1-febrero-2015. Domingo 4º tiempo ordinario- ciclo B.-

1 de febrero de 2015

Domingo 4º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del Deuteronomio (18,15-20):

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir.” El Señor me respondió: “Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá”.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 94,1.2.6-7.8-9


R/.
 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón»


Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios (7,32-35):

Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,21-28):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.» Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

 

En el Evangelio de San Marcos,  leemos que Jesús fue a la sinagoga a enseñar y que  se quedaron asombrados de su enseñanza. Vemos que todos se quedan admirados porque Jesús habla con autoridad, y es así porque Jesús habla en su propio nombre. Era él quien hablaba antiguamente en los profetas, pero ahora habla en su propio nombre. Él es el profeta del que Dios dice a Moisés: “suscitaré un profeta de entre tus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas”. Y Moisés avisa a su pueblo para que no endurezca el corazón ante la voz de ese profeta. De ese profeta nos habla también San Agustín: “En otro tiempo oísteis su voz por Moisés, y endurecisteis vuestros corazones. Habló por un pregonero cuando endurecisteis vuestros corazones; ahora habla por sí mismo; que se enternezcan vuestros corazones. El que enviaba delante de sí mensajeros, se dignó venir personalmente. Ahora habla por su boca, el que hablaba por los profetas. Luego, si oyerais hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”.

Hoy vemos el poder total que ejerce Dios sobre el demonio. En la sinagoga es capaz de reconocer a Dios y no puede resistirse a su voz. Dice San Jerónimo que “La expulsión del demonio no era en sí mismo nada nuevo: los exorcistas de los hebreos lo hacían corrientemente. Pero ¿qué dice Jesús? ¿Cuál es esta enseñanza nueva? ¿Dónde está la novedad? La novedad reside en que Jesús manda a los espíritus impuros con autoridad propia. No cita a nadie: él mismo da la orden; no habla en nombre de otro sino en nombre de su propia autoridad”.

Prestemos atención al cántico de alabanza en el que David nos sigue invitando a escuchar la voz de ese profeta y a no endurecer nuestro corazón. A nosotros que hemos visto las obras del Señor, nos recuerda cómo otros que también habían visto sus obras, le tentaron y le pusieron a prueba, pero a nosotros nos exhorta a aclamarlo con cantos, darle vítores y gracias, y a postrarnos por tierra bendiciendo su nombre. Somos el rebaño que Él guía, ¿qué pasa si el rebaño no escucha la voz de su pastor?¿o si endureciendo su corazón no confía en él? Que se aleja de Él. Por eso: ¡venid, aclamemos al Señor!, amemos al Señor y acerquémonos a Él. “En este nuestro camino, nuestros pies son nuestros afectos. Según sea el afecto que tenga cada uno, conforme sea su amor, así se acerca o se aleja de Dios”. (San Agustín).

San Pablo, en la segunda lectura, nos avisa de que las preocupaciones de esta vida pasajera, nos distraen de lo que realmente es importante: consagrarse en cuerpo y alma a los asuntos del Señor. Desea para nosotros un trato con el Señor sin preocupaciones. Y para no tener preocupaciones, nos dice San Elredo: “Pondrás toda tu confianza en aquel que alimenta a las aves del cielo y a los lirios del campo. Sea Él tu granero, tu despensa, tu bolsa, tus riquezas y tus delicias. Él sea para ti todo en todas las cosas”.

 

San Agustín:

El salmo lleva por título: Cántico de alabanza; para David. Siendo esta alabanza un cántico, expresa alegría; es una alabanza, es un cántico y es una devoción. ¿Y qué otra cosa puede alabar más el hombre que aquello que le agrada de tal suerte que no le puede desagradar? La seguridad de la alabanza sólo se da en la alabanza a Dios. El que canta alabanzas está seguro cuando no teme ni se avergüenza de aquél a quien está elogiando. Luego alabemos y cantemos, es decir, alabemos con gozo y alegría. El mismo salmo nos va a ir indicando en los siguientes versículos, lo que hemos de alabar.

Venid, aclamemos al Señor. Nos invita al gran festín del regocijo. No del mundo, sino del Señor. Si en este mundo no existiera ningún regocijo malo, que lo distinguiera del bueno, bastaría con decir: ¡Venid, alegrémonos! Pero brevemente lo distingue el salmista. ¿Qué es regocijarse bien? Regocijarse en el Señor. Luego regocijarse mundanamente es mal regocijo. Y es bueno regocijarse en el Señor. Debes regocijarte piadosamente en el Señor, si quieres burlarte con seguridad del mundo. ¿Y qué sentido tiene: Venid? ¿Por qué convoca aquellos con quienes desea regocijarse en el Señor, si no es porque, estando lejos, quiere que se acerquen, y acercándose, se regocijarán? ¿Cómo es que están lejos? ¿Podrá el hombre estar distante de aquél que está en todo lugar? ¿Quieres estar lejos de él? ¿Adónde irás para estar lejos?… Nadie está lejos de Dios, sino por la desemejanza. ¿Y qué quiere decir desemejanza? La mala vida, las malas costumbres. Luego si por las buenas costumbres nos acercamos a Dios, por las malas nos alejamos de él. El mismo hombre, estando corporalmente en un mismo lugar, amando a Dios se acerca a él, y amando la maldad, se aleja de Dios. Sin mover sus pies, puede acercarse o alejarse. En este nuestro camino, nuestros pies son nuestros afectos. Según sea el afecto que tenga cada uno, conforme sea su amor, así se acerca o se aleja de Dios… Luego si por la desemejanza nos apartamos de Dios, por la semejanza nos acercamos a él. ¿Por qué semejanza? Por la que fuimos creados, por aquella que, pecando, destruimos en nosotros mismos, por aquella que volvemos a recibir por la remisión de los pecados, la cual se renueva interiormente en nuestra mente, a fin de que se grabe de nuevo en la moneda, es decir, en nuestra alma, la imagen de Dios, y así la restituyamos a sus tesoros…  Estábamos lejos de él por la desemejanza, nos acercamos a él por la semejanza, a fin de que se cumpla en nosotros lo que se escribió: Acercaos a Dios y seréis iluminados. Luego este salmo se dirige a algunos hombres que se hallan distantes, y que viven mal, cuando dice: venid, regocijémonos en el Señor. ¿Adónde vais? ¿Adónde os retiráis? ¿Adónde os apartáis? ¿Adónde huis, regocijándoos en el mundo? Venid, aclamemos al Señor. ¿Por qué vais a alegraros donde os arruináis? Venid, alegrémonos en aquél, por quien fuimos creados. Venid, regocijémonos en el Señor.

Y cantémosle salmos con júbilo. Aquí se repite para que lo realicemos con mayor intensidad. Esta repetición es una exhortación. No nos hemos olvidado ya, para que se nos amoneste de nuevo sobre lo que anteriormente se dijo, para que cantemos; sino que muchas veces por la afección del alma, se repiten las palabras ya conocidas, no para que se conozcan, sino para que la misma repetición sirva de confirmación. Se repite, pues, para declarar el afecto del que habla…  ¿Y qué decimos en el salmo? ¿Qué cosas decimos, o mejor dicho, qué percibimos en el júbilo? ¿Qué cosas son las que pertenecen a la alabanza de este cántico? Escuchad: Porque el Señor es un Dios grande, soberano de todos los dioses. Cantémosle por esto. Cantémosle Porque el Señor no rechaza a su pueblo. Cantémosle con júbilo, porque tiene en su mano los confines de la tierra, y son suyas las cumbres de los montes. Por todas estas cosas cantémosle con júbilo. Suyo es el mar, porque él lo hizo, y la tierra firme que modelaron sus manos, cantémosle jubilosos. Si se pretendiera explicar todo lo que encierran estas cosas y lo que significan, no habría tiempo suficiente. Pero si con negligencia se pasara por encima, quedaríamos en deuda. Entonces, con brevedad, según lo permita el tiempo, recibid lo que pueda decir brevemente, ya que también una siembra reducida produce una cosecha abundante, si es fértil la tierra.

Dado que están así las cosas, puesto que he explicado tantas cosas sobre la gloria de Dios, volved con el pensamiento a lo mismo por lo que comenzó: Venid, adoremos, postrémonos en su presencia, y lloremos ante el Señor que nos ha creado. Y además, saltemos de gozo, ya que ha sido él quien ha creado esto y aquello. Después de haber conmemorado muchas cosas, repite ahora la exhortación, diciendo: Venid, adoremos y postrémonos en su presencia, y lloremos ante el Señor que nos ha creado. Ya os he recordado las alabanzas de Dios, no seáis perezosos ni permanezcáis distantes de él por la vida y vuestras costumbres. Venid, adoremos y postrémonos en su presencia. Pero ¿quizá estáis acongojados por los pecados que os distanciaban de Dios? Hagamos lo que ahora dice: Lloremos delante del Señor que nos creó. ¿Te arde tu conciencia por el remordimiento del pecado? Apaga esa llama con lágrimas; llora ante el Señor. Llora con confianza ante el Dios que te creó, y que no desprecia la obra de sus manos. No pienses que puedes repararte por ti mismo. Por ti puedes caer, pero no restablecerte; sólo restaura el que te hizo. Lloremos ante el Señor que nos hizo. Llora ante él, confiésate; adelántate a su mirada con la confesión. ¿Quién eres tú, que lloras y confiesas? El hombre a quien él hizo. Grande ha de ser la confianza del creado con su Creador; y no creado de cualquier modo, sino a su imagen y semejanza. Por tanto, venid, adoremos, postrémonos, y lloremos ante el Señor que nos hizo. Porque él es el Señor, nuestro Dios. ¿Qué somos nosotros, para postrarnos, y llorar seguros ante él? Nosotros somos el pueblo de su aprisco y el rebaño de sus manos. 

Así pues: Ojalá escuchéis hoy su voz. ¡Oh pueblo mío, pueblo de Dios! Dios habla a su pueblo; no al pueblo suyo, que no rechazó, sino a todo su pueblo. Habla por el ángulo a ambas paredes; es decir, la profecía habla por Cristo tanto al pueblo judío, como al de los gentiles. Si oyerais hoy mi voz, no endurezcáis vuestros corazones. En otro tiempo oísteis su voz por Moisés, y endurecisteis vuestros corazones. Habló por un pregonero cuando endurecisteis vuestros corazones; ahora habla por sí mismo; que se enternezcan vuestros corazones. El que enviaba delante de sí mensajeros, se dignó venir personalmente. Ahora habla por su boca, el que hablaba por los profetas. Luego, si oyerais hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.

¿Por qué dijiste: No endurezcáis vuestros corazones? Porque recordaréis lo que solían hacer vuestros padres. No endurezcáis vuestros corazones como en la irritación, el día de la tentación en el desierto. Recordáis, hermanos, cómo tentó a Dios el pueblo que recibió la enseñanza, y fue dirigido en el desierto, como por un consumado caballero, con el freno de la ley y los preceptos. Recordáis también que, aun indómito, no fue abandonado por Dios; ya que no sólo no careció de beneficios presentes, sino ni de la vara de la corrección. Luego, no endurezcáis vuestros corazones como en la irritación, el día de la tentación en el desierto, donde me tentaron vuestros padres. Que ellos no sean ya vuestros padres; no los imitéis… Durante cuarenta años vieron mis obras, y durante cuarenta años me irritaron. Ante ellos obraba milagros por Moisés, y ellos endurecieron más y más sus corazones. (Comentario al salmo 94).

 

San Jerónimo :

Jesús se dirigió a la sinagoga de Cafarnaún y se puso a enseñar. La gente estaba asombrada de su enseñanza, porque Jesús hablaba con autoridad “no hablaba como los maestros de la ley.” No decía, por ejemplo: “Palabra del Señor”, ni tampoco “Así habla el que me ha enviado”. No, Jesús hablaba en su propio nombre: era él quien hablaba antiguamente en los profetas. No está mal, apoyándose en un texto, que alguien diga: “Está escrito…” Es mejor aún proclamar, en el nombre del Señor mismo, “Palabra del Señor”. Pero todo esto es muy diferente de cómo actúa Jesús en persona: “En verdad, yo os digo…” ¿Cómo te atreverías tú decir: “En verdad, yo te digo…” si tú no eres Aquel que en otro tiempo dio la ley por medio de los profetas?”.

La gente estaba admirada de su enseñanza. ¿Qué era la novedad que Jesús predicaba? ¿Qué decía de nuevo? Jesús no hacía otra cosa que repetir lo que ya había anunciado por medio de los profetas. Pero la gente se quedaba sorprendida porque Jesús no enseñaba con los métodos de los maestros de la ley. Enseñaba con su propia autoridad; no como rabino sino como Señor. No hablaba refiriéndose a otro mayor que él. No, la palabra que anunciaba era su propia palabra; y si, al fin y al cabo, empleaba este lenguaje lleno de autoridad, es porque afirmaba que estaba presente en él Aquel de quien hablaba por medio de los profetas: “el pueblo sabrá que era yo quien le hablaba…”. Por esto, Jesús amenaza al demonio que se expresaba por boca de un hombre poseído por él que estaba en la sinagoga: “¡Cállate, sal de este hombre!”, es decir: “sal de mi casa ¿qué haces en mi morada? Soy yo quien quiero entrar en esta casa. Cállate. Sal de este hombre. Abandona la morada preparada para que yo entre en ella… Dios lo quiere. Deja al hombre, me pertenece a mí. No quiero que esté en tu poder. Soy yo quien habito en el hombre, es mi Cuerpo.¡Vete!”…

“El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió.” Es esta la manera de expresar su dolor: retorcerlo. El demonio, puesto que no había podido alterar el alma del hombre, ejerció su violencia sobre su cuerpo. Estas manifestaciones físicas eran, por otra parte, el único medio que tenía para dar a entender que iba a salir de aquel hombre. Al manifestar su presencia el espíritu puro, el impuro no puede hacer más que retirarse…

        «Todos se preguntaron estupefactos: ‘¿Qué es esto?’». Fijémonos en los Hechos de los Apóstoles y en los signos que dieron los primeros profetas. ¿Qué dicen los magos del Faraón al ver los prodigios que hacía Moisés? “Es el dedo de Dios”. A pesar de ser Moisés quien los lleva a cabo, reconocen que hay un poder mayor. Más tarde los apóstoles obraron otros prodigios: “¡En el nombre de Jesús, levántate y camina!”; “Y Pablo, en el nombre de Jesucristo, ordenó al espíritu salir de aquella mujer”. Siempre se recurre al nombre de Jesús. Pero  aquí ¿qué es lo que él mismo dice? “Sal de él” sin precisar más. Es en su propio nombre que ordena al espíritu de salir. «Todos preguntaron estupefactos: ‘¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo». La expulsión del demonio no era en sí mismo nada nuevo: los exorcistas de los hebreos lo hacían corrientemente. Pero ¿qué dice Jesús? ¿Cuál es esta enseñanza nueva? ¿Dónde está la novedad? La novedad reside en que Jesús manda a los espíritus impuros con autoridad propia. No cita a nadie: él mismo da la orden; no habla en nombre de otro sino en nombre de su propia autoridad. (Comentario al evangelio de Marcos).

 

San Juan Crisóstomo:

Llegó a Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza. Era ciertamente lógico que la muchedumbre se sintiera abrumada por el peso de sus palabras y desfalleciera ante la sublimidad de sus preceptos. Pero no. Era tal el poder de convicción del Maestro, que no sólo convenció a muchos de sus oyentes causándoles una profunda admiración, sino que, por el solo placer de escucharle, muchos no acertaban a separarse de él, aun después de acabado el discurso. De hecho, cuando hubo bajado del monte, no se dispersaron sus oyentes, sino que le siguió toda la concurrencia: ¡tanto amor a su doctrina supo infundirles! Y lo que sobre todo admiraban era su autoridad.

Pues Cristo no hablaba apoyando sus afirmaciones en la autoridad de otro, como lo hacían los profetas o el mismo Moisés, sino dejando siempre claro que era él en quien residía la autoridad. En efecto, después de haber aducido testimonios legales, solía añadir: Pero yo os digo. Y cuando sacó a colación el día del juicio, se presentaba a sí mismo como juez que debía decretar premio o castigo. Un motivo más para que se hubieran turbado los oyentes.

Porque si los letrados, que le habían visto demostrar con obras su poder, intentaron apedrearle y le arrojaron fuera de la ciudad, ¿no era lógico que cuando exhibía sólo palabras como prueba de su autoridad, los oyentes se escandalizaran, máxime ocurriendo esto al comienzo de su predicación, antes de haber hecho una demostración de su poder? Y, sin embargo, nada de esto ocurrió. Y es que, cuando el hombre es bueno y honrado, fácilmente se deja persuadir por los razonamientos de la verdad. Justamente por eso, los letrados, a pesar de que los milagros de Jesús pregonaban su poder, se escandalizaban, mientras que el pueblo, que solamente había oído sus palabras, le obedecía y le seguía. Es lo que el evangelista daba a entender, cuando decía: Le siguió mucha gente. Y no gente salida de las filas de los príncipes o de los letrados, sino gente sin malicia y de sincero corazón.

A lo largo de todo el evangelio verás que son éstos los que se adhieren al Señor. Pues cuando hablaba, lo escuchaban en silencio, sin interrumpirlo ni interpelar al orador, sin tentarlo ni acechar la ocasión, como hacían los fariseos; son finalmente los que, una vez terminado el discurso, lo siguen llenos de admiración.

Mas tú considera, te ruego, la prudencia del Señor y cómo sabe variar según la utilidad de los oyentes, pasando de los milagros a los discursos y de éstos nuevamente a los milagros. De hecho, antes de subir al monte curó a muchos, para allanar el camino a lo que se disponía a decir. Y después de terminado este extenso discurso, vuelve nuevamente a los milagros, confirmando los dichos con los hechos. Y como quiera que enseñaba como quien tiene autoridad, a fin de que este modo de enseñar no sonara a arrogancia u ostentación, hace lo mismo con las obras y, como quien tiene autoridad, cura las enfermedades. De esta forma, no les da ocasión de turbarse al oírle hablar con autoridad, ya que con autoridad obra también los milagros. (Homilía 25 sobre el evangelio de san Mateo).

 

San Beda:

Puesto que la muerte entró en el mundo por la envidia del demonio, por eso mismo la medicina de la salvación debía actuar en primer lugar contra el mismo autor de la muerte… La presencia del Salvador es un tormento para los demonios. (Exposición al Ev. de Marcos).

 

San Cirilo de Alejandría:       

Pero la divina Escritura y los dogmas de la verdad han conocido a un Dios único, el cual tiene muchas cosas sometidas al imperio de su poder, pero muchas cosas las permite porque quiere. Pues también ejerce su dominio sobre los adoradores de ídolos, pero los soporta por su paciencia; a los herejes que le rechazan también los tiene bajo su poder, pero los tolera con su longanimidad. También tiene sometido al diablo, pero lo acepta con su tolerancia. Y no sufre por impotencia como si se le venciese (a Dios). Pues, desde siempre, también (el diablo) estuvo entre las criaturas de Dios, que no fue quien le engañó -ello sería algo indigno- sino otros ángeles, que también son criaturas. Le permitió, sin embargo, vivir por dos razones: para que, al vencerlo, se sintiese afectado por una mayor vergüenza y para que los hombres recibiesen la corona. ¡Oh providencia de Dios llena de sabiduría, que asumió aquella perversa voluntad para otorgar la salvación a quienes creyeran. Cuando se sirvió de la intención hostil de los hermanos de José para la realización de sus planes, permitiendo que vendiesen a su hermano por odio, de ello tomó ocasión para constituir en gobernador a quien él quería. De modo semejante concedió luchar con el diablo para que fuesen coronados los vencedores; así, conseguida la victoria, el diablo, vencido por quienes son inferiores a él, se cubriría de mayor vergüenza. Los hombres, en cambio, quedarían ennoblecidos de modo insigne tras haber vencido a quien en otro tiempo había sido arcángel.

Nada, pues, se encuentra sustraído al poder de Dios. De él dice la Escritura: «Toda cosa es sierva suya». Toda la realidad es realmente su sierva, aunque en esta realidad no se cuentan su Hijo único ni su Espíritu Santo. Y todas aquellas criaturas que sí son siervos sirven al Señor por el Hijo único en el Espíritu Santo. Dios, pues, domina sobre todas ellas y soporta a los homicidas, a los ladrones, a los libertinos por su paciencia, de modo que, una vez determinado el tiempo en que dará a cada uno según sus méritos tras la tregua de un tiempo duradero, sin haber vuelto su corazón a la conversión, sean condenados con mayor gravedad. (Catequesis VIII, omnipotencia y providencia de Dios).

 

San Juan Crisóstomo:

No aconseja la virginidad por las recompensas futuras, sino que recurre constantemente al mismo motivo: “el tiempo que queda es breve”. Y en lugar de decir: “Quiero que vosotros brilléis en el cielo y os mostréis mucho más resplandecientes que los que están casados”, de nuevo hace hincapié y dice: “Deseo que vosotros estéis libres de preocupaciones”…

Se dirigía a los corintios, hablaremos primero de la  virginidad, a los corintios digo, ante los que reconocía no saber nada sino a Jesucristo, y éste crucificado; a quienes no podía hablar como a hombres espirituales y daba leche porque todavía eran carnales;… Por esto, a partir de las cosas terrestres, visibles y perceptibles por los sentidos, exhorta a la virginidad y disuade del matrimonio…

Si con esta vida se acaban los matrimonios, ya que en la venidera no se casarán ni serán dadas en matrimonio, si el tiempo presente llega a su fin el día de la resurrección está a las puertas, no es éste momento de matrimonios, ni de riquezas, sino de pobreza y de aquella sabiduría que nos sea útil en la otra vida…

La virgen joven, mientras vive en casa con su madre, se ocupa de lo que es propio de niños,…, cuando llegamos a la madurez y a la vida propia de hombres: hemos de abandonar en la tierra todo lo que sean juguetes infantiles y pensar en el cielo, en el esplendor y la gloria de la estancia en aquel lugar.

También nosotros estamos unidos a un Esposo que nos exige que lo queramos tanto que renunciemos por Él a las cosas de la tierra y a aquellas cosas insignificantes y sin valor, y también a nuestra propia vida si fuera necesario. Puesto que hemos de partir hacia allí, liberémonos de esa preocupación vana. Si nos trasladáramos de una casa a un palacio, no nos preocuparíamos de la loza, madera, muebles y resto de pobres objetos de la casa. Por eso, no nos inquietemos ahora por las cosas de la tierra: el momento presente nos llama al cielo…

¿Y tú te preocupas por la casa, el lujo y otros placeres? “Pasa la figura de este mundo”. ¿Por qué te atormentas con las cosas de este mundo  que no permanecen, que son perecederas, y te despreocupas de las que si permanecen y son estables? Ya no habrá matrimonios, dolores de parto, placer, cohabitaciones, abundancia de riquezas, administración de fortunas, lujo, vestidos,…Todo esto, poco tiempo después desaparecerá. Este es el sentido de la expresión: “Pasa la figura de este mundo”. ¿Por qué, como si fuéramos a permaneces aquí durante siglos, manifestamos un celo tan grande y nos preocupamos por unos asuntos de los que nos veremos apartados antes de caer la tarde?¿Por qué elegimos una vida de fatiga, cuando Cristo nos llama a una vida de sosiego? “Quiero, dice, que estéis libres de preocupaciones. El célibe se preocupa de las cosas del Señor”…

¿Por qué permite el matrimonio, que nos agobia con ocupaciones y nos aparta de las cosas espirituales? Por eso, como dije, afirma que los que tienen mujer estén como si no la tuvieran, a fin de que los que ya están encadenados, o los que vayan a estarlo, encuentren el modo de hacer más llevadera esa cadena. No es posible romperla una vez atado por ella; por eso, hazla más soportable. Basta con quererlo, y podríamos cortar con lo superfluo y no añadir por nuestra flojedad mayores preocupaciones a las ya producidas por el matrimonio. (Tratado sobre la virginidad).

 

San Elredo de Rieval:

Ahora escucha con atención y acoge mis palabras, quienquiera que seas que, renunciando al mundo, has elegido esconderte en esta vida solitaria con el deseo de no ser vista y, tras quedar muerta al mundo, ser sepultada con Cristo.

Ante todo no dejes de considerar las razones por las que debes preferir la soledad al trato con los hombres. “La virgen, dice al Apóstol, se preocupa de las cosas del Señor, para ser santa en el cuerpo y en el espíritu”. Es este un sacrificio voluntario, o una oblación espontánea. No la impone ley alguna, no es obligatoria de manera decisiva, ni la urge ningún precepto. Por eso dice el Señor en el Evangelio; “Quién pueda entender, que entienda”. ¿Y quién será capaz de entenderlo? Aquel a quien el Señor se lo sugiera y le dé los medios para llevarlo a cabo…

Quiero ahora que recuerdes vivamente los dones de la divina bondad que tú sola conoces… Recuéntalo todo minuciosamente en tu espíritu, y excitado así tu afecto vuélvase íntegro hacia Dios. Pierda para ti el mundo su valor y te resulte mezquino todo amor carnal. Ignora ya que estás en este mundo, pues tu deseo lo has puesto allí donde viven para Dios los que habitan en los cielos. Porque donde está tu tesoro allí esté tu corazón. No metas el alma en tu vil faltriquera, mezclada con monedas falsas, porque nunca podría volar al cielo por el peso del dinero. Piensa todos los días que puedes morir, y no te preocuparás del mañana. No te atemorice la posible penuria del futuro, ni te espante el temor del hambre. Pondrás toda tu confianza en aquel que alimenta a las aves del cielo y a los lirios del campo. Sea Él tu granero, tu despensa, tu bolsa, tus riquezas y tus delicias. Él sea para ti todo en todas las cosas. (La vida reclusa).

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