EPIFANÍA DEL SEÑOR

6 de enero de 2015

Solemnidad de la Epifanía del Señor

 

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (60,1-6):

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 71

R/. Se postrarán ante ti, Señor,
todos los pueblos de la tierra


Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R/.

Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo.
Que los reyes de Sabá y de Arabia le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan. R/.

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (3,2-3a.5-6):

Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (2,1-12):

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» 
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. 
Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.”» 
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» 
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor

 

COLLATIONES

Hoy es el día en que Cristo se manifiesta por primera vez a los paganos; hoy es el día en que Cristo es adorado por los gentiles.

San Pablo en la segunda lectura, nos dice que a los apóstoles y profetas, se les ha revelado algo, que no  había sido manifestado a los hombres hasta ahora: “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio”. Cristo “nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz”. Todos somos llamados a la luz de la fe, a acercarnos a Cristo por los caminos de la fe. Leemos en Isaías: “Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti”.

¡Imitemos a los Magos en su obediencia!. Que nuestra obediencia y docilidad a la gracia, nos lleve a todos a Cristo. “Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero”, no importa que quieran barrer mi camino, yo encontraré tus huellas y correré hacia ti.

Los Magos buscaron a Jesús y lo encontraron, al encontrarlo lo adoraron y después le presentaron su ofrenda. “Cuando los Reyes Magos le dan oro, lo proclaman Rey; al ofrecerle incienso adoran a Dios; al presentarle mirra, confiesan al hombre mortal”. (San Basilio). Dice san Bernardo que imitemos en su ofrenda a los Magos, que abriendo sus tesoros hicieron una ofrenda espiritual. Postrándonos, debemos soltar lo que retienen nuestras manos. Debemos soltar y ofrecer el oro, renunciando a todos los bienes terrenos. Después debemos ofrecerle incienso, porque tras renunciar a los bienes terrenos, buscamos los celestiales: “que nuestra oración suba a vuestra presencia como el humo del incienso”. Y por último debemos ofrecerle mirra, pues preserva nuestro cuerpo, muerto por el pecado, para que no se pudra cayendo en el vicio.

Busca a Jesús, porque “el que busca encuentra”, cuando lo encuentres y la gloria del Señor amanezca sobre ti, entonces caerás de rodillas y lo adorarás , y después le ofrecerás lo más valioso que posees: “Tomad Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, os lo devuelvo: todo es vuestro; disponed a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto me basta.” (San Ignacio).

 Beato Guerrico de Igny:

«¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz!»  ¡Bendita seas, oh Luz, «que vienes en el nombre del Señor»! «El Señor es Dios, Él nos ilumina». Por su benevolencia, este día santificado por la luz radiante de la Iglesia, ha brillado sobre nosotros. Por eso te damos gracias «luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo», y es, precisamente por esto que ha venido al mundo en forma humana. Resplandece Jerusalén, nuestra madre, madre de todos los que han merecido ser iluminados; desde ahora alumbra a todos los que están en el mundo. Te damos gracias, Luz verdadera: te has hecho lámpara para iluminar a Jerusalén y para que el Verbo, la Palabra de Dios, sea «la lámpara que ilumina mis pasos»… Y no sólo ha sido iluminada sino que ha sido «puesta encima como un farol» todo él como de oro macizo. Vedla convertida en «la ciudad situada en la cumbre de los montes»… para que su Evangelio llegue a alumbrar a todos los imperios del mundo… 

Oh Dios, que iluminas a todas las naciones, por ti hemos cantado «El Señor vendrá e iluminará los ojos de sus siervos». Ahora ya has venido, oh Luz mía: «Ilumina mis ojos para que jamás me duerma en la muerte»… Has venido ya, oh Luz de los creyentes, y hoy nos has dado el gozo de ser iluminados por la fe, que es nuestra lámpara. Danos siempre el gozo de ver tu luz sobre lo que en nosotros queda de tiniebla…

Este es el camino que debes seguir, alma fiel, para llegar a la patria donde «las tinieblas serán como el mediodía» y «la noche será tan clara como el día». Entonces «tú verás y estarás radiante, tu corazón se maravillará y se dilatará», cuando toda la tierra estará llena de la majestad de la luz infinita y «en ti se manifestará su gloria»… « ¡Venid, caminemos a la luz del Señor!» Entonces marcharemos «como hijos de la luz» «de claridad en claridad, como conducidos por el Señor que es Espíritu». (Tercer sermón para la Epifanía).

  

San Juan Crisóstomo:

Levantémonos, siguiendo el ejemplo de los magos. Dejemos que el mundo se desconcierte; nosotros corramos hacia donde está el Niño. Que los reyes y los pueblos, que los crueles tiranos se esfuercen en barrernos el camino, poco importa. No dejemos que se enfríe nuestro ardor. Venzamos todos los males que nos acechan. Si los magos no hubiesen visto al Niño no habrían podido escaparse de las amenazas del rey Herodes. Antes de poder contemplarlo, llenos de gozo, tuvieron que vencer el miedo, los peligros, las turbaciones. Después de adorar al Niño, la calma y la seguridad colmaron sus almas… 

¡Dejad, pues, vosotros también, la ciudad sumida en el desorden, dejad al déspota comido por la crueldad, dejad las riquezas del mundo, y venid a Belén, la casa del pan espiritual! Si sois pastores, venid y veréis al Niño en el establo. Si sois reyes y no venís, vuestra púrpura no os servirá de nada. Si sois magos, no importa, no es impedimento con tal que vengáis para presentar vuestra veneración y no para aplastar al Hijo del Hombre. Acercaos con espanto y alegría, dos sentimientos que no se excluyen…

¡Postrándonos, soltemos lo que retienen nuestras manos! Si tenemos oro, entreguémoslo sin demora, no rehuyamos darlo… Unos extranjeros emprendieron un tan largo viaje para contemplar a este niño recién nacido. ¿Qué excusa tenéis para vuestra conducta, vosotros, que os echáis atrás ante el corto camino de ir a visitar al enfermo o al prisionero? Ellos ofrecieron oro. Vosotros dais pan con harta tacañería. Ellos vieron la estrella y su corazón se llenó de alegría. Vosotros veis a Cristo en una tierra extranjera, desnudo ¿y no os conmueve?    (Homilías sobre San Mateo, 7).

          

San Bernardo: 

La solemnidad de hoy pues recibió el nombre de la aparición, porque Epifanía significa aparición. Así, hoy se celebra la aparición del Señor, no solo una, sino triplicada, según lo hemos recibido de nuestros Padres. Hoy nuestro  Señor párvulo Rey, pasados pocos días de su nacimiento se manifestó a las primicias de las naciones, sirviéndolas de guía una estrella: hoy también, habiendo ya cumplido treinta años en su vida mortal (el que según la Divinidad es siempre el mismo, y no pueden faltar sus años) oculto entre las populares turbas vino al Jordán, para ser bautizado; pero fue manifestado por el testimonio del  Padre. Hoy igualmente, habiendo sido convidado a unas bodas con sus discípulos, faltando el vino, convirtió en vino las aguas con un admirable prodigio de su potencia. Pero deleita contemplar con más cuidado la aparición del Salvador en su infancia, porque es dulcísima, y se celebra también hoy con más especialidad.

Hoy pues, como oímos en la lección del Evangelio, vinieron los Magos de Oriente a Jerusalén. Con razón se dice a la verdad, que vienen de Oriente, pues nos anuncian el nuevo Nacimiento del Sol de justicia, pues iluminan con alegres noticias el mundo todo. Sólo que la infeliz Judea, como aborrecía la luz, se obscurece al resplandor de la nueva claridad, y sus ofuscados ojos se ciegan mucho más, brillando los rayos del Sol eterno. Oigamos ahora, qué dijeron los Magos, viniendo del Oriente: ¿Dónde está el que ha nacido Rey de los Judíos? ¡Qué fe tan cierta y tan firme! No preguntan si ha nacido, sino que hablan confiadamente, y preguntan sin dudar, dónde está el que ha nacido Rey de los Judíos. El Rey Herodes se llenó de pavor, luego que oyó el nombre del Rey, sospechándole su sucesor…

Buscando pues los Magos al Rey de los Judíos, y preguntando Herodes a los escribas el lugar del nacimiento del Señor, declaran ellos según el Profeta el nombre de la Ciudad. Y habiéndose apartado de Jerusalén los Magos, y dejado a los judíos: He aquí que la estrella que habían visto en el Oriente, iba delante de ellos. De esto se deja entender, que por buscar el auxilio humano perdieron la guía divina; y que el auxilio celestial les desamparó, porque quisieron valerse de las noticias de la tierra. Por lo cual también habiendo dejado a Herodes, al punto se alegraron sobre manera, porque la estrella iba delante de ellos, hasta que llegando se paró encima del lugar, donde estaba el Niño. Y entrando en la casa hallaron al Niño con María su Madre, y postrándose le adoraron. ¿De dónde esto en vosotros, extranjeros? No encontramos tanta fe en Israel. ¿Qué, no os ofende la humilde habitación de un establo; no os ofende la pobre cuna de  un pesebre? ¿No os escandaliza la presencia de una pobre Madre, ni la infancia de un Niño de pecho? 

En fin, abiertos sus tesoros, dice el evangelista, le ofrecieron por presentes oro, incienso y mirra. Si solamente le hubieran ofrecido oro, pudiera parecer, que habrían querido remediar la pobreza de la Madre, dándole con qué pudiese criar al Niño. Mas ofreciendo juntamente oro, incienso, y mirra, sin duda están indicando en esto un género de ofrenda espiritual. El oro parece tener la excelencia entre las riquezas del siglo; el cual por su gracia ofrecimos todos al Salvador devotamente, cuando por su nombre dejamos del todo los haberes del mundo. Pero después de haber renunciado a los bienes terrenos, es necesario, que busquemos con deseos ardientes los celestiales. Y de esta suerte ofreceremos también el olor del incienso, en que están significadas, como leemos en el Apocalipsis de San Juan, las oraciones de los Santos. Por lo cual igualmente dice el Profeta en el salmo: Que mi oración suba a vuestra presencia como el humo del incienso. Así también tenéis escrito en  otro lugar que la oración del justo penetra los Cielos. La oración, no dice de cualquiera, sino del justo. Porque será execrable la oración de aquel que aparta su oreja para no oír la ley.

Si quieres ser justo, y no apartar tu oído de los mandamientos del Señor, para que no apartarte él también el suyo de tus oraciones, es preciso, no sólo que desprecies el siglo, sino que castigues tu cuerpo mismo, y le sujetes a la servidumbre. Porque el que dijo: Si alguno no renunciare a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo y en otra parte: Si quieres ser perfecto, anda y vende todas las cosas que tienes, y dalas a los pobres, y ven y sígueme: El mismo dice en otro lugar: El que quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo-, y tome su cruz y sígame a mí. Lo cual exponiéndolo el Apóstol dice: Todos los que son de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y deseos malos. Tenga pues nuestra oración dos alas, que son el desprecio del mundo y la mortificación del cuerpo: y sin duda penetrará los Cielos, y subirá a la presencia de Dios como el incienso. Será sacrificio grato y aceptará Dios nuestra ofrenda, si con el oro e incienso se hallare también la mirra: que aunque es amarga, con todo eso es muy provechosa, y preserva al cuerpo, que está muerto por el pecado, de que se pudra cayendo en el vicio. Esto se ha dicho brevemente, para que imitemos en su ofrenda a los Magos.

Pero, porque dijimos, que esta fiesta era aparición, veamos lo que aparece en ella. Verdaderamente según las palabras del Apóstol: apareció la benignidad, y humanidad de Dios nuestro Salvador. Porque ve ahí, como hemos oído en la lección del Evangelio, que entrando los Magos en la casa encontraron al Niño con María su Madre. En el tierno cuerpo, que fomentaba la Madre en su virginal regazo, ¿qué aparecía, sino la verdad de la carne que había tomado? ¿Qué se declara en haber encontrado al Niño con su Madre, sino que es verdadero Dios, y verdadero hombre? Mira también en la segunda aparición, sino es declarado manifiestamente Hijo de Dios con el testimonio de la voz del Padre. Se abrieron los Cielos, y descendió el espíritu Santo en la forma corporal de una paloma,… Más, para que no quede ningún lugar al error sacrílego, el mismo que en la primera aparición fue declarado verdadero hombre e hijo del hombre, y en la segunda no menos verdadero Hijo de Dios, ya en la tercera se muestra verdadero Dios, y autor de la naturaleza, que se muda a la insinuación de su imperio. Nosotros pues, carísimos, amemos a Jesucristo como verdadero hombre y hermano nuestro; honrémosle como Hijo de Dios; adorémosle como Dios. Creamos en él firmemente, fiémonos a su cuidado con toda seguridad, Hermanos míos; pues ni le falta la potestad de salvarnos, siendo verdadero Dios e Hijo de Dios, ni la buena voluntad, siendo como uno de nosotros verdadero hombre e hijo del hombre. ¿Cómo será para nosotros inexorable, cuando por nuestro bien se hizo como nosotros pasible?

Ya si deseáis oír algo sobre estas apariciones para edificación de las costumbres, atended, que en primer lugar aparece siempre Cristo con la Virgen Madre, para enseñarnos, que debemos buscar ante todo la sencillez, y el pudor. Pues a los niños es natural la sencillez, y la vergüenza es propia y familiar de las vírgenes. A todos nosotros en el principio de nuestra conversión ninguna virtud nos es más necesaria, que una humilde sencillez,… (En la Epifanía del Señor, sermón tercero).

 

San Agustín:

Hace pocos días celebramos el día en que el Señor nació de los judíos; hoy celebramos aquel en que fue adorado por los gentiles: La salvación, en efecto, viene de los judíos; pero esta salvación llega hasta los confines de la tierra. Aquel día lo adoraron los pastores, hoy los magos. A aquéllos se lo anunciaron los ángeles, a éstos una estrella. Unos y otros lo aprendieron del cielo cuando vieron en la tierra al rey del cielo para que fuese realidad la gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Él es, en efecto, nuestra paz, quien hizo de los dos uno. Ya nada más nacer y ser anunciado se manifiesta como la piedra angular; ya al poco tiempo de nacer se reveló como tal. Ya entonces comenzó a unir en su persona a dos paredes de distinta proveniencia, guiando a los pastores de Judea y a los magos de Oriente, para hacer en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo, estableciendo la paz; paz a los de lejos y paz a los de cerca. De aquí que aquéllos, acercándose desde la vecindad aquel mismo día, y éstos, llegando desde la lejanía en el día de hoy, señalaron para la posteridad estos dos días festivos; pero unos y otros vieron la única luz del mundo.

Pero hoy tengo que hablar de aquellos a quienes la fe condujo a Cristo desde un país lejano. Llegaron y preguntaron por él, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo. Anuncian y preguntan, creen y buscan, como simbolizando a quienes caminan en la fe y desean la realidad. ¿No habían nacido ya anteriormente en Judea otros reyes de los judíos? ¿Qué significa el que éste sea reconocido por unos extranjeros en el cielo y sea buscado en la tierra, que brille en las alturas y esté oculto en la humildad? Los magos ven la estrella en oriente y comprenden que ha nacido un rey en Judea. ¿Quién es este rey tan pequeño y tan grande, que aún no habla en la tierra y ya publica sus decretos en el cielo? Con todo, en atención a nosotros, que deseaba que le conociésemos por sus Escrituras santas, quiso que también los magos, a quienes había dado tan inequívoca señal en el cielo y a cuyos corazones había revelado su nacimiento en Judea, creyesen lo que sus profetas habían hablado de él. Buscando la ciudad en que había nacido el que deseaban ver y adorar, tuvieron que preguntar a los príncipes de los sacerdotes; de esta manera, con el testimonio de la Escritura, que llevaban en la boca, pero no en el corazón, los judíos, aunque incrédulos, dieron respuesta a los creyentes a propósito de la gracia de la fe. Aunque mentirosos por sí mismos, dijeron la verdad en contra suya. ¿Es mucho pedir que acompañasen a quienes buscaban a Cristo cuando les oyeron decir que, tras haber visto la estrella, venían ansiosos a adorarlo? ¿Es mucho pedir que ellos, que les habían dado las indicaciones de acuerdo con los libros sagrados, los condujesen a Belén de Judá, y juntos viesen, comprendiesen y adorasen? La verdad es que, habiendo mostrado a otros la fuente de la vida, murieron ellos agostados. Se asemejaron a las piedras miliarias: indicaron la ruta a los viajeros, pero ellos se quedaron inmóviles e inertes. Los magos buscaban para encontrar, Herodes para matar; los judíos leían en qué ciudad había de nacer, pero no advertían el tiempo de su llegada. Entre el piadoso amor de los magos y el cruel temor de Herodes, ellos se hicieron vanos, después de haber mostrado la ciudad de Belén. En cambio, negarían a Cristo, que en ella había nacido, al que no buscaron entonces, pero vieron después, y le darían muerte, no cuando aún no hablaba, sino después, ya en el uso de la palabra. Más dichosa fue, pues, la ignorancia de aquellos niños a quienes Herodes, aterrado, persiguió, que la ciencia de aquellos que él mismo, asustado, consultó. Los niños pudieron sufrir por Cristo a quien aún no podían confesar; los judíos pudieron conocer la ciudad en que nacía, pero no siguieron la verdad del que enseñaba.

La misma estrella llevó a los magos al lugar preciso en que se hallaba, niño sin habla, el Dios Palabra. Avergüéncese ya la necedad sacrílega y -valga la expresión- cierta indocta doctrina que juzga que Cristo nació bajo el influjo de los astros, porque está escrito en el evangelio que, cuando él nació, los magos vieron en oriente su estrella. Cosa que no sería cierta ni siquiera en el caso de que los hombres naciesen bajo tal influjo, puesto que ellos no nacen, como el Hijo de Dios, por propia voluntad, sino según la condición propia de la naturaleza mortal. Ahora, no obstante, dista tanto de la verdad el decir que Cristo nació bajo el hado de los astros, que quien posee la recta fe en Cristo ni siquiera cree que hombre alguno naciera de esa manera. Expresen los hombres vanos sus insensatas opiniones acerca del nacimiento de los hombres, nieguen la voluntad para pecar libremente, inventen la fatalidad para excusar sus pecados;…

En este hecho Cristo se manifiesta más bien como señor que como sometido a dicha ley, pues la estrella no mantuvo en el cielo su ruta sideral, sino que mostró el camino hasta el lugar en que había nacido Cristo a los hombres que lo buscaban. Por tanto, no fue ella la que de forma maravillosa hizo que Cristo viviera, sino que fue Cristo quien la hizo a ella aparecer de forma extraordinaria. Tampoco fue ella la que decretó las acciones maravillosas de Cristo, sino que Cristo la mostró como otra entre sus obras maravillosas. Al nacer de una madre, mostró a la tierra un nuevo astro del cielo, él que, nacido del Padre, hizo el cielo y la tierra. Cuando él nació, apareció con la estrella una luz nueva; cuando él murió, se ocultó con el sol la luz antigua. Cuando él nació los moradores del cielo brillaron con nueva dignidad; cuando él murió, los habitantes del infierno se estremecieron con nuevo temor. Cuando él resucitó, los discípulos ardieron con nuevo amor, cuando él ascendió, los cielos se abrieron con nueva sumisión. Celebremos, pues, con devota solemnidad también este día, en el que los magos, procedentes de la gentilidad, adoraron a Cristo una vez conocido, como ya celebramos aquel día en que los pastores de Judea vieron a Cristo una vez nacido. Pues nuestro mismo Señor y Dios eligió a los apóstoles de entre los judíos como pastores para congregar, por medio de ellos, a los pecadores de entre los gentiles que iban a ser salvados. (Sermón 199).

San León Magno:

El día en que Cristo, Salvador del mundo, se manifestó por primera vez a los paganos, hemos de celebrarlo, amadísimos, con todos los honores y sentir allá en el hondón de nuestro corazón el gozo que sintieron los tres magos cuando, incitados y guiados por la nueva estrella, pudieron adorar, contemplándolo con sus propios ojos, al Rey del cielo y tierra, en quien habían previamente creído en virtud de solas promesas.

Y aunque el relato evangélico se refiera concretamente a los días en que tres hombres —no adoctrinados por la predicación profética ni instruidos por el testimonio de la ley– vinieron de una remotísima región del Oriente para conocer a Dios, sin embargo, vemos que esto mismo, aunque de modo más claro y con mayor abundancia, se realiza hoy en todos los llamados a la luz de la fe. Así se cumple la profecía de Isaías: El Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios. Y de nuevo: Los que no tenían noticia lo verán, los que no habían oído hablar comprenderán.

Por eso, cuando vemos que hombres infatuados por la sabiduría mundana y alejados de la fe de Jesucristo son arrancados del abismo de sus errores y conducidos al conocimiento de la luz verdadera, es indudable que está allí actuando el esplendor de la gracia divina, y lo que de luz nueva aparece en esos entenebrecidos corazones es una participación de la misma estrella, de suerte que a las almas tocadas por su fulgor las impresiona primero con el milagro, para conducirlas luego, precediéndolas, a adorar al Señor.

Y si quisiéramos considerar atentamente cómo es posible, para todos los que se acercan a Cristo por los caminos de la fe, aquella triple clase de dones, ¿no descubriríamos que esta ofrenda se realiza en el corazón de cuantos rectamente creen en Cristo? Saca efectivamente oro del tesoro de su corazón quien reconoce a Cristo como Rey del universo; ofrece mirra quien cree que el Unigénito de Dios asumió una verdadera naturaleza humana; venera a Cristo con una especie de incienso quien confiesa que en nada es desemejante de la majestad del Padre. (Tratado 36).

 

—La misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo.

De estos pueblos se trataba en la descendencia innumerable que fue en otro tiempo prometida al santo patriarca Abrahán, descendencia que no sería engendrada por una semilla de carne, sino por fecundidad de la fe, descendencia comparada a la multitud de las estrellas, para que de este modo el padre de todas las naciones esperara una posteridad no terrestre, sino celeste.

Así pues, que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán, a la cual renuncian los hijos según la carne. Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel.

Instruidos en estos misterios de la gracia divina, queridos míos, celebremos con gozo espiritual el día que es el de nuestras primicias y aquél en que comenzó la salvación de los paganos. Demos gracias al Dios misericordioso, quien, según palabras del Apóstol, nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. Porque, como profetizó Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló. También a propósito de ellos dice el propio Isaías al Señor: Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti.

Abrahán vio este día, y se llenó de alegría, cuando supo que sus hijos según la fe serían benditos en su descendencia, a saber, en Cristo, y él se vio a sí mismo, por su fe, como futuro padre de todos los pueblos, dando gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete.

También David anunciaba este día en los salmos cuando decía: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia.

Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo.

Animados por este celo, debéis aplicaros, queridos míos, a seros útiles los unos a los otros, a fin de que brilléis como hijos de la luz en el reino de Dios, al cual se llega gracias a la fe recta y a las buenas obras; por nuestro Señor Jesucristo que, con Dios Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. (Sermón 3 en la Epifanía del Señor).

 

San Pedro Crisólogo:

Aunque en el mismo misterio del nacimiento del Señor se dieron insignes testimonios de su divinidad, sin embargo, la solemnidad que celebramos manifiesta y revela de diversas formas que Dios ha asumido un cuerpo humano, para que nuestra inteligencia, ofuscada por tantas obscuridades, no pierda por su ignorancia lo que por gracia ha merecido recibir y poseer.

Pues el que por nosotros quiso nacer no quiso ser ignorado por nosotros; y por esto se manifestó de tal forma que el gran misterio de su bondad no fuera ocasión de un gran error.

Hoy el mago encuentra llorando en la cuna a aquel que, resplandeciente, buscaba en las estrellas. Hoy el mago contempla claramente entre pañales a aquel que, encubierto, buscaba pacientemente en los astros.

Hoy el mago discierne con profundo asombro lo que allí contempla: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo; el hombre en Dios, y Dios en el hombre; y a aquel que no puede ser encerrado en todo el universo incluido en un cuerpo de niño. Y, viendo, cree y no duda; y lo proclama con sus dones místicos: el incienso para Dios, el oro para el Rey, y la mirra para el que morirá. Hoy el gentil, que era el último, ha pasado a ser el primero, pues entonces la fe de los magos consagró la creencia de las naciones. (Sermón 160).

 

San Basilio Magno:

La estrella vino a pararse encima de donde estaba el Niño. Por lo cual, los magos, al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Recibamos también nosotros esa inmensa alegría en nuestros corazones. Es la alegría que los ángeles anuncian a los pastores. Adoremos con los Magos, demos gloria con los pastores, dancemos con los ángeles. Porque hoy ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. El Señor es Dios: él nos ilumina, pero no en la condición divina, para atemorizar nuestra debilidad, sino en la condición de esclavo, para gratificar con la libertad a quienes gemían bajo la esclavitud. ¿Quién es tan insensible, quién tan ingrato, que no se alegre, que no exulte, que no se recree con tales noticias? Esta es una fiesta común a toda la creación: se le otorgan al mundo dones celestiales, el arcángel es enviado a Zacarías y a María, se forma un coro de ángeles, que cantan: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres que Dios ama.

Las estrellas se descuelgan del cielo, unos Magos abandonan la paganía, la tierra lo recibe en una gruta. Que todos aporten algo, que ningún hombre se muestre desagradecido. Festejemos la salvación del mundo, celebremos el día natalicio de la naturaleza humana. Hoy ha quedado cancelada la deuda de Adán. Ya no se dirá en adelante: Eres polvo y al polvo volverás, sino: «Unido al que viene del cielo, serás admitido en el cielo». Ya no se dirá más: Parirás hijos con dolor, pues es dichosa la que dio a luz al Emmanuel y los pechos que le alimentaron. Precisamente por esto un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado.

Súmate tú también a los que, desde el cielo, recibieron gozosos al Señor. Piensa en los pastores rezumando sabiduría, en los pontífices adornados con el don de profecía, en las mujeres rebosantes de gozo: bien cuando María es invitada a alegrarse por Gabriel, bien cuando Isabel siente a Juan saltar de alegría en su vientre. Ana que hablaba de la buena noticia, Simeón que lo tomaba en sus brazos, ambos adoraban en el Niño al gran Dios y, lejos de despreciar lo que veían, ensalzan la majestad de su divinidad. Pues la fuerza divina se hacía visible a través del cuerpo humano como la luz atraviesa el cristal, refulgiendo ante aquellos que tenían purificados los ojos del corazón. Con los cuales ojalá nos hallemos también nosotros, contemplando a cara descubierta la gloria del Señor como en un espejo, para que también nosotros nos vayamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la gracia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dada la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. (Homilía sobre la generación de Cristo). 

 

San Odilón de Cluny:

Este día es ya de suyo festivo; mas la misma proximidad de la fiesta de Navidad le confiere una especial solemnidad. Cuando Dios es adorado en un Niño, se subraya el honor del parto virginal. Cuando al hombre-Dios se le ofrecen regalos, se adora la dignidad del Niño divino. Al encontrar a María con el Niño, se predica la verdadera humanidad de Cristo y la integridad de la Madre de Dios.

En efecto, así se expresa el evangelista: Entraron en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Los regalos que los Magos ofrecen, revelan arcanos sacramentos de Cristo. Al darle oro, lo proclaman rey; al ofrecerle incienso, adoran a Dios; al presentarle la mirra, confiesan al hombre mortal. Nosotros, por nuestra parte, creamos que Cristo asumió nuestra mortalidad para, con su única muerte, abolir nuestra doble muerte. Cómo Cristo se manifestó hombre mortal y cómo pagó su tributo a la muerte, lo tienes escrito en Isaías: Como un cordero fue llevado al matadero. Nuestra fe en la realeza de Cristo la tenemos atestiguada por la autoridad divina. En efecto, él mismo dice de sí en el salmo: Yo mismo he sido establecido rey por él, es decir, por Dios Padre. Y que sea Rey de reyes, nos lo asevera por boca de la Sabiduría: Por mí reinan los reyes, y los príncipes dan leyes justas. Y que Jesús sea realmente Dios y Señor, lo testifica el mundo entero por él creado. Pues él mismo dice en el evangelio: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Y el santo evangelista: Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada. Si se reconoce que todo fue creado por él, y en él tiene su consistencia, es lógico creer que todas las cosas reconocieron su venida. (Sermón 2 en la Epifanía del Señor).

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