BAUTISMO DEL SEÑOR- CICLO B

11 de enero de 2015

Bautismo del Señor

-Ciclo B -

 

 

 

 

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (42,1-4.6-7):

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 28,1a.2.3ac-4.3b.9b-10

 

R/. El Señor bendice a su pueblo con la paz

Hijos de Dios, aclamad al Señor, 
aclamad la gloria del nombre del Señor, 
postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R/.

La voz del Señor sobre las aguas, 
el Señor sobre las aguas torrenciales. 
La voz del Señor es potente, 
la voz del Señor es magnífica. R/.

El Dios de la gloria ha tronado. 
En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» 
El Señor se sienta por encima del aguacero, 
el Señor se sienta como rey eterno. R/.

Segunda lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34-38):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,7-11):

En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.» 
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. 
Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»

Palabra del Señor

COLLATIONES

No podemos separar el día de hoy, del día en el que el Señor se manifiesta a los magos, o del día en el que convierte el agua en vino, en las bodas de Caná. En las tres ocasiones se manifiesta Cristo, y por ello las une la Iglesia, pero hoy nos  centraremos  en  el Bautismo del Señor.

En el Bautismo del Señor podemos ver el misterio de la Santísima Trinidad, porque vemos a Jesús siendo bautizado, al Espíritu Santo descendiendo sobre él en forma de paloma y al Padre hablando desde el cielo.

Cristo se hace bautizar para santificar el agua, y aquella corriente,  a través de los siglos, llega hasta nosotros por el baño de la fe, el baño del bautismo, en el que se nos abren los ojos a las cosas celestiales y se nos abre la puerta del reino celestial. Eso nos dicen los Padres que significó el ver “rasgarse el cielo” en el bautismo de Jesús, que se abrió la puerta del reino celestial para nosotros.

Es el Espíritu Santo, el que nos ayuda a despojarnos del “hombre viejo” y nos reviste del “hombre nuevo”. Hace que dejemos de ser hombres terrenales y nos convierte en hombres celestiales. Nos dice San Ireneo, que el  Espíritu Santo descendió sobre el Hijo de Dios, para acostumbrarse  a permanecer con Él en medio de los hombres, y poner por obra en ellos, la voluntad del Padre, transformándonos en Cristo.

Tengamos presente,  que “somos bautizados por el Señor en el Espíritu Santo, no sólo cuando el día del bautismo fuimos lavados en la fuente de la vida para remisión de los pecados, sino también cada día cuando la gracia del mismo Espíritu nos inflama para hacer lo que agrada a Dios”.

                                                            

San Odilón de Cluny:

Hoy Cristo se ha manifestado al mundo, hoy ha recibido el sacramento del bautismo y, al recibirlo, lo ha consagrado con su presencia. Hoy –como lo atestigua la fe de los creyentes– en el curso de unas bodas, ha convertido el agua en vino. Espiritualmente se convierte el agua en vino, porque, abolida la letra de la ley, en Cristo brilla la gracia del evangelio. Se bautiza Cristo y es renovado el mundo; se bautiza Cristo: se despoja del hombre viejo y se reviste del hombre nuevo. Es expulsado aquel primer hombre que, hecho de tierra, era terreno; se reviste del segundo que, por proceder del cielo, es celestial. Cuando Cristo fue bautizado, el misterio del santo bautismo fue consagrado por la presencia de toda la Trinidad: se oyó la voz del Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; el Espíritu Santo apareció en forma de paloma y, Jesús, como Hijo único, quiso ser bautizado por san Juan. Sobre este tema escribe san Hilario con una belleza tal, que traduce la ortodoxia de sus convicciones. Y aunque tanto la encarnación de la Palabra como el misterio del bautismo, sean obra de toda la Trinidad, sin embargo sólo el Hijo fue bautizado por Juan, como sólo el Hijo nació de la Virgen, y pasó, sin pecado, a través de todas las pasiones de la mortalidad asumida, y permaneció siempre impasible según la naturaleza de la divinidad. (Sermón 2 en la Epifanía del Señor).

San Pedro Crisólogo:

Hoy el mago encuentra llorando en la cuna a aquel que, resplandeciente, buscaba en las estrellas. Hoy el mago contempla claramente entre pañales a aquel que, encubierto, buscaba pacientemente en los astros.

Hoy el mago discierne con profundo asombro lo que allí contempla: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo; el hombre en Dios, y Dios en el hombre; y a aquel que no puede ser encerrado en todo el universo incluido en un cuerpo de niño. Y, viendo, cree y no duda; y lo proclama con sus dones místicos: el incienso para Dios, el oro para el Rey, y la mirra para el que morirá. Hoy el gentil, que era el último, ha pasado a ser el primero, pues entonces la fe de los magos consagró la creencia de las naciones.

Hoy Cristo ha entrado en el cauce del Jordán para lavar el pecado del mundo. El mismo Juan atestigua que Cristo ha venido para esto: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Hoy el siervo recibe al Señor, el hombre a Dios, Juan a Cristo; el que no puede dar el perdón recibe a quien se lo concederá.

Hoy, como afirma el profeta, la voz del Señor sobre las aguas. ¿Qué voz? Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.

Hoy el Espíritu Santo se cierne sobre las aguas en forma de paloma, para que, así como la paloma de Noé anunció el fin del diluvio, de la misma forma ésta fuera signo de que ha terminado el perpetuo naufragio del mundo. Pero a diferencia de aquélla, que sólo llevaba un ramo de olivo caduco, ésta derramará la enjundia completa del nuevo crisma en la cabeza del Autor de la nueva progenie, para que se cumpliera aquello que predijo el profeta: Por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

Hoy Cristo, al convertir el agua en vino, comienza los signos celestes. Pero el agua había de convertirse en el misterio de la sangre, para que Cristo ofreciese a los que tienen sed la pura bebida del vaso de su cuerpo, y se cumpliese lo que dice el profeta: Y mi copa rebosa. (Sermón 160)

San Gregorio Niseno:

“Tú te has revolcado durante mucho tiempo en el barro, apresúrate hacia mi Jordán, no ante la llamada de Juan, sino a la voz de Cristo. En efecto, el río de la gracia corre por todas partes. No tiene cauces en Palestina para desaparecer en el vecino mar, sino que  envuelve la tierra entera y desemboca en el Paraíso, corriendo a contracorriente de los cuatro ríos que allí descienden y llevando al Paraíso cosas más preciosas que las que salen de él. Porque éstos aportan perfumes, cultivo y germinación de la tierra; y él, hombres engendrados por el Espíritu Santo. Imita a Jesús, hijo de Navé. Lleva el Evangelio como él el arca. Abandona el desierto, es decir, el pecado. Atraviesa el Jordán. Apresúrate a la vida según Cristo, hacia la tierra que da frutos de alegría, donde según la promesa corren leche y miel. Derriba a Jericó, la vieja costumbre, no la dejes fortificarse. Todas esas cosas son figura nuestra. Todas son prefiguraciones de las realidades que ahora se manifiestan” (Tratado sobre el bautismo).

San Gregorio de Nacianceno:

Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él.

Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado; y sin duda para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua.

Juan se niega, Jesús insiste. Entonces: Soy yo el que necesito que tú me bautices,le dice la lámpara al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el mayor entre los nacidos de mujer al Primogénito de toda la creación, el que había saltado de júbilo en el seno materno al que había sido ya adorado cuando estaba en él, el que era y habría de ser precursor al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo el que necesito que tú me bautices; y podría haber añadido: «Por tu causa». Pues sabía muy bien que habría de ser bautizado con el martirio; o que, como a Pedro, no sólo le lavarían los pies.

Pero Jesús, por su parte, asciende también de las aguas; pues se lleva consigo hacia lo alto al mundo, y mira cómo se abren de par en par los cielos que Adán había hecho que se cerraran para sí y para su posteridad, del mismo modo que se había cerrado el paraíso con la espada de fuego.

También el Espíritu da testimonio de la divinidad, acudiendo en favor de quien es su semejante; y la voz desciende del cielo, pues del cielo procede precisamente Aquel de quien se daba testimonio; del mismo modo que la paloma, aparecida en forma visible, honra el cuerpo de Cristo, que por deificación era también Dios. Así también, muchos siglos antes, la paloma había anunciado el fin del diluvio.

Honremos hoy nosotros, por nuestra parte, el bautismo de Cristo, y celebremos con toda honestidad su fiesta.

Ojalá que estéis ya purificados, y os purifiquéis de nuevo. Nada hay que agrade tanto a Dios como el arrepentimiento y la salvación del hombre, en cuyo beneficio se han pronunciado todas las palabras y revelado todos los misterios; para que, como astros en el firmamento, os convirtáis en una fuerza vivificadora para el resto de los hombres; y los esplendores de aquella luz que brilla en el cielo os hagan resplandecer, como lumbreras perfectas, junto a su inmensa luz, iluminados con más pureza y claridad por la Trinidad, cuyo único rayo, brotado de la única Deidad, habéis recibido inicialmente en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien le sean dados la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.  (Sermón 39, en las sagradas Luminarias).

San Máximo de Turín

Era, por tanto, lógico que después del día del nacimiento del Señor –por el mismo tiempo, aunque la cosa sucediera años después– viniera esta festividad, que pienso que debe llamarse también fiesta del nacimiento.

Pues, entonces, el Señor nació en medio de los hombres; hoy, ha renacido en virtud de los sacramentos; entonces, le dio a luz la Virgen; hoy, ha vuelto a ser engendrado por el misterio. Entonces, cuando nació como hombre, María, su madre, lo acogió en su regazo; ahora, que el misterio lo engendra, Dios Padre lo abraza con su voz y dice: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo. La madre acaricia al recién nacido en su blando seno; el Padre acude en ayuda de su Hijo con su piadoso testimonio; la madre se lo presenta a los Magos para que lo adoren, el Padre se lo manifiesta a las gentes para que lo veneren.

De manera que tal día como hoy el Señor Jesús vino a bautizarse y quiso que el agua bañase su santo cuerpo.

No faltará quien diga: «¿por qué quiso bautizarse, si es santo?» Escucha. Cristo se hace bautizar, no para santificarse con el agua, sino para santificar el agua y para purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante el contacto de su cuerpo. Pues la consagración de Cristo es la consagración completa del agua.

Y así, cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para nuestro bautismo, y queda limpia la fuente, para que pueda luego administrarse a los pueblos que habían de venir a la gracia de aquel baño. Cristo, pues, se adelanta mediante su bautismo, a fin de que los pueblos cristianos vengan luego tras él con confianza.

Así es como entiendo yo el misterio: Cristo precede, de la misma manera que la columna de fuego iba delante a través del mar Rojo, para que los hijos de Israel siguieran intrépidamente su camino; y fue la primera en atravesar las aguas, para preparar la senda a los que seguían tras ella. Hecho que, como dice el Apóstol, fue un símbolo del bautismo. Y en un cierto modo aquello fue verdaderamente un bautismo, cuando la nube cubría a los israelitas y las olas les dejaban paso.

Pero todo esto lo llevó a cabo el mismo Cristo Señor que ahora actúa, quien, como entonces precedió a través del mar a los hijos de Israel en figura de columna de fuego, así ahora, mediante el bautismo, va delante de los pueblos cristianos con la columna de su cuerpo. Efectivamente, la misma columna, que entonces ofreció su resplandor a los ojos de los que la seguían, es ahora la que enciende su luz en los corazones de los creyentes: entonces, hizo posible una senda para ellos en medio de las olas del mar; ahora, corrobora sus pasos en el baño de la fe. (Sermón 100, en la Epifanía). 

San Gregorio de Antioquía:

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Éste es el que sin abandonar mi seno, entró en el seno de María; el que inseparablemente permaneció en mí y en ella habitó no circunscrito; el que indivisiblemente está en los cielos, y moró en el seno de la Virgen inmaculada.

No es uno mi Hijo y otro el hijo de María; no es uno el que yació en la gruta y otro el que fue adorado por los Magos; no es uno el que fue bautizado y otro distinto el exento de bautismo. Sino: éste es mi Hijo; el mismo en quien la mente piensa y contemplan los ojos; el mismo invisible en sí y visto por vosotros; sempiterno y temporal; el mismo que, siéndome consustancial por su divinidad, es consustancial a vosotros por su humanidad en todo, menos en el pecado.

Este es mi Mediador y el de sus hermanos, ya que por sí mismo reconcilia conmigo a los que habían pecado. Este es mi Hijo y cordero, sacerdote y víctima: es al mismo tiempo oferente y oblación, el que se convierte en sacrificio y el que lo recibe.

Este es el testimonio que dio el Padre de su Unigénito al bautizarse en el Jordán. Y cuando Cristo se transfiguró en el monte delante de sus discípulos y su rostro desprendía una luminosidad tal que eclipsaba los rayos del sol, también entonces se volvió a oír aquella voz: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. (Homilía 2 en el Bautismo de Cristo).

San Beda el Venerable: 

San Juan no llama aún al Señor manifiestamente Dios o Hijo de Dios, sino tan solamente varón más fuerte que él, porque sus oyentes, aún ignorantes, no comprendían lo insondable de tan gran misterio. ¿Cómo era que el Hijo Eterno de Dios hubiese nacido de nuevo, tomando forma humana de la Virgen? Por ello, poco a poco habían de ser introducidos en la fe de la divinidad eterna por el conocimiento de la humildad glorificada. Sin embargo, aunque ocultamente, les declaraba que éste era el Dios verdadero al decir: “Yo os bautizo en el agua, pero Él os bautizará en el Espíritu Santo”. ¿Quién puede dudar, pues, que nadie además de Dios puede dar la gracia del Espíritu Santo?.  

Somos bautizados por el Señor en el Espíritu Santo, no sólo cuando el día del bautismo fuimos lavados en la fuente de la vida para remisión de los pecados, sino también cada día cuando la gracia del mismo Espíritu nos inflama para hacer lo que agrada a Dios.

Fue bautizado para que se confirmase con su bautismo el de San Juan y para que, santificando el agua del Jordán, se mostrase por la bajada de la paloma la venida del Espíritu Santo en el baño de los creyentes. Y continúa: “Y luego que salió del agua se le abrieron los cielos, y vio bajar al Espíritu de Dios en forma de paloma y posarse sobre El”.

Se abren los cielos no porque se abran los elementos naturales, sino porque se abren a los ojos espirituales. De este modo estaban abiertos también para Ezequiel, como lo recuerda en el principio de su libro. Fue para nuestro beneficio que viese abiertos los cielos después del bautismo, dando a entender que por el baño de la regeneración se nos abre la puerta del reino celestial. 
Se posó la paloma sobre la cabeza de Jesús, para que ninguno juzgase que la voz del Padre se dirigía a San Juan y no al Señor. Con razón, pues, añadió: “Y se posó sobre El”, esto es en Cristo particularmente, que llenándolo una vez el Espíritu Santo, nunca lo abandonó. De otro modo es con sus fieles, a quienes la gracia del Espíritu se confiere a veces para hacer muestras de virtudes y milagros, aunque otras veces se les quita. No obstante, nunca les falta esta gracia para obrar la piedad y la justicia, y para conservar el amor a Dios y al prójimo. Al mismo que vino a San Juan para ser bautizado con otros, señaló la voz del Padre como verdadero Hijo de Dios, para bautizar al que quisiera en el Espíritu Santo. Y continúa: “Y se oyó una voz del cielo que dijo: Tú eres mi querido Hijo, en quien tengo puesta toda mi complacencia”. Con esto no se enseña al Hijo de Dios lo que no sabía, sino que se nos muestra a nosotros lo que debemos creer.  

La misma voz enseña también que podemos hacernos hijos de Dios por el agua de ablución y el Espíritu de santificación. El misterio de la Trinidad se demuestra del mismo modo en el bautismo: el Hijo es bautizado, el Espíritu baja en figura de paloma, la voz del Padre al Hijo se oye como testimonio de confirmación. 

San Juan Crisóstomo:   

Y bautizado Jesús, salió luego del agua. Y he aquí que vio abrirse los cielos. Para que aprendas que lo mismo sucede cuando tú eres bautizado, pues Dios te llama a la patria celestial y te persuade a que ya nada de común tengas con la tierra. Y aunque no lo veas, no le niegues tu fe. A los principios siempre se muestran visiones de cosas admirables y espirituales, que impresionan los sentidos, y milagros como los ya referidos. Esto se hace por motivo de ser los hombres cerrados a esas materias y tener necesidad de las visiones sensibles, porque no pueden concebir alguna idea de la naturaleza incorpórea, sino sólo admiran lo que les llega por los sentidos. De manera que aun cuando más adelante semejantes, visiones ya no tengan lugar, sin embargo, las que se les mostraron al principio y otras a ésas semejantes, los llevan a dar fe a las cosas incorpóreas.

Así sobre la cabeza de los apóstoles se produjo un ruido penetrante de viento y aparecieron figuras como de lenguas de fuego; y esto no por los apóstoles únicamente, sino también por los judíos que estaban presentes. Pero aunque ahora ya no se den esos signos sensibles, nosotros creemos las verdades que por los que se hicieron quedaron demostradas. En nuestro caso, se dejó ver una paloma, para demostrar como con el dedo a Juan y a los que se hallaban presentes que Jesús era Hijo de Dios; pero también para que tú creyeras que sobre ti, al ser bautizado, desciende el Espíritu Santo.

Para nosotros, en resumidas cuentas, no hay necesidad de visiones sensibles, pues la fe basta en lugar de ellas: los milagros se hacen en bien de los infieles y no de los que ya creen. Preguntarás: ¿por qué el Espíritu Santo desciende en figura de paloma? Pues por ser la paloma un animal manso y puro. Siendo el Espíritu Santo Espíritu de mansedumbre, se apareció en esa figura. Por lo demás, con eso nos trae a la memoria una historia antigua. Cuando allá en otro tiempo, por haber caído el orbe en un universal naufragio, estaba en peligro todo el género humano, entonces se mostró esta ave y dio a entender el fin de la tempestad; y portando un ramo de olivo, anunció la tranquilidad a todo el orbe de la tierra. Pues bien: todo ello era figura de lo futuro.

… Lo que sucedió en la Pascua eso mismo sucedió en el bautismo. Celebró Jesús ambas Pascuas, abrogando una y dando comienzo a la otra. Y cuando cumplió con el bautismo judío, abrió las puertas al de la Iglesia. Y así como allá en una mesa hizo todo, así acá en un solo río, imitando la sombra y figura antigua, pero añadiéndole la verdad y realización. Solamente el nuevo bautismo contiene la gracia del Espíritu Santo. El bautismo de Juan no contenía semejante don.

Por esto, aunque todos se bautizaban, no hubo en ellos aquella visión, sino en Aquel que había de darnos el don del Espíritu Santo. Y esto para que además de las dichas enseñanzas aprendas también esta otra: que aquel milagro no lo obró la pureza del que bautizaba sino la virtud del bautizado. Y entonces se abrieron los cielos y descendió el Espíritu Santo. Ahora Jesucristo nos aparta del antiguo modo de vivir y nos traslada a otro nuevo; abriendo las puertas del cielo y enviando desde allí para nosotros el Espíritu Santo que nos llama hacia la patria aquella; y que no sólo nos llama, sino que lo hace con suma dignidad. No nos hizo ángeles ni arcángeles, sino hijos amados de Dios; y de este modo nos atrae a semejante herencia.

Considerando todo esto, se hace necesario que lleves una vida digna del amor del que te llama y de aquella celestial compañía y del honor que te confiere: muéstrate crucificado al mundo; y teniendo al mundo crucificado en ti, lleva una forma de vivir celestial diligentísimamente. No pienses que algo de común con lo terreno tienes aquí  por el hecho de que tu cuerpo viva aún sobre la tierra y no ha sido aún trasladado al cielo. Ya está en el cielo tu cabeza y tiene allí su trono. Por esto el Señor, cuando aquí vino, trajo consigo ángeles; y después, tomada tu naturaleza, regresó allí, para que aprendas que bien puedes vivir en la tierra como si fuera el cielo. (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 12).

San Jerónimo:

Yo os bautizo con agua, yo soy un servidor, él es el Creador y el Señor. Yo os ofrezco agua. Yo, que soy criatura, ofrezco una criatura; él, que es increado, da al increado. Yo os bautizo con agua, ofrezco lo que se ve; él lo que no se ve. Yo, que soy visible, doy agua visible; él, que es invisible, da el Espíritu invisible.

Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea. Fijaos en el significado de las palabras. No dice: vino Cristo, ni tampoco: vino el Hijo de Dios, sino vino Jesús. Alguien podría decir: ¿Por qué no dice Cristo? Me refiero a Cristo según la carne. Dios, por su parte, es eternamente santo y no necesita ninguna santificación, pero estamos hablando ahora de la carne de Cristo. Aún no había sido bautizado, ni había sido ungido por el Espíritu Santo. Hablo de Cristo según la carne, según la forma de siervo; que nadie se escandalice. Hablo de aquel que, como si fuera un pecador, se acercó al bautismo; no trato de dividir a Cristo. No trato de decir que uno es Cristo, otro Jesús, y otro el Hijo de Dios, sino que siendo uno y el mismo es diverso según la diversidad de los momentos. «Vino Jesús desde Nazaret de Galilea». Daos cuenta del misterio. A Juan el Bautista acuden en primer lugar los habitantes de Judea y de Jerusalén, pero nuestro Señor con quien se inicia el bautismo evangélico y que cambió los sacramentos de la ley en sacramentos del Evangelio, no vino desde Judea ni desde Jerusalén, sino desde Galilea de los gentiles. «Vino Jesús desde Nazaret de Galilea». Nazara significa flor. La flor (Jesús) viene de la flor.

Y fue bautizado por Juan en el Jordán. ¡Gran misericordia: el que no había cometido pecado es bautizado como si fuera un pecador! En el bautismo del Señor son perdonados todos los pecados. Pero sólo a manera de cierto anticipo es esto propio del bautismo del Salvador, porque la verdadera remisión de los pecados está en la sangre de Cristo y en el misterio de la Trinidad.

En cuanto salió del agua, vio que los cielos se rasgaban. Todo esto, que se ha escrito, se ha escrito para nosotros, pues, antes de recibir el bautismo, tenemos los ojos cerrados y no vemos las cosas celestes.

Y vio que el Espíritu, como paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Jesucristo es bautizado por Juan; el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y el Padre da testimonio desde los cielos. Mira, Arrio, ved, herejes, el misterio de la Trinidad en el bautismo de Jesús: Jesús es bautizado, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma, el Padre habla desde el cielo. «Vio que los cielos se rasgaban». Cuando dice «vio», da a entender que los otros no veían, pues no todos ven los cielos abiertos. ¿Qué dice Ezequiel en el comienzo de su libro? «Y sucedió, dice, que encontrándome yo entre los deportados, a orillas del río Kebar, vi los cielos abiertos». Yo vi, luego los otros no veían. Que nadie piense que se trata de los cielos simple y materialmente abiertos: nosotros mismos, que nos hallamos aquí, vemos los cielos abiertos o cerrados según la diversidad de nuestros méritos. La fe plena tiene los cielos abiertos, más la fe vacilante los tiene cerrados.

«Y vio que el Espíritu, como paloma, bajaba a él» Maniqueos, marcionitas y demás herejías suelen presentarnos la siguiente objeción: si Cristo está en su cuerpo, y la carne que asumió no fue abandonada, ni se la quitó de encima, también el Espíritu Santo, que bajó a él, está en la paloma. ¿Percibís los silbidos de la antigua serpiente? ¿Veis que aquella culebra, que arrojó al hombre del paraíso, también a nosotros quiere arrojarnos del paraíso de la fe? No dice—el evangelista—: tomó el cuerpo de una paloma, sino el Espíritu «como» paloma. Cuando se dice «como» no se designa la realidad, sino la similitud.

Respecto al Señor y Salvador, no está escrito que nació «como» hombre, sino que nació hombre. Mas aquí se dice como paloma. Por tanto, fue una similitud lo que se dio, no fue la realidad.

A continuación, el Espíritu le empuja al desierto. El mismo Espíritu, que había bajado en forma de paloma. «Vio—dice—que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, como paloma, bajaba y se quedaba con él». Fijaos en lo que dice: se quedaba, es decir, se establecía de forma permanente, nunca lo abandonaría. Juan mismo dice en otro Evangelio: «El que me envió, me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él». En Cristo el Espíritu Santo bajó y se quedó, en los hombres baja, mas no se queda permanentemente. En el libro de Ezequiel, que personalmente es figura del Salvador, pues a ningún otro de los profetas—hablo de los antiguos—se le llama «hijo del hombre», como a Ezequiel, en el libro de Ezequiel, digo, no transcurren veinte o treinta versículos, cuando se dice inmediatamente: «La palabra del Señor fue dirigida al profeta Ezequiel». Es posible que alguien se pregunte: ¿por qué se dice esto tantas veces del profeta? Porque el Espíritu Santo bajaba ciertamente al profeta, más se retiraba de nuevo. Cada vez que se dice: «La palabra del Señor fue dirigida», se indica que el Espíritu Santo, que se había retirado, venía de nuevo a él. Pues, cuando nosotros nos dejamos arrastrar por la ira, cuando denigramos, cuando somos presa de una tristeza que conduce a la muerte, cuando nuestro pensamiento está puesto en las cosas propias de la carne, ¿podemos pensar que el Espíritu Santo permanece en nosotros? ¿Y podemos esperar que permanezca en nosotros el Espíritu Santo, si odiamos al hermano o si maquinamos cosas inicuas? Por tanto, si alguna vez nos proponemos algo bueno, sepamos que el Espíritu Santo permanece en nosotros; si nos proponemos algo malo, signo es de que el Espíritu Santo se ha retirado de nosotros. Por ello se dice con respecto al Salvador: «Aquel sobre el que veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es…». «A continuación, el Espíritu le empuja al desierto».

Este mismo Espíritu es el que empuja al desierto a los monjes, cuando, viviendo con sus padres desciende y permanece sobre ellos. El Espíritu Santo es el que les saca de casa y les conduce a la soledad. Pues el Espíritu Santo no se siente a gusto donde hay multitud y tropel, donde hay discordia y riñas. De ahí que nuestro Señor y Salvador, cuando quería orar, «se retiraba solo al monte—como dice el Evangelio—y allí oraba durante toda la noche». Durante el día estaba con sus discípulos, durante la noche se dedicaba a orar al Padre por nosotros. ¿Por qué digo todo esto? Porque algunos hermanos suelen decir: si estoy en un convento, no podré orar solo. ¿Acaso nuestro Señor despedía a los discípulos? Permanecía con ellos, mas, cuando quería orar más intensamente, se retiraba solo. Así también nosotros, cuando queramos orar más de lo que hacemos comunitariamente, utilicemos la celda, los campos, el desierto. Podemos poseer los valores comunitarios juntamente con la soledad. (Comentario al Evangelio de San Marcos).

–En sentido místico, huyendo nosotros de la veleidad del mundo y atraídos por la fragancia y pureza de las virtudes, corremos con los santos detrás del esposo. Por la gracia del perdón somos purificados con el sacramento del bautismo en las fuentes del amor a Dios y al prójimo. Ascendiendo por la esperanza contemplamos los secretos celestiales con los ojos de un corazón puro. Recibimos después al Espíritu Santo, que baja hasta aquéllos en quienes reina la mansedumbre, la contrición, la humildad y la sencillez de corazón, y permanece en ellos con la caridad que nunca se debilita. Y la voz del Señor desde los cielos se dirige a nosotros, amados por Dios: “Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios”, y entonces se complace en nosotros el Padre con el Hijo y el Espíritu Santo, esto es, cuando formamos un espíritu con Dios.

San Ireneo de Lión:

Los Apóstoles…dijeron la realidad, esto es, que el Espíritu Santo había descendido sobre él en forma de paloma, el mismo Espíritu del que está escrito: <<Y reposará sobre él el Espíritu del Señor>>, como antes hemos dicho. Y también: <<El Espíritu del Señor está sobre mí, por eso me ungió>>. Es el Espíritu del que dijo el Señor: <<Pues no sois vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros>>. Y también al darles a los discípulos el poder de la regeneración en Dios, les dijo: <<Id y enseñad a todas las naciones, y bautizadlas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo>>.

Por los profetas había prometido que lo derramará en los últimos tiempos sobre sus siervos y siervas, para que profeticen. Por eso también descendió sobre el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre, para acostumbrarse a habitar con él en el género humano, a descansar en los hombres y a morar en la criatura de Dios, obrando en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de hombre viejo a nuevo en Cristo.

Este Espíritu es el que David pidió para el género humano, diciendo: <<Confírmame en el Espíritu generoso>>. De él mismo dice Lucas, que descendió en Pentecostés sobre los Apóstoles, con potestad sobre todas las naciones para conducirlas a la vida y hacerlas comprender el Nuevo Testamento: por eso, provenientes de todas las lenguas alababan a Dios, pues el Espíritu reunía en una sola unidad las tribus distantes, y ofrecía al Padre las primicias de todas las naciones.

Para ello el Señor prometió que enviaría al Paráclito que nos acercase a Dios. Pues, así como del trigo seco no puede hacerse ni una sola masa ni un solo pan, sin algo de humedad, así tampoco nosotros, siendo muchos, podíamos hacernos uno en Cristo Jesús, sin el agua que proviene del cielo. Y así como si el agua no cae, la tierra árida no fructifica, así tampoco nosotros, siendo un leño seco, nunca daríamos fruto para la vida, si no se nos enviase de los cielos la lluvia gratuita. Pues nuestros cuerpos recibieron la unidad por medio de la purificación (bautismal) para la incorrupción; y las almas la recibieron por el Espíritu. Por eso una y otro fueron necesarios, pues ambos nos llevan a la vida de Dios. (Contra los herejes, libro III).

San Cirilo de Jerusalén:

Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis sido hechos  semejantes al Hijo de Dios. Porque Dios nos predestinó para la adopción, nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo. Hechos, por tanto, partícipes de Cristo, (que significa Ungido), con toda razón os llamáis ungidos y Dios mismo dijo de vosotros: No toquéis a mis ungidos.
Fuisteis convertidos en Cristo al recibir el signo del Espíritu Santo: pues con relación a vosotros todo se realizó en símbolo e imagen; en definitiva, sois imagen de Cristo. Por cierto que él, cuando fue bautizado en el río Jordán comunicó a las aguas el fragante perfume de su divinidad y, al salir de ellas, el Espíritu Santo descendió sustancialmente sobre él como un igual sobre su igual.
Igualmente vosotros, después que subisteis de la piscina, recibisteis el crisma, signo de aquel mismo Espíritu Santo con el que Cristo fue ungido. De este Espíritu decía el profeta Isaías en una profecía relativa a sí mismo pero en cuanto que representaba al Señor: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido; me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren.
Cristo, en efecto, no fue ungido por los hombres, su unción no se hizo con óleo o ungüento material, sino que fue el Padre quien lo ungió al constituirlo Salvador mundo, y su unción fue el Espíritu Santo tal como dice san Pedro: Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, y anuncia también el profeta David: Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; cetro de rectitud es tu cetro real. Has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.
Cristo fue ungido con el aceite espiritual de júbilo, es decir, con el Espíritu Santo, que se llama aceite de júbilo, porque es el autor y la fuente de toda alegría espiritual, pero vosotros, al ser ungidos con ungüento material, habéis sido hechos partícipes y consortes del mismo Cristo. Por lo demás no se te ocurra pensar que se trata de un simple y común ungüento. Pues, de la misma manera que, después de la invocación del Espíritu Santo, el pan de la Eucaristía no es ya un simple pan, sino el cuerpo de Cristo, así aquel sagrado aceite, después de que ha sido invocado el Espíritu en la oración consecratoria, no es ya un simple aceite ni un ungüento común, sino el don de Cristo y del Espíritu Santo, ya que realiza, por la presencia de la divinidad, aquello que significa. Por eso, este ungüento se aplica simbólicamente sobre la frente y los demás sentidos, para que mientras se unge el cuerpo con un aceite visible, el alma quede santificada por el santo y vivificante Espíritu. (Catequesis 21).

San Bernardo:

Los que dan testimonio en la tierra son tres: el Espíritu, el agua y la sangre. La venida del Señor abrogó la circuncisión y otros bautismos. Pero instituyó el bautismo que lleva consigo las tres cosas predichas y que actuaron por su voluntad a modo de testimonio cristiano en la tierra. Escucha la Apóstol cómo actúa la sangre de Cristo y es signo de muerte al pecado: ¿Habéis olvidado que a todos nosotros, al bautizarnos vinculándonos a Cristo, nos bautizaron vinculándonos a su muerte?. El agua hace de losa para el cuerpo y signo para que no seamos más esclavos del pecado, pues estamos sepultados con él en su muerte por el bautismo. El Espíritu da vida y hace que cuantos hemos pecado sepultados en esas aguas resucitemos renovados por ese mismo espíritu, para que así como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, también nosotros empezáramos una vida nueva. Y los tres, porque obran lo mismo, son uno, como lo afirma Juan. Pero son uno en el misterio, no en la naturaleza. La Sangre atestigua la muerte; el agua la sepultura, y el Espíritu la vida. Ambrosio afirma: la sangre se refiere al rescate; el agua purifica; el Espíritu renueva la mente. La sangre del Señor nos redime. Las aguas de la fuente divina nos lavan. El Espíritu hace de nosotros hijos de Dios por adopción. (Primera serie de sentencias).

San Basilio Magno:

¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares.

Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación, hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.

Él es fuente de santidad, luz para la inteligencia; él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad.

Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la proporción de la fe.

Simple en su esencia y variado en sus dones, está integro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él permanece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar.

Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan de él en la medida en que lo requiere la naturaleza de la criatura, pero no en la proporción con que él podría darse.

Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales.

Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a los demás.

De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios. (Libro sobre el Espíritu Santo, Cap 9, 22-23)

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