15 de febrero de 2015. Domingo 6º del Tiempo Ordinario-Ciclo B.-

15 de febrero de 2015

Domingo 6º del Tiempo Ordinario

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro del Levítico (13,1-2.44-46):

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 31,1-2.5.11

R/. Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor 
no le apunta el delito. R/.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa» 
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (10,31–11,1):

Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,40-45):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» 
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

Es muy importante mantener el alma bien limpia, no temiendo otra lepra que la lepra del alma, es decir, el pecado. Y si en tu alma ves cualquier indicio de lepra, muestra la llaga y pide el remedio. Porque dice el salmista: “Propuse, confesaré al Señor mi culpa”. Y ya no vivirás solo y fuera del campamento, como en tiempos de Moisés, porque, “Tú perdonaste mi culpa y mi pecado”.

Nos dice San Beda: “El leproso muestra la llaga y pide el remedio. No dudó de la voluntad de Dios como cualquier impío, sino como aquel que sabe lo indigno que es por las manchas que lo afean”. Y el Señor “extendió la mano y lo tocó, diciendo: Quiero: queda limpio”. Dichosos los que logran que sean borrados por Dios sus pecados, su lepra.

“El Señor cura cada día el alma de todo aquel que se lo pide, le adora piadosamente y proclama con fe estas palabras: «Señor, si quieres, puedes limpiarme», y esto sea cual sea el número de sus faltas”. (San Pascasio). Recuperamos la amistad con Dios  y la salud de nuestra alma, con el perdón de los pecados, don gratuito de Dios, fruto de su misericordia.

 

San Juan Crisóstomo:

⇒ Se acercó un leproso, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Grande es la prudencia y la fe del que se acerca. Pues no interrumpe el discurso ni irrumpe en medio de los oyentes, sino que espera el momento oportuno; se le acerca cuando Cristo ha bajado del monte. Y le ruega no superficialmente, sino con gran fervor, postrándose a sus pies, con fe sincera y con una justa opinión de él.

Porque no dijo: «Si se lo pides a Dios», ni: «Si haces oración», sino: Si quieres, puedes limpiarme. Tampoco dijo: «Señor, límpiame»; sino que todo lo deja en sus manos, le hace señor de su curación y le reconoce la plenitud de poder. Mas el Señor, que muchas veces habló de sí humildemente y por debajo de lo que a su gloria corresponde, ¿qué dice aquí para confirmar la opinión de quienes contemplaban admirados su autoridad? Quiero: queda limpio. Aun cuando hubiera el Señor realizado ya tantos y tan estupendos milagros, en ninguna parte hallamos una expresión que se le parezca.

Aquí, en cambio, para confirmar la opinión que de su autoridad tenía tanto el pueblo en su totalidad como el leproso, antepuso este: quiero. Y no es que lo dijera y luego no lo hiciera, sino que la obra secundó inmediatamente a la palabra. Y no se limitó a decir: quiero: queda limpio, sino que añade: Extendió la mano y lo tocó. Lo cual es digno de ulterior consideración. En efecto, ¿por qué si opera la curación con la voluntad y la palabra, añade el contacto de la mano? Pienso que lo hizo únicamente para indicar que él no estaba sometido a la ley, sino por encima de la ley, y que en lo sucesivo todo es limpio para los limpios.

El Señor, en efecto, no vino a curar solamente los cuerpos, sino también para conducir el alma a la filosofía. Y así como en otra parte afirma que en adelante no está ya prohibido comer sin lavarse las manos —sentando aquella óptima ley relativa a la indiferencia de los alimentos—, así actúa también en este lugar enseñándonos que lo importante es cuidar del alma y, sin hacer caso de las purificaciones externas, mantener el alma bien limpia, no temiendo otra lepra que la lepra del alma, es decir, el pecado. Jesús es el primero que toca a un leproso y nadie se lo reprocha.

Y es que aquel tribunal no estaba corrompido ni los espectadores estaban trabajados por la envidia. Por eso, no sólo no lo calumniaron, sino que, maravillados ante semejante milagro, se retiraron adorando su poder invencible, patentizado en sus palabras y en sus obras.

Habiéndole, pues, curado el cuerpo, mandó el Señor al leproso que no lo dijera a nadie, sino que se presentase al sacerdote y ofreciera lo prescrito en la ley. Y no es que lo curase de modo que pudiera subsistir duda alguna sobre su cabal curación: pero lo encargó severamente no decirlo a nadie, para enseñarnos a no buscar la ostentación y la vanagloria. Ciertamente él sabía que el leproso no se iba a callar y que había de hacerse lenguas de su bienhechor; hizo, sin embargo, lo que estaba en su mano.

En otra ocasión, Jesús mandó que no exaltaran su persona, sino que dieran gloria a Dios; en la persona de este leproso quiere exhortarnos el Señor a que seamos humildes y que huyamos la vanagloria; en la persona de aquel otro leproso, por lo contrario, nos exhorta a ser agradecidos y no echar en olvido los beneficios recibidos. Y en cualquier caso, nos enseña a canalizar hacia Dios toda alabanza. (Homilía 25 sobre el evangelio de san Mateo, 1-2)

 

⇒ EL LEPROSO se acercó a Cristo cuando éste bajaba del monte; y por el contrario el centurión se le acerca al ir a entrar en la ciudad de Cafarnaúm. ¿Por qué ni aquél ni éste se le acercaron cuando estaba allá en el monte? No fue por desidia, pues ambos tenían una fe ardiente, sino para no interrumpirlo mientras enseñaba… Observa cómo el centurión, lo mismo que el leproso, tienen una opinión verdadera respecto de Cristo… En éste, dijo el leproso: Si quieres. Y se confirma el poder de Cristo no sólo por lo que dice el leproso, sino también por las palabras de Cristo; puesto que no sólo no refutó la opinión del leproso, sino que la confirmó añadiendo algo que parecía superfluo, cuando dijo: Quiero, sé limpio, para dar firmeza a la dicha opinión…

Y las turbas se espantaban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad. Y El no sólo no los reprende, sino que baja con ellos del monte, y con la curación del leproso los confirma en su opinión. El leproso decía: Si quieres, puedes limpiarme. Y Cristo no lo corrigió, sino que procedió como el leproso le decía, y así lo curó. También acá el centurión decía: Di sólo una palabra y mi siervo será curado. Y Cristo con admiración le dijo: No he encontrado fe tan grande en Israel…Preguntarás por qué motivo el leproso, que dio mayores testimonios que el centurión, no fue alabado. Porque él no dijo: Di una palabra, sino lo que es mucho más: basta con que quieras, que es lo que el profeta dice acerca del Padre: Hizo todo lo que deseó. La realidad es que también el leproso fue alabado. Pues cuando Cristo le dijo: lleva la ofrenda que mandó Moisés para testimonio de ellos, no fue otra cosa sino decirle: tú serás su acusador, pues has creído. Por lo demás, no era lo mismo que un judío creyera y que creyera un gentil. Y que el centurión no era judío, queda ya claro, pues era centurión; y también por lo que dijo Cristo: Ni en Israel he encontrado fe tan grande…Por todas estas cosas, declaró Cristo que la salvación proviene, por la fe y no por las obras según la Ley. Y por esto el don de la fe se propone no sólo a los judíos sino también a los gentiles; más aún, a éstos antes que a los otros… (Homilías sobre el EV. de Mateo, homilía 26).

 

San Beda el Venerable:

Después de ser reducida a silencio la lengua de serpiente de los demonios, y después de ser curada de la fiebre la mujer primeramente seducida, fue curado de la lepra de su error aquel hombre que por las palabras de su mujer se dejó llevar al mal, a fin de que existiese el mismo orden en la restauración del Señor y en la caída de los dos primeros seres formados de barro. “Vino también a Él, continúa, un leproso a pedirle favor”.

Dice el Señor: “No he venido a destruir la ley, sino a darle cumplimiento”. De este modo, al haber curado por el poder de Dios a aquel que como leproso estaba excluido de la ley, anunció que la gracia, que pudo lavar la mancha del leproso, no estaba en la ley, sino sobre ella. Y en verdad que así como se declara en el Señor la autoridad de la potestad, así también se declara en aquél la constancia de la fe. “E hincándose de rodillas, le dijo: Señor, si Tú quieres, puedes limpiarme”. Él se arrodilla cayendo sobre su faz, lo que es señal de humildad y vergüenza, para que cada cual se avergüence de las manchas de su vida. Pero esta vergüenza no impide su confesión; muestra la llaga y pide el remedio. Ya la misma confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes. Esto es, puso la potestad en la voluntad del Señor.

No dudó de la voluntad de Dios como cualquier impío, sino como aquel que sabe lo indigno que es por las manchas que lo afean. “Jesús, compadecido de él, extendió la mano, y tocándole, le dice: Quiero: queda limpio”.

Lo tocó también para probar que no podía contaminarse el que libraba a los otros. Es de admirar, al mismo tiempo, que lo curó del mismo modo como éste le había rogado: “Si tú quieres, dijo el leproso, puedes curarme”. “Quiero”, contestó Cristo, he aquí la voluntad. “Queda limpio”, he aquí el efecto de la piedad.

No hay mediación, pues, entre la obra de Dios y el mandato, porque en el mandato está la obra: dijo, pues, y todo fue hecho.
“Y Jesús le despachó luego conminándole y diciéndole: Mira que no lo digas a nadie”.

Para que viera con toda evidencia el sacerdote que había sido curado no por orden de la ley, sino por gracia de Dios que está sobre ella.
“Y ofrece por tu curación lo que tiene Moisés ordenado, para que esto les sirva de testimonio”…

La perfecta salud de uno solo conduce a multitud de gentes hacia el Señor. “De modo que, prosigue, ya no podía Jesús entrar manifiestamente en la ciudad, sino que andaba fuera por lugares solitarios”.

Extendida verdaderamente la mano del Salvador, esto es, encarnado el Verbo de Dios y tocando a la naturaleza humana, purifica a ésta de los diversos y antiguos errores.

Beato Isaac de la Estrella:

⊕ “Cuando Jesús bajó del monte…” El monte es el cielo, y la tierra el valle. El monte es la condición de Dios, y el valle la condición de siervo. Cuando Dios, en la condición de Dios, bajó del cielo a la tierra, anonadándose hasta la condición de siervo y comportándose como un hombre, la muchedumbre que lo esperaba podía seguirlo; ella, que sin él no podía seguirlo adonde él iba. Sin embargo, ¿a dónde lo condujo? En primer lugar a curar a un leproso, tal vez porque ellos mismo eran leprosos sin saberlo. La primera desgracia de un enfermo es no tener salud; la segunda desconocer su enfermedad; la tercera, no buscar el remedio; la cuarta, despreciarlo cuando se lo ofrecen. Por eso, el sabio médico y Dios benévolo, condujo a la muchedumbre a donde pudiera enseñarle, adonde se presenta un hombre que ve su enfermedad y por eso busca la salud, que reconoce su mal, implora la benevolencia (del Señor), a fin de que la muchedumbre, al contemplar lo que ocurre exteriormente pueda ser enseñada en su interior, y que el ciego más enfermo, siga al enfermo que ve…

En presencia de los sanos, que no lo son, el enfermo es curado, y reconociendo su pecado se anticipa a decirlo, para ser justificado. Porque el justo es ante todo acusador de sí mismo, esto es, que al principio de su justificación se acusa a sí mismo, vale decir, que al acusarse comienza a ser justo. Porque la primera tarea de la justicia del pecador es la acusación de la falta; la segunda es la corrección; la tercera, la consideración atenta: ”Y yo seré, dice, íntegro con él, y me guardaré de mi iniquidad”.

Por eso el leproso, adelantándose comienza por decir: “Señor, sin quieres, puedes limpiarme”. Dos cosas confiesa: su propia impureza y el poder del Señor; una tercera implora, su bondad. Alabando invoca al Señor, y por eso es despachado curado de su lepra. Alabando el poder invoca la gracia, la cual en modo alguno podía faltar dadas las dos primeras confesiones, a saber: la acusación y la alabanza…

Tocado por Jesús, fue curado; pero aquél que lo curó le prohibió declararse curado antes de presentarse al sacerdote y ofrecer la ofrenda legal… Dos cosas convienen a Dios solo: el honor de la confesión y el poder del perdón.  La confesión debemos hacérsela nosotros a él, y hemos de esperar de él el perdón. En efecto, perdonar los pecados corresponde sólo a Dios, y por eso sóloa a él hemos de confesarlos. Pero cuando el Todopoderoso desposó consigo a la débil, el Altísimo, a la humilde, hizo reina a la sierva; a la que estaba detrás, a sus pies, la admitió a su lado. De su lado, en efecto, salió; es allí donde la desposó consigo. Y así como todo lo del Padre es del Hijo, y lo del Hijo es del Padre, puesto que son uno por naturaleza, así también el Esposo dio todo lo suyo a la esposa, yel Esposo compartió todo lo de la esposa a la que hizo también una con él y con el Padre. “Quiero”, dice el Hijo al Padre, intercediendo por la esposa, “que como tú y yo somos uno, también ellos sean uno con nosotros”.

Y así el Esposo, que es uno con en Padre, uno con la esposa, arrancó lo que encontró de extraño en la esposa clavándolo en la cruz; allí colocó sus pecados sobre el madero y por el madero los suprimió. Porque lo que era natural y propio de la esposa lo asumió y lo revistió, y lo que era propio de él y divino, lo dio… De modo que quien tiene la debilidad de la esposa, tenga también su llanto, y todo sea común al Esposo y a la esposa, tanto el honor de la confesión como el poder del perdón, por esta razón tiene que decir: “Ve, muéstrate al sacerdote”.

Por tanto, la Iglesia no puede perdonar nada sin Cristo; ni Cristo quiere perdonar nada sin la Iglesia. A nadie puede perdonar la Iglesia sino al penitente, es decir, a aquél a quien antes tocó Cristo… Él es el único hombre que perdona los pecados, el que primero toca interiormente para provocar la penitencia del corazón, y después envía al sacerdote exteriormente, para la confesión de los labios; pero el sacerdote, envía a Dios, para que sea hecha la ofrenda de la satisfacción. Porque tres cosas producen la pureza perfecta, la contrición del corazón, la confesión de los labios, la satisfacción de la obra;  de modo que antes no le está permitido a nadie decir que está purificado. (Sermón 11).

⊕ La sabiduría divina, que es juntamente remedio y doctrina, que con una sola palabra hubiera podido curar al leproso, prefirió curarlo tocándolo, para que tú realices el bien no del modo más fácil sino del modo más afectuoso que puedas. Que cumplas la obra de misericordia, que no la aborrezcas, que siempre prestes atención a aquél por quien lo haces. Porque él es siempre hermoso, siempre puro, siempre honesto, siempre digno en toda persona, lugar y obra.

“Quiero, dice, queda limpio”. ¿Qué diremos, hermanos, de los que no quieren hacer todo el bien que pueden, cuando diariamente oímos vuestras quejas, gemidos y suspiros porque no podéis hacer cuanto queréis ni elevándoos, ni abajándoos, ni por vuestro padre, ni por vuestro hermano, no por la unidad, ni por las múltiples tareas? “Si quieres, dice, puedes limpiarme”.

En verdad, amadísimos, todo lo puede el Omnipotente, quien, cuando quiere algo, siempre tiene la posibilidad de hacerlo; pero no siempre quiere hacerlo, cuando tiene la posibilidad. Porque muchas cosas que no quiere hacer, puede hacerlas; aunque sin embargo, su poder no se ejerce nunca contra su voluntad. Por eso, aquél que confiesa su lepra no duda de su poder; pero porque el que todo lo puede, no todo lo que puede quiere, quien quiera algo, que implore su voluntad, adore su poder. Así en Dios hay que considerar por separado la voluntad y el poder. Mientras al leproso, porque  puede, quiere curarlo, diciendo: “Quiero (Yo, a quien tú le reconoces el poder) queda limpio”, a nosotros nos enseña a no quedar inactivos ante el bien que podemos hacer, sino que como dice el Apóstol: “Mientras hay tiempo, hagamos el bien a todos sin desfallecimiento, porque a su tiempo cosecharemos”. (Sermón 12).

 

San Pascasio Radberto:

El Señor cura cada día el alma de todo aquel que se lo pide, le adora piadosamente y proclama con fe estas palabras: «Señor, si quieres, puedes limpiarme», y esto sea cual sea el número de sus faltas. Porque «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará». Es preciso, pues, que dirijamos a Dios nuestras peticiones con toda confianza, sin dudar en absoluto de su poder… Esta es la razón por la que el Señor, al leproso que se lo pide, le responde inmediatamente: «Quiero». Porque, apenas el pecador comienza a rogarle con fe, ya la mano del Señor se pone a curarle la lepra de su alma.

 

San Agustín:

♦ Por este salmo comprendemos que el hombre que confiesa sus pecados no queda liberado por los méritos propios, sino por la gracia de Dios.

Dichosos a quienes se les han perdonado sus maldades, y se les han ocultado sus pecados. Es decir, aquellos a quienes ya sus pecados han sido olvidados. Dichoso el hombre a quien el Señor no le toma en cuenta su pecado, ni hay engaño en sus labios. O sea, el que con sus palabras no presume de justo, mientras su conciencia está cargada de pecados.

He reconocido mi pecado, y no he encubierto mi maldad, es decir, no he ocultado mi maldad. Dije: Confesaré ante Dios en mi contra mi propia injusticia. Dije: Hablaré no contra Dios, como en mi clamor impío, cuando callé, sí, pero mi propia injusticia al Señor en mi contra. Y tú perdonaste la maldad de mi corazón, al oír en mi corazón la voz de mi confesión, antes de expresarla con mis labios.

Por ella rogarán a Dios todos los santos en el tiempo oportuno. Por esta impiedad del corazón te rogarán a ti todos los santos. Y no precisamente serán santos por sus propios méritos, sino por el tiempo oportuno, es decir, por la venida de aquél que nos redimió de los pecados. Sin embargo, en el diluvio de las aguas caudalosas a él no se acercarán. Pero nadie vaya a creer que, cuando se acerque repentinamente el fin, como en los días de Noé, va a quedar lugar a la confesión para acercarse a Dios.

Tú eres mi refugio en la desgracia que me rodea. Tú eres mi refugio en la desgracia de los pecados que rodea mi corazón. Tú, que eres mi alegría, líbrame de los que me asedian. Mi gozo eres tú, líbrame de esa tristeza que me causan mis pecados.

Responde Dios: Te daré inteligencia y te colocaré en el camino que has emprender. Después de tu confesión, te voy a dar sabiduría para que no te apartes del camino que emprendas, no vayas a pretender gobernarte por ti mismo. Fijaré en ti mis ojos. Tanto afianzaré mi amor sobre ti.

No seas como el caballo y el mulo, que no discurren. Y por eso quieren gobernarse a sí mismos. Escucha lo que sigue diciendo el profeta: Oprime su hocico con el freno y el bozal. Haz, pues, con ellos, oh Dios, lo que se hace con el caballo y el mulo, para obligarles con castigos a que se sometan a ti los que a ti no se acercan.

Muchos son los azotes del pecador. Sí, mucho es flagelado el no confiesa a Dios sus pecados, y luego pretende ser el gobernador de sí mismo. Pero al que espera en el Señor la misericordia lo rodea. El que espera en el Señor y se somete a él, se verá rodeado de misericordia.

Alegraos, justos, y gozaos en el Señor. Alegraos y gozad, justos, pero no en vosotros mismos, sino en el Señor. Y gloriaos, todos los rectos de corazón. Gloriaos en él todos los que habéis comprendido que es acertado someterse a él. Así seréis preferidos a los demás.

Así, pues, como por el pecado de un hombre todos han incurrido en condenación, así por la santificación de uno han recibido los hombres la justificación de la vida. Este delito único, si atendemos a la imitación, no es sino el del demonio. Mas siendo cosa evidente que se habla de Adán, no del demonio, sólo puede entenderse de un pecado de propagación, no de imitación. (Comentario al salmo 31).

 

♦ Lo que dice (San Pablo) hablando de Cristo: Por la justificación de uno solo, tiene más fuerza que si dijera: Por la justicia de uno solo. Porque llama aquí justificación al acto de santificar al pecador, que no es objeto de imitación, porque sólo Él puede justificar. San Pablo bien pudo decir: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo; pero nunca podría tomar en su boca estas palabras: Recibid de mí la justificación, como yo la he recibido de Cristo. Pues puede haber, hay y hubo hombres justos y dignos de imitación, pero nadie es justo y justificador sino sólo Cristo. Por lo cual se dice: Cuando un hombre cree en aquel que justifica al impío, su fe se le abona en cuenta de justicia: Luego el que tuviere la osadía de decir: Yo te justifico, es lógico que diga también: Cree en mí. Pero sólo el Santo de los santos ha podido hablar así: Creed en Dios, y creed también en mí, para que, como a creyente en aquel que justifica al impío, su fe le sea abonada en cuenta de justicia.

Luego si sólo la imitación nos hace pecadores por Adán, ¿por qué también no nos hace justos la sola imitación por Cristo? Como por el pecado de uno todos han incurrido en condenación, así por la justificación de uno solo todos reciben la justificación de la vida.

En la hipótesis de una imitación, este uno y uno no debieran ser Adán y Cristo, sino Adán y Abel. En efecto, en la vida presente, muchos pecadores van delante de nosotros, y muchos que han venido después los han imitado pecando; sin embargo, por esto quieren los pelagianos que sólo Adán haya sido mencionado como el tipo en quien todos pecaron, por haber sido él el primer hombre pecador. Siguiendo este razonamiento, Abel debía haber sido propuesto como el tipo en quien todos igualmente son justificados por imitación, por haber sido el primero entre los hombres que vivió justamente. O si, atendiendo a la economía temporal iniciada con el Nuevo Testamento, ha sido Cristo constituido, como ejemplar de imitación, cabeza de los justos, por la misma razón, a Judas, que le entregó, debía habérsele puesto como cabeza de los impíos.

Pero, en cambio, si Cristo es el único en quien son justificados todos, porque no sólo justifica su imitación, mas también su gracia, que regenera por el espíritu, por la misma razón Adán es el único en quien todos pecaron, ora porque su imitación hace a los pecadores, ora también porque transmite su pena por generación carnal. Así se explica igualmente por qué se dice todos y todos. Lo cual no significa que todos los que vienen por descendencia carnal de Adán sean regenerados con la gracia de Cristo; pero la expresión es exacta, pues así como toda generación carnal se deriva de Adán, así nadie renace espiritualmente sino por Cristo.

Si algunos pudieran ser engendrados carnalmente por otro conducto que el de Adán y si algunos pudieran ser regenerados espiritualmente por otra vía que la de Cristo, la palabra todos sería inexacta en ambos pasajes.

La misma expresión todos emplea después para designar a muchos; en efecto, aun habiendo pocos, puede hablarse de todos; pero lo mismo la generación carnal que la espiritual comprende a muchos, aunque la segunda menos que la primera. Con todo, como aquélla comprende a todos los hombres, ésta a todos los hombres justos; pues así como nadie es hombre fuera de aquélla, así nadie justo fuera de ésta; y en ambas se encierran muchos hombres. Pues como por la desobediencia de un solo hombre fueron constituidos muchos pecadores, así también por la obediencia de uno solo serán justificados muchos.

Mas sobrevino la ley para que aumentase el delito. Esto se refiere a los pecados que los hombres añadieron al original por su propia voluntad, no por Adán; pero éstos también son borrados y sanados por Jesucristo, pues donde abundó el delito, sobreabundó la gracia, para que así como reinó el pecado, siendo causa de muerte, incluidos también los pecados no contraídos de Adán, sino cometidos por voluntad propia, así también la gracia reine por la justicia, dando la vida eterna. Mas ninguna justicia hay fuera de Cristo, como hay pecados fuera de Adán. Por lo cual, después de decir: Como reinó el pecado, originando la muerte, no añadió: Por un solo hombre, o por Adán, porque ya había mencionado los delitos que abundaban cuando sobrevino la ley; aquí también se refiere, no al pecado original, sino a los cometidos con voluntad propia. Y después de haber dicho: Para que la gracia reine por la justicia con frutos de vida eterna, añadió: Por Jesucristo, Señor nuestro; pues por la generación carnal se contrae solamente el pecado de origen; mas con la regeneración espiritual no sólo se logra la remisión del pecado original, sino también la de todos los personales. (CONSECUENCIAS Y PERDÓN DE LOS PECADOS Y EL BAUTISMO DE LOS PÁRVULOS).

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