25 de enero de 2015. Domingo 3º del tiempo ordinario- CICLO B.-

25 de enero de 2015

Domingo 3º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura de la profecía de Jonás (3,1-5.10):

En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.»
Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla.
Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»
Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños.
Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 24,4-5ab.6-7bc.8-9

R/. Señor, enséñame tus caminos

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R/.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R/.

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (7,29-31):

Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,14-20):

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Palabra del Señor

 

COLLATIONES

En las lecturas de hoy encontramos dos palabras importantes: “Conversión” y “seguimiento”. 

Siempre es el Señor el que lleva la iniciativa de la conversión, pero necesita que nosotros realicemos un esfuerzo para modificar nuestra conducta. Para nuestra conversión tenemos que ser humildes y reconocer nuestra debilidad, pidiendo ayuda, con fe, al Padre. Así permitiremos que el Señor nos enseñe el “camino de la penitencia”, que renueva nuestra amistad con Dios.

Nos recuerda el salmo que “El Señor enseña sus caminos a los humildes”, y nos explica San Agustín, que el Señor “enseñará sus caminos no a los que prefieren ir delante como sintiéndose capaces de ser los mejores guías de sí mismos, sino a los que no caminan cuellierguidos ni dan coces mientras se les impone el yugo suave y la carga ligera”.

Nuestra conversión nos lleva al “seguimiento de Cristo”. El Señor llama a los Apóstoles y también  llama a todos los cristianos. Los Apóstoles le siguen “inmediatamente” y esa es la actitud que San Pablo pide a los corintios, no que desprecien las cosas del mundo, sino que se desprendan de ellas y vivan “como si no” las tuvieran. Vivimos en un mundo y en un tiempo en el que predomina la sumisión al pecado y a la muerte, pero en el que ya podemos ver la proximidad del Reino de Dios.   Aquellos a los que  llama el Señor, rompen con su pasado y le siguen “inmediatamente”. Dejan todo cuanto tienen, porque como nos dice san Gregorio Magno: “el reino de Dios no es propiamente estimable en precio; mas, con todo, vale tanto cuanto tienes”. Los Apóstoles han visto lo cerca que está el Reino de Dios y lo limitado que es el tiempo de este mundo, por eso siguen a Jesús “inmediatamente”.

Jesús llama a los Apóstoles para hacerles “pescadores de hombres”. Su llamada y vocación es para llamar a otros. Ellos, sabiendo que el tiempo es limitado, no retrasan su misión. Eso es lo que San Pablo quiere mostrar a los corintios y que podemos hacer extensivo a todos los cristianos.

 

 

San Gregorio Magno:

Acabáis de oír, hermanos carísimos, cómo, a un solo llamamiento, Pedro y Andrés, abandonando las redes, siguieron al Redentor. Por cierto que todavía no le habían visto obrar milagro alguno, nada le habían oído referente al premio de la eterna recompensa, y, sin embargo, a una sola llamada del Señor dieron al olvido lo que parecían poseer.

¡Cuántos milagros suyos vemos nosotros, cuántas calamidades nos afligen, con cuán terribles amenazas nos aterran, y, con todo, nos negamos a seguirle a El que nos llama! Ya está sentado en los cielos el que nos aconseja la conversión. Ya ha sometido al yugo de la Ley la cerviz de los gentiles; ya se abatió la gloria del mundo y, con la ruina progresiva de éste, anuncia que se acerca el día de su severo juicio, ¡y, no obstante, nuestro espíritu soberbio no quiere todavía dejar voluntariamente lo que cada día va perdiendo contra su voluntad! ¿Qué es, pues, hermanos carísimos, lo que habremos de decir en su juicio los que ni a pesar de los preceptos nos apartamos del amor del presente siglo ni nos enmendamos, pese a los castigos?

Mas tal vez alguno diga en sus callados pensamientos: ¿Qué es y cuánto lo que al llamamiento del Señor dejaron uno y otro pescador, que casi nada tenían? Pero en esto, hermanos carísimos, debemos atender al afecto más bien que al efecto. Mucho dejó quien nada retuvo para sí; mucho dejó quien, aunque poco, lo dejó todo. Nosotros en cambio, poseemos con amor lo que tenemos y con el deseo requerimos lo que no poseemos.

Mucho, por consiguiente, dejaron Pedro y Andrés, puesto que ambos dejaron los deseos de poseer, mucho dejaron los que con lo que poseían renunciaron también al apetito: tanto, pues, dejaron siguiéndole, cuanto pudieron apetecer no siguiéndole. Por consiguiente, tampoco nadie, porque vea que algunos han dejado muchas cosas, diga dentro de sí mismo: yo quiero imitar a los que desprecian este mundo, pero no tengo qué dejar.

Mucho dejáis, hermanos, si renunciáis a los deseos terrenales; por insignificantes que sean nuestras cosas exteriores, bástanle al Señor, porque El atiende al corazón, no a la cosa, ni tiene en cuenta cuánto se le ofrece en sacrificio, sino con cuánto sacrificio.

Ahora bien, si atendemos a los bienes exteriores, ved que nuestros santos mercaderes, dando las redes y la barca, obtuvieron la vida perpetua de los ángeles. Cierto que el reino de Dios no es propiamente estimable en precio; mas, con todo, vale tanto cuanto tienes.

En efecto, a Zaqueo le costó la mitad de su hacienda, porque reservó la otra mitad para restituir cuadruplicado lo que injustamente retenía; a Pedro y Andrés les costó las redes y la barca; a la viuda, los dos pequeños cornadillos; al otro, un vaso de agua fría…; así es que, como hemos dicho, el reino de Dios vale tanto cuanto tienes. Considerad, pues, hermanos, qué cosa hay más barata cuando se compra y qué cosa hay más cara cuando se posee.

Pero tal vez ni se dispone de un vaso de agua fría para ofrecerle al indigente; pues aun en este caso la palabra divina nos promete seguridad, ya que, cuando nacía el Redentor, aparecieron los ángeles del cielo clamando: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

A los ojos de Dios nunca está la mano vacía de don si el arca del corazón está llena de buena voluntad; que por eso dice el Salmista: A mi cuidado quedan, ¡oh Dios!, los votos que te hice, y que cumpliré cantando tus alabanzas; como si claramente dijera: aunque exteriormente no tengo dones que ofrecerte, sin embargo, dentro de mí hallo el que ofrezco en aras de tu alabanza, ya que tú no te alimentas con lo que te damos, sino que te aplacas mejor con la ofrenda del corazón.

En efecto, para Dios no hay ofrenda más rica que la buena voluntad; y la buena voluntad consiste en tener como nuestra la adversidad del prójimo; en gozarnos de la prosperidad del prójimo como de ganancia nuestra; en tener por nuestros los daños ajenos; en considerar como nuestras las ventajas ajenas; en amar al prójimo, no por el mundo, sino por Dios, y asimismo en soportar al prójimo con amor; en no querer hacer a otro lo que no quieres que te hagan; en no negar a otro lo que deseas que justamente te dispensen a ti; en socorrer la necesidad del prójimo, no sólo según tus fuerzas, sino querer aprovecharle aún más de lo que puedes.

¿Qué holocausto hay más completo que éste, cuando, por esto que se inmola a Dios en el altar del corazón, se inmola el alma a si misma?  Pero este sacrificio de la buena voluntad nunca se ofrece plenamente a Dios mientras no se abandone del todo el apetito de este mundo, porque todo lo que en él amamos, todo eso en realidad envidiamos al prójimo, por parecernos que nos falta lo que otro consigue; y como siempre está en desacuerdo la envidia con la buena voluntad, en cuanto aquélla se apodera del alma, la buena voluntad se ausenta.

Por lo cual, los predicadores santos, para poder amar con perfección a los prójimos, han procurado no amar cosa alguna en el siglo; jamás apetecen nada, ni tampoco poseer cosa alguna con el afecto. Mirando atento a los cuales, Isaías dice:¿Quiénes son esos que vuelan como nubes y como las palomas a sus ventanas? Viólos, en efecto, despreciar las cosas de la tierra y llegarse con el espíritu a las celestiales, llover con palabras y relampaguear con milagros; y como la santa predicación y la vida sobrenatural habíalos levantado sobre las contaminaciones terrenas, llámalos palomas y nubes que vuelan.

Pues bien: los ojos son nuestras ventanas, porque por ellos ve el alma lo que exteriormente apetece; y la paloma es un animal sencillo, sin hiel de malicia; por tanto, son palomas a sus ventanas los que nada de este mundo apetecen, los que miran sin malicia todas las cosas y no se dejan llevar del deseo de arrebatar lo que ven con sus ojos.

En consecuencia, hermanos carísimos, ya que celebramos el natalicio del apóstol San Andrés, debemos imitar a quien rendimos culto.

La solemnidad del alma muestre el obsequio de nuestra constante devoción; despreciemos lo terreno: dejando las cosas temporales, conseguiremos las eternas. Mas, si todavía no podemos dejar las propias, al menos no apetezcamos las ajenas; si nuestra alma no arde aún con el fuego de la caridad, refrene su ambición con el temor, a fin de que, manteniéndose en el camino de su progreso y reprimiendo el apetito de las cosas ajenas, llegue algún día a despreciar las propias, con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo. (Homilia 5, en el natalicio de san Andrés).

 

San Pedro Crisólogo

¡Convertíos! ¿Por qué no más bien: alegraos? Mejor, ¡alegraos!: porque a las realidades humanas suceden las divinas, a las terrenales las celestes, a las temporales las eternas, a las malas las buenas, a las ambiguas las seguras, a las molestas las dichosas, a las perecederas las perennes. ¡Convertíos! Sí, que se convierta, conviértase el que prefirió lo humano a lo divino, el que optó por servir al mundo más bien que dominar el mundo junto con el Señor del mundo. Conviértase, el que huyendo de la libertad a que da paso la virtud, eligió la esclavitud que consigo trae el vicio. Conviértase, y conviértase de veras, quien, por no retener la vida, se entregó en manos de la muerte.

Está cerca el reino de los cielos. El reino de los cielos es el premio de los justos, el juicio de los pecadores, pena de los impíos. Dichoso, por tanto, Juan, que quiso prevenir el juicio mediante la conversión; que deseó que los pecadores tuvieran premio y no juicio; que anheló que los impíos entraran en el reino, evitando el castigo. Juan proclamó ya cercano el reino de los cielos en el momento preciso en que el mundo, todavía niño, caminaba a la conquista de la madurez. Al presente conocemos lo próximo que está ya este reino de los cielos al observar cómo al mundo, aquejado por una senectud extrema, comienzan a faltarle las fuerzas, los miembros se anquilosan, se embotan los sentidos, aumentan los achaques, rechaza los cuidados, muere a la vida, vive para las enfermedades, se hace lenguas de su debilidad, asegura la proximidad del fin.

Y nosotros, más duros que los mismos judíos, que vamos en pos de un mundo que se nos escapa, que no pensamos jamás en los tiempos que se avecinan y nos emborrachamos de los presentes, que tememos, colocados ya frente al juicio, que no salimos al encuentro del Señor que rápidamente se aproxima, que apostamos por la muerte y no suspiramos por la resurrección de entre los muertos, que preferimos servir a reinar, con tal de diferir el magnífico reinado de nuestro Señor, nosotros, digo, ¿cómo damos cumplimiento a aquello: Cuando oréis, decid: «Venga tu reino»?

Necesitados andamos nosotros de una conversión más profunda, adaptando la medicación a la gravedad de la herida. Convirtámonos, hermanos, y convirtámonos pronto, porque se acaba la moratoria concedida, está a punto de sonar para nosotros la hora final, la presencia del juicio nos está cerrando la oportunidad de una satisfacción. Sea solícita nuestra penitencia, para que no le preceda la sentencia: pues si el Señor no viene aún, si espera todavía, si da largas al juicio, es porque desea que volvamos a él y no perezcamos nosotros a quienes, en su bondad, nos repite una y otra vez: No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva.

Cambiemos, pues, de conducta, hermanos, mediante la penitencia; no nos intimide la brevedad del tiempo, pues el autor del tiempo desconoce las limitaciones temporales. Lo demuestra el ladrón del evangelio, quien, pendiente de la cruz y en la hora de la muerte, robó el perdón, se apoderó de la vida, forzó el paraíso, penetró en el reino.

En cuanto a nosotros, hermanos, que no hemos sabido voluntariamente merecerlo, hagamos al menos de la necesidad virtud; para no ser juzgados, erijámonos en nuestros propios jueces; concedámonos la penitencia, para conseguir anular la sentencia. (Sermón 167). 

San Cesáreo de Arlés:

Y aunque sucediera que hay quienes no quieran corregirse de sus pecados e incluso no se avergüencen de defenderlos, no hay que perder la esperanza con ellos, lo mismo que no perdió la esperanza la ciudad, de la que está escrito: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”. En tres días estuvo a punto para convertirse, rogar con lágrimas y merecer el perdón cuando tenía inminente el castigo. Estén atentos, por tanto, los que están en la misma situación, mientras es posible oír a Dios que calla, es decir, mientras no castiga; porque vendrá y no callará, y acusará cuando no haya tiempo ya para corregirse. (Sermón 133).

 

San Clemente de Roma:

Amados, esto lo escribimos no sólo para amonestaros, sino para recordárnoslo a nosotros mismos, pues estamos en la misma arena y nos apremia el mismo combate. Por lo tanto abandonemos las preocupaciones vanas y necias y recurramos a la gloriosa y venerable regla de nuestra tradición. Y veamos qué es lo bueno, lo agradable, lo aceptable en presencia de nuestro Creador. Fijemos los ojos en la sangre de Cristo y conozcamos qué preciosa es a Dios, su Padre, pues, al ser derramada por nuestra salvación, llevó a todo el mundo a la gracia de la conversión. Recorramos todas las generaciones y conozcamos que de generación en generación el Señor ofreció ocasión de conversión a los que deseaban convertirse  a él. Noé predicó conversión y los que le obedecieron se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas destrucción; pero éstos, arrepintiéndose de sus pecados y elevando súplicas a Dios, se hicieron propicios y alcanzaron salvación, a pesar de que eran extraños a Dios. (Carta a los Corintios, 7).

San Juan Crisóstomo:

Si os parece, oigamos el mismo relato. “Y sucedió, dice, que la palabra de Dios fue dirigida a Jonás, diciendo:¡Levántate y ve a Nínive, la gran ciudad”. Inmediatamente pretendía confundirle con la grandeza de la ciudad, pues preveía la futura huida del profeta. Pero oigamos la predicación. “Aún tres días y Nínive será destruida”. ¿Por qué motivo anuncias la calamidad que está por cumplirse si después no cumples lo que anuncias? Por eso amenazó con la gehena, para no conducirles  a la gehena. “Os atemorizo, viene a decir, con las palabras para no dañaros con los hechos”. ¿Por qué motivo les fija un plazo de tiempo tan apretado? Para que aprendas la virtud de los bárbaros, llamo “bárbaros” a los ninivitas, que en tres días pudieron liberarse del castigo de tantos pecados. Para que así admires la benevolencia de Dios, que se contentó con tres días de arrepentimiento por los pecados. Para que no caigas en la desesperación, aunque hubieras pecado infinidad de veces.

Aprende también como se alegra Dios con quien honra el ayuno. De la misma manera que al que afrentó el ayuno Dios le aplicó como castigo la muerte, así, siempre que ha sido honrado (el ayuno), ha retirado la muerte. Pues queriendo mostrarte la importancia del tema, te diré que Dios, le dio poder, al ayuno, de arrebatar de la muerte a los que estaban por ser ejecutados, después de la sentencia y después de la detención, devolviéndolos a la vida. Y esto no lo hizo dos o tres o veinte hombres, sino con todo un pueblo, la grande y admirable ciudad de Nínive, que dobló su rodilla cuando estaba por caer de cabeza al abismo. Cuando iba a recibir el golpe procedente de arriba, sobrevino una fuerza, procedente igualmente de lo alto, y la arrebató de las puertas de la muerte, devolviéndola a la vida. (Sobre la penitencia, 5).

San Ambrosio:

Si es breve lo que ha dicho el Apóstol, escuchemos al profeta que dice: “He vestido mi alma en el ayuno”. Por tanto, quien no ayuna se encuentra descubierto y desnudo, además de estar expuesto a las fieras. Así, si Adán se hubiera cubierto con el ayuno, no se le hubiera encontrado desnudo. También con el ayuno Nínive se libró de la muerte, y lo dice el mismo Señor: “Esta clase (de demonios) no se expulsa si no es con la oración y el ayuno”. (Cartas).

San Jerónimo

Convertíos a mí de todo corazón, y que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas; así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados. Y, ya que la costumbre tiene establecido rasgar los vestidos en los momentos tristes y adversos —como nos lo cuenta el Evangelio, al decir que el pontífice rasgó sus vestiduras para significar la magnitud del crimen del Salvador, o como nos dice el libro de los Hechos, que Pablo y Bernabé rasgaron sus túnicas al oír las palabras blasfemas—, así os digo que no rasguéis vuestras vestiduras, sino vuestros corazones repletos de pecado; pues el corazón, a la manera de los odres, no se rompe nunca espontáneamente, sino que debe ser rasgado por la voluntad. Cuando, pues, hayáis rasgado de esta manera vuestro corazón, volved al Señor, vuestro Dios, de quien os habíais apartado por vuestros antiguos pecados, y no dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia perdonará, sin duda, la vastedad de vuestros muchos pecados.

Pues el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; él no se complace en la muerte del malvado, sino en que el malvado cambie de conducta y viva; él no es impaciente como el hombre, sino que espera sin prisas nuestra conversión y sabe retirar su malicia de nosotros, de manera que, si nos convertimos de nuestros pecados, él retira de nosotros sus castigos y aparta de nosotros sus amenazas, cambiando ante nuestro cambio. Cuando aquí el profeta dice que el Señor sabe retirar su malicia, por malicia no debemos entender lo que es contrario a la virtud, sino las desgracias con que nuestra vida está amenazada, según aquello que leemos en otro lugar: A cada día le bastan sus disgustos, o bien aquello otro: ¿Sucede una desgracia en la ciudad que no la mande el Señor?

Y porque dice, como hemos visto más arriba, que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y que sabe retirar su malicia, a fin de que la magnitud de su clemencia no nos haga negligentes en el bien, añade el profeta: Quizá se arrepienta y nos perdone y nos deje todavía su bendición. Por eso, dice, yo, por mi parte, exhorto a la penitencia y reconozco que Dios es infinitamente misericordioso, como dice el profeta David: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa.

Pero, como sea que no podemos conocer hasta dónde llega el abismo de las riquezas y sabiduría de Dios, prefiero ser discreto en mis afirmaciones y decir sin presunción: Quizá se arrepienta y nos perdone. Al decir quizá ya está indicando que se trata de algo o bien imposible o por lo menos muy difícil.

Habla luego el profeta de ofrenda y libación para nuestro Dios: con ello quiere significar que, después de habernos dado su bendición y perdonado nuestro pecado, nosotros debemos ofrecer a Dios nuestros dones. (Comentario sobre el libro del profeta Joel ).

 

San Hilario de Poitiers:

Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien. Concuerda perfectamente con estas palabras lo dicho por el profeta: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Aquí da a entender el salmista que los que temen al Señor son dichosos no en virtud de esa trepidación natural de la que normalmente procede nuestro temor, ni tampoco debido al terror de un Dios que es terrible, sino simplemente por el hecho de que siguen los caminos del Señor. El temor, efectivamente, no tiene como base el miedo, sino la obediencia: y la prueba del temor es la complacencia.

Muchos son, en efecto, los caminos del Señor, siendo así que él mismo es el camino. Pero, cuando habla de sí se denomina a sí mismo «camino», y muestra la razón de llamarse así cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí. Ahora bien, si hablamos de los profetas y de sus escritos que nos conducen a Cristo, entonces los caminos son muchos, aun cuando todos convergen en uno. Ambas cosas resultan evidentes en el profeta Jeremías, quien en un mismo pasaje se expresa de esta manera: Paraos en los caminos a mirar, preguntad por la vieja senda: «¿Cuál es el buen camino?», seguidlo.

Hay que interesarse, por tanto, e insistir en muchos caminos, para poder encontrar el único que es bueno, ya que, a través de la doctrina de muchos, hemos de hallar un solo camino de vida eterna. Pues hay caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las diversas obras de los mandamientos, y son dichosos los que andan por ellos, en el temor de Dios.

Pero el profeta no trata de las cosas terrenas y presentes: su preocupación se centra sobre la dicha de los que temen al Señor y siguen sus caminos. Pues los que siguen los caminos del Señor comerán del fruto de sus trabajos. Y no se trata de una manducación del cuerpo, toda vez que lo que ha de comerse no es corporal. Se trata de un manjar espiritual que alimenta la vida del alma: se trata de las buenas obras de la bondad, la castidad, la misericordia, la paciencia, la tranquilidad. Para ejercitarlas, debemos luchar contra las negativas tendencias de la carne. El fruto de estos trabajos madura en la eternidad: pero previamente hemos de comer aquí y ahora el trabajo de los frutos eternos, y de él ha de alimentarse en esta vida corporal nuestra alma, para conseguir mediante el manjar de tales trabajos el pan vivo, el pan celestial de aquel que dijo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. (Tratado sobre el salmo 127).

San Gregorio Nacianceno:

Me he sacudido de encima todas las pasiones, desde que me enrolé con Cristo, y ya no me atrae nada de lo que  es agradable y buscan los otros; no me atrae la riqueza, que te arrastra a lo alto y te arrolla;  ni los placeres del vientre o la embriaguez, madre de la arrogancia; ni los vestidos suaves y vaporosos, ni el esplendor y la gracia de las gemas, ni la fama seductora, ni el perfume afeminado, ni los aplausos de la gente y del teatro, que desde hace mucho tiempo habíamos abandonado a quien los quiera. No me atrae nada de lo que tiene su origen en la pecaminosa degustación que nos ha arruinado. En cambio, reconozco la gran simpleza de los que se dejan dominar por estas cosas y permiten que la nobleza de su alma sea devastada por tales mezquindades; todos ellos se entregan a realidades fugaces como si fueran realidades estables y duraderas. (Alabanza de san Cipriano, 3)

 

San Agustín:

Queden confundidos los que injustamente hacen cosas inútiles: queden confundidos los que actúan injustamente para granjearse cosas efímeras. Indícame tus caminos, Señor; enséñame tus sendas: no las anchas ni las que conducen a las muchedumbres a la perdición, sino enséñame tus sendas estrechas y de pocos conocidas.

Encamíname en tu verdad, en mí huida del error: cuando huyo de los errores. Y enséñame, ya que por mí mismo sólo conozco la mentira. Porque tú eres mi Dios y salvador, y en ti he esperado todo el día: si no sales a mi encuentro en mi extravío, soy incapaz de volver por mí mismo, después que me expulsaste del paraíso y emigré a lejanas tierras. Mi retorno, efectivamente, ha esperado tu misericordia durante todo el lapso temporal de este mundo.

Acuérdate de tus misericordias, Señor: acuérdate de las obras de tu misericordia, Señor, ya que los hombres creen que te has olvidado. Y que tus misericordias existen desde siempre: y acuérdate de esto: que tus misericordias comienzan con la creación. De hecho nunca has carecido de ellas tú que incluso al pecador le sometiste al yugo de la vanidad pero dentro del margen de la esperanza, y que a tu criatura no la privaste de tantos y tan grandes consuelos.

No te acuerdes de los pecados de mi juventud ni de mi ignorancia: no reserves para la venganza los pecados de la audacia de confiar en mí, ni mis ignorancias. Actúa como haciendo la vista gorda. Acuérdate de mí, oh Dios, de acuerdo con tu misericordia: sí, acuérdate de mí sin tener en cuenta la ira de la que soy acreedor, sino teniendo en cuenta tu misericordia, que es digna de ti. Por tu bondad, Señor: no en atención a mis merecimientos, sino teniendo presente tu bondad, Señor.

El Señor es dulce y recto: el Señor es dulce, pues ha usado de tanta misericordia con los pecadores y los impíos que les ha perdonado todos los pecados anteriores; pero también es recto el Señor, pues, tras la misericordia de la llamada y del perdón que entraña la gracia y no los merecimientos personales, exigirá en el juicio final los méritos correspondientes. Por eso impondrá la ley a los que delinquen en el camino: porque ha dado como garantía la misericordia para llevarlos al camino.

Dirigirá a los humildes en el juicio: dirigirá a los humildes y no atemorizará en el juicio a quienes acatan la voluntad de Dios y no anteponen la propia rebelándose contra él. Enseñará a los humildes sus caminos: enseñará sus caminos no a los que prefieren ir delante como sintiéndose capaces de ser los mejores guías de sí mismos, sino a los que no caminan cuellierguidos ni dan coces mientras se les impone el yugo suave y la carga ligera.

Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad. ¿Y qué otros caminos les va a enseñar sino la misericordia por la que es aplacable y la verdad por la que es insobornable? La primera la ha ejercitado perdonando los pecados, la segunda valorando los méritos. Por todo ello, todos los caminos del Señor se reducen a las dos venidas del Hijo de Dios: la primera, del Señor compasivo; la segunda, del Señor que juzga. Consiguientemente, se acerca a él siguiendo sus caminos quien, al verse liberado sin méritos personales, depone el orgullo y, al tener experiencia de la magnanimidad de quien ha acudido en su ayuda, trata de evitar en lo sucesivo la severidad del juez. Para los que buscan su alianza y sus mandatos: según eso, reconocen al Señor misericordioso en la primera venida, y al juez en la segunda, los que siendo humildes y mansos buscan su alianza cuando con su sangre nos rescató para una vida nueva, y testimonios sobre él en los profetas y en los evangelistas.  (Comentario al Salmo 24).

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