18 de enero de 2015. Domingo 2º del tiempo ordinario-CICLO B.-

18 de enero de 2015

Domingo 2º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (3,3b-10. 19):

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.»
Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 
Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.» 
Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. 
Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 
Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.» 
Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. 
Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 
Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha.”» 
Samuel fue y se acostó en su sitio. 
El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!» 
Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha.»
Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.
Palabra de Dios

                                                 

Salmo

Sal 39,2.4ab.7.8-9.10

R/.Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Yo esperaba con ansia al Señor; 
él se inclinó y escuchó mi grito; 
me puso en la boca un cántico nuevo, 
un himno a nuestro Dios. R/.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 
y, en cambio, me abriste el oído; 
no pides sacrificio expiatorio. R/.

Entonces yo digo: «Aquí estoy 
–como está escrito en mi libro– 
para hacer tu voluntad.» 
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R/.

He proclamado tu salvación 
ante la gran asamblea; 
no he cerrado los labios; 
Señor, tú lo sabes. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (6,13c-15a.17-20):

 

El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.» 
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. 
Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» 
Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» 
Él les dijo: «Venid y lo veréis.» 
Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»
Y lo llevó a Jesús. 
Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Palabra del Señor

COLLATIONES

 

Cuando Juan Bautista presenta a Jesús a sus discípulos, le presenta como “el Cordero de Dios”. A ellos esa imagen debía recordarles a los corderos sacrificados en la Pascua, debía significar sacrificio. Pero a pesar de ello siguieron a Jesús fiándose de Juan, su maestro. Cuando Jesús ve que le siguen y les dice: ¿Qué buscáis?. De sobra sabía lo que buscaban, pero nos explica San Juan Crisóstomo, que: “Se nos enseña aquí que Dios no se adelanta con sus dones a nuestra voluntad, sino que, habiendo nosotros comenzado, y habiendo echado por delante nuestra buena voluntad, luego Él nos ofrece muchísimas ocasiones de salvación”.

Cuando se dirigen a Jesús, le llaman Maestro. Al llamarlo así nos muestran cuál es el motivo que tienen para seguirlo: “para aprender de Él lo que sea útil para la salvación” (San Juan Crisóstomo).

Preguntan a Jesús: ¿dónde vives?, y Jesús no responde a la pregunta, sino que les dice “venid  y lo veréis”. Tal vez, porque no están preparados para entender que el lugar donde vive Jesús, “el Cordero de Dios”, y donde debemos vivir nosotros, los cristianos, es en la cruz. Fue en la Cruz donde manifestó a los hombres el máximo grado de amor, y es en esa cruz, símbolo de su amor, donde vive. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

Estos dos discípulos que conocieron a Jesús, no escondieron su Tesoro, sino que enseguida fueron a buscar a otros. Andrés había oído decir a Juan que Jesús es el Mesías, pero ahora lo ha visto, ha sido testigo y va a buscar a su hermano Simón, e iluminado por el Espíritu Santo, le dice que ha encontrado al Mesías, y le lleva hasta Él. Dice Jesús, hablando del Espíritu Santo: “Recibiréis una fuerza, la del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1,8). Seamos apóstoles de Jesús, pero no sólo de palabra, también de obra. San Pablo nos recuerda en la segunda lectura, que somos templos del Espíritu Santo y que nuestro cuerpo, con todas sus obras, es para el Señor: ¡glorificad a Dios con vuestros cuerpos!.

Jesús llama a Simón, y también nos llama a nosotros, por nuestro nombre y nos encomienda una misión. Digamos como Samuel, “Habla Señor, que tu siervo escucha”. Puesto que sabemos que no podremos percibir la voz de Dios si no es por el don del Espíritu Santo, tengamos una actitud interior de escucha, acogida, silencio orante y apertura al Espíritu Santo. Y una vez que hayamos escuchado y que conozcamos cuál es la voluntad de Dios, respondamos a su llamada: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

 

 

San Agustín:

Al día siguiente estaba de pie Juan y dos de sus discípulos, y al mirar a Jesús que caminaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Ése es el Cordero en singular, sí; en verdad, también los discípulos han sido llamados corderos: He aquí que yo os envío como a corderos en medio de lobos. También ellos han sido llamados luz —Vosotros sois la luz del mundo—; pero de otro modo ese de quien está dicho: Era la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Así también, el Cordero en singular, el único sin mancha, sin pecado; no cuyas manchas hayan sido limpiadas, sino cuya mancha fue nula. De hecho, ¿qué significa que Juan decía del Señor: He ahí el Cordero de Dios? ¿Juan mismo no era cordero? ¿No era varón santo? ¿No era el amigo del Novio? En singular, pues, él —éste es el Cordero de Dios—, porque con sola la sangre de este Cordero en singular han podido ser redimidos los hombres.

…No busquéis, pues, a Cristo en otra parte que donde Cristo ha querido que os sea predicado; y, como ha querido que se os predique, conservadlo así, escribidlo así en vuestro corazón. Es muro contra todos los ataques y contra todas las insidias del enemigo…

Estaban Juan y dos de sus discípulos. He aquí dos discípulos de Juan. Juan era tan amigo del esposo que no buscaba su gloria, sino que daba testimonio de la verdad. ¿Quiso, por ventura, retener consigo a sus discípulos, para que no se fueran en pos del Señor? Antes bien, fue él quien mostró a sus discípulos a quién debían seguir. Ellos consideraban a Juan como el Cordero, pero él les dijo: «¿Por qué me miráis a mí? Yo no soy el Cordero: He aquí el Cordero de Dios», palabras que ya había repetido antes. ¿Y qué nos aprovecha a nosotros el Cordero de Dios? He aquí, dijo, quien quita el pecado del mundo. Oídas estas palabras, los dos que estaban con Juan siguieron a Jesús.

Veamos lo siguiente: He aquí el Cordero de Dios, dice Juan. Al oírle hablar, los dos discípulos siguieron a Jesús. Vuelto Jesús y observando que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos respondieron: Rabí -que significa maestro-, ¿dónde vives?. Ellos no le siguen como para unirse ya a él, pues se sabe cuándo se le unieron: cuando los llamó estando en la barca. Uno de los dos era Andrés, como acabáis de oír. Andrés era el hermano de Pedro, y sabemos por el evangelio que el Señor llamó a Pedro y a Andrés cuando estaban en la barca, con estas palabras: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Desde aquel momento se unieron a él, para no separarse ya. Ahora, pues, le siguen estos dos, no con la intención de no separarse ya; simplemente querían ver dónde vivía y cumplir lo que está escrito: El dintel de tus puertas desgaste tus pies; levántate para venir a él siempre e instrúyete en sus preceptos. Él les mostró dónde moraba; ellos fueron y se quedaron con él. ¡Qué día tan feliz y qué noche tan deliciosa pasaron! ¿Quién podrá decirnos lo que oyeron de boca del Señor? Edifiquemos y levantemos también nosotros una casa en nuestro corazón a donde venga él a hablar con nosotros y a enseñarnos.

¿Qué buscáis? Responden: Rabí -que significa maestro-, ¿dónde vives? Contesta Jesús: Venid y vedlo. Y se fueron con él y vieron dónde vivía y se quedaron en su compañía aquel día. Era aproximadamente la hora décima. ¿Carece, acaso de intención, el que el evangelista nos precise la hora?

¿Podemos creer que no quiera advertirnos nada o que nada busquemos? Era la hora décima. Este número significa la ley, que se dio en diez mandamientos. Mas había llegado el tiempo de cumplirla por el amor, ya que los judíos no pudieron hacerlo por el temor. Por eso dijo el Señor: No he venido a destruir la ley, sino a darle plenitud.

Con razón, pues, le siguen estos dos por el testimonio del amigo del esposo, a la hora décima, hora en que oyó: Rabí -que significa maestro-. Si el Señor oyó que le llamaban Rabí a la hora décima y el número diez simboliza la ley, el maestro de la ley no es otro que el mismo dador de la ley. Nadie diga que uno da la ley y otro la enseña. La enseña el mismo que la da. Él es el maestro de su ley y él mismo la enseña. Como la misericordia está en sus labios, la enseña misericordiosamente. Así lo dice la Escritura hablando de la sabiduría: Lleva en su lengua la ley y la misericordia. No temas que no puedas cumplir la ley; huye a la misericordia. Si te parece demasiado para ti el cumplir la ley, utiliza aquel pacto, aquella firma, aquellas palabras que compuso para ti el abogado celestial…

Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y le habían seguido. Éste encuentra a su hermano Simón y le dice: Hemos encontrado al Mesías, nombre que traducido significa «Cristo». «Mesías», en hebreo, es en griego, Cristo; en latín, ungido, pues por la unción se le llama Cristo… Compañeros suyos son, en efecto, todos los santos; pero él es singularmente el Santo de los santos, singularmente ungido, singularmente Cristo.

Y lo llevó a Jesús. Ahora bien, Jesús dijo mirándolo: Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, nombre que se traduce «Pedro». No es gran cosa que el Señor dijese de quién era hijo éste. ¿Qué hay grande para el Señor? Sabía todos los nombres de sus santos, a quienes ha predestinado antes de la constitución del mundo, ¿y te admiras de que dijo a un único hombre: Tú eres hijo de fulano y te llamarás así? ¿Es gran cosa haberle cambiado el nombre y de Simón haberlo hecho Pedro? Ahora bien, Pedro viene de piedra y piedra es la Iglesia; en el nombre de Pedro, pues, está figurada la Iglesia. ¿Y quién está seguro sino quien edifica sobre piedra? Y ¿qué afirma el Señor? Quien oye estas mis palabras y las practica, lo compararé a varón prudente que edifica sobre piedra —no cede a tentaciones—… (Comentarios sobre el evangelio de San Juan, Tratado 7).

San Ambrosio de Milán:

Dice la Sabiduría: Me buscarán los malos y no me encontrarán. Y no es que el Señor rehusara ser hallado por los hombres, él que se ofrecía a todos, incluso a los que no le buscaban, sino porque era buscado con acciones tales, que los hacía indignos de encontrarlo. Por lo demás, Simeón, que lo aguardaba, lo encontró.

Lo encontró Andrés y dijo a Simón: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). También Felipe dice a Natanael: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret. Y con el fin de mostrarle cuál es el camino para encontrar a Jesús, le dice: Ven y verás. Así pues, quien busca a Cristo, acuda no con pasos corporales, sino con la disposición del alma; que lo vea no con los ojos de la cara, sino con los interiores del corazón. Pues al Eterno no se le ve con los ojos de la cara, ya que lo que se ve es temporal; lo que no se ve, es eterno.

… ¿Oyes lo que dice el Apóstol? Al pecado —dice— murió de una vez para siempre. Una vez murió Cristo por ti, pecador: no vuelvas a pecar después del bautismo. Murió una vez por toda la colectividad, y una vez —y no frecuentemente— muere por cada individuo en particular… Y tú has muerto con él, con él has sido sepultado, y con él, en el bautismo, has resucitado: cuida de que, pues has muerto una vez, no vuelvas a morir más…

Por tanto, el que busca a Cristo, busca también su tribulación y no rehúye la pasión. En el peligro grité al Señor, y me escuchó poniéndome a salvo. Buena es, pues, la tribulación que nos hace dignos de que el Señor nos escuche poniéndonos a salvo. Ser escuchado por el Señor es ya una gracia. Por eso, quien busca a Cristo, no rehúye la tribulación; quien no la rehúye, es hallado por el Señor. Y no la rehúye quien medita los mandatos del Señor con la adhesión cordial y con las obras. (Comentario sobre el salmo 118; Sermón 18, 41-43)

 

–♦ Hemos muerto con Cristo y llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo, para que la vida de Cristo se manifieste en nosotros. No vivimos ya aquella vida nuestra, sino la de Cristo, una vida de inocencia, de castidad, de simplicidad y de toda clase de virtudes; y ya que hemos resucitado con Cristo, vivamos en él, ascendamos en él, para que la serpiente no pueda dar en la tierra con nuestro talón para herirlo.

Huyamos de aquí. Puedes huir en espíritu, aunque sigas retenido en tu cuerpo; puedes seguir estando aquí, y estar, al mismo tiempo, junto al Señor, si tu alma se adhiere a él, si andas tras sus huellas con tus pensamientos, si sigues sus caminos con la fe y no a base de apariencias, si te refugias en él, ya que él es refugio y fortaleza, como dice David: A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre.

Conque si Dios es nuestro refugio y se halla en el cielo y sobre los cielos, es hacia allí hacia donde hay que huir, donde está la paz, donde nos aguarda el descanso de nuestros afanes y la saciedad de un gran sábado, como dijo Moisés: El descanso de la tierra os servirá de alimento. Pues la saciedad, el placer y el sosiego están en descansar en Dios y contemplar su felicidad. Huyamos, pues, como los ciervos, hacia las fuentes de las aguas; que sienta sed nuestra alma como la sentía David. ¿Cuál es aquella fuente? Óyele decir: En ti está la fuente viva. Y que mi alma diga a esta fuente: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Pues Dios es esa fuente. (Tratado sobre la huida del mundo).

 

San Elredo de Rieval:

Tomemos en consideración estas cuatro realidades: el comportamiento vital de Cristo, su pasión, su resurrección y su ascensión. En efecto, apareció en el mundo y vivió entre los hombres para llamar a los suyos. Padeció para redimir, resucitó para justificar, subió a los cielos para glorificar. Llamó a los suyos de tres maneras: con la doctrina, con el ejemplo, con los milagros. Lo que enseñó con la palabra lo cumplió con las obras, lo confirmó con los milagros. Y con esta trilogía todo el mundo se convirtió a Dios. Pues los apóstoles fueron, proclamaron el evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban.

Sigue la pasión: y muy oportunamente por cierto. Pues de tal modo hemos de amar la doctrina de Cristo, de tal modo hemos de abrazarnos a la obediencia de sus preceptos, tan sabroso ha de sernos el amor de Cristo, que ni muerte, ni vida, ni aflicción, ni angustia puedan apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo.

Muchos, en efecto, animados por el ejemplo de Cristo, fieles a la doctrina recibida, combatieron felizmente hasta la efusión de la sangre por la fe en que fueron iniciados. A la pasión sigue la resurrección. Porque quien ha muerto con Cristo, necesariamente ha de resucitar con él. Pero existe una primera resurrección consistente en la justificación del alma: a ésta le sigue la segunda, es decir, la glorificación de los cuerpos, para que, salvados en cuerpo y alma, participemos de aquella maravillosa ascensión, por la que el Cristo total, esto es, cabeza y cuerpo, es acogido en la Jerusalén celestial.

Pero considerad, hermanos, vuestra vocación; considerad también los frutos de esta misma vocación. Fijaos cómo fuisteis llamados por Cristo; a qué fuisteis llamados, cuál es la utilidad de vuestra vocación. Fuisteis llamados por Cristo; fuisteis llamados a compartir los sufrimientos de Cristo, con la expresa finalidad de que reinéis eternamente con Cristo. Y hemos sido llamados de tres modos: mediante un aviso exterior, a través de la emulación de los buenos, por una oculta inspiración.

El aviso exterior dice relación con la doctrina, la emulación de los buenos apunta al ejemplo, la oculta inspiración connota el milagro. Y ¿cabe mayor milagro que aquella admirable transformación de nuestro ser, por la que, en un momento, el hombre de impuro se convierte en puro, de soberbio  en humilde, de irascible en paciente, de impío en santo. Pero que no se adscriba este milagro ni al predicador elocuente, ni al que lleva a los ojos de los hombres una vida laudable, sino que la alabanza ha de recaer más bien en aquel que, así como sopla donde quiere, así también sopla cuando quiere, e inspira el bien en la medida que quiere.

Así pues, de estos tres modos hemos sido llamados a seguir las huellas de aquel que cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas. Imitemos, por tanto, su pasión: pues quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él. (Sermón sobre el rapto de Elías).

 

San Cirilo de Alejandría:

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El Señor no se limita a sufrir, mientras preanuncia su pasión y es ya llegada su hora, sino que expone además las motivaciones que le hacen dulce el sufrir y las razones por las que se derivarán tan grandes ventajas. De lo contrario, no hubiera optado por el sufrimiento, ya que nadie podía obligarle a aceptarlo en contra de su voluntad. Si su grado de mansedumbre fue tan elevado que no se arredró ante las más crueles penalidades, fue precisamente por su extremado amor y su grandísima solicitud para con nosotros.

Y así como el grano de trigo, sembrado, produce una multitud de espigas sin por ello sufrir disminución, conservando más bien toda su virtualidad en cada uno de los granos de la espiga, así también el Señor murió y, abiertas de par en par las profundidades de la tierra, se llevó consigo las almas de los hombres, permaneciendo presente en todos mediante la fe y con su propio modo de ser. Y lo hizo de forma que, de esta ganancia, participasen no sólo los muertos, sino también los vivos. Y esto, porque el fruto de la pasión de Cristo es la vida de todos, tanto de los muertos como de los vivos. Su muerte se ha convertido efectivamente en un germen de vida.

El que quiera servirme, que me siga. Si yo —dice— me entrego a la muerte para vuestro bien, ¿cómo no calificar de indolencia supina, por vuestra parte, el no despreciar, en beneficio vuestro la vida temporal, adquiriendo a cambio de la muerte del cuerpo una vida sin fin e incorruptible? Si tenemos únicamente en cuenta lo que sufren, da realmente la impresión de que odian la propia vida quienes la entregan a la muerte, con tal de reservarla para los bienes eternos; e incluso los que se entregan a la ascesis odian la propia vida y no se dejan vencer por los placeres.

En consecuencia, lo que hizo Cristo sufriendo por la salvación de todos, lo hizo para dejarnos un modelo y un ejemplo de fortaleza, y para estimular a cuantos se dejan guiar por la esperanza de los bienes futuros, a dedicarse a la práctica de la virtud. En efecto, todos cuantos quieran seguirme —dice el Señor— es necesario que den pruebas de una fortaleza y una confianza similares a la mía, pues así es como obtendrán el premio de la victoria.

Y donde esté yo, allí también estará mi servidor. Y puesto que quien nos conduce a la gloria no caminó por sendas de placer y de gloria, sino por las de la ignominia y la fatiga, así también nosotros debemos actuar, con ánimo resuelto, si queremos llegar a aquel mismo lugar y ser partícipes de la gloria divina. Y ¿de qué honor vamos a ser dignos, si nos negamos a sufrir lo que ha sufrido nuestro Señor? Porque cuando dijo: Y donde esté yo, allí también estará mi servidor, posiblemente no se refería a un lugar, sino a un ideal de virtud. Es decir: los que le siguen han de ejercitarse en aquellas mismas cosas en que él se distinguió, excluidas las prerrogativas divinas que transcienden la naturaleza humana. Pues, de hecho, el hombre no puede imitar a Dios en todo, sino tan sólo en aquello en que la naturaleza humana puede sobresalir: por tanto, no en calmar las tempestades del mar u otros prodigios por el estilo, sino en la humildad de corazón y en la mansedumbre, e incluso en soportar las injurias. (Comentario sobre el evangelio de san Juan).

 

San Beda El Venerable:

Animó a dos de sus discípulos a que siguieran al Señor. Uno de ellos, Andrés, llevó también a su hermano Pedro. Con sentido espiritual, y por la frecuente exposición hecha a vuestra fraternidad, está claro y se sabe qué es seguir al Señor. Así el que sigue al Señor es el que lo imita; sigue al Señor el que, en cuanto lo permite la fragilidad humana, no descuida los ejemplos de humildad que el Hijo de Dios manifestó en su naturaleza humana; y le sigue quien, por participar en la vida de sus padecimientos, anhela llegar a participar de su resurrección y ascensión al cielo. (Homilías sobre los Evangelios).

San Juan Crisóstomo: 

Dice, pues, el evangelista: De nuevo se presentó Juan y dijo: He aquí el Cordero de Dios. Aquí nada dice Cristo sino que Juan lo dice todo. Así suele proceder el Esposo. Nada dice él a la esposa, sino que se presenta callando. Son otros los que lo señalan y le entregan la esposa. Se presenta ella, pero tampoco la toma directamente el Esposo, sino que es otro el que se la entrega. Pero una vez que la han entregado y el Esposo la ha recibido, se aficiona a ella de tal manera que ya para nada se acuerda de los paraninfos. Así sucedió en lo de Cristo. Vino El para desposarse con la Iglesia, pero nada dijo, sino que solamente se presentó. Pero Juan, su amigo, le dio la mano derecha de la esposa, procurándole con sus palabras la amistad de los hombres. Y una vez que El los recibió, en tal forma los aficionó a su persona que ya nunca más se volvieron al paraninfo que a Cristo los había entregado. 

Pero no sólo esto hay que advertir aquí, sino además otra cosa. Así como en las nupcias no es la doncella quien busca al esposo y va a él, sino que es él quien se apresura en busca de ella; y aun cuando sea hijo de reyes, aunque ella sea de condición inferior, y aun en el caso de que él haya de desposarse con una esclava, procede siempre del mismo modo, así ha sucedido acá. La naturaleza humana no subió a los cielos, sino que Cristo fue quien bajó a esa vil y despreciable naturaleza; y una vez celebrados los desposorios, no permitió Cristo que ella permaneciera acá, sino que la tomó y la condujo a la casa paterna. 

Mas ¿por qué Juan no toma aparte a los discípulos y les habla así de estas cosas? ¿Por qué no los lleva de este modo a Cristo, sino que abiertamente y delante de todos les dice: He aquí el Cordero de Dios? Para que nadie pensara que aquello se hacía por previo mutuo acuerdo. Si Juan los hubiera exhortado en privado, y en esta forma ellos hubieran ido a Cristo, por darle gusto a Juan, quizá muy pronto se habrían arrepentido. Ahora en cambio, persuadidos de ir a Jesús por la enseñanza común, perseveraron con firmeza, puesto que no habían ido a Él por congraciarse con su maestro el Bautista, sino en busca de la propia utilidad. 

Profetas, y apóstoles predican a Cristo ausente: aquéllos antes de su advenimiento; éstos tras de su ascensión a los cielos: solamente Juan lo proclamó ahí presente. Por esto Jesús lo llama el amigo del esposo, pues sólo él estuvo presente en las nupcias. Él lo preparó todo y lo llevó a cabo. El dio principio al negocio. Y fijando la mirada en Jesús que pasaba, dice: He aquí el Cordero de Dios, demostrando así que no solamente con la voz sino también con los ojos daba testimonio. Lleno de gozo y regocijo, se admiraba de Cristo. Tampoco exhorta al punto a los discípulos, sino que primero solamente mira estupefacto a Cristo presente, y declara el don que Cristo vino a traernos, y también el modo de purificación. Porque la palabra Cordero encierra ambas cosas. 

Y no dijo que cargará sobre sí o que cargó sobre sí: Que carga sobre sí el pecado del mundo, porque es obra que continuamente está haciendo. No lo cargó únicamente en el momento de padecer; sino que desde entonces hasta ahora lo carga, no siempre crucificado (pues ofreció solamente un sacrificio por los pecados), sino que perpetuamente purifica al mundo mediante este sacrificio.

… Observa cuánto más eficaz iba a ser semejante testimonio. Encendió una pequeña chispa y de pronto se alzó la llama. Los que al principio no habían atendido a las palabras de Juan, al fin dicen: Todo lo que Juan dijo es verdadero… 

Y lo oyeron dos de sus discípulos y se fueron tras de Jesús. Había ahí otros discípulos de Juan; pero éstos no sólo no siguieron a Jesús, sino que lo envidiaron… Pero los que de entre ellos eran los mejores, no sufrían esas pasiones, sino que al punto en que oyeron a Juan, siguieron a Jesús. Y no fue porque despreciaran a su antiguo maestro, sino, al revés, porque le tenían suma obediencia; y el proceder así era la prueba suprema de su recta intención. 

Por lo demás, no siguieron a Jesús forzados por exhortaciones, lo cual habría sido sospechoso, sino porque Juan anteriormente había dicho que Jesús bautizaría en Espíritu Santo: tal fue el motivo de que lo siguieran. De modo que hablando con propiedad, no abandonaron a su maestro, sino que anhelaron saber qué más enseñaría Cristo que Juan. Nota la modestia en su diligencia. Porque no interrogaron a Jesús sobre cosas altas y necesarias para su salvación inmediatamente después de acercársele ni lo hicieron delante de todos y a la ligera, sino que procuraron hablarle aparte. Sabían ellos que las palabras de Juan no procedían de simple modestia sino de la verdad. 

Uno de los dos que habían oído lo que Juan dijo, y habían seguido a Jesús era Andrés, hermano de Simón Pedro. ¿Por qué el evangelista no pone el nombre del otro? Unos dicen que quien esto escribía fue el otro que siguió a Jesús. Otros, al contrario, dicen que no siendo ese otro discípulo ninguno de los notables, no creyó deber decir nada fuera de lo necesario. ¿Qué utilidad habría podido seguirse de declarar el nombre, cuando tampoco se ponen los nombres de los setenta y dos discípulos?…

En cambio, mencionó a Andrés por otro motivo. ¿Cuál fue? Para que cuando oigas que Simón apenas oyó de Cristo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres, y para nada dudó de tan inesperada promesa, sepas que ya anteriormente su hermano había puesto los fundamentos de la fe. Volvió el rostro Jesús y viendo que lo seguían, les dice: ¿Qué buscáis? Se nos enseña aquí que Dios no se adelanta con sus dones a nuestra voluntad, sino que, habiendo nosotros comenzado, y habiendo echado por delante nuestra buena voluntad, luego Él nos ofrece muchísimas ocasiones de salvación. 

¿Qué buscáis? ¿Cómo es esto? El que conoce los corazones de los hombres y a quien están patentes todos nuestros pensamientos, ¿pregunta eso? Es que no lo hace para saber (¿cómo podría ser eso ni afirmarse tal cosa?), sino para mejor ganarlos preguntándoles y para darles mayor confianza y demostrarles que pueden dialogar con El. Porque es verosímil que ellos, como desconocidos que eran, tuvieran vergüenza y temor, pues tan grandes cosas habían oído a su maestro respecto de Jesús. Para quitarles esos afectos de vergüenza y temor, les hace la pregunta, y no permite que lleguen a su morada en silencio. Por lo demás, aun cuando no les hubiera preguntado, sin duda habrían perseverado en seguirlo y habrían llegado con él hasta su habitación. 

Entonces ¿cuál es el motivo de que les pregunte? Para lograr lo que ya indiqué; o sea, para dar ánimos a ellos que se avergonzaban y dudaban y ponerles confianza. Ellos demostraron su anhelo no solamente con seguirlo, sino además con la pregunta que le hacen. No sabiendo nada de Él, ni habiendo antes oído hablar de Él, lo llaman Maestro, contándose ya entre sus discípulos y manifestando el motivo de seguirlo, esto es, para aprender de Él lo que sea útil para la salvación. Observa la prudencia con que proceden. Porque no le dijeron: Enseñanos alguna doctrina o algo necesario para la vida eterna, sino ¿qué le dicen?: ¿En dónde habitas? Como ya dije, anhelaban hablar con Él, oírlo, aprender con quietud. Por esto no lo dejan para después ni dicen: Mañana regresaremos y te escucharemos cuando hables en público. Sino que muestran un ardiente deseo de oírlo, tal que ni por la hora ya adelantada se apartan; porque ya el sol iba cayendo al ocaso. Pues era, como dice el evangelista, más o menos la hora décima. Cristo no les dice en dónde está su morada, ni en qué lugar, sino que los alienta a seguirlo, mostrando así que ya los toma por suyos. 

… Puesto que no habían tenido otro motivo de seguir a Cristo, ni Cristo de acogerlos, sino escucharle su doctrina. Y en esa noche la bebieron tan copiosa y con tan gran empeño, que enseguida ambos se apresuraron a convocar a otros. 

Aprendamos nosotros a posponer todo negocio a la doctrina del cielo y a no tener tiempo alguno como inoportuno. Aunque sea necesario entrar en una casa ajena o presentarse como un desconocido ante gentes principales y también desconocidas de nosotros, aunque se trate de horas intempestivas y de un tiempo cualquiera, jamás debemos descuidar este comercio. El alimento, el baño, la cena y lo demás que pertenece a la conservación de la vida, tienen sus tiempos determinados; pero la enseñanza de las virtudes y la ciencia del cielo, no tienen hora señalada, sino que todo tiempo les es a propósito.

… Empleamos en cosas de aquí bajo todo nuestro anhelo y empeño, y por esto no sentimos hambre del alimento espiritual. Grande señal es ésta de una enfermedad grave: el no tener hambre ni sed, sino el que ambas cosas, comer y beber, nos repugnen. Si cuando esto acontece al cuerpo lo tenemos como grave indicio y causado por notable enfermedad, mucho más lo es tratándose del alma. Pero ¿en qué forma podremos levantar el alma cuando anda caída y debilitada? ¿con qué obras? ¿con qué palabras? Tomando las sentencias divinas, las palabras de los profetas, de los apóstoles, de los evangelistas y todas las otras de la Sagrada Escritura. 

…En conclusión, lo que yo intento desterrar y corregir es que no os arrojéis voluntariamente al precipicio, no os empujéis vosotros mismos al abismo de la iniquidad, ni corráis voluntariamente a quemaros en la pira; y esto con el objeto de que no nos hagamos reos de las llamas preparadas para el diablo. Ojalá que todos nosotros, liberados de la llama de la lujuria y de la llama de la gehenna, seamos acogidos en el seno de Abrahán, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. 
( homilía 17, sobre el Evangelio de San Juan).

–♦ Habiendo estado Andrés con el Señor y aprendido muchas cosas, no escondió su tesoro, ni se lo guardó, sino que se apresura y va corriendo a su hermano para hacerlo partícipe de él. Mas ¿por qué el evangelista no refirió qué fue lo que Cristo les dijo? ¿cómo sabemos que ése fue el motivo de que permanecieran al lado de Jesús? Hace poco lo explicamos. Pero también se puede deducir de lo que hoy se ha leído. Atiende a lo que Andrés dijo a su hermano: Hemos hallado al Mesías que significa Cristo. …
Si el Bautista, habiendo dicho: Es el Cordero y bautiza en el Espíritu Santo, dejó que recibieran de Cristo una más amplia enseñanza y explicación de la materia, con mayor razón procedió así Andrés, pues no se creía capaz de explicarle todo; sino que condujo a su hermano a la fuente misma de la luz, con tan grande gozo y apresuramiento que no dudó ni un instante. Jesús fijó en Pedro su mirada y le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que significa Pedro o Piedra. Comienza aquí Jesús a revelar su divinidad poco a poco y sin sentir, mediante las predicciones. Así procedió con Natanael y con la mujer samaritana. 

Las profecías mueven no menos que los milagros y portentos, y no llevan consigo estrépito ni pompa. Los milagros pueden ser controvertidos, a lo menos por los necios (pues dice la Escritura que decían: En nombre de Beelcebul arroja los demonios) ; pero acerca de las profecías nunca se dijo tal cosa. Cristo en este caso y en el de Natanael echó mano de este género de enseñanza. En cambio con Andrés y con Felipe no echó por ese camino. ¿Por qué? Porque éstos con el testimonio del Bautista habían tenido ya una no pequeña preparación. Por su parte Felipe, con ver a los que se hallaban presentes, tuvo ya un seguro indicio para abrazar la fe. 

Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que se interpreta Piedra, Pedro. Por lo presente hace creíble lo futuro. Pues quien así le dijo el nombre de su padre a Pedro, sin duda que también conocía lo futuro…

Pedro nada respondió a las palabras de Cristo, pues aún no veía claro, sino que entre tanto iba aprendiendo. No veía clara la predicción. Jesús no le dijo: Yo te llamaré Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, sino únicamente: Tú te llamarás Cefas, o sea, Pedro. Procedió así Jesús, porque lo otro era propio de una potestad mayor y de más grande autoridad; y Cristo no quiso desde un principio manifestar todo su poder, sino que mientras se expresa en forma más humilde. Más tarde, una vez que hubo demostrado su divinidad, entonces despliega una mayor autoridad también, y dice: Bienaventurado eres, Simón, porque mi Padre te lo ha revelado. Y en seguida: Y yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia?

De modo que a Simón lo llamó Pedro y a Santiago y a su hermano los llamó Hijos del trueno. ¿Por qué? Para demostrar que era el mismo que dio el Antiguo Testamento, y cambió nombres y a Abram lo llamó Abrahán, a Sarra, Sara, y a Jacob, Israel. Y a muchos les puso nombre ya desde el nacimiento como a Isaac, a Sansón y a otros que refieren Isaías y Oseas. A algunos les cambió el nombre con que sus parientes los llamaban, como a los que ya mencioné, y a Josué el hijo de Nave. Así lo acostumbraban los antiguos: poner los nombres según los sucesos, como lo hizo Elías. Y esto no sin motivo, sino para que el nombre mismo sirviera de recordatorio de los beneficios divinos y quedara perpetuamente grabada la memoria de ellos en el ánimo de los oyentes, gracias a la predicción contenida en el nombre. Así Dios desde un principio puso a Juan Bautista su nombre. Los que desde niños serían esclarecidos en la virtud, de esto tomarían su nombre; y a los que solamente llegarían a ser preclaros más tarde, también más tarde se les imponía el nombre.

En aquel tiempo cada cual recibía su nombre; pero ahora, todos tenemos un mismo nombre, mucho mayor que todos aquéllos, pues nos llamamos cristianos o sea, hijos de Dios y amigos suyos, y formamos con El un mismo cuerpo. Más que otro alguno este nombre a todos nosotros nos despierta y nos hace más diligentes en el ejercicio de la virtud. En consecuencia no hagamos nada indigno de nombre tan grande, meditando en su dignidad y excelencia, pues por ella nos llamamos con el nombre de Cristo. Así nos llamó Pablo. Meditemos y reverenciemos la alteza de semejante apelativo.  (Homilia18, sobre el Evangelio de San Juan).

Últimas publicaciones

Dirección

Monasterio Cisterciense Ntra. Sra. de la Paz
Carril de los Vidales 20
30593 La Palma, Cartagena (Murcia)
Teléfono: 968 55 42 25
Website: http://monasteriodelapalma.es
Email: ocsomclp@gmail.com

Enlaces de interés