Domingo 2º de Cuaresma – CICLOB.-

1 de marzo de 2015

Domingo 2º de Cuaresma

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (22,1-2.9-13.15-18):

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole: «¡Abrahán!»
Él respondió: «Aquí me tienes.»
Dios le dijo: «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.»
Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. 
Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo «¡Abrahán, Abrahán!»
Él contestó: «Aquí me tienes.»
El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.»
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.
El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: «Juro por mí mismo –oráculo del Señor–: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»
Palabra de Dios

Salmo

Sal 115,10.15.16-17.18-19

R/. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida

Tenía fe, aun cuando dije: 
«¡Qué desgraciado soy!»
Mucho le cuesta al Señor 
la muerte de sus fieles. R/.

Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor. R/.

Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,31b-34):

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?
Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,2-10):

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. 
Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Estaban asustados, y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

Palabra del Señor

COLLATIONES

Es Jesús el que elige a aquellos con los que quiere subir al monte, para transfigurarse ante ellos y mostrarles su Gloria. Dice San Jerónimo que:  “Realmente estamos en el monte, cuando entendemos las Escrituras espiritualmente… Pedro, Santiago y Juan, viendo que estaban en el monte, esto es, en la comprensión espiritual, desprecian las cosas bajas y humanas y desean las cosas excelsas y divinas: no quieren descender a la tierra, sino detenerse enteramente en las cosas espirituales”. Pero no podemos permanecer en el monte, el Señor quiere que nos salvemos estando en la tierra. Permaneciendo en la tierra, hay quienes siguen la palabra de Dios y suben al monte, es decir, a lo excelso, ven cómo las Sagradas Escrituras, se transfiguran y blanquean como la nieve. Ven como se unen el Evangelio, la ley y los profetas. ¡Ven la Gloria de Dios!.

Nos recuerda San Cirilo que “la ley de Moisés y los vaticinios de los santos profetas preanunciaron el misterio de Cristo”. Y de eso hablaban Jesús, Moisés y Elías, de la Pasión y de la Cruz, y también de su resurrección.

Moisés y Elías sólo son siervos, en cambio Jesús es Hijo, por eso, para que veamos la diferencia, se oye la voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. Es como decirnos, Ya escuchasteis a Moisés y a Elías que hablaban es su nombre, ahora escuchadlo a Él.

 

Pedro quiere hacer tres tiendas: una para Jesús, otra para Moisés, y otra para Elías, es decir, quiere separar la ley, los profetas, y el Evangelio, cosas que no pueden separarse. En realidad hay una sola tienda para los tres. Una  tienda que ha puesto Dios para protegernos a todos y que es el Espíritu Santo. Pedro no tenía que construir tres tiendas, su misión era la de construir una sola: la Iglesia. Pero para eso tenía que bajar desde lo alto del monte a lo más bajo de la tierra, para  que uniéndonos en un solo cuerpo y participando de la muerte de Cristo, también participemos un día de su resurrección. “Cristo fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación”. (San Agustín).

Jesús muestra a estos tres discípulos su Gloria para fortalecer su fe, son precisamente estos los que lo acompañarán durante su agonía en Getsemaní. Desea Dios que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido.

San León Magno explica muy bien lo que el Señor trataba de enseñar a los discípulos que lo acompañaban  y a toda la Iglesia, a nosotros, al transfigurarse en el monte Tabor. “Se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza”.

 

San León Magno:

El Señor puso de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido, e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo, semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve.

En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida.

Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá; y de nuevo: Habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

Pero, en aquel milagro, hubo también otra lección para confirmación y completo conocimiento de los apóstoles. Pues aparecieron, en conversación con el Señor, Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, para que se cumpliera con toda verdad, en presencia de aquellos cinco hombres, lo que está escrito: Toda palabra quede confirmada por boca de dos o tres testigos.

¿Y pudo haber una palabra más firmemente establecida que ésta, en cuyo anuncio resuena la trompeta de ambos Testamentos y concurren las antiguas enseñanzas con la doctrina evangélica?

Las páginas de los dos Testamentos se apoyaban entre sí, y el esplendor de la actual gloria ponía de manifiesto, a plena luz, a aquel que los anteriores signos habían prometido bajo el velo de sus misterios; porque, como dice san Juan, la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, en quien se cumplieron, a la vez, la promesa de las figuras proféticas y la razón de los preceptos legales, ya que, con su presencia, atestiguó la verdad de las profecías y, con su gracia, otorgó a los mandamientos la posibilidad de su cumplimiento.

Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadlo. (Sermón 51, En la Transfiguración del Señor  3-4.8).

 

San Jerónimo:

«Y seis días después toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan». «Seis días después». Pedid al Señor que estas cosas sean explicadas según el mismo Espíritu, por quien han sido dictadas. «Y sucedió seis días después». ¿Por qué no nueve, o diez, o veinte, o cuatro, o cinco días después? ¿Por qué no se toma ningún número anterior o posterior, sino que se elige precisamente el seis? «Y sucedió, dice el Evangelio, seis días después». Éstos que están con Jesús —al menos se dice de algunos de los que están allí—: éstos no verán el reino de Dios, hasta después de seis días. Es decir, que hasta que no haya pasado este mundo representado en los seis días, no aparecerá el reino verdadero. Cuando hayan pasado los seis días, quien fuere Pedro, es decir, quien, como Pedro de la piedra, haya recibido de Cristo el nombre, merecerá ver el reino. Pues así como de Cristo nos llamamos cristianos, de la piedra es llamado Pedro, o sea, petrinos. Y si alguien de entre nosotros fuera un petrinos tal, esto es, tuviera una fe tan grande que sobre él se edificase la Iglesia de Cristo; si alguien fuera como Santiago y Juan, hermanos no tanto por la sangre cuanto por el espíritu; si alguien fuera Santiago, esto es, el que derriba, y Juan, esto es, gracia del Señor (pues cuando hayamos derribado a nuestros enemigos, entonces mereceremos la gracia de Cristo); si alguien estuviera en posesión de las verdades más sublimes y del conocimiento más excelente, y mereciera ser llamado hijo del trueno, aún entonces es necesario que sea llevado por Jesús al monte.

Observad al mismo tiempo que Jesús no se transfigura mientras está abajo: sube y entonces se transfigura. Y los lleva a ellos solos, aparte a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes y blanquísimos. Incluso hoy en día Jesús está abajo para algunos, y arriba para otros. Los que están abajo tienen también abajo a Jesús y son las turbas que no pueden subir al monte —al monte suben tan sólo los discípulos, las turbas se quedan abajo—; si alguien, por tanto, está abajo y es de la turba, no puede ver a Jesús en vestidos blancos, sino en vestidos sucios. Si alguien sigue la letra y está totalmente abajo y mira la tierra a la manera de los brutos animales, éste no puede ver a Jesús en su vestidura blanca. Sin embargo, quien sigue la palabra de Dios y sube al monte, es decir, a lo excelso, para éste Jesús se transfigura al instante y sus vestidos se hacen blanquísimos.

Si esto, que hemos leído, lo interpretamos literalmente, ¿Qué tiene en sí de radiante, de espléndido, de sublime? Mas, si lo interpretamos espiritualmente, las Sagradas Escrituras, esto es, los vestidos de la Palabra, se transfiguran al instante y se hacen blancos como la nieve, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de hacer. Toma cualquier texto de los profetas, o cualquier parábola evangélica: si lo interpretas literalmente, no tiene en sí nada de espléndido, nada de radiante. Mas, si sigues a los apóstoles y lo interpretas espiritualmente, al instante se transforman los vestidos de la parábola y se hacen blancos: y Jesús se transfigura totalmente en el monte y sus vestidos se hacen muy blancos, como la nieve, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Quien está en la tierra, quien está abajo, no puede blanquear los vestidos, pero quien sube al monte con Jesús y, por así decir, deja la tierra abajo y se dispone a ascender a regiones altas y celestes, éste puede blanquear los vestidos como ningún batanero en la tierra sería capaz de hacerlo.

Alguien podría decirme o, aunque no lo diga, podría pensar para sus adentros: has explicado qué es el monte y has dicho qué es la palabra de Dios. Has dicho también que los vestidos son las Sagradas Escrituras, dime quiénes son esos bataneros que no son capaces de dejar unos vestidos tan blancos como los de Jesús. El trabajo de los bataneros consiste en blanquear lo que está sucio, cosa que no pueden llevar a cabo sin esfuerzo, pues es necesario estrujar la ropa, lavarla, y tenderla al sol. Si no es con mucho trabajo no llegan a adquirir el color blanco los vestidos sucios. Platón, Aristóteles, Zenón, el principal de los estoicos, y Epicuro, defensor del placer, quisieron blanquear sus sórdidas teorías, por así decir, con blancas palabras, pero no pudieron conseguir unos vestidos tan blancos como los que posee Jesús en el monte. Porque estaban en la tierra y discutían solamente de cosas terrenas. Por ello, pues, ningún batanero, esto es, ningún maestro de la literatura mundana pudo blanquear tanto los vestidos como los tenía Jesús en el monte.

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Si no hubiesen visto a Jesús transfigurado, si no hubiesen visto sus vestidos blancos, no hubieran podido ver a Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Mientras pensemos como los judíos y sigamos con la letra que mata, Moisés y Elías no hablan con Jesús y desconocen el Evangelio. Ahora bien, si ellos hubieran seguido a Jesús, hubieran merecido ver al Señor transfigurado y ver sus vestidos blancos, y entender espiritualmente todas las Escrituras, y entonces hubieran venido inmediatamente Moisés y Elías, esto es, la ley y los profetas, y hubieran conversado con el Evangelio.

«Y se les aparecieron Elías y Moisés y conversaban con Jesús.» En el Evangelio según San Lucas se añade esto: «Y le anunciaban de qué modo iba a padecer en Jerusalén.» Esto es lo que dicen Moisés y Elías, y se lo dicen a Jesús, es decir, al Evangelio. «Y le anunciaban de qué modo iba a padecer en Jerusalén.» Por tanto, la ley y los profetas anuncian la pasión de Cristo ¿Veis cómo es provechoso para nuestra alma la interpretación espiritual? Los mismos Moisés y Elías son vistos con vestiduras blancas, vestiduras blancas, que no poseen, mientras no están con Jesús. Si lees la ley, esto es, a Moisés, y si lees a los profetas, esto es, a Elías, y no los entiendes en Cristo, tampoco entenderás cómo Moisés habla con Jesús y cómo Elías habla con Jesús…

Así, pues, Pedro, Santiago y Juan, que habían visto a Moisés y Elías sin Jesús, precisamente porque vieron que conversaban con Jesús y que tenían los vestidos blancos, se dan cuenta de que están en el monte. Realmente estamos en el monte, cuando entendemos las Escrituras espiritualmente. Si leo el Génesis, o el Éxodo, o el Levítico, o los Números, o el Deuteronomio, mientras leo carnalmente, me veo abajo, mas, si entiendo espiritualmente, subo al monte. Te darás cuenta cómo Pedro, Santiago y Juan, viendo que estaban en el monte, esto es, en la comprensión espiritual, desprecian las cosas bajas y humanas y desean las cosas excelsas y divinas: no quieren descender a la tierra, sino detenerse enteramente en las cosas espirituales.

Y tomando la palabra, dice Pedro a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí.»  También yo mismo, cuando leo las Escrituras y entiendo espiritualmente algo más excelso, no quiero descender de allí, no quiero descender a cosa más bajas: quiero hacer en mi pecho una tienda para Cristo, para la Ley y para los profetas. Por lo demás, Jesús, que ha venido a salvar lo que estaba perdido, que no ha venido a salvar a los que son santos sino a los que se encuentran mal, él sabe que si el género humano estuviera en el monte, no se salvaría, a no ser que descendiera a tierra.

Rabbí, bueno es estarnos aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. ¿Había acaso árboles en aquel monte? Y aún en el caso de que hubiese habido árboles y telas, ¿podemos pensar que es esto lo que Pedro quería hacer, es decir, hacerles unas tiendas, para que habitasen allí, y que es esto todo lo que Pedro pretendía? Quiere hacer tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés, y otra para Elías, es decir, quiere separar la ley, los profetas, y el Evangelio, cosas que no pueden separarse. De todos modos, esto es lo que dice: «Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.» ¡Oh Pedro, aunque hayas subido al monte, aunque estés viendo a Jesús transfigurado, aunque veas sus vestidos blancos, sin embargo, porque Cristo aún no ha muerto por ti, todavía no puedes conocer la verdad! Que alguien diga: «Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», esto es como decirle al Señor: «Voy a hacer una tienda para ti, y otras semejantes para tus siervos. » Cuando se tributa el mismo honor a personas de distinto rango, se hace injuria a la de rango superior. «Hagamos tres tiendas.» Tres eran los apóstoles que había en el monte. Estaba Pedro, estaba Santiago y estaba Juan, y lo que Pedro pretende es que cada uno de los tres personajes (Jesús, Moisés y Elías) tomen consigo a uno de los tres apóstoles. No sabía, pues, lo que decía, al tributar el mismo honor al Señor y a los siervos. En realidad hay una sola tienda para el Evangelio, para la ley, y para los profetas. Si no habitan juntamente, no puede haber concordia entre ellos.

Y se formó una nube, que les cubrió con su sombra. La nube, según Mateo, era luminosa. A mí me parece que esta nube era la gracia del Espíritu Santo. Una tienda ciertamente cubre y protege con su sombra a los que están dentro de ella. Pues bien, esto, que ordinariamente hacen las tiendas, lo hizo la nube. ¡Oh Pedro, que quieres hacer tres tiendas, mira la tienda del Espíritu Santo, que a todos nosotros igualmente nos protege! Si tú hubieses hecho estas tiendas, las hubieras hecho ciertamente humanas, esto es, las hubieses hecho de modo que dejaran fuera la luz y acogieran dentro la sombra. Esta nube, sin embargo, es lúcida y cubre al mismo tiempo; esta es la única tienda, que no excluye, sino que incluye el sol de justicia. Y además el Padre te dirá: «¿Por qué haces tres tiendas? Aquí tienes la verdadera tienda.» Mira también el misterio de la Trinidad, al menos según mi manera de entenderlo, pues yo todo lo que soy capaz de entender, no lo quiero entender sin Cristo, el Espíritu Santo, y el Padre. Nada de ello puede serme agradable, si no lo entiendo en la Trinidad, que me ha de salvar.

Se formó una nube lúcida, y vino una voz desde la nube, que decía: «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle.» Lo que viene a decir el Evangelio es esto: ¡oh Pedro, qué dices: «Os haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías», no quiero que hagas tres tiendas! He aquí que yo os he dado la tienda, que os protege. No hagas tiendas igualmente para el Señor y para los siervos. «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle.» Éste es mi Hijo: no Moisés, no Elías. Ellos son siervos, éste es Hijo. Éste es mi Hijo, es decir, de mi naturaleza, de mi sustancia, Hijo, que permanece en mí y es totalmente lo que yo soy. «Éste es mi Hijo amadísimo». También aquellos son ciertamente amados, pero éste es amadísimo: a éste, por tanto, escuchadle. Aquellos lo anuncian, mas vosotros a éste tenéis que escuchar: Él es el Señor, aquéllos son siervos como vosotros. Moisés y Elías hablan de Cristo, son siervos como vosotros. Él es el Señor, escuchadle. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: escuchad sólo al Hijo de Dios.

Mientras habla el Padre de este modo y dice: «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle», no aparece el que habla. Habla una nube y se oía la voz, que decía: «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle.» Hubiera podido suceder que Pedro dijese: está hablando de Moisés o de Elías. Pues bien, para que no les cupiera ninguna duda, mientras habla el Padre, a aquellos dos (Moisés y Elías) se les hace desaparecer, y permanece Cristo solo. «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle.» Se pregunta Pedro en su corazón: ¿quién es su Hijo? Yo veo a tres, ¿de quién está hablando? Y mientras trata de averiguar quién es, ve a uno solo. Y de pronto, mirando en derredor, buscando a los tres, encuentra solamente a uno. Es más, perdiendo a los tres, encuentra a uno. O mejor aún: en uno descubren a los tres. Pues mejor se descubre a Moisés y Elías, si se les inserta en Cristo.

Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie. Yo, cuando leo el Evangelio y descubro allí el testimonio de la ley y los profetas, pongo mi atención solamente en Cristo: veo a Moisés y veo a los profetas, de manera que los comprendo, en tanto en cuanto hablan de Cristo. Al final, cuando llegue al esplendor de Cristo y lo vea como luz brillantísima de claro sol, entonces no podré ver la luz de una lámpara. ¿Acaso una lámpara puede iluminar, si se enciende de día? Si luce el sol, la luz de la lámpara no se percibe: de este mismo modo, estando Cristo presente, no se perciben a su lado en absoluto la ley y los profetas. No pretendo minusvalorar la ley y los profetas, al contrario, hago de ellos una alabanza, porque anuncian a Cristo, pero yo leo la ley y los profetas, no para quedarme en ellos, sino para, a través de ellos, llegar a Cristo. (Comentario al Evangelio de San Marcos).

 

Orígenes:

 Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. El hecho de que llevara Isaac la leña de su propio sacrificio era figura de Cristo, que cargó también con la cruz; además, llevar la leña del sacrificio es función propia del sacerdote. Así, pues, Cristo es, a la vez, víctima y sacerdote. Esto mismo significan las palabras que vienen a continuación: Los dos caminaban juntos. En efecto, Abrahán, que era el que había de sacrificar, llevaba el fuego y el cuchillo, pero Isaac no iba detrás de él, sino junto a él, lo que demuestra que él cumplía también una función sacerdotal.

¿Qué es lo que sigue? Isaac —continúa la Escritura—dijo a Abrahán, su padre: «Padre». Esta es la voz que el hijo pronuncia en el momento de la prueba. ¡Cuán fuerte tuvo que ser la conmoción que produjo en el padre esta voz del hijo, a punto de ser inmolado! Y, aunque su fe lo obligaba a ser inflexible, Abrahán, con todo, le responde con palabras de igual afecto: «Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?». Abrahán contestó: «Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío».

Resulta conmovedora la cuidadosa y cauta respuesta de Abrahán. Algo debía prever en espíritu, ya que dice, no en presente, sino en futuro: Dios proveerá el cordero; al hijo que le pregunta acerca del presente le responde con palabras que miran al futuro. Es que el Señor debía proveerse de cordero en la persona de Cristo.

Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, Abrahán!». Él contestó: «Aquí me tienes». El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios». Comparemos estas palabras con aquellas otras del Apóstol, cuando dice que Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. Ved cómo Dios rivaliza con los hombres en magnanimidad y generosidad. Abrahán ofreció a Dios un hijo mortal, sin que de hecho llegara a morir; Dios entregó a la muerte por todos al Hijo inmortal.

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Creo que ya hemos dicho antes que Isaac era figura de Cristo, mas también parece serlo este carnero. Vale la pena saber en qué se parecen a Cristo uno y otro: Isaac, que no fue degollado, y el carnero, que sí fue degollado. Cristo es la Palabra de Dios, pero la Palabra se hizo carne.

Cristo padeció, pero en la carne; sufrió la muerte, pero quien la sufrió fue su carne, de la que era figura este carnero, de acuerdo con lo que decía Juan: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La Palabra permaneció en la incorrupción, por lo que Isaac es figura de Cristo según el espíritu. Por esto, Cristo es, a la vez, víctima y pontífice según el espíritu. Pues el que ofrece el sacrificio al Padre en el altar de la cruz es el mismo que se ofrece en su propio cuerpo como víctima. (Homilía 8 sobre el libro del Génesis, 6.8.9).

San Agustín:

→ Siempre habéis de tener bien presente, hermanos, que Cristo fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, sobre todo en estos días en que, alertados por gracia tan grande, la celebración anual no nos permite olvidar ese acontecimiento único. Iluminados por la fe, fortalecidos por la esperanza e inflamados por la caridad, asistamos solemnemente a estas realidades temporales y suspiremos incesantemente por las eternas. Pues si Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dio todo con él? Cristo sufrió la pasión: muramos al pecado; Cristo resucitó: vivamos para Dios. Cristo pasó de este mundo al Padre: no se apegue aquí nuestro corazón, antes bien sígale al cielo; nuestra Cabeza pendió del madero: crucifiquemos la concupiscencia de la carne; yació en el sepulcro: sepultados con él, olvidemos el pasado; está sentado en el cielo: transfiramos nuestros deseos a las realidades sublimes; ha de venir como juez: no llevemos el mismo yugo que los infieles; ha de resucitar también los cadáveres de los muertos: merezcamos la transformación del cuerpo transformando la mente; pondrá a los malos a su izquierda y a los buenos a su derecha: elijamos nuestro lugar con las obras; su reino no tendrá fin: no temamos en absoluto el fin de esta vida. Toda enseñanza referente a nuestra paz está en aquel por cuyas llagas hemos sido sanados. (Sermón 229 D, 1).

 

→ Este busca qué retribuir al Señor, y no encuentra nada sino aquello que el mismo Señor le retribuyó. Tomaré —dice— el cáliz de la salud e invocaré el nombre del Señor. ¡Oh hombre!, por tu pecado eres mentiroso; por el don de Dios, veraz, y, por tanto, ya no eres hombre. ¿Quién te dio el cáliz de salud, de suerte que, tomándole e invocando el nombre del Señor, le retribuyas por todo lo que a ti te retribuyó? ¿Quién sino Aquel que dice: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? ¿Quién te otorgó imitar sus padecimientos sino Aquel que primeramente padeció por ti? Por tanto, preciosa es delante del Señor la muerte de sus santos. La compró con su sangre, que primeramente derramó por la salud de sus siervos para que sus siervos no dudasen derramarla por el nombre del Señor. Sin embargo, a ellos les aprovecha, no al Señor.

Alabe, pues, su estado, su libertad, comprada con tan inmenso precio, y diga: ¡Oh Señor!, yo soy tu siervo; yo soy tu siervo e hijo de tu esclava. Luego fue comprado, y es doméstico o esclavo. Pero ¿acaso fue comprado con la madre? ¿O por ventura, porque es esclavo, fue asolado por el pecado de su huida, y, por tanto, fue comprado porque fue redimido? Espues, hijo de la esclava, en cuanto que toda criatura se halla sometida al Creador; y, por tanto, debe al verdadero Señor la verdadera servidumbre; y cuando la presta, al recibir esta gracia de Dios para no servirle por necesidad, sino por voluntad, es libre. Luego éste es el hijo de la Jerusalén celeste, de arriba, la cual es madre libre de todos nosotros. Ciertamente está libre de pecado, pero es esclava de la justicia. A los hijos de ella que aún peregrinan se les dice: Vosotros fuisteis llamados a libertad; pero de nuevo les hace siervos, diciendo a continuación: Por la caridad servíos mutuamente. A éstos también dice: Cuando erais esclavos del pecado, estabais libres tocante a la justicia; pero ahora, librados ya del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis fruto de santificación, fin y vida eterna. Luego diga este siervo a Dios: “Muchos se llaman a sí mismos mártires, muchos se dicen tus siervos, porque conservan tu nombre en distintos errores y herejías; pero, como están fuera de tu Iglesia, no son hijos de tu esclava, mas yo soy tu siervo e hijo de tu sierva”.

Rompiste mis ataduras; te inmolaré sacrificio de alabanza. No hallé mérito mío alguno cuando tú rompiste mis cadenas; por eso te debo sacrificio de alabanza, porque, aun Cuando me gloriare de ser tu siervo e hijo de tu esclava, no me gloriaré en mí, sino en ti, Señor mío, que rompiste mis cadenas para que al volver de la huida sea amarrado para ti.

Cumpliré mis votos al Señor. ¿Qué votos cumplirás? ¿Qué víctimas prometiste? ¿Qué incienso? ¿Qué holocaustos? ¿Acaso atiendes a lo que dijiste poco antes: Tomaré el cáliz de salud e invocaré el nombre del Señor; y te inmolaré el sacrificio de alabanza? En efecto, todo el que atinadamente recapacita qué debe prometer a Dios y qué votos debe cumplir, se prometa a sí mismo, se dé a sí mismo. Esto es lo que se exige, esto es lo que se debe. Examinada la moneda, el Señor dice: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Al César se le da su imagen, se le devuelva a Dios la suya.

Pero el que recuerda que no sólo es siervo de Dios, sino también hijo de la esclava de Dios, entiende cómo ha de cumplir sus votos asemejándose a Cristo mediante el cáliz de la salud. (Y los cumplirá) en los atrios —dice— de la casa del Señor. La casa del Señor es la misma esclava de Dios. ¿Y cuál es la casa de Dios? Todo el pueblo de Dios. Por eso prosigue diciendo: En la presencia de todo su pueblo. A continuación nombra más claramente a la misma madre. Pues ¿qué otra cosa es su pueblo sino lo que sigue: En medio de ti, Jerusalén? Será grato lo que se retribuye si, procediendo de la paz, se retribuye en la paz. Quienes no son hijos de esta esclava, más bien amaron la guerra que la paz. Pero para que nadie crea que los atrios de la casa del Señor y todo su pueblo simbolizan a los judíos, porque concluyó este salmo de tal modo que dijo: En medio de ti, Jerusalén, de cuyo nombre se gloriaban los carnales israelitas, oíd el salmo siguiente, que se compone de cuatro versillos. (Comentario al salmo 115).

San Elredo de Rieval:

Leemos en el Antiguo Testamento que, después de haber salido de Egipto los hijos de Israel por medio de Moisés, vino Amalec, un pueblo bárbaro, y los atacó. Pero Moisés envió contra ellos el ejército, y él subió al monte para orar por ellos, y elevó sus manos al Señor. Y sucedió que mientras él levantaba sus manos las manos, vencían los hijos de Israel, pero si él las bajaba, vencía Amalec. ¿Por qué nos parece que tenía tanto poder su elevación de manos?. Dios suele mirar más al afecto del alma que al gesto del cuerpo.

¿Entonces, qué? ¿No valía su oración delante de Dios si no levantaba las manos? La elevación de sus manos tenía tal poder que los enemigos de los hijos de Israel no podían con ellos. Aquella elevación de manos tenía tal poder porque simboliza la elevación de manos de aquél que dice en el salmo: “La elevación de mis manos es el sacrificio vespertino”. Al atardecer del mundo, se extendieron en la cruz aquellas tiernas manos y se ofreció el sacrificio vespertino del que “quita los pecados”.

“Si Dios está a nuestro favor, ¿Quién estará contra nosotros? Si Dios es el que justifica, ¿quién condenará? ¿Será Cristo Jesús, que murió, es más, que también resucitó, está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?”. Por eso, hermanos, debemos luchar varonilmente contra el diablo y sus insidias, y tener gran esperanza en nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo podrán perderse aquellos por los que ora Cristo, por los que presenta ante el Padre las heridas que soportó por nosotros? Por eso nuestra confianza en él debe ser firme.

Y estemos seguros, hermanos, que siempre que tengamos presente en nuestro corazón su pasión, siempre que nuestra esperanza esté allí donde está Cristo intercediendo por nosotros a la derecha del Padre, no nos podrá vencer el Amalec espiritual, es decir, el diablo. Y por eso, hermanos míos, tengamos cuidado no se entibie en nosotros por nuestra negligencia este afecto y este recuerdo, ya que en seguida caeremos y nos vencerá y atormentará nuestro enemigo. (En la Ascensión del Señor, sermón 13, 27.28.26.31).

San Efrén:

Simón-Pedro dice: «¡Señor, es bueno estar aquí!» ¿Qué dices, Pedro? Si permanecemos aquí, ¿quién realizará las predicciones de los profetas? ¿Quién sellará las palabras de los heraldos? ¿Quién llevará hasta su término los misterios de los justos? Si permanecemos aquí ¿en quién se cumplirán estas palabras: «Han atravesado mis manos y mis pies»? ¿En quién se cumplirán estas palabras: «se han repartido mis vestiduras, han echado a suertes mi túnica»? ¿Quién realizará el anuncio del salmo: «Por alimento, me dieron hiel y para mi sed, me dieron vinagre»? ¿Quién vivirá la expresión: «Libre entre los muertos»? ¿Cómo se ejecutarán mis promesas, cómo se construirá la Iglesia?

Y Pedro dice aún: «Hagamos aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés, una para Elías». Enviado para construir la Iglesia en el mundo, Pedro quiere levantar tres tiendas en la montaña. No ve aún a Cristo más que como hombre, lo pone a la par de Moisés y Elías. Pero Jesús le muestra pronto que no había necesidad de tienda. Era Él quien durante 40 años, había levantado una tienda para los Padres, una tienda de nube cuando permanecieron en el desierto.

«Hablaban aún, y he aquí que una nube luminosa les cubrió con su sombra». ¿La ves, Simón, esta tienda levantada sin esfuerzo? Destierra el calor, sin conllevar tinieblas, tienda brillante y resplandeciente. Mientras que los discípulos se extrañaban, una voz venida del Padre se hace oír en la nube: «¡Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias, escuchadle!»… El Padre enseñaba a los discípulos que la misión de Moisés estaba cumplida: en adelante es el Hijo a quien deberán escuchar. El Padre, en la montaña revelaba a los apóstoles lo que les quedaba oculto: «El que es» revelaba «El que es», el Padre hacía conocer a su Hijo. (Opera Omnia).

 

 San Cirilo de Alejandría:

Jesús subió a una montaña con sus tres discípulos preferidos. Allí se transfiguró en un resplandor tan extraordinario y divino, que su vestido parecía hecho de luz. Se les aparecieron también Moisés y Elías conversando con Jesús: hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén, o sea, del misterio de aquella salvación que había de operarse mediante su cuerpo, de aquella pasión —repito—que habría de consumarse en la cruz. Pues la verdad es que la ley de Moisés y los vaticinios de los santos profetas preanunciaron el misterio de Cristo: las losas de la ley lo describían como en imagen y veladamente; los profetas, en cambio, lo predicaron en distintas ocasiones y de muchas maneras, diciendo que en el momento oportuno aparecería en forma humana y aceptaría morir en la cruz por la salvación y la vida de todos.

Y el hecho de que estuviesen allí presentes Moisés y Elías conversando con Jesús, quería indicar que la ley y los profetas son como los dos aliados de nuestro Señor Jesucristo, presentado por ellos como Dios a través de las cosas que habían preanunciado y que concordaban entre sí. En efecto, no discrepan de la ley los vaticinios de los profetas: y, a mi modo de ver, de esto hablaban Moisés y Elías, el más grande de los profetas.

Habiéndose aparecido, no se mantuvieron en silencio, sino que hablaban de la gloria que el mismo Jesús iba a consumar en Jerusalén, a saber, de la pasión y de la cruz y, en ellas, vislumbraban también la resurrección. Pensando quizá el bienaventurado Pedro que había llegado el tiempo del reinado de Dios, gustoso se quedaría a vivir en la montaña; de hecho, y sin saber lo que decía, propone la construcción de tres chozas. Pero aún no había llegado el fin de los tiempos, ni en la presente vida entrarán los santos a participar de la esperanza a ellos prometida. Dice, en efecto, Pablo: El trasformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, es decir, de la condición gloriosa de Cristo.

Ahora bien, estando estos planes todavía en sus comienzos, sin haber llegado aún a su culminación, sería una incongruencia que Cristo, que por amor había venido al mundo, abandonase el proyecto de padecer voluntariamente por él. Conservó, pues, aquella naturaleza con la que padeció la muerte según la carne y la borró por su resurrección de entre los muertos.

Por lo demás y al margen de este admirable y arcano espectáculo de la gloria de Cristo, ocurrió además otro hecho útil y necesario para consolidar la fe en Cristo, no sólo de los discípulos, sino también de nosotros mismos. Allí, en lo alto, resonó efectivamente la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. (Homilía 9 en la transfiguración del Señor).

 

San Anastasio del Sinaí:

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria de su Padre».

Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Estas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.

Debemos apresurarnos a ir hacia allí —así me atrevo a decirlo— como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.

Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos, como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!

Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a  Cristo, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras. (Sermón en el día de la Transfiguración del Señor, 6-10).

 

San Ambrosio de Milán: 

Fue el mismo Señor Jesús el que quiso que al monte subiera únicamente Moisés a recibir la ley, aunque no sin Jesús (Josué). Y en el evangelio, de entre los discípulos, a solos Pedro, Santiago y Juan les fue revelada la gloria de su resurrección. De esta manera, quiso mantener oculto su misterio, y frecuentemente recomendaba que no fueran fáciles en hablar a cualquiera de lo que habían visto, a fin de que las personas débiles, incapaces por su carácter vacilante de asimilar la virtualidad de los sacramentos, no sufrieran escándalo alguno.

Por lo demás, el mismo Pedro no sabía lo que decía, cuando se creyó obligado a construir tres chozas para el Señor y para sus siervos. Inmediatamente después fue incapaz de resistir el fulgor de la gloria del Señor, que lo transfiguraba: cayó en tierra y con él cayeron también los hijos del trueno, Santiago y Juan; una nube los cubrió con su sombra, y no fueron capaces de levantarse hasta que Jesús se acercó, los tocó y les mandó levantarse, deponiendo todo temor.

Entraron en la nube para conocer cosas arcanas y ocultas, y allí oyeron la voz de Dios que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. ¿Qué significa: Éste es mi Hijo, el amado? Esto: No te equivoques, Simón, pensando que el Hijo de Dios puede ser parangonado con los siervos. Este es mi Hijo, ni Moisés es mi Hijo ni Elías es mi Hijo, aunque el uno dividiera en dos partes el mar, y el otro clausurara el cielo. Pero si es cierto que ambos vencieron la naturaleza de los elementos, fue con la fuerza de la palabra de Dios, de la que fueron simples instrumentos; en cambio, éste es el que solidificó las aguas, cerró el cielo con la sequía y, cuando quiso, lo abrió enviando la lluvia.

Cuando se requiere un testimonio de la resurrección, se estipulan los servicios de los siervos; cuando se manifiesta la gloria del Señor resucitado, desaparece el esplendor de los siervos. En efecto, cuando el sol sale, neutraliza los focos de las estrellas y toda su luz se desvanece ante el astro del día. ¿Cómo, pues, podrían verse las estrellas humanas a la plena luz del eterno Sol de justicia y de aquel divino fulgor? ¿Dónde están ahora aquellas luces que milagrosamente brillaban ante vuestros ojos? El universo entero es pura tiniebla en comparación con la luz eterna. Afánense otros en agradar a Dios con sus servicios: sólo él es la luz verdadera y eterna, en la que el Padre tiene sus complacencias. También yo encuentro en él mis complacencias, considerando como mío todo lo que ha hecho él, y aspirando a que cuanto yo he hecho se considere realmente como obra del Hijo. Escuchadle cuando dice: Yo y el Padre somos uno. No dijo: yo y Moisés somos uno. No dijo que él y Elías eran partícipes de la misma gloria divina. ¿Por qué queréis construir tres chozas? La choza de Jesús no está en la tierra, sino en el cielo. Lo oyeron los apóstoles y cayeron al suelo despavoridos. Se acercó el Señor, les mandó levantarse y les ordenó que no contaran a nadie la visión. (Comentario sobre el salmo 45).

 

 

 

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