por el propio Espíritu y la Iglesia, Virgen Madre. Pero este Hijo de Dios está oculto en nuestro interior como estaba oculto en él; mientras que en el exterior aparece en nosotros la imagen terrena del hombre terreno, la vieja imagen del hombre viejo en la realidad de la carne de pecado, como ella apareció también en él, pero sólo en la semejanza de la carne de pecado. La concepción y el nacimiento que él recibió por nosotros, de nosotros, en nosotros, nos lo ha dado en participación, de modo que, concebidos y nacidos como él, como él igualmente vivamos, muramos y resucitemos. (Sermón 27)

Guillermo de Saint-Thierry:

En tu conocimiento absoluto sabías de antemano, sabiduría eterna, cómo se serviría cada cual del libre albedrío, cómo se decidiría el propio destino y el de las demás cosas, y que tu gracia estaría a disposición de quien no la malograra. Tu presciencia no coacciona a las criaturas a ser lo que deben ser, como si necesariamente tuviesen que ser así.  Antes bien, porque van a ser de una manera concreta las conoces tú antes de que existan. En modo alguno tu presciencia puede engañarse. Tu presciencia, Señor, es tu misma sabiduría que coexiste eternamente contigo, incluso aunque no existiese criatura alguna. En ella están desde toda la eternidad las causas de todo lo que se hace en el tiempo, y el conocimiento de la criatura que será creada en su debido momento.

Todo esto para ti no era futuro, porque ya era  vida en tu Verbo, consubstancial a ti mismo, y por quien ha sido hecho todo cuanto se ha creado. De la misma manera que existían en Él como había de ser más tarde, así serían porque en Él eran ya vida. Pero vida que no fuerza a ser de una determinada condición, sino que existen en Él porque así habían de ser. Entonces ¿qué diremos?¿El modo futuro y temporal de su ser va a ser la causa de su ser eterno en Dios? Pues si no aparecen en el tiempo parece como si no pudieran existir eternamente en el Verbo de Dios. Tu ciencia o tu presciencia, Señor, son tu misma verdad, que declara: “Yo soy la Verdad”. Y como tú, Señor, por el hecho de conocer de antemano no coaccionas al futuro, tampoco queda coaccionada tu presciencia por el futuro. Para ti, ni lo pasado ni lo futuro cuentan; tú eres siempre lo que eres. Lo demás, pasado o futuro, es vida en tu Verbo. (Oraciones meditadas, Oración 1ª).

San Pedro Crisólogo

El apóstol san Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo. Dos hombres semejantes en su cuerpo, pero muy diversos en su obrar; totalmente iguales por el número y orden de sus miembros, pero totalmente distintos por su respectivo origen. Dice, en efecto, la Escritura: El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida.

Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir; el último Adán, en cambio, se configuró a sí mismo y fue su propio autor, pues no recibió la vida de nadie, sino que fue el único de quien procede la vida de todos. Aquel primer Adán fue plasmado del barro deleznable; el último Adán se formó en las entrañas preciosas de la Virgen. En aquél, la tierra se convierte en carne; en éste, la carne llega a ser Dios.

Y ¿qué más podemos añadir? Este es aquel Adán que, cuando creó al primer Adán, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, también el primero, como él mismo afirma: Yo soy el primero y yo soy el último.

«Yo soy el primero, es decir, no tengo principio. Yo soy el último, porque, ciertamente, no tengo fin. No es primero lo espiritual –dice–, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El espíritu no fue lo primero –dice–primero vino la vida y después el espíritu». Antes, sin duda, es la tierra que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto; aquélla exige lágrimas y trabajo, éste, en cambio, nos proporciona alimento y vida. Con razón el profeta se gloría de tal fruto, cuando dice: Nuestra tierra ha dado su fruto. ¿Qué fruto? Aquel que se afirma en otro lugar: A un fruto de tus entrañas lo pondré sobre tu trono. Y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.

Igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales. ¿Cómo, pues, los que no nacieron con tal naturaleza celestial llegaron a ser de esta naturaleza y no permanecieron tal cual habían nacido, sino que perseveraron en la condición en que habían renacido? Esto se debe, hermanos, a la acción misteriosa del Espíritu, el cual fecunda con su luz el seno materno de la fuente virginal, para que aquellos a quienes el origen terreno de su raza da a luz en condición terrena y miserable vuelvan a nacer en condición celestial, y lleguen a ser semejantes a su mismo Creador. Por tanto, renacidos ya, recreados según la imagen de nuestro Creador, realicemos lo que nos dice el Apóstol: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen del hombre celestial.

Renacidos ya, como hemos dicho, a semejanza de nuestro Señor, adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros. (Sermón 117). 

San Cirilo de Alejandría:

También aquí hay que admirar al santo evangelista, porque clamó con toda precisión: “El Verbo se hizo carne”; pue no dijo que se hizo en la carne, sino afirmó, sin dudar, que se hizo carne, para manifestar la unión. Y, por supuesto, no decimos que el Verbo del Padre se cambiase en la naturaleza de la carne o que la carne se cambiase en Verbo, pues ambas cosas permanecen en lo que son por naturaleza, y de ambas, un único Cristo; sino que el Verbo, unido a su propia carne de un modo inefable e incomprensible a la inteligencia humana, y como transformándola toda en sí mismo según la virtud de poder vivificar a cuanto necesita de vida, apartó de nuestra naturaleza la corrupción y derrotó a la muerte, que antes imperaba por el pecado.

El que come, pues, la santa carne de Cristo, tiene la vida eterna, porque esta carne tiene en sí misma al Verbo, que es vida por naturaleza…

El espíritu es el que vivifica; la carne de nada aprovecha. No con absoluta falta de inteligencia habéis atribuido a la carne la incapacidad de vivificar; porque cuando se considera la sola naturaleza de la carne en sí misma, evidentemente que no es vivificadora, ya que no vivificará en absoluto a cosa alguna de las que existen, antes tiene ella necesidad de quien pueda vivificarla. Mas examinando con empeño el misterio de la encarnación y aprendiendo entonces quién es el que habita en esta carne, estaréis enteramente en disposición de aceptar, a no ser que queráis contradecir al mismo Espíritu Santo, que puede vivificar, aunque de por sí la carne de nada aproveche.

Pues por estar unida al Verbo vivificador se ha hecho toda vivificadora, levantada ella a la potencia del que es superior (el Verbo), no habiendo forzado ella hacia su propia naturaleza al que por ningún lado puede ser vencido. Y así, por más que la naturaleza de la carne sea impotente, por cuanto a ella hace, para vivificar, pero obrará esto teniendo al Verbo vivificador y llevando en sí toda la potencia del Verbo. Pues es cuerpo de la que es vida por naturaleza y no de uno cualquiera de los hombres, acerca del cual con razón valdría aquello: “la carne de nada aprovecha”. Porque no obrará en nosotros esto la carne de pablo, por ejemplo, no la de Pedro, o bien la de cualquier otro; la sola excepción es la carne de Cristo, nuestro Salvador, en el cual habitó toda la plenitud de la divinidad corporalmente. (Comentario a San Juan).

 

San Atanasio de Alejandría

El Padre de Cristo, santísimo e inmensamente superior a todo lo creado, como óptimo gobernante, con su propia sabiduría y su propio Verbo, Cristo, nuestro Señor y salvador, lo gobierna, dispone y ejecuta siempre todo de modo conveniente, según a él le parece adecuado. Nadie ciertamente negará el orden que observamos en la creación y en su desarrollo, ya que es Dios quien así lo ha querido. Pues, si el mundo y todo lo creado se movieran al azar y sin orden, no habría motivo alguno para creer en lo que hemos dicho. Mas si, por el contrario, el mundo ha sido creado y embellecido con orden, sabiduría y conocimiento, hay que admitir necesariamente que su creador y embellecedor no es otro que el Verbo de Dios.

Me refiero al Verbo que por naturaleza es Dios, que procede del Dios bueno, del Dios de todas las cosas, vivo y eficiente; al Verbo que es distinto de todas las cosas creadas, y que es el Verbo propio y único del Padre bueno; al Verbo cuya providencia ilumina todo el mundo presente por él creado. Él, que es el Verbo bueno del Padre bueno dispuso con orden todas las cosas, uniendo armónicamente lo que era entre sí contrario. Él, el Dios único y unigénito, cuya bondad esencial y personal procede de la bondad fontal del Padre, embellece, ordena y contiene todas las cosas.

Aquel, por tanto, que por su Verbo eterno lo hizo todo y dio el ser a las cosas creadas no quiso que se movieran y actuaran por sí mismas, no fuera a ser que volvieran a la nada, sino que, por su bondad, gobierna y sustenta toda la naturaleza por su Verbo, el cual es también Dios, para que, iluminada con el gobierno, providencia y dirección del Verbo, permanezca firme y estable, en cuanto que participa de la verdadera existencia del Verbo del Padre y es secundada por él en su existencia, ya que cesaría en la misma si no fuera conservada por el Verbo, el cual es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; por él y en él se mantiene todo, lo visible y lo invisible, y él es la cabeza de la Iglesia, como nos lo enseñan los ministros de la verdad en las sagradas Escrituras.

Este Verbo del Padre, omnipotente y santísimo, lo penetra todo y despliega en todas partes su virtualidad, iluminando así lo visible y lo invisible; mantiene él unidas en sí mismo todas las cosas y a todas las incluye en sí, de tal manera que nada queda privado de la influencia de su acción, sino que a todas las cosas y a través de ellas, a cada una en particular y a todas en general, es él quien les otorga y conserva la vida. (Sermón contra los paganos).

La Sabiduría unigénita y personal de Dios es creadora y hacedora de todas las cosas. Todo —dice, en efecto, el salmo— lo hiciste con sabiduría, y también: La tierra está llena de tus criaturas. Pues, para que las cosas creadas no sólo existieran, sino que también existieran debidamente, quiso Dios acomodarse a ellas por su Sabiduría, imprimiendo en todas ellas en conjunto y en cada una en particular cierta similitud e imagen de sí mismo, con lo cual se hiciese patente que las cosas creadas están embellecidas con la Sabiduría y que las obras de Dios son dignas de él.

Porque, del mismo modo que nuestra palabra es imagen de la Palabra, que es el Hijo de Dios, así también la sabiduría creada es también imagen de esta misma Palabra, que se identifica con la Sabiduría; y así, por nuestra facultad de saber y entender, nos hacemos idóneos para recibir la Sabiduría creadora y, mediante ella, podemos conocer a su Padre. Pues, quien posee al Hijo —dice la Escritura—posee también al Padre, y también: El que me recibe, recibe al que me ha enviado. Por tanto, ya que existe en nosotros y en todos una participación creada de esta Sabiduría, con toda razón la verdadera y creadora Sabiduría se atribuye las propiedades de los seres, que tienen en sí una participación de la misma, cuando dice: El Señor me creó al comienzo de sus obras.

Mas, como en la sabiduría de Dios, según antes hemos explicado, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los creyentes. Porque Dios no quiso ya ser conocido, como en tiempos anteriores, a través de la imagen y sombra de la sabiduría existente en las cosas creadas, sino que quiso que la auténtica Sabiduría tomara carne, se hiciera hombre y padeciese la muerte de cruz, para que, en adelante, todos los creyentes pudieran salvarse por la fe en ella.

Se trata, en efecto, de la misma Sabiduría de Dios, que antes, por su imagen impresa en las cosas creadas, se daba a conocer a sí misma y, por medio de ella, daba a conocer a su Padre. Pero después, esta misma Sabiduría, que es también la Palabra, se hizo carne, como dice san Juan, y, habiendo destruido la muerte y liberado nuestra raza, se reveló con más claridad a sí misma y, a través de sí misma, reveló al Padre; de ahí aquellas palabras suyas: Haz que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.

De este modo, toda la tierra está llena de su conocimiento. En efecto, uno solo es el conocimiento del Padre a través del Hijo, y del Hijo por el Padre; uno solo es el gozo del Padre y el deleite del Hijo en el Padre, según aquellas palabras: Yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia. (Sermón 2, contra los arrianos).

 

San Ireneo de Lyon: 

La claridad de Dios vivifica y, por tanto, los que ven a Dios reciben la vida. Por esto, aquel que supera nuestra capacidad, que es incomprensible, invisible, se hace visible y comprensible para los hombres, se adapta a su capacidad, para dar vida a los que lo perciben y lo ven. Vivir sin vida es algo imposible, y la subsistencia de esta vida proviene de la participación de Dios, que consiste en ver a Dios y gozar de su bondad.

Los hombres, pues, verán a Dios y vivirán, ya que esta visión los hará inmortales, al hacer que lleguen hasta la posesión de Dios. Esto, como dije antes, lo anunciaban ya los profetas de un modo velado, a saber, que verán a Dios los que son portadores de su Espíritu y esperan continuamente su venida. Como dice Moisés en el Deuteronomio: Aquel día veremos que puede Dios hablar a un hombre, y seguir éste con vida.

Aquel que obra todo en todos es invisible e inefable en su ser y en su grandeza, con respecto a todos los seres creados por él, mas no por esto deja de ser conocido, porque todos sabemos, por medio de su Verbo, que es un solo Dios Padre, que lo abarca todo y que da el ser a todo; este conocimiento viene atestiguado por el evangelio, cuando dice: A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Así, pues, el Hijo nos ha dado a conocer al Padre desde el principio, ya que desde el principio está con el Padre; él, en efecto, ha manifestado al género humano el sentido de las visiones proféticas, de la distribución de los diversos carismas, con sus ministerios, y en qué consiste la glorificación del Padre, y lo ha hecho de un modo consecuente y ordenado, a su debido tiempo y con provecho; porque donde hay orden allí hay armonía, y donde hay armonía allí todo sucede a su debido tiempo, y donde todo sucede a su debido tiempo allí hay provecho.

Por esto, el Verbo se ha constituido en distribuidor de la gracia del Padre en provecho de los hombres, en cuyo favor ha puesto por obra los inescrutables designios de Dios, mostrando a Dios a los hombres, presentando al hombre a Dios; salvaguardando la invisibilidad del Padre, para que el hombre tuviera siempre un concepto muy elevado de Dios y un objetivo hacia el cual tender, pero haciendo también visible a Dios para los hombres, realizando así los designios eternos del Padre, no fuera que el hombre, privado totalmente de Dios, dejara de existir; porque la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios. En efecto, si la revelación de Dios a través de la creación es causa de vida para todos los seres que viven en la tierra, mucho más lo será la manifestación del Padre por medio del Verbo para los que ven a Dios. (Tratado contra las herejías).

San Agustín:

Efectivamente, has sido hecho mediante la Palabra. Pero es necesario ser recreado mediante la Palabra. Pero si tu fe acerca de la Palabra es falsa, no podrás ser recreado mediante la Palabra. Y si has tenido la suerte de ser hecho mediante la Palabra, por ti quedas deshecho. Y si por ti te deshaces, que te rehaga el que te hizo. Si por ti viene el degradarte, que te recree el que te creó. ¿Y cómo te recreará mediante la Palabra, si en algún aspecto piensas mal de la Palabra? El evangelista dice: «En el principio existía la Palabra», mas tú dices: En el principio fue hecha la Palabra. Él dice: «Todo se ha hecho mediante ella», mas tú dices que incluso la Palabra misma ha sido hecha. Podía haber dicho el evangelista: «En el principio fue hecha la Palabra»; pero ¿qué dice? En el principio existía la Palabra. Si existía, no fue hecha; así todo se haría mediante ella, y sin ella, nada. Si, pues, en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios, si no puedes comprender de qué se trata, espera a que crezcas. Él es alimento. Toma leche para nutrirte hasta que seas capaz de recibir el alimento.

Y atención a lo que sigue: Todo se hizo mediante ella, y sin ella nada se hizo, no vayáis a pensar que la nada es algo. Muchos, por una deficiente interpretación del texto «sine ipso factum est nihil» (sin ella la nada se hizo), piensan que la nada es algo. El pecado ciertamente no fue hecho por ella, y el pecado es la nada, evidentemente, y a la nada vuelven los hombres cuando pecan. Tampoco los ídolos han sido hechos por la Palabra. Tienen, es verdad, una apariencia humana, pero es el hombre el que ha sido hecho por la Palabra, puesto que la forma humana del ídolo no ha sido hecha por la Palabra; y así leemos en la Escritura: Sabemos que un ídolo no es nada. Luego esto no ha sido hecho por la Palabra…

Mira lo que quiso hacerse por ti aquel que en el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. ¿Por qué quiso hacerse esto por ti? Para darte un alimento de lactante a ti que no podías aún masticar. Así que éste y no otro, hermanos, es el sentido de esta frase: Todo se hizo mediante ella, y sin ella nada se hizo. Todas las criaturas han sido hechas por ella: la mayor y las más pequeñas; por su medio se hicieron las superiores y las inferiores, las espirituales y las corporales. Toda forma, cohesión, armonía de las partes, toda naturaleza que pueda tener número, peso y medida tienen su existencia sólo por medio de aquella Palabra, su origen en aquella Palabra creadora, a la que se le dice: Todo lo has dispuesto con medida, número y peso.

…Por tanto, hermanos, todo, absolutamente todo se hizo mediante ella, y sin ella nada se hizo. Pero ¿de qué modo se hizo todo mediante ella? Lo que ha sido hecho, en ella es vida. Puede también leerse así: Lo que ha sido hecho en ella, es vida. Luego todo es vida si utilizásemos esta lectura. ¿Hay algo que no haya sido hecho en ella? Ella es la Sabiduría de Dios. Dice el salmo: Todo lo hiciste con sabiduría. Si, pues, Cristo es la Sabiduría de Dios y el salmo dice: «Todo lo hiciste con sabiduría», todo ha sido hecho en él, así como lo ha sido por él. Entonces, queridos hermanos, si en él todo, y lo hecho en él es vida, resulta que la tierra es vida, y un leño es vida. Es verdad que decimos que el leño es vida, pero entendiendo que se trata del leño de la cruz, de donde nos brotó la vida. Incluso una piedra sería vida, según esto.

Pero no es acertado este modo de interpretar. Podríamos dar pie a que la inmunda secta de los maniqueos nos dijera astutamente que tienen alma una piedra y una pared y un trocito de cuerda y la lana y el vestido. Suelen disparatar ellos así. Y cuando se les hace frente y se les rechaza, citan a su modo la Escritura, diciendo: «¿Por qué se dijo entonces Lo que se hizo en ella, es vida?» Si todo ha sido hecho en ella, luego todo es vida». Que no te engañen; tú lee así: «Lo que ha sido hecho», haciendo una pausa aquí, y luego sigue: en ella es vida. ¿Cuál es el sentido de esta frase? La tierra fue creada. Pero la tierra en sí no es vida, sino que en la Sabiduría misma hay una idea o forma de orden espiritual, mediante la cual fue hecha la tierra. Esta idea sí es vida.

…hermanos queridos, la Sabiduría de Dios, por la cual se hizo todo, contiene todas las cosas como una concepción artística, antes de fabricarlas. De aquí que lo realizado según esta concepción artística no por eso va a ser vida, sino que todo lo realizado es vida en ella. La tierra que ves, es tierra en la mente del artífice, y lo mismo el cielo y el sol y la luna. Todos están en la concepción del artífice. En su ser externo son cuerpos, y en la idea artística son vida. Tratad de comprenderlo de algún modo. Hemos dicho algo muy importante…

Sigue, en efecto, esto: Y la vida era la luz de los hombres. De esta vida reciben los hombres la iluminación. Los animales no reciben la iluminación, porque los animales no tienen mentes racionales que puedan ver la sabiduría. En cambio, el hombre ha sido hecho a imagen de Dios, tiene mente racional mediante la que pueda percibir la sabiduría. Esa vida, pues, mediante la que todo se hizo, esta misma vida es la luz; no la luz de cualesquiera seres vivos, sino la luz de los hombres. Por eso dice poco después: Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Esa luz iluminó a Juan Bautista, ésta también a Juan Evangelista mismo. De esa misma luz estaba lleno quien dijo: No soy yo el Mesías, sino quien viene detrás de mí, la correa de cuyo calzado no soy digno de desatar. Por esta luz estaba iluminado quien dijo: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Aquella vida, pues, es la luz de los hombres.

Pero corazones quizá necios no pueden captar esta luz, porque los oprime el peso de sus pecados, para que no puedan verla. Pero no piensen que la luz está ausente, precisamente porque ellos no pueden verla. Ellos, en efecto, son tinieblas por sus pecados. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Es lo que ocurre, hermanos, con un ciego puesto al sol. El sol está presente, pero él está ausente para el sol. Esto es lo que sucede con todo el que tiene un corazón necio, injusto, impío o ciego. Presente está la sabiduría, pero para uno que es ciego es como si estuviera ausente de sus ojos. No porque ella no lo acompañe, sino porque él está distante de ella. ¿Y qué ha de hacer éste? Purificarse hasta poder ver a Dios. Como si alguien tuviese ceguera por tener sucios y enfermos sus ojos, porque le ha caído polvo o por irritación o por el humo, y el médico le dijese: «Debes asear tu ojo de todo lo que le molesta, hasta que puedas ver con claridad». El polvo, la irritación ocular y el humo son los pecados y las injusticias. Quita de tu corazón todo esto y verás la sabiduría, porque está presente. Dios es la Sabiduría misma; y está escrito: Dichosos los de corazón limpio, porque ésos verán a Dios. (Tratado 1 sobre el Evangelio de San Juan).

 

 

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