Domingo 1º de Cuaresma – Ciclo B.-

22 de febrero de 2015

Domingo 1º de Cuaresma

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (9,8-15):

Dios dijo a Noé y a sus hijos: «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.»
Y Dios añadió: «Ésta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»
Palabra de Dios

Salmo

Sal 24,4bc-5ab.6-7bc.8-9

 

R/. Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad
para los que guardan tu alianza

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R/.

Recuerda, Señor, que tu ternura 
y tu misericordia son eternas.
Acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R/.

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (3,18-22):

Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos, ocho personas, se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,12-15):

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. 
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Palabra del Señor

 

COLLATIONES

 

El demonio tentó a Adán  “con  tres tentaciones; pues le tentó con la gula, con la vanagloria y con la avaricia; y tentándole le venció, porque  él se sometió con el consentimiento” (San Gregorio Magno). Del mismo modo tentó al Señor, pero Cristo sólo le responde alegando los preceptos de la divina palabra, no le revela su naturaleza, y nos ofrece el ejemplo de su paciencia. Nos enseña que las Sagradas Escrituras son nuestro escudo contra las tentaciones del diablo y que por mucho que nos tiente, jamás podrá hacer nada sin nuestro consentimiento.

 

Nos explica San Agustín que: “en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria. Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo”. Por el bautismo hemos sido revestidos de Cristo y somos miembros de su cuerpo. Hemos recibido la gracia que nos permite vencer a la tentación.

A Jesús el Espíritu lo empujó al desierto, para que el demonio pudiera tentarlo, para “dejarse tentar”. Un miembro que se separa de su cuerpo, se separa de aquello que le da la vida y muere. En este caso, el demonio trata de encontrarnos a solas, en el desierto, alejados de nuestro cuerpo, para poder tentarnos. Pero Dios deja que seamos tentados por alguna razón y nos la da San Juan Crisóstomo: “Dios no impide las tentaciones que se nos echan encima, en primer lugar para que veas que te has hecho mucho más fuerte. Además, para que no te estimes en exceso y no te ensoberbezcas por la grandeza del don que se te ha conferido, puesto que las tentaciones te mantienen en humildad”.

Recuerda cómo termina el salmo de hoy: “enseña su camino a los humildes”. Y observa lo que dice San Juan Crisóstomo, que las tentaciones nos mantienen en humildad. Demos gracias a Dios, porque aprovecha incluso los ataques de “enemigo”, para hacernos humildes y enseñarnos “SU” camino.

Beato Isaac de la Estrella:

⇒ “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, etc”. Mi Señor, Cristo Jesús, todo lo hace recibiendo una dirección, o una misión, o una llamada, o una orden: no hace nada de sí mismo. Una misión lo hace venir al mundo; una dirección lo conduce al desierto; una llamada lo resucita de entre los muertos, según está escrito: “Despierta gloria mía, despertad salterio y cítara”. Pero cuando se trata de la Pasión, ser apresura espontánea y voluntariamente, como lo predijera el Profeta: “Se ofreció porque quiso”, y sin embargo, en esto mismo, se hizo obediente al Padre hasta la muerte. Doctor y modelo de obediencia, no quiso obrar ni padecer nada fuera de ella, único camino que en la verdad conduce a la vida.

Fue llevado “por el Espíritu al desierto” o como lo dice otro evangelista: “Fue impulsado por el Espíritu a ir al desierto”. “Todos los que son impulsador por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”. Pero él, que es Hijo a título muy especial y con más dignidad, es también impulsado a ir al desierto o llevado a él de modo diverso y más excelentemente que otros. “Lleno del Espíritu Santo”, está escrito, “volvió al Jordán”; e inmediatamente fue impulsado por él a ir al desierto. A todos los demás el Espíritu sólo les es dado según una medida; y según esta medida es como ellos son  impulsados a realizar todas sus acciones. Pero él recibió la plenitud, “la plenitud de la divinidad se complació en habitar en él corporalmente”: por eso es impulsado más poderosa y vigorosamente a ejecutar todas las órdenes del Padre… Jordán significa, según se dice, “su descenso”…Por consiguiente, quien quiera subir y volver al punto de donde no bajó sino que cayó, venga al Jordán, venga al descenso, venga a la humildad, que es el único lugar para la ascensión. Porque “todo el que se humille será ensalzado”…

Partiendo pues del Jordán, comienza a volver allí de donde había salido y venido. Después de haber recibido una dignidad eminente  la autoridad de la predicación, su primera etapa es ir solo al desierto: allí en primer lugar, quiere él hacer la experiencia, él, que habría de predicar a otros; quiere cumplir él mismo lo que habrá de enseñar a otros; quiere triunfar en primer lugar él mismo, de la carne, del mundo, del diablo, contra los cuales habrá de exhortar a los suyos a combatir…

En el momento de este primer asalto, luchando solo, a solas, en la soledad, triunfó en secreto del enemigo común y singular del género humano; por su triunfo lo debilitó y, así debilitado, lo convirtió para los suyos en  alguien fácil de vencer y carente de vigor. En el transcurso del segundo asalto, públicamente, en la arena de este mundo, bajo la mirada de los ángeles y de los hombres, lo humilló, lo echó por tierra y lo hirió, según está escrito: “Tú humillaste al orgulloso como a un herido”; una vez que lo echó por tierra, lo ató se apoderó de sus armas y saqueó sus bienes. Atando al fuerte, el más fuerte entró en el mundo por sus apóstoles y en el infierno por sí mismo. Se apoderó de sus bienes y los hizo pasar legalmente a su propio servicio. Cuando el demonio lo adulaba, afectaba una benévola solicitud por su fama, hacía campaña en su favor, se apiadaba de su pobreza, lo rechazó con sabiduría. Más tarde, cuando se encarnizo contra él, resistió con paciencia y triunfó con valentía. Aquí reconocemos la sabiduría de los santos, allí su constancia y su valentía: porque Cristo, “fuerza de Dios y sabiduría de Dios” vino a enseñar y a conceder ambas. En ambas fue tentado y en ambas vencedor…

(Sermón 30, Primer sermón para el primer domingo de Cuaresma).

 

⇒ Porque aunque el maligno sea llamado “hacedor de mil artificios” a causa de las especies innumerables de tentaciones que provoca, digo, sin embargo, con toda seguridad, que hay un medio, a partir de la Sagrada Escritura, de poner con facilidad y oportunamente un término a todas sus invenciones. ¡Lejos de nosotros pues la idea de que la malicia triunfe de la Sabiduría  de que ella pueda fabricar un veneno del cual ésta no contenga el antídoto!.

Así, amadísimos, a ejemplo de nuestro Señor y Salvador, después de haberlo seguido con los ángeles al desierto, no sólo al de un lugar, sino también al del espíritu, meditemos de continuo la ley divina escrita ya sea fuera por los caracteres, ya sea dentro de nosotros por la naturaleza, ya sea en la figura de este mundo, ya sea en la sabiduría misma de Dios que es Ley eterna a la que se puede llamar la Ley de las leyes. Allí seremos alimentados con el pan de vida y de inteligencia, seremos abrevados con el agua de la sabiduría saludable, para que, repuestos y saciados por esta delectación interior, despreciemos exteriormente el pan de piedra que ofrece el diablo. Desdeñemos pues la exaltación del mundo  a la que sigue la ruina, porque antes de la ruina el corazón se exalta. Frente a la opulencia y a la gloria del siglo prometidas a quien cae a sus pies, mantengámonos firmes, enderecémonos y con un soplo expulsemos los deseos y los pensamientos de nuestro corazón al par que a aquél que los promete, diciendo: ¡Apártate Satanás!. Porque Satanás, es decir el adversario, es para nosotros todo movimiento que nos invita a caer: “Si cayendo, dice, me adoraras”. Más bien, amadísimos, permanezcamos firmes sobre nuestros pies en los atrios de Jerusalén, y ciertamente, con estos mismos pies, iremos llenos de alegría a la casa del Señor, allí donde “toda participación será en él”, el cual será “todo en todos”. Que se digne conducirnos a todos allí, aquél sin el cual nadie podría llegar, aquél que por su tentación nos confirme en nuestra resistencia debilitando al tentador  por su victoria, Jesucristo  a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(Sermón 32, Tercer sermón para el primer domingo de Cuaresma).

 

San Gregorio Magno:

⇒ El lobo roba y dispersa las ovejas, porque a unos los arrastra a la impureza, a otros inflama con la avaricia, a otros los hincha con la soberbia, a otros los separa por medio de la ira, a este le estimula con la envidia, al otro le incita con el engaño. De la misma manera que el lobo dispersa las ovejas de un rebaño y las mata, así también hace el diablo con las almas de los fieles por medio de las tentaciones. (Homilía 14 sobre los Evangelios).

⇒ Suelen algunos dudar sobre que espíritu fue el que llevó a Jesús al desierto, a causa de que luego se añade: Le transportó el diablo a la ciudad santa, y después: Le subió el diablo a un monte muy encumbrado; pero en realidad, y sin cuestión alguna, comúnmente se conviene en creer que fue llevado al desierto por el Espíritu Santo; de manera que su Espíritu le llevaría allí donde le hallaría el espíritu maligno para tentarle.

Mas he aquí que la mente se resiste a creer y los oídos humanos se asombran cuando oyen decir que Dios Hombre fue transportado por el diablo, ora a un monte muy encumbrado, ora a la ciudad santa. Cosas, no obstante, que conocemos no ser increíbles si reflexionamos sobre ello y sobre otros sucesos.

No es, pues, indigno de nuestro Redentor, que había venido a que le dieran muerte, el querer ser tentado; antes bien, justo era que, como había venido a vencer nuestra muerte con la suya, así venciera con sus tentaciones las nuestras.

Debemos, pues, saber que la tentación se produce de tres maneras: por sugestión, por delectación y por consentimiento. Nosotros, cuando somos tentados, comúnmente nos deslizamos en la delectación y también hasta el consentimiento, porque, engendrados en el pecado, llevamos además con nosotros el campo donde soportar los combates. Pero Dios, que, hecho carne en el seno de la Virgen, había venido al mundo sin pecado, nada contrario soportaba en sí mismo. Pudo, por tanto, ser tentado por sugestión, pero la delectación del pecado ni rozó siquiera su alma; y así, toda aquella tentación diabólica fue exterior, no de dentro.

Ahora bien, mirando atentos al orden en que procede en El la tentación, debemos ponderar lo grande que es el salir nosotros ilesos de la tentación.

El antiguo enemigo dirigióse altivo contra el primer hombre, nuestro padre, con tres tentaciones; pues le tentó con la gula, con la vanagloria y con la avaricia; y tentándole le venció, porque él se sometió con el consentimiento. En efecto, le tentó con la gula cuando le mostró el fruto del árbol prohibido y le aconsejó comerle. Le tentó con la vanagloria cuando dijo: Seréis como dioses. Y le tentó con la avaricia cuando dijo: Sabedores del bien y del mal; pues hay avaricia no sólo de dinero, sino también de grandeza; porque propiamente se llama avaricia cuando se apetece una excesiva grandeza; pues, si no perteneciera a la avaricia la usurpación del honor, no diría San Pablo refiriéndose al Hijo unigénito de Dios: No tuvo por usurpación el ser igual a Dios. Y con esto fue con lo que el diablo sedujo a nuestro padre a la soberbia, con estimularle a la avaricia de grandezas.

Pero por los mismos modos por los que derrocó al primer hombre, por esos mismos modos quedó el tentador vencido por el segundo hombre. En efecto, le tienta por la gula, diciendo: Di que esas piedras se conviertan en pan; le tentó por la vanagloria cuando dijo: Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo; y le tentó por la avaricia de la grandeza cuando, mostrándole todos los reinos del mundo, le dijo: Todas estas cosas te daré si, postrándote delante de mí, me adorares. Mas, por los mismos modos por los que se gloriaba de haber vencido al primer hombre, es el vencido por el segundo hombre, para que, por la misma puerta por la que se introdujo para dominarnos, por esa misma puerta saliera de nosotros aprisionado.

Pero en esta tentación del Señor hay, hermanos carísimos, una cosa que nosotros debemos considerar, y es que el Señor, tentado por el diablo, responde alegando los preceptos de la divina palabra, y El, que con esa misma Palabra, que era El, el Verbo divino, podía sumergir al tentador en los abismos, no ostenta la fuerza de su poder, sino que sólo profirió los preceptos de la Divina Escritura para ofrecernos por delante el ejemplo de su paciencia, a fin de que, cuantas veces sufrimos algo de parte de los hombres malos, más bien que a la venganza, nos estimulemos a practicar la doctrina.

Ponderad, os ruego, cuán grande es la paciencia de Dios y cuán grande es nuestra impaciencia. Nosotros, cuando somos provocados con injurias o con algún daño, excitados por el furor, o nos vengamos cuanto podemos, o amenazamos lo que no podemos. Ved cómo el Señor soportó la contrariedad del diablo y nada le respondió sino palabras de mansedumbre: soporta lo que podía castigar, para que redundase en mayor alabanza suya el que vencía a su enemigo, sufriéndole por entonces y no aniquilándole.

Es de notar lo que sigue: que, habiéndose retirado el diablo, los ángeles le servían (a Jesús). ¿Qué otra cosa se declara aquí sino las dos naturalezas de una sola persona, puesto que simultáneamente es hombre, a quien el diablo tienta, y el mismo es Dios, a quien los ángeles sirven? Reconozcamos, pues, en El nuestra naturaleza, puesto que, si el diablo no hubiera visto en El al hombre, no le tentara; y adoremos en Él su divinidad, porque, si ante todo no fuera Dios, tampoco los ángeles en modo alguno le servirían.

Ahora bien, como la lección coincide en estos días en que hemos oído referir el ayuno de nuestro Redentor por espacio de cuarenta días, ya que también nosotros incoamos el tiempo de Cuaresma, debemos examinar por qué esta abstinencia se guarda durante cuarenta días. Y hallamos que Moisés, para recibir la Ley la segunda vez, ayunó cuarenta días; Elías ayunó en el desierto cuarenta días; el mismo Creador de los hombres, cuando vino a los hombres, durante cuarenta días no tomó en absoluto alimento alguno. Procuremos también nosotros, en cuanto nos sea posible, mortificar nuestra carne por la abstinencia durante el tiempo cuaresmal de cada año.

¿Por qué también se observa el número cuarenta sino porque la virtud del Decálogo se completa por los cuatro libros del santo Evangelio? Pues como el número diez, multiplicado por cuatro, suma cuarenta, así, cuando observamos los cuatro evangelios, entonces cumplimos perfectamente los preceptos del Decálogo.

Aunque también esto del tiempo cuaresmal puede entenderse de otro modo. Desde el día de hoy hasta la solemnidad pascual pasan seis semanas, que son cuarenta y dos días, de los cuales, como se substraen a la abstinencia los seis días del Señor, no quedan para la abstinencia más que treinta y seis días; ahora bien, como, de los trescientos sesenta y cinco días que tiene el año, nosotros nos castigamos durante treinta y seis días, resulta como que damos al Señor las décimas de nuestro año; de manera que nosotros, que vivimos para nosotros mismos el año recibido, en las décimas de él nos mortificamos con la abstinencia en obsequio de nuestro Creador. Por tanto, hermanos carísimos, así como en la Ley se manda ofrecer los diezmos de las cosas, esforzaos de igual modo en ofrecerle también los diezmos de los días.

Cada cual, conforme sus fuerzas lo consientan, atormente su carne y mortifique los apetitos de ella y dé muerte a las concupiscencias torpes para hacerse, como dice San Pablo, hostia viva. Porque la hostia se ofrece y está viva cuando el hombre ha renunciado a las cosas de esta vida y, no obstante, se siente importunado por los deseos carnales. La carne nos llevó a la culpa; tornémosla, pues, afligida, al perdón. El autor de nuestra muerte, comiendo el fruto del árbol prohibido, traspasó los preceptos de la vida; por consiguiente, los que por la comida perdimos los gozos del paraíso, levantémonos a ellos, en cuanto nos es posible, por la abstinencia.

Mas nadie crea que puede bastarle la sola abstinencia, puesto que el Señor dice por el profeta: ¿Acaso el ayuno que yo estimo no consiste más bien en esto?; y agrega: Que partas tu pan con el hambriento; y que a los pobres y a los que no tienen hogar los acojas en tu casa, y vistas al que veas desnudo, y no desprecies a tu propia carne. Luego el ayuno que Dios aprueba es el que le ofrece una mano limosnera, el que se hace por amor del prójimo, el que está condimentado con la piedad. Da, pues, al prójimo aquello de que tú te privas, de modo que, de donde tu carne se mortifica, se alivie la carne del prójimo necesitado; que por eso dice el Señor por el profeta: Cuando ayunabais y plañíais…, ¿acaso ayunasteis por respeto mío? Y cuando comíais y bebíais, ¿acaso no lo hacíais mirando por vosotros mismos? Come, pues, y bebe para sí quien toma para sí, sin atender a los indigentes, los alimentos corporales, que son dones comunes del Creador; y cada cual ayuna para sí cuando lo de que por algún tiempo se priva no lo da a los pobres, sino que lo reserva para ofrecerlo después a su cuerpo. De ahí lo que se dice por Joel: Santificad el ayuno; porque santificar el ayuno es ofrecer a Dios una digna abstinencia de la carne junto con otras obras buenas. Cese la ira; apláquense las disensiones, pues en vano se atormenta la carne si el alma no se reprime en sus malos deseos, puesto que el Señor dice por el profeta: Es porque en el día de vuestro ayuno hacéis todo cuanto se os antoja, y ayunáis para seguir los pleitos y contiendas y herir con puñadas a otro sin piedad, y apremiáis a todos vuestros deudores.

Cierto que quien reclama de su deudor lo que le dio, nada injusto hace; pero digno es que quien se mortifica con la penitencia se prive también de lo que justamente le corresponde. Así, así es como a nosotros, afligidos y penitentes, perdona Dios lo que injustamente hemos hecho, si, por amor a Él, perdonamos lo que justamente nos corresponde. (Homilías sobre los Evangelios, 16).

 

San Jerónimo:

⇒ “Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían”… Estos animales son los que el Señor pisoteaba con el pie del Evangelio, es decir, pisoteaba al león y al dragón. “Y los ángeles le servían”. No debe considerarse como algo grande y maravilloso el que los ángeles sirvieran a Dios, pues no hay nada de extraordinario en que los siervos sirvan al Señor, pero  todo esto se dice del hombre, asumido por Dios. “Estaba entre los animales”. Dios no puede estar entre los animales, pero su carne, que está sujeta a las humanas tentaciones, aquel cuerpo, aquella carne que sintió sed, que sintió hambre, esa misma carne es tentada, y vence, y en ella vencemos nosotros. (Comentario al Evangelio de San Marcos).

 

 

⇒ Y ahora, ¿cuántas redes crees andará urdiendo el diablo? Quizás, recordando el viejo engaño, intentará persuadirle que tiene hambre. Pero ya tiene la respuesta: “No de solo pan vive el hombre” Quizás le propondrá riquezas y gloria. Mas se le dice: “Los que quieren ser ricos, caen en la tela de araña y en tentaciones…” Lanzará dardos de fuego; pero serán recibidos con el escudo de la fe. Y, por no repetir muchas cosas, le atacará Satanás, pero le defenderá Cristo. (Carta a Rufino, monje).

 

 

San Elredo de Rieval:

Pero se presenta el Filisteo con sus cuerdas, queriendo enredar al segundo Adán con las mismas precisamente con las que había sido derribado al primero con sus tentaciones. Estas cuerdas son, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la ambición del mundo. La primera es la del placer, la segunda la de la vanidad, la tercera la de la avaricia.

Así pues, este Filisteo atacando a nuestro Sansón con la cuerda del placer, que después de cuarenta días cambió el ayuno de cuarenta días en el hambre de nuestra debilidad, le dijo: “si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. “Los filisteos sobre ti, Sansón”. Pero él, que no tenía hambre de pan, sino de caridad, toando la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, cortó el hilo, y confundió al Filisteo con estas palabras: “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Pero, roto el hilo del placer, viene el Filisteo con el de la vanidad, y puesto sobre el alero del templo, dice al fuerte Sansón: “Si eres el Hijo de Dios, échate abajo”. “Los filisteos sobre ti, Sansón”. De poco te sirve, Filisteo, no sacas nada. Nuestro Sansón es prudente para engañarte, fuerte para romper todas tus ataduras: “No tentarás, responde, al Señor tu Dios”. ¿Dónde está el lazo? Lo han roto, no quedan rastros, te lo han quitado de las manos. ¿Por qué te empeñas más, Filisteo? Intentas con el lazo de la avaricia, le muestras todos los reinos del mundo y sus riquezas. ¿Se va a dejar llevar de las riquezas, infeliz, el que había despreciado sus delicias, y el que en la primera tentación había desechado la adulación buscará los honores? “Todo esto te lo daré, si postrado en tierra me adorares”. “Los filisteos sobre ti, Sansón”. Y Sansón: “Vete de aquí, Filisteo, pues está escrito: al Señor tu Dios adorarás y a él solo le servirás”. (En un sínodo a los presbíteros, sermón 63).

Casiano:

⇒ Los espíritus inmundos no pueden conocer la naturaleza de nuestros pensamientos. Únicamente les es dado columbrarlos merced a indicios sensibles o bien examinando nuestras disposiciones, nuestras palabras o las cosas hacia las cuales advierten una propensión por nuestra parte. En cambio, lo que no hemos exteriorizado y permanece oculto en nuestras almas les es totalmente inaccesible.

Inclusive los mismos pensamientos que ellos nos sugieren, la acogida que les damos, la reacción que causan en nosotros, todo esto no lo conocen por la misma esencia del alma, antes bien, por los movimientos y manifestaciones del hombre exterior.

⇒ El afirmar que éstos enemigos se oponen a nuestro progreso, lo decimos solamente en cuanto nos mueven al mal, no que creamos que nos determinen efectivamente a él. Por lo demás, ningún hombre podría en absoluto evitar cualquier pecado, si tuvieran tanto poder para vencernos como lo tienen para tentarnos. Si por una parte es verdad que tienen el poder de incitarnos al mal, por otra es también cierto que se nos ha dado a nosotros la fuerza de rechazar sus sugestiones y la libertad de consentir en ellas. Pero si su poder y sus ataques engendran en nosotros el temor, no perdamos de vista que contamos con la protección y la ayuda del Señor. Su gracia combate a nuestro favor con un poder incomparablemente superior al de toda esa multitud de adversarios que nos acosan. Dios no se limita únicamente a inspirarnos el bien. Nos secunda y nos empuja a cumplirlo. Y más de una vez, sin percatarnos de ello y a pesar nuestro, nos atrae a la salvación. Es, pues, un hecho cierto que el demonio no puede seducir a nadie, si no es a aquel que libremente le presta el consentimiento de su voluntad. (Colaciones, 7).

 

 

San Juan Crisóstomo:

Entonces fue llevado Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. ENTONCES. ¿Cuándo? Después de haber descendido el Espíritu Santo; después de aquella voz venida de las alturas, que decía: Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mis complacencias. Y lo que es más estupendo: fue llevado por el Espíritu Santo, porque fue el Espíritu mismo quien lo llevó al desierto. Venía Cristo a enseñarnos y para esto hacía y padecía todo. Por esto quiso ser llevado allá y entrar en esta batalla con el demonio, para que cada uno de los bautizados, si tras del bautismo padece mayores tentaciones, no se perturbe, como si experimentara lo inesperado; sino que permanezca firme en padecer, pues todo le sucede conforme al recto orden de las cosas. Para esto tomaste las armas; no para estarte ocioso, sino para combatir.

Dios no impide las tentaciones que se nos echan encima, en primer lugar para que veas que te has hecho mucho más fuerte. Además, para que no te estimes en exceso y no te ensoberbezcas por la grandeza del don que se te ha conferido, puesto que las tentaciones te mantienen en humildad. Añádese para que el demonio maligno que duda si es verdad que has renunciado a él, por la experiencia de las tentaciones se confirme en que del todo te le has apartado. En cuarto lugar, para que así te forjes más duro que el hierro y más fuerte. En quinto lugar, para que tengas con esto la demostración del gran tesoro que te ha sido confiado. No te acometería el demonio si no te viera colocado en los más altos honores.

Tal fue el motivo por el que allá a los principios se levantó contra Adán, pues lo veía disfrutando de suma dignidad. Por igual razón se levantó contra Job, al verlo premiado y alabado por el Dios de todos. ¿Por qué dice: Orad para que no caigáis en la tentación? Por eso no nos presenta a Jesús yendo espontáneamente a la tentación, sino llevado según una razonable providencia, dándonos a entender que no debemos exponernos, pero que si somos llevados a la tentación, la resistamos con fortaleza.

Considera a dónde lo llevó el Espíritu Santo: no a la ciudad, ni a la plaza, sino al desierto. Como el demonio quería halagarlo y atraerlo, el Espíritu Santo le presenta la ocasión, no únicamente por el lado del hambre sino también por el sitio mismo. El demonio especialmente nos acomete cuando nos ve solos y que andamos aparte de los demás. Así acometió a la mujer allá a los principios, llegándose a ella cuando estaba sola, sin su marido. Cuando ve a varios reunidos, no se atreve a acometer. Por esto conviene que con frecuencia nos congreguemos, para que no seamos presa fácil del diablo.

Encontró, pues, el demonio a Jesús en el desierto y en una región sola y sin caminos. Que así fuera aquel paraje lo significa Marcos diciendo: Y moraba entre las fieras. Pero advierte con cuánta astucia y perversidad se le acerca y qué ocasión escoge. No acomete a Jesús mientras éste ayuna, sino cuando tuvo hambre. Para que aprendas cuán grande bien es el ayuno y qué arma tan poderosa contra el demonio; y que después del bautismo no te has de entregar a los placeres ni a la embriaguez ni a los manjares, sino al ayuno. Por esto ayunó Jesús, no porque él lo necesitara, sino para instruirnos. Pues la crápula, antes del bautismo, había inducido al pecado, Jesús procedió como el que a un enfermo, ya vuelto a la salud, le ordena no volver a lo mismo de que la enfermedad le provino. Por esto tras del bautismo ayunó…

Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre, dando así ocasión al demonio para acercársele; y para darnos en el encuentro el modo con que hay que superarlo y vencerlo. Esto mismo hacen los atletas, pues para enseñar a sus discípulos cómo han de vencer, espontáneamente traban luchas con otros en la palestra, mostrándoles en otros la forma, para que aprendan la manera de obtener la victoria. Así sucedió aquí. Quería Jesús atraer al demonio al combate, y por esto le dejó ver su hambre y no lo esquivó cuando se le acercaba: y habiéndolo enfrentado una y dos y tres veces, lo venció con la facilidad que le convenía.

Mas, no sea que pasando de ligero sobre semejantes victorias algo quitemos a vuestra utilidad espiritual, comencemos por el primer encuentro, y enseguida examinaremos los otros dos con toda diligencia. Y pues Jesús sufría el hambre, acercándose el tentador le dijo: Si eres hijo de Dios di a estas piedras que se conviertan en pan. Como había oído la voz del cielo que decía: Este es mi Hijo muy amado; y había escuchado a Juan que tan grandes cosas testificaba; y luego lo ve hambriento, al fin quedó en duda. No lo podía creer solo hombre por lo que de él se había dicho; pero tampoco admitía que fuera el Hijo de Dios, pues lo veía padecer hambre. Dudoso en su ánimo, traduce sus dudas en sus palabras. Y al modo como acercándose a Adán allá al principio fingió lo que no había para cerciorarse de lo que en realidad había, así ahora, ignorando el secretísimo misterio de la nueva economía y no sabiendo en concreto quién era el que ahí presente se encontraba, procura fabricar nuevas redes, mediante las cuales creía poder llegar a saber lo que en la oscuridad estaba escondido.

¿Qué dice, pues? Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. No le dijo: puesto que tienes hambre, sino: si eres el Hijo de Dios, pensando que así lo halagaría. Calló lo del hambre para que no pareciera que se lo echaba en cara y lo avergonzaba. Ignorando la alteza de las cosas que se iban llevando a cabo, pensaba que hablarle del hambre le sonaría a injuria; por lo cual, al modo de los que adulan, única pero dobladamente se refiere a su dignidad. Y ¿qué hace Cristo? Humillándole su hinchazón y demostrándole que de ninguna manera resultaba vergonzoso lo que le acontecía, ni era indigno de su sabiduría, echa por delante precisamente lo que el diablo había callado y le dice: No de solo pan vive el hombre.

Comienza, pues, por la necesidad del vientre. Pero, considera la astucia maligna del demonio y por dónde da principio al combate y cómo no se olvida de sus artes. Teje su engaño con lo mismo con que había derrotado al primer hombre hasta rodearlo de calamidades sin cuento. Es decir, con la intemperancia. Actualmente oímos a muchos decir que por el vientre nos han venido males sin número. Pero Cristo, demostrando que a quienes están dotados de virtud, semejante tiranía no puede obligarlos hasta el punto de imitar algo que sea contra la decencia, por una parte sufre el hambre y por otra no obedece al mandato del demonio; con lo que además nos enseña a no obedecer en nada al demonio. Y pues el primer hombre por este camino había ofendido a Dios y le había quebrantado su ley, ahora Cristo te enseña a pasar más adelante: de modo que aun cuando lo que el diablo ordena no sea pecado, ni aun así se le ha de obedecer.

Pero ¿qué digo pecado? Ni aun cuando ordenen los demonios algo útil, dice Cristo, se les ha de obedecer ni dar oídos. Por este motivo, a los demonios que lo predicaban y decían que El era el Hijo de Dios, El mismo les prohibió que hablaran. Y Pablo a su vez increpó a los demonios a pesar de que lo que decían le resultaba útil. Al revés, más y más humillándolos y apartando de nosotros sus asechanzas, los rechazó aun cuando ellos predicaban verdades saludables; y les cerraba la boca y les imponía silencio. Tal es el motivo de que ahora Cristo no obedezca. Pues ¿qué es lo que responde?: No de solo pan vive el hombre. Como si dijera: puede Dios alimentar al hambriento aun con una palabra; y trae para ello el testimonio del Antiguo Testamento y nos enseña que aún oprimidos por el hambre o por otra cosa cualquiera que suframos, jamás debemos dejar de recurrir a Dios…

¿Qué hace, pues, aquel execrable vencido? Una vez que no pudo persuadir a Cristo de que lo obedeciera, aun oprimido por el hambre, ataca por otro lado y le dice: Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo, pues está escrito: A sus ángeles encargará que te tomen en sus manos.

¿Por qué el demonio en cada una de las tentaciones echa por delante eso de: si eres el Hijo de Dios? Lo hizo antes y lo repite ahora. Porque ya antes había difamado a Dios, al decir aquellas palabras: El día en que de él comiereis se os abrirán los ojos, con las que les daba a entender que Dios los había engañado y que ningún beneficio habían recibido. Y subindicando lo mismo, dice ahora: en vano Dios te ha llamado hijo suyo y te ha engañado con ese don. Y si esto no es verdad, entonces es necesario que demuestres que ciertamente posees ese poder. Luego, como Cristo lo había refutado con un texto de

la Escritura, ahora él aduce a su vez el testimonio de un profeta.

Y ¿por qué Cristo, ni indignado ni exasperado, le responde con gran mansedumbre y acudiendo de nuevo a las Sagradas Escrituras? Le dice: No tentarás al Señor tu Dios. Para enseñarnos que al demonio no se le ha de vencer mediante milagros, sino con la paciencia; y que nada debe hacerse por vana ostentación. Pero advierte la necedad del demonio, aun por el texto mismo que alega. Porque los textos aducidos por el Señor, ambos son oportunísimos para el caso; mientras que los alegados por el demonio, se disparan a la ventura y fuera de propósito y no cuadran con la cosa de que se trata.

El texto que dice: Pues escrito está: a sus ángeles encargará que te tomen, de ninguna manera es para persuadir a nadie a echarse de cabeza al precipicio, ni se profetizó tal cosa acerca de Cristo. Sin embargo, aunque el diablo lo usó así fraudulentamente, Jesús no lo contradijo; y eso que el diablo lo usaba en un sentido del todo contrario al verdadero. Semejante cosa, nadie la pide al Hijo de Dios. El echarse de cabeza al abismo es consejo del diablo y de los demonios. En cambio, lo propio de Dios es levantar al caído. Y si era cuestión de manifestar su poder, lo habría hecho no precipitándose él, ni echando abajo a otros, sino salvándolos. Eso de lanzarse uno a despeñaderos y precipicios es propio de las legiones diabólicas. Pero así suele proceder en todo ese antiguo engañador.

A pesar de todo, Cristo no le revela su naturaleza, sino que en todo le habla como si fuera simple hombre. Porque aquello de: No de solo pan vive el hombre y aquello de: No tentarás al Señor tu Dios, no eran tales palabras como para manifestar Cristo demasiadamente su divinidad, sino más bien para declararse como uno de tantos hombres…

Y habiéndolo llevado a un monte muy alto y habiéndole mostrado todos los reinos del mundo, le dijo: Todo esto te lo daré si de hinojos me adoras. Entonces le dijo Jesús: Apártate, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás cuitad Como el diablo pecaba ya contra el Padre, al decir que todas las cosas le pertenecían, como si fuera el Creador del universo, finalmente Jesús lo rechaza, y no con airadas expresiones, sino sencillamente ordenándole: Apártate, Satanás. Era esto más una orden que no una reprensión…

Pero ¿cómo se podrá vencer esta pasión y mal? Como nos enseñó Cristo: recurriendo a Dios. De manera que ni por el hambre desfallezcamos, confiados en Aquel que con sola una palabra nos puede apacentar; ni con los bienes que hemos recibido tentemos al dador; sino que contentos con la gloria de allá arriba, despreciemos la humana y en todo rechacemos lo superfluo. Nada hay que mejor nos sujete al demonio como la avaricia y la insaciable codicia de poseer. Y podemos verlo por lo que actualmente sucede. Hay quienes nos digan: todo esto te lo daré si postrándote me adoras. Hombres son los que lo dicen según su naturaleza, pero se han convertido en instrumentos del diablo.
(Homilías sobre el Evangelio de Mateo, homilía 13).

 

San Ireneo:

Para comenzar, ayunó 40 días siguiendo el ejemplo de Moisés y de Elías. Al final tuvo hambre, a fin de que lo reconozcamos como hombre real y verdadero -porque es propio de quien ayuna tener hambre-, donde el adversario hallase cómo entrar a atacarlo. Este, que en el paraíso sedujo con un manjar a un hombre que no tenía hambre, para que despreciase el mandamiento divino, al final no pudo disuadir a otro hombre hambriento de que esperase sólo el pan que viene de Dios. Pues cuando lo tentó diciéndole: “Si eres Hijo de Dios haz que estas piedras se conviertan en pan”, el Señor lo rechazó citando un precepto de la Ley: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. En cuanto a la condición “si eres Hijo de Dios”, guardó silencio; en cambio encegueció al tentador confesándose hombre, y mediante la palabra del Padre le vació su argumento. De este modo la hartura del hombre por el doble bocado se disolvió por la pobreza que se introdujo en este mundo.

Aquél, cuya tentación había sido destruida por la Ley, volvió al ataque con otra mentira sacada de la Ley. Lo llevó a lo más alto del templo y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, échate abajo. Pues está escrito: A sus ángeles te envió para que te lleven en sus manos, a fin de que tu pie no tropiece en la piedra”. Escondió tras la Escritura su mentira, como hacen todos los herejes. Estaba escrito: “Te enviará a sus ángeles”; en cambio “échate abajo” en ninguna parte lo dice la Escritura, sino que el diablo había inventado ese pretexto. El Señor lo refutó por la Ley, diciendo: “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”. Citando la Ley le mostró lo que toca al hombre, no tentar a Dios; y en el hombre que el tentador tenía ante los ojos, no tentar a su Dios y Señor. De esta manera, la soberbia de los sentidos en la serpiente quedó diluida en la humildad de este hombre.

Ya dos veces el diablo había sido vencido por la Escritura. Así se mostró por sus propias palabras enemigo de Dios, cuando quiso persuadirlo empujándolo a hacer lo contrario al precepto divino. Como un derrotado que pretende recoger todo cuanto le queda de fuerzas para apuntarlas hacia una mentira, en tercer lugar “le mostró todos los reinos y su gloria”, y le dijo, según refiere Lucas: “Todo esto te daré, pues me ha sido entregado y lo doy a quien quiero, si postrándote me adoras”. De esta manera el Señor lo desenmascaró, diciendo quién era: “Apártate, Satanás, a tu Dios adorarás y a él solo servirás”. De esta manera su nombre lo desnudó y lo mostró tal como es: Satanás, palabra que en hebreo significa apóstata. Habiéndolo vencido por tercera vez, lo rechazó como a un derrotado legítimamente. De este modo se disolvió la transgresión de Adán al mandato de Dios, por la fidelidad del Hijo de Dios al precepto de la Ley, no desobedeciendo al mandato de Dios.

¿Quién es, entonces, el Señor Dios del que Cristo dio testimonio, al que nadie tentó y al que debemos adorar y a él solo servir? Sin duda alguna es el mismo Dios autor de la Ley. Pues todo había sido prescrito por la Ley, y el Señor mostró, usando las palabras de la Ley, que la Ley del Padre proclama al Dios verdadero. El ángel apóstata de Dios queda desenmascarado al declararse su nombre, derrotado como fue y vencido por el Hijo del Hombre obediente al precepto divino. Como al principio persuadió al hombre a transgredir el precepto del Creador, y así lo sometió a su poder, que consiste en la transgresión y apostasía, con las cuales ató al hombre, era preciso que fuese vencido por el hombre mismo, y atado con las mismas cuerdas con las que él había amarrado al hombre. De esta manera el hombre, desatado, se podía volver a su Señor, abandonando al diablo los lazos con los que éste lo había ligado, o sea la transgresión. (Tratado contra las herejías, 5).

 


San Gregorio Nacianceno:

Si el tentador, el enemigo de la luz, te acomete después del bautismo –y ciertamente lo hará, pues tentó incluso al Verbo, mi Dios, oculto en la carne, es decir, a la misma Luz velada por la humanidad— sabes cómo vencerlo: no temas la lucha. Opónle el agua, opónle el Espíritu contra el cual se estrellarán todos los ígneos dardos del Maligno.

Si te representa tu propia pobreza —de hecho no dudó hacerlo con Cristo, recordándole su hambre para moverle a transformar las piedras en panes– recuerda su respuesta. Enséñale lo que parece no haber aprendido; opónle aquella palabra de vida, que es pan bajado del cielo y da la vida al mundo. Si te tienta con la vanagloria —como lo hizo con Jesús cuando lo llevó al alero del templo y le dijo: Tírate abajo, para demostrar tu divinidad— no te dejes llevar de la soberbia. Si en esto te venciere, no se detendrá aquí: es insaciable y lo quiere todo; se muestra complaciente, de aspecto bondadoso, pero acaba siempre confundiendo el bien con el mal. Es su estrategia.

Este ladrón es un experto conocedor incluso de la Escritura. Aquí el está escrito se refiere al pan; más abajo, se refiere a los ángeles. Y en efecto, está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos. ¡Oh sofista de la mentira! ¿Por qué te callas lo que sigue?

Pero aunque tú lo calles, yo lo conozco perfectamente. Dice: caminaré sobre ti, áspid y víbora, pisotearé leones y dragones; protegido y amparado —se entiende— por la Trinidad.

Si te tienta con la avaricia, mostrándote en un instante todos los reinos como si te pertenecieran y exigiéndote que le adores, despréciale como a un miserable. Amparado por la señal de la cruz, dile: También yo soy imagen de Dios; todavía no he sido, como tú, arrojado del cielo por soberbio; estoy revestido de Cristo; por el bautismo, Cristo se ha convertido en mi heredad; eres tú quien debe adorarme.

Créeme, a estas palabras se retirará, vencido y avergonzado, de todos aquellos que han sido iluminados, como se retiró de Cristo, luz primordial.

Estos son los beneficios que el bautismo confiere a aquellos que reconocen la fuerza de su gracia; éstos son los suntuosos banquetes que ofrece a quienes sufren un hambre digna de alabanza. (Discurso 40).

San Agustín:

Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.

Este que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, a su cuerpo, quiso prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza los precedió.

De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria.

Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él. Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado. (Comentario sobre el salmo 60).

 

San Basilio:

Un cristiano en cada tentación que le sucede, debe traer a la memoria las palabras de la Escritura que vienen a aquel caso, y servirse de ellas como de un fuerte escudo, para que no entren en él los tiros de nuestro enemigo y para poderlos rechazar. (Sentencias).

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