8 de febrero de 2015. Domingo 5º del Tiempo Ordinario – Ciclo B.-

8 de febrero de 2015

Domingo 5º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

Primera lectura

Lectura del libro de Job (7,1-4.6-7):

Habló Job, diciendo: «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; Como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mi herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba.
Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 146,1-2.3-4.5-6

R/. Alabad al Señor, 
que sana los corazones destrozados

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel. R/.

Él sana los corazones destrozados, 
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre. R/.

Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (9,16-19.22-23):

El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,29-39):

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. 
Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»
Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

Hoy nos dice Job que el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio y nos expresa su deseo de que este tiempo de tinieblas pase, de que llegue el alba  y pueda por fin ver la dicha. San Gregorio Magno identifica ese “alba o aurora”, que anhela Job, con la Iglesia. “Porque, (la Iglesia), al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz de la justicia”. Y tras el alba llegará el día y podremos ver el rostro de Dios, “nuestros ojos verán la dicha”.

Los elegidos sirven al Creador de todas las cosas y aunque sean muchos los padecimientos y las carencias que tengan que vivir, siempre dicen con San Pablo: “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se revelará en nosotros”. A Pablo se le ha encargado un oficio. Su servicio, su ministerio, consiste en predicar el Evangelio. Pablo quiere la salvación de todos y en eso, en la salvación de todos, encuentra su recompensa. “Todo lo hago por el Evangelio”. Pero como dice Job, el servidor que trabaja al sol desea la sombra, en la que pueda descansar del trabajo. “He descansado a la sombra de Aquel a quien amaba”.

San Pedro Crisólogo, al comentar el Evangelio, nos dice que lo que hizo a Jesús entrar en la casa de Pedro, fue la oportunidad de curar, entró allí a vivificar. Vio a la suegra de Pedro en cama con fiebre, “La cogió de la mano, y se le pasó la fiebre”. “La enfermedad no se resiste, donde el autor de la salud asiste; la muerte no tiene acceso alguno, donde entró el dador de la vida”.

La predicación del Evangelio libera a los demás de su fiebre. “Como Cristo ya no viene a nosotros en la carne, viene en la palabra: y dondequiera que la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo, allí la fe nos libera de la servidumbre del demonio…” (San Jerónimo). San Pablo se hace esclavo de todos para ganar a los más posibles, se acerca a los demás para sanarlos, porque como dice san Jerónimo hablando de la suegra de Pedro: “Se acercó…”. Ella misma no pudo levantarse, pues yacía en el lecho, y no pudo, por tanto, salir al encuentro del que venía. Más, este médico misericordioso acude él mismo junto al lecho…”. Acude San Pablo, y debe acudir todo cristiano, a predicar el Evangelio a los demás y a cogerles de la mano para que se les pase la fiebre. Para que se liberen de la servidumbre del demonio.

Y para terminar, como ninguno estamos libres de caer enfermo: “Señor entra en nuestra casa y toca también nuestra mano, sananos y levántanos, para que sean purificadas nuestras obras y nos pongamos a servir”.

 

San Gregorio Magno:

⊕ Con razón se designa con el nombre de amanecer o alba a toda la Iglesia de los elegidos, ya que el amanecer o alba es el paso de las tinieblas a la luz. La Iglesia, en efecto, es conducida de la noche de la incredulidad a la luz de la fe, y así, a imitación del alba, después de las tinieblas se abre al esplendor diurno de la claridad celestial. Por esto, dice acertadamente el Cantar de los cantares ¿Quién es esta que se asoma como el alba? Efectivamente, la santa Iglesia, por su deseo del don de la vida celestial, es llamada alba, porque, al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz de la justicia.

Pero, además, si consideramos la naturaleza del amanecer o alba, hallaremos un pensamiento más sutil. El alba o amanecer anuncian que la noche ya ha pasado, pero no muestran todavía la íntegra claridad del día, sino que, por ser la transición entre la noche y el día, tienen algo de tinieblas y de luz al mismo tiempo. Por esto, los que en esta vida vamos en seguimiento de la verdad somos como el alba o amanecer, porque en parte obramos ya según la luz, pero en parte conservamos también restos de tinieblas. Se dice a Dios, por boca del salmista: Ningún hombre vivo es inocente frente a ti. Y también está escrito: Todos faltamos a menudo.

Por esto, Pablo, cuando dice: La noche está avanzada no añade: «El día ha llegado», sino: El día se echa encima. Al decir, por tanto, que, después de la noche, el día se echa encima, no que ya ha llegado, enseña claramente que nos hallamos todavía en el alba, en el tiempo que media entre las tinieblas y el sol.

La santa Iglesia de los elegidos será pleno día cuando no tenga ya mezcla alguna de la sombra del pecado. Será pleno día cuando esté perfectamente iluminada con la fuerza de la luz interior. Por esto, con razón, la Escritura nos enseña el carácter transitorio de esta alba, cuando dice: Has señalado su puesto a la aurora, pues aquel a quien se le ha de asignar su puesto tiene que pasar de un sitio a otro. Y este puesto de la aurora no puede ser otro que la perfecta claridad de la visión eterna. Cuando haya sido conducida a esta perfecta claridad, ya no quedará en ella ningún rastro de tinieblas de la noche transcurrida. Este anhelo de la aurora por llegar a su lugar propio viene expresado por el salmo que dice: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? También Pablo manifiesta la prisa de la aurora por llegar al lugar que ella reconoce como suyo, cuando dice que desea morir para estar con Cristo. Y también: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. (Tratados morales sobre el libro de Job, Lib 29, 2-4).

 

⊕ Así, los elegidos, cuando sufren las adversidades de este mundo, cuando soportan insultos por su honestidad, daños materiales y tormentos en el cuerpo, consideran graves estas pruebas. Pero cuando orientan los ojos del alma a la consideración de la patria eterna, descubren cuan leve es lo que padecen en comparación con el premio. Lo que parece insoportable por el dolor, resulta suavizado al considerar cautamente la recompensa.

Pablo se levanta siempre victorioso frente a las adversidades porque espera el fin de su obra como el mercenario. Juzga pesado lo que soporta, pero lo ve leve al pensar en el premio; Él mismo indica la gravedad de sus sufrimientos cuando declara haber padecido encarcelamientos numerosos, llagas sin número y situaciones frecuentes con peligro de muerte… Pero él mismo indica cómo seca los sudores de tantos trabajos con el paño de la recompensa, diciendo: “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se revelará en nosotros”.

Así pues, espera el fin de su obra como el mercenario, quien al considerar el provecho de la recompensa, estima vil el trabajo que casi le consume. No obstante, continúa: “Así yo he tenido meses vacíos y he contado noches laboriosas”.

Los elegidos sirven al Creador de las cosas y se ven a menudo sofocados por la carencia de cosas; se unen a Dios por amor y, sin embargo, necesitan los subsidios de la vida presente. Por eso, los que con sus acciones no buscan las realidades presentes, pasan sus meses vacíos de ganancias del mundo. Soportan noches laboriosas porque sobrellevan las tinieblas de las adversidades no sólo hasta la indigencia, sino a menudo hasta el tormento del cuerpo…

Si se ponen estas palabras en boca de la santa Iglesia, se descubre un sentido más profundo. La Iglesia, por un lado, soporta en sus miembros enfermos las acciones terrenas sin el premio de la vida, por eso tienen meses vacíos, por otro, aguanta en sus miembros robustos múltiples tribulaciones, por eso cuenta noches laboriosas… Así la santa Iglesia, en aquellos que ya están en ella pero todavía se entregan a placeres impidiendo que reciban el fruto de la buena obra, pasa los meses vacíos, porque gastan el tiempo de la vida sin recibir el don de la retribución. Por el contrario, en aquellos que están consagrados a deseos eternos y padecen las adversidades de este mundo, la santa Iglesia cuenta noches laboriosas, porque sobrelleva las tinieblas de las tribulaciones como si estuviera entre las nieblas de  la vida presente. En los que aman el mundo pasajero y se fatigan con sus contratiempos, la santa Iglesia soporta meses vacíos y noches laboriosas, porque sus vidas no reciben recompensa alguna en el futuro y en el presente la tribulación los sofoca. (Tratados morales, Lib 8, 14-16).

 

Beato Guerrico de Igny:

Vosotros, hermanos, que soportáis el peso del día y del calor o, como dice Isaías, meditáis en vuestro austero espíritu durante el calor del día, me alegra invitaros a estas sombras, con las que este Día sereno, derramando el rocío de la misericordia, quiere cubrir a los que se sienten abrasados. Escuchad al mismo Día como os invita con clemencia al fresco de estas sombras: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

En efecto, como dice Job, el servidor que trabaja al sol desea la sombra, en la que pueda descansar del trabajo, al menos durante la media hora en la que se hace el silencio en el cielo y volver de nuevo a trabajar. Si la consigue por indulgencia de su superior, se gloría y dice: “He descansado a la sombra de Aquel a quien amaba”…

El siervo o mercenario que haya renovado con frecuencia sus fuerzas en esta sombra, esperará pacientemente el fin de su trabajo. Pues así está escrito: ”El siervo desea la sombra y el mercenario el fin de su trabajo”. En la sombra, en efecto, no está el fin sino una pausa. Pues el fin y la recompensa del trabajo, vendrá cuando, desaparecidas todas las sombras, le veamos tal como Él es, a quien por ahora decimos: “Viviremos a tu sombra entre las naciones”, ya que entre los ángeles, no será en la sombra, sino a plena luz.

Pero hay que notar que mientras estas sombras caen sobre nosotros de lo alto, las otras vienen de abajo. Pues cuando nos acercamos a las cosas divinas superamos las mundanas, y en la medida en que nos acercamos a la sombra de la luz nos apartamos de la sombra de la muerte. Pues la luz y la vida están en el cielo, y en cambio la sombra de la muerte en este lugar terreno y tenebroso. (En la Fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo, Sermón 3).

San Pedro Crisólogo:

La lectura evangélica de hoy enseña al oyente atento por qué el Señor del cielo y restaurador del universo entró en los hogares terrenos de sus siervos. Aunque nada tiene de extraño que afablemente se haya mostrado cercano a todos, él que clementemente había venido a socorrer a todos.

Conocéis ya lo que movió a Cristo a entrar en la casa de Pedro: no ciertamente el placer de recostarse a la mesa, sino la enfermedad de la que estaba en la cama; no la necesidad de comer, sino la oportunidad de curar; la obra del poder divino, no la pompa del banquete humano. En casa de Pedro no se escanciaban vinos, sino que se derramaban lágrimas. Por eso entró allí Cristo, no a banquetear, sino a vivificar. Dios busca a los hombres, no las cosas de los hombres; desea dispensar bienes celestiales, no aspira a conseguir los terrenales. En resumen: Cristo vino en busca nuestra, no en busca de nuestras cosas.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre. Entrando Cristo en casa de Pedro, vio lo que venía buscando. No se fijó en la calidad de la casa, ni en la afluencia de gente, ni en los ceremoniosos saludos, ni en la reunión familiar; no paró mientras tampoco en el decoro de los preparativos: se fijó en los gemidos de la enferma, dirigió su atención al ardor de la que estaba bajo la acción de la fiebre. Vio el peligro de la que estaba más allá de toda esperanza, e inmediatamente pone manos a la obra de su deidad: ni Cristo se sentó a tomar el alimento humano, antes de que la mujer que yacía en cama se levantara a las cosas divinas. La cogió de la mano, y se le pasó la fiebre. Veis cómo abandona la fiebre a quien coge la mano de Cristo. La enfermedad no se resiste, donde el autor de la salud asiste; la muerte no tiene acceso alguno, donde entró el dador de la vida.

Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él con su palabra expulsó los espíritus. El anochecer se produce al acabarse el día del siglo, cuando el mundo bascula hacia la puesta de la luz de los tiempos. Al caer de la tarde viene el restaurador de la luz, para introducirnos en el día sin ocaso, a nosotros que venimos de la noche secular del paganismo.

Al anochecer, es decir, en el último momento, la piadosa y solemne devoción de los apóstoles nos ofrece a Dios Padre, a nosotros procedentes del paganismo: son expulsados de nosotros los demonios, que nos imponían el culto a los ídolos. Desconociendo al único Dios, servíamos a innumerables dioses en nefanda y sacrílega servidumbre.

Como Cristo ya no viene a nosotros en la carne, viene en la palabra: y dondequiera que la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo, allí la fe nos libera de la servidumbre del demonio, mientras que los demonios, de impíos tiranos, se han convertido en prisioneros. De aquí que los demonios, sometidos a nuestro poder, son atormentados a nuestra voluntad. Lo único que importa, hermanos, es que la infidelidad no vuelva a reducirnos a su servidumbre: pongámonos más bien, en nuestro ser y en nuestro hacer, en manos de Dios, entreguémonos al Padre, confiémonos a Dios: pues la vida del hombre está en manos de Dios; en consecuencia, como Padre dirige las acciones de sus hijos, y como Señor no deja de preocuparse por su familia. (Sermón 18).

San Jerónimo:

Está Jesús de pie ante nuestro lecho, ¿y nosotros yacemos?. Levantémonos  y pongámonos de pie: es para nosotros vergüenza que estemos acostados ante Jesús. Alguien podrá decir: ¿dónde está Jesús? Jesús está ahora aquí.  “En medio de vosotros, dice el Evangelio, está uno a quien no conocéis”. “El reino de Dios está entre vosotros”. Creamos y veamos que Jesús está presente. Si no podemos tocar su mano, postrémonos a sus pies. Si no podemos llegar a su cabeza, al menos lavemos sus pies con nuestras lágrimas. Nuestra penitencia es ungüento del Salvador. Mira cuán grande es su misericordia. Nuestros pecados huelen, son podredumbre y, sin embargo, si hacemos penitencia por los pecados, si los lloramos, nuestros pútridos pecados se convierten en ungüento del Señor. Pidamos, por tanto, al Señor que nos tome de la mano. “Y al instante, dice, la fiebre la dejó”. Apenas la toma de la mano, huye la fiebre…

“Se acercó…”. Ella misma no pudo levantarse, pues yacía en el lecho, y no pudo, por tanto, salir al encuentro del que venía. Más, este médico misericordioso acude él mismo junto al lecho… Con su mano sanó la mano de ella. Cogió su mano como un médico, le tomó el pulso, comprobó la magnitud de las fiebres, él mismo, que es médico y medicina al mismo tiempo. La toca Jesús y huye la fiebre. Que toques también nuestra mano, para que sean purificadas nuestras obras, que entre en nuestra casa: levantémonos, por fin, del lecho, no permanezcamos tumbados. (Comentario al Evangelio de Marcos, homilía 2).

 

San Hesiquio de Jerusalén:

No sólo es dolorosa esta vida, sino que también es espantosa, porque además de ser herido también he temido los golpes del Señor, y por ello salto de un lugar a otro, como los esclavos amenazados por sus señores. Incluso, cada día, como los criados que esperan su salario, y es salario constituye todo el bien y la esperanza de un alimento, también yo (espero) la recompensa de mi paciencia, pero sin encontrarla, porque ha pasado mucho tiempo  y ha transcurrido un buen número de meses; en esos días me he agotado en esperar una vana esperanza. (Homilías sobre Job, 10,7, 2-3).

 

Ambrosiáster:

Enviado como siervo del Señor, hace incluso de mala gana lo que se le ha mandado, porque si no, debería ser obligado con plagas, como Moisés que fue enviado de mala gana al faraón, y Jonás que fue obligado a predicar a los ninivitas…

Pablo es libre de todos (los pecados), porque no predicó el Evangelio  buscando la adulación de nadie, ni deseó de nadie otra cosa que no fuera su salvación…

¿Es que Pablo, para hacerse todo para todos, simuló como suelen hacer los aduladores? No. Pues como hombre de Dios y médico espiritual que conoce los ataques y las heridas, los cuida con gran destreza y se compadece con ellos, ya que tenemos algo en común con todos los hombres. (Comentario a la primera Carta a los Corintios).

San Juan Crisóstomo:      

Todos los hombres admiran a Job y por cierto con muchísima razón. Porque es un admirable atleta y tal que puede ver de frente al mismo Pablo, por la paciencia y la pureza de su vida y el testimonio de Dios y su esforzadísima lucha contra el demonio y la victoria que en semejante combate consiguió. Pero Pablo, habiendo durado en la batalla no unos meses sino muchos años, brilló tan resplandeciente, no precisamente rayendo la pus de su carne con la gleba de la tierra, sino cayendo con frecuencia en las mismas fauces del león dotado de inteligencia, y luchando contra infinitas tentaciones, que permaneció más inmóvil que una roca; y soportó no a tres ni cuatro amigos, sino a todos los infieles y falsos hermanos que lo cargaron de oprobios, como un escupido y maldito de todos.

Pero dirás que aquel Job ejercía grande hospitalidad y tenía sumo cuidado de los pobres: ¡no lo negamos! Mas creemos que esa hospitalidad era inferior a la de Pablo; y tanto más inferior era cuanto es más inferior el cuerpo respecto del alma. Porque la caridad que aquél tenía con los enfermos según la carne, éste la mostraba con los enfermos del alma, unas veces dirigiendo por el verdadero camino a quienes cojeaban y estaban privados del recto raciocinio; otras vistiendo con la estola de la celestial sabiduría a quienes andaban deformes por la desnudez espiritual. Y aun en los beneficios corporales, tanto más superaba Pablo a Job, cuanto es más el prestar auxilio a los necesitados cuando se vive en la indigencia y el hambre, que proveerlos de todo cuando se tiene abundancia de riquezas. Porque la casa de Job se abría a todo el que llegaba, pero el alma de Pablo abierta estaba a todo el universo y a todo el pueblo de los fieles, a los cuales recibía en benigno hospedaje dentro de su corazón, y les decía: ¡No estáis estrechos en nosotros, estáis estrechos en vuestras entrañas!…

Lo que Job en su carne, eso lo sufrió Pablo en su espíritu; puesto que por cada uno de los que caían lo consumía una tristeza mucho más molesta que cualesquiera gusanos.

Y por esto derramaba fuentes de lágrimas continuas no solamente de día, sino también durante la noche; y por cada uno se afligía mucho más que la mujer en sus partos; y por esto exclamaba: ¡Hijitos míos a quienes yo de nuevo doy a luz!  Y después de Job ¿a quién otro se juzgará digno de admiración? ¡Sin duda que a Moisés! Pero también lo sobrepasa Pablo con su excelente virtud. Muchas y preclaras cosas tiene Moisés. Mas sin duda la principal y como cumbre de aquella alma santa, fue que eligió el ser borrado del libro de la vida por la salvación de los judíos. Pero Moisés prefería morir juntamente con los otros, mientras que Pablo lo prefería en favor de los otros. Porque no quiso perecer con los que perecían, sino que eligió perder la eternidad de la gloria para que los otros se salvaran…

Sólo queda que comparemos a Pablo con los ángeles. Por esto, abandonemos la tierra y subamos hasta las cumbres de los cielos. Y nadie acuse de audacia nuestras palabras. Porque si la Escritura a Juan y a los sacerdotes de Dios los llamó ángeles ¿cómo se puede admirar de que a Pablo, más excelente que todos aquéllos, lo comparemos con las celestiales Virtudes? ¿Qué es, pues, lo que juzgamos grande en los ángeles? Sin duda que con grande cuidado sirven a Dios. David, admirado precisamente de eso, decía: ¡Poderosos en su fortaleza, que hacen sus mandatos! Ya que no hay bien alguno en absoluto igual a éste, aun cuando ellos sean mil veces incorpóreos. Porque esto es lo que sobre todo los hace felices, que obedecen los preceptos de Dios y no los desobedecen en ninguna cosa.

Pues esto mismo podemos observar cómo Pablo manifiestamente lo cumplió con toda diligencia y cuidado. Ni solamente cumplió la palabra de Dios, sino además sus preceptos y aún más que sus preceptos. Y declarando esto dijo: ¿Cuál es pues mi mérito? ¡Que al evangelizar lo hago gratuitamente, sin hacer valer mis derechos por la evangelización!  Pues ¿qué otra cosa es la que admira en los ángeles el profeta? Porque dice: El que hace ángeles a sus espíritus y a sus ministros fuego quemante. Mas esto, también en Pablo lo podemos encontrar. Porque él, a la manera de fuego y de espíritu, recorrió todo el orbe de la tierra, y recorriéndolo lo purificó. (Homilía primera en honor del santo Apóstol Pablo).

Orígenes:

-> Así pues, ¿Qué debo hacer yo, a quien se le confió el ministerio de la palabra; yo, que, aun siendo “siervo inútil” recibí del Señor el encargo de “distribuir su ración de comida a la familia del Señor”?. (Homilías sobre el Génesis, 10, 1).

-> Únicamente el perfecto puede haber dicho la frase del Apóstol perfecto en el Señor: “Todo lo hago por el Evangelio”. En efecto, el que peca no puede haber dicho esto. (Fragmentos a la primera Carta a los Corintios).

 

San Agustín:

♦ ¿No es una prueba la vida del hombre sobre la tierra? Aquí comienza a mostrarnos el sentido de las palabras anteriores. Presenta esta prueba como una especie de estadio donde se lucha y donde el hombre vence o es vencido. Y su vida es como la de un jornalero, que espera la paga temporal, de modo que aquellos que esperan para el futuro el fruto de la justicia no tienen ya vida sobre la tierra. ¿O es como el esclavo que teme a su amo y que ha buscado la sombra? Esto significa de forma simbólica la ocultación de Adán ante el rostro del Señor y el cubrirse con hojas productoras de sombra que el hombre se agenció después de abandonar a Dios. O como el mercenario que espera el salario de su trabajo. Este último se diferencia del primero en que aquél tenía sus bienes temporales, mientras que éste se limita a desearlos. Así yo he esperado meses vacíos. Ya a la sombra, llamó vanos a los bienes temporales. Me han tocado noches llenas de dolor: en ellas se pierde la luz de la sabiduría, por un lado, y aparece luego un cúmulo de penas. Si me acuesto, digo: ¿cuándo llegará el día? Y si me levanto: ¿cuándo llegará la tarde? El hombre apetece ocupaciones cuando está sin hacer nada y el descanso cuando está trabajando. Estoy plagado de dolores desde la tarde a la mañana: cuando llega el ocaso del hombre frente a Dios. Por eso también Dios, en su paseo vespertino, se retiró de ellos: lo que significa que los dejó anhelándolo, sin esperanza de remedio hasta la mañana. De este hombre se dice: De mañana me presentaré a ti, es decir, por la mañana, cuando Dios se revele a los justos después del juicio. Por eso también el Señor recibe sepultura por la tarde y resucita por la mañana. Puede comparar, pues, esta vida con el lucero de la mañana… Y mi vida es más delgada que el habla, puesto que hablo mucho y hago poco. Acuérdate de que mi vida es un soplo, es decir, que está aquejada de hambre espiritual. Ya no retornaré al mundo de las cosas visibles. (Anotaciones al libro de Job, cap. VII).

 

♦ En cuanto a lo que dice el Apóstol: Me he hecho todo para todos para ganar a todos, se debe entender, rectamente, que no obró él mintiendo sino por compasión, de modo que actuó con tanta caridad para salvarlos, como si él mismo tuviese el mal del que pretendía librarlos. Por tanto, nunca se debe mentir en la doctrina de la piedad. (Sobre la mentira, 21).

 

♦ En cuanto a lo que dice: Me he hecho todo para todos para salvarlos a todos, eso lo hizo por medio de la compasión, no por medio de la mentira. Uno se hace semejante a aquel al que quiere socorrer cuando le socorre con tanta misericordia cuanta desearía se tuviera con él, si él mismo estuviese en ese mismo lamentable estado. Por tanto, se hace como aquél no para engañarle, sino para ponerse en su lugar. De ahí el dicho del Apóstol que ya cité más arriba: Hermanos, si algún hombre cayere ofuscadamente en algún delito, vosotros, que sois espirituales, instruidle con espíritu de mansedumbre, cuidándoos de no caer vosotros en la misma tentación. Pero, si porque había dicho: Me he hecho judío con los judíos, y como si estuviera bajo la Ley de los que estaban bajo la Ley, vamos a pensar que aceptó, dolosamente, los misterios de la antigua Ley, también tendríamos que pensar que, del mismo modo falaz, habría aceptado la idolatría de los gentiles porque también había dicho: que se había hecho como sin ley para ganar a los que vivían sin ley, lo que, ciertamente, no hizo. Pues no sacrificó, en ningún lugar, a sus ídolos ni adoró sus simulacros, antes bien mostró, con toda libertad como mártir de Cristo, que se habían de detestar y considerar despreciables. (Contra la mentira, 12).

♦ Se nos dice: Alabad al Señor. Esto se dice no sólo a nosotros, sino a todas las gentes. Esta voz que suena, debido al lector, en cada lugar determinado, la oyen todas las iglesias. Una sola voz de Dios, resonando sobre todos, nos incita a alabarle. Pero como si preguntásemos por qué debemos alabar a Dios, ved el motivo que aduce: Alabad al Señor, porque el salmo es bueno. ¿Es éste el total galardón de los que alaban? Alabemos al Señor. ¿Por qué? Porque es bueno el salmo…

Cuando se presenten otras ocupaciones, ¿cesará la divina alabanza en nosotros? Ciertamente que no; tu lengua alaba temporalmente, alabe siempre tu vida. Por esto es bueno el salmo (el alabar).

El salmo es ciertamente un cántico, no de cualquier clase, sino acomodado al salterio. El salterio es cierto instrumento sonoro, como la lira, la cítara e instrumentos parecidos que se inventaron para acompañar al cántico. Quien salmea, no salmea solamente con la voz, sino que, tomando cierto instrumento músico llamado salterio, aplicando las manos a él, lo concuerda con la voz. ¿Quieres salmear? No cante tu voz únicamente las alabanzas de Dios, sino que tus obras concuerden con ella. Cuando cantas con la boca, callas algún tiempo; canta con la vida de modo que no calles nunca… Porque el Apóstol dice así: Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. 

Por eso, cuando dijo: Alabad al Señor, porque es bueno el salmo, añadió: La alabanza es grata a nuestro Dios. ¿Cómo será grata la alabanza a nuestro Dios? Alabándole viviendo bien… La alabanza de los impíos desagrada a Dios. Él atiende más a cómo vives que a cómo cantas… 

El Señor edifica —dice el salmo— a Jerusalén y congrega la dispersión de Israel. Ved que el Señor edifica a Jerusalén y congrega la dispersión de su pueblo. El pueblo Jerusalén es el pueblo Israel. Jerusalén es la ciudad celeste y eterna en donde también son ciudadanos los ángeles… ¡Ojalá que, siendo nosotros ciudadanos de ella, seamos Israel! Pues ¿qué significa Israel? El que ve a Dios. Luego todos los moradores de aquella ciudad se gozan en aquella amplísima e inmensa ciudad viendo a Dios, pues el mismo Dios es su espectáculo. Pero nosotros, expulsados de ella por el pecado, al no permanecer en ella, peregrinamos lejos de ella, y sobrecargados debido al pecado. Sin embargo, Dios miró compasivamente nuestra peregrinación, y El, que edifica a Jerusalén, restauró la parte derribada. ¿Cómo la restauró? Congregando las dispersiones de Israel. Cayó una parte y se hizo peregrina; pero Dios la miró con misericordia y buscó a los que no le buscaban. ¿Cómo buscó? ¿A quién envió a nuestro cautiverio? Envió al Redentor, según consigna el Apóstol, pues dice: Nos entregó su amor, porque, siendo nosotros aún pecadores, Cristo murió por nosotros…

¿Cómo congrega? ¿Qué hace para congregar? Sana a los contritos de corazón. Ved cómo son congregadas las dispersiones de Israel sanando a los contritos de corazón. Los que no quebrantan el corazón no son sanados. ¿Qué es quebrantar el corazón? … Oye lo que quiere que ofrezcas, pues prosigue y dice: El sacrificio para Dios es el espíritu atribulado; Dios no despreciará el corazón contrito y humillado. Luego sana a los contritos de corazón. A ellos se acerca para sanarlos, conforme dice en otro salmo: Cerca está el Señor de aquellos que atribularon su corazón. ¿Quiénes atribularon su corazón? Los humildes. ¿Quiénes no lo atribularon? Los soberbios. Sanará al atribulado, quebrantará al engreído; y quizá quebranta para que, contrito, sane. Hermanos, no trate de elevarse nuestro corazón antes de ser recto, pues se endereza mal lo que primeramente no se corrige.

Sana a los contritos de corazón y ata sus quebraduras. Sana, dice, a los contritos de corazón; luego sana a los humildes de corazón, sana a los que confiesan, sana a los que a sí mismos se castigan ejerciendo en sí un severo juicio para que puedan percibir su misericordia… Luego ahora, ¿qué hace? Ata sus quebraduras. El que cura, dice el salmista, a los contritos de corazón, los cuales conseguirán la perfecta sanidad en la resurrección de los justos, ata ahora sus quebraduras.

¿Cuáles son los ligamentos de las quebraduras? Los semejantes a los que usan los médicos al vendar las fracturas. Algunas veces, los médicos, para corregir lo malo y torcidamente soldado, lo rompen y producen nueva herida, porque no está bien curado… ¡Cuán bueno es el Dios de Israel para los rectos de corazón! ¿Qué ha de hacerse? ¿Cómo se enderezará el corazón torcido? Se encuentra torcido y duro; pues bien, se rompa y quiebre el torcido y duro para que se enderece. Tú no puedes enderezar tu corazón. Quebrántalo tú, que lo enderece el Señor. ¿Cómo lo quebrarás, cómo lo quebrantarás? Confesando, castigando tus pecados. ¿Qué otra cosa significa el golpe de pecho? ¿O es que pensamos que pecaron nuestros huesos cuando nos golpeamos el pecho? Con esto indicamos que quebrantamos el corazón para que Dios lo enderece.

Sana a los contritos de corazón y a los que le atribulan, pero la sanidad de su corazón será perfecta cuando tenga lugar la prometida reparación corporal. Entre tanto, ahora, ¿qué hace el Médico? Ata tus quebraduras mientras se consolida lo que fue quebrado, lo que fue atado, para que puedas llegar a la completa firmeza. ¿Cuáles son estos vendajes? Los sacramentos temporales…

Es evidente, hermanos, que Dios quiso darnos a entender algo especial en aquello que dice el salmista: Cuenta la multitud de las estrellas y a todas las llama por su nombre. Las estrellas son ciertos luminares que en la Iglesia alivian nuestra noche; es decir, todos aquellos que aparecen como lumbreras en el mundo, de quienes el Apóstol dice: En esta generación aviesa y extraviada lucís como lumbreras en el mundo sosteniendo la palabra de vida. Dios cuenta estas estrellas, cuenta a todos los que reinarán con El y tiene contados a todos los agregados al Cuerpo de su Unigénito. El que es indigno, no es contado…. Vea cada uno de vosotros si luce en las tinieblas, si no es seducido por la tenebrosa iniquidad del mundo. Si no fuese arrastrado ni vencido, será como estrella que ya cuenta Dios.

Y a todas llama por su nombre. En esto consiste todo el premio. Tenemos ciertos nombres ante Dios. Debemos desear, debemos perseguir, debemos cuidar cuanto podamos que Dios conozca nuestros nombres, sin alegrarnos de otras cosas, ni siquiera de ciertos dones espirituales…

Al decir a seguida: El Señor ampara a los mansos, te manifestó lo que debes hacer en la dificultad o en la imposibilidad de entender. Por tanto, no entiendes, entiendes poco, no llegas a percibir; venera la Escritura de Dios, honra la palabra de Dios, aun la que no es patente; pospón la inteligencia a la piedad. No seas insolente censurando de oscuridad o malignidad a la Escritura. Nada hay en ella injusto; y, si hay algo oscuro, no es para que se te niegue su entendimiento, sino para hacer desear lo que ha de recibirse. Luego, si hay algo oscuro, el Médico lo recetó de este modo para que llames; quiso que te ejercitases llamando. Lo quiso así para abrir al que llama. Llamando, te ejercitarás; ejercitado, te harás más capaz; siendo más capaz, percibirás lo que se da. Luego no te indignes porque esté cerrado. Sé afable, sé manso… El Señor ampara a los mansos. No te opongas a las cosas ocultas de Dios; sé manso para que te ampare. Si te opones, oye lo que sigue: Y abate a los pecadores hasta el polvo. Hay muchas clases de pecadores: Y abate a los pecadores hasta el polvo. ¿A qué pecadores? A los contrarios a los mansos. Por lo que dijo: El Señor ampara a los mansos y humilla a los pecadores hasta el polvo, quiso se entendiese, por la antedicha mansedumbre, cierta clase de pecadores. Por pecadores entendemos en este lugar los inhumanos y altaneros. ¿Por qué los abate hasta la tierra? Porque censuran las cosas del entendimiento, y, por lo tanto, han de percibir sólo las terrenas. (Comentario al salmo 146).

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