Domingo 3º de Cuaresma – CICLO B.-

8 de marzo de 2015

Domingo 3º de Cuaresma

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (20,1-17):

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y bisnietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 18,8.9.10.11

R/. Señor, tú tienes palabras de vida eterna

La ley del Señor es perfecta 
y es descanso del alma;
el precepto del Señor
es fiel e instruye al ignorante. R/.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida 
y da luz a los ojos. R/.

La voluntad del Señor
es pura y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos 
y enteramente justos. R/.

Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel 
de un panal que destila. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,22-25):

Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados –judíos o griegos–, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (2,13-25):

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

 

Nos dice San Agustín: “El templo de Dios es el cuerpo de Cristo. ¿Qué son nuestros cuerpos? Miembros de Cristo”. Y para que todos podamos formar ese templo que es Cristo, Dios nos dio unos preceptos, una ley, y “la ley de Dios es perfecta”, como dice el salmo, porque  es la ley del amor. Ley que permite que Dios construya su propio templo con piedras vivas, piedras unidas con un divino material: el amor. 

Con todos nosotros, piedras vivas, construye Dios su Templo, y a su vez cada uno de nosotros, cada piedra, es un templo. Y dirá San León Magno que “si somos templo de Dios y el Espíritu Santo es el huésped de nuestras almas, según dice el Apóstol: Vosotros sois templo de Dios vivo, hemos de trabajar con gran esmero para que la morada de nuestro corazón no sea indigna de tan gran huésped”. Huésped que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Es Cristo crucificado, al que predicamos, porque como dice San Juan Crisóstomo: “Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa… Misterio es sobre todo lo que, aunque predicado en todas partes, no es conocido por los que no tienen un alma recta, pues se revela no por la sabiduría, sino por el Espíritu Santo y en la medida de nuestra propia capacidad”.

Hablando San Bernardo de nuestro cuerpo, dice: “Este templo material se hizo para nosotros, para que viviéramos en él. Porque el Altísimo no habita en edificios construidos por hombres… Ya sé, por consiguiente, dónde prepararle una casa: únicamente su imagen puede abarcarle. El alma es capaz de él, porque ha sido creada a su imagen”. “Hermanos, profundamente agradecidos empeñémonos en construirle un templo. Procuremos que viva primeramente en cada uno de nosotros, y después en todos juntos. Él nos ama como a personas individuales y como comunidad”.

 

San Bernardo:

Hace muchos siglos David, aquel rey tan insigne y profeta del Señor, movido por un santo pensamiento, consideró indigno que el Señor del mundo no tuviera una morada en la tierra, mientras que él residía en el palacio. También nosotros, hermanos, debemos pensar así y hacerlo una feliz realidad. Es cierto que aquel plan del Profeta, aunque agradó a Dios, cupo en suerte ponerlo en obra a Salomón; pero esto es otra cuestión que la brevedad del tiempo no nos permite explicar. Tú, alma, vives en una casa magnífica, construida por el mismo Dios en persona. Me refiero a tu cuerpo, tan bien ideado, dispuesto y ordenado, que te sirve de morada digna y agradable. Y para tu mismo cuerpo construyó otro palacio encantador, sublime e inmenso. Es este mundo sensible y habitable. 

¿No te parece una ingratitud disfrutar tú de esta casa y no pensar en construirle un templo? De momento tienes dónde vivir, pero no olvides que se derrumbará muy pronto; y si no te provees de otra, quedarás a merced de la lluvia, el viento y el frío. ¿Y quién soportará el rigor de aquel frío? Dichosa una y mil veces el alma que pueda decir: Sabemos que si nuestro albergue terrestre, esta tienda de campaña se derrumba, tenemos un edificio que viene de Dios, un albergue eterno en el cielo no construido por hombres. Por lo tanto, o alma, no des sueño a tus ojos ni reposo a tus párpados, hasta que encuentres un lugar para el Señor, una morada para el Dios de Jacob.

¿Qué planes tenemos hermanos? ¿Dónde emplazar esta construcción? ¿Quién va a ser el arquitecto? Este templo material se hizo para nosotros, para que viviéramos en él. Porque el Altísimo no habita en edificios construidos por hombres. ¿Seremos capaces de levantar un templo al que dice con toda verdad: Yo lleno el cielo y la tierra? Esto me llenaría de congoja y angustia si no le oyera decir a él mismo: Mi Padre y yo vendremos a él y haremos en él nuestra morada.

Ya sé, por consiguiente, dónde prepararle una casa: únicamente su imagen puede abarcarle. El alma es capaz de él, porque ha sido creada a su imagen. Corre, pues, adorna tu tálamo, Sión, que el Señor te prefiere a ti y te llenará de vida. Salta de gozo, hija de Sión, que tu Dios vivirá dentro de ti. Di con María: He aquí la esclava del Señor, cúmplase en mí tu palabra. Y añade con Isabel: ¿Quién soy yo para que el Dios de la majestad venga a mí? ¡Qué cúmulo de amabilidad y generosidad la de Dios, y qué grandeza, y gloria la de las almas! El Dios del universo, que desconoce toda especie de indigencia, manda hacerse un templo en ellas. 

Hermanos, profundamente agradecidos empeñémonos en construirle un templo. Procuremos que viva primeramente en cada uno de nosotros, y después en todos juntos. Él nos ama como a personas individuales y como comunidad. Ante todo intente cada uno ser coherente consigo mismo, porque todo reino dividido queda asolado y se derrumba casa sobre casa. Y Cristo no se acerca a unas paredes que ceden o a unas tapias ruinosas.
Así como el alma quiere tener siempre intacta la morada de su cuerpo, y cuando se dispersan sus miembros la abandona, reflexione por su parte qué debe hacer, si quiere que Cristo viva por la fe en su corazón, es decir, en sí misma. Evite por todos los medios que sus miembros -memoria, inteligencia y voluntad- no estén discordes. Que la inteligencia viva libre del error y esté en armonía con la voluntad: eso es lo que ésta desea. Que la voluntad viva limpia de todo mal, pues eso pide la razón. Pero si el alma se condena a sí misma por una voluntad depravada, en aquello que apoya la razón, ya tenemos una guerra intestina y una discordia peligrosa: la razón censura, acusa, juzga y condena a la voluntad. A esto se refiere Cristo en el Evangelio: Busca un arreglo con tu enemigo cuanto antes, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al guardia, etc.
Que la memoria está completamente limpia y para ello borre todos sus pecados con una sincera confesión y un auténtico arrepentimiento. De otra suerte la voluntad y la razón aborrecerán una conciencia que alberga el pecado. El mejor templo que se puede presentar a Dios es, sin duda alguna, el hombre cuya razón no está engañada, ni su voluntad pervertida, ni su memoria manchada. 
Cuando cada uno de nosotros estemos así, intentemos unirnos y compenetrarnos todos juntos por medio de la caridad, que es la perfección consumada. El conocimiento perfecto es imposible alcanzarlo en esta vida y acaso tampoco es conveniente. En la casa celestial, el conocimiento es incentivo del amor; aquí puede ser un gran obstáculo. ¿Quién puede presumir de un corazón intachable? Aquí es muy fácil falsear la verdad y equivocarse. Allí reina el gozo de la verdad, porque está libre de toda mancha. Aquella casa está fuertemente unida y es inconmovible. Esta otra, en cambio, como tienda de soldados, tiene poca solidez. Aquella es la casa de la alegría. Esta la de la milicia. Aquella la casa de la alabanza. Esta la de la oración. Esta es la ciudad de nuestros sudores, aquella la de nuestro descanso. (EN LA DEDICACIÓN DE LA IGLESIA. SERMÓN SEGUNDO).

San León Magno:

→ Amadísimos, la doctrina apostólica nos amonesta a que, despojándonos de la vieja condición, con sus obras nos renovemos de día en día con un estilo de vida santa. Porque si somos templo de Dios y el Espíritu Santo es el huésped de nuestras almas, según dice el Apóstol: Vosotros sois templo de Dios vivo, hemos de trabajar con gran esmero para que la morada de nuestro corazón no sea indigna de tan gran huésped.

Y así como en las viviendas humanas se provee con encomiable diligencia la inmediata restauración de lo que la infiltración de humedades, la furia de las tormentas o el paso de los años ha deteriorado, de igual forma debemos ejercer una asidua vigilancia para que nada desordenado, nada impuro se infiltre en nuestras almas.

Y si bien es verdad que nuestro edificio no puede subsistir sin la ayuda de su artífice, y nuestra construcción es incapaz de mantenerse incólume sin la previa protección de su Creador, sin embargo, siendo nosotros piedras racionales y material vivo, la mano de nuestro autor nos ha estructurado de modo tal, que el mismo ser que es restaurado colabora con su propio constructor. Por tanto, que la sumisión humana no se sustraiga a la gracia divina ni renuncie a aquel bien sin el cual no puede ser buena. Y si, en la práctica de los mandamientos, hallare algo que le es personalmente imposible o muy difícil, que no se encierre en sí misma, sino recurra al que impone el precepto, pues lo impone precisamente para suscitar el deseo y prestar el correspondiente auxilio, como dice el profeta: Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará. ¿O es que hay alguien tan insolente y soberbio que se tiene por tan inmaculado o inmune hasta el punto de no necesitar ya de renovación alguna? Una tal persuasión va totalmente descaminada, y encanece, en una insostenible presunción, todo el que se cree inmune de cualquier caída ante los asaltos de la tentación en la presente vida.

Pues aun cuando no hay corazón creyente que ponga en duda que ninguna región ni momento alguno escapa a la divina providencia, y que el éxito de los negocios seculares no depende del poder de las estrellas, que es nulo, sino que todo está regulado por la voluntad infinitamente justa y clemente del Rey soberano, pues como está escrito: Las sendas del Señor son misericordia y lealtad, sin embargo, cuando algunas cosas no suceden a la medida de nuestros deseos y cuando, debido a un error del juicio humano, la causa del inicuo recibe una solución más satisfactoria que la del justo, es realmente difícil y casi inevitable que tales eventos desorienten incluso a los espíritus fuertes, induciéndolos a una murmuración de crítica culpable. Hasta tal punto, que el mismo excelentísimo profeta David confiesa haberse sentido peligrosamente turbado por tales incongruencias. Por consiguiente, ya que son pocos los que poseen una tan sólida fortaleza que les ponga al abrigo de cualquier perturbación provocada por semejantes discriminaciones, y puesto que no sólo la adversidad, sino incluso la prosperidad corrompe a muchos fieles, es menester que despleguemos una diligente solicitud en curar las heridas de que está plagada la humana fragilidad. (Tratado 43 sobre el ayuno cuaresmal).

 

→ Carísimos: entre todos los días que la devoción cristiana celebra con especiales muestras de honor, ninguno tan excelente como la festividad pascual, que consagra en la Iglesia de Dios la dignidad de todas las demás solemnidades. En realidad, hasta la misma generación materna del Señor está orientada a este sacramento, y el Hijo de Dios no tuvo otra razón de nacer, que la de poder ser crucificado. En efecto, en el seno de la Virgen fue asumida una carne mortal; en esta carne mortal se llevó a cabo la economía de la pasión; y, por un designio inefable de la misericordia de Dios, se convirtió en sacrificio de redención, en abolición del pecado y en primicias de la resurrección para la vida eterna. Y si consideramos lo que el mundo entero ha recibido por la cruz del Señor, reconoceremos que para celebrar el día de la Pascua con razón nos preparamos con un ayuno de cuarenta días, a fin de poder participar dignamente en los divinos misterios.

Pues no sólo los supremos pastores o los sacerdotes de segundo rango, ni solos los ministros de los sacramentos, sino todo el cuerpo de la Iglesia y la universalidad de los fieles ha de estar purificada de cualquier tipo de corrupción, para que el templo de Dios –que tiene como cimiento al mismo fundador– sea magnífico en todas sus piedras y luminoso en todas sus partes. Porque si es razonable que se embellezcan con toda clase de adornos las mansiones de los reyes y los palacios de los supremos jerarcas, de suerte que posean moradas más suntuosas aquellos que están en posesión de mayores méritos, ¡con qué esmero no habrá de edificar y con cuánto primor no convendrá decorar la mansión de la misma Deidad! Mansión que aun cuando no pueda iniciarse ni consumarse sin el concurso de su autor, exige sin embargo la colaboración de quien la construye, participando con la propia fatiga en su edificación. El material utilizado en la construcción de este templo es un material vivo y racional, que el espíritu de gracia incita para que voluntariamente se coadune en un todo compacto. Este material es amado y es buscado, para que a su vez busque el que no buscaba y ame el que no amaba, de acuerdo con lo que dice el apóstol san Juan: Nosotros debemos amarnos unos a otros, porque Dios nos amó primero.

Formando, pues, los fieles, global y singularmente considerados, un único y mismo templo de Dios, éste debe ser perfecto en la singularidad de sus miembros como lo es en la universalidad. Y si bien la belleza de los miembros no es idéntica, ni es posible la igualdad de los méritos, dada la variedad de las partes, sin embargo el aglutinante de la caridad consigue una armoniosa comunión. Pues los que están vinculados por un santo amor, aun cuando no todos participen de los mismos beneficios de la gracia, todos no obstante se alegran mutuamente de sus bienes, y no puede serles extraño nada de lo que aman, por cuanto redunda en propio enriquecimiento la alegría que experimentan en el progreso ajeno. (Tratado 48).

 

San Elredo de Rieval:

♦ Y se tambalearán, dice, los ídolos de Egipto. ¡Así ha sucedido, gracias a Dios! Han sido removidos los ídolos de Egipto, eliminados los del mundo. Muy pocos o ninguno hay que ahora adore las piedras  los leños, como casi todo el mundo hacía antes de la venida de Cristo. ¡Pero ojalá, hermanos, así como los hombres han quitado los ídolos de sus casas lo hiciesen también de sus corazones! Pues el que ama más al dinero que a Dios, reniega de Dios y adora un ídolo. ¿Pues qué es el dinero sino un ídolo que tienen la imagen no de Dios, sino de un hombre? Pero esto no va con nosotros. ¿Entonces qué? ¿No tenemos nada que temer de estos ídolos? ¡Ojalá!. (En la Anunciación del Señor, sermón 9, 35).

♦ Pues escuchemos lo que dice la Escritura: “Su compasión es mayor que todas sus obras”. Distingo tres clases de obras de Dios: la de su sabiduría, la de su misericordia, y la de su juicio. Obra de su sabiduría es el cielo, la tierra y todo lo que contienen. Obra de su juicio es dar a cada uno según sus obras. Pero su misericordia es mayor que todas sus obras. Por eso la obra de su misericordia es su obra especial. Es su obra, la obra propia en la que especialmente aparece su bondad, su amor y su benignidad.

Había hecho la obra de su sabiduría al crear el mundo, pero aún no había hecho la obra de la misericordia, pues la obra de la misericordia se realiza con los miserables. También había hecho la obra de su juicio al arrojar al diablo del cielo por su soberbia.  Y también hizo una obra de juicio al expulsar al hombre del paraíso por su desobediencia. Pero en estas obras demostró su sabiduría y su poder. También quiso demostrar su misericordia, ya que su misericordia es mayor que todas sus obras. Por eso la obra de su misericordia se llama propiamente “su obra”.

Fijaos ahora cómo nuestro Señor tomó algo que era ajeno a él para poder hacer su obra, es decir, la obra de su misericordia. El que era sabiduría quiso ser como un necio, el que era la fortaleza quiso ser débil. Por eso dice el Apóstol: “La necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres”. Para hacer su obra, tomó la ajena como propia: el pan tiene hambre, la fuente sed, la fortaleza se cansa, la vida muere.

¿Pero cómo hizo su obra por medio de esta obra ajena? Su hambre nos alimenta, su sed nos embriaga, su cansancio nos restaura, su muerte nos da la vida. Nuestra saciedad espiritual, nuestra embriaguez espiritual, nuestra restauración espiritual, nuestra vivificación espiritual, todo esto es obra de su misericordia. Por la obra ajena, hizo todo esto. La sabiduría hace esto por la necedad, como dice el Apóstol: “Ya que el mundo no conoció a Dios por la sabiduría, plugo a Dios salvar a los creyentes por la necedad”.

Por tanto, como hemos dicho, la sabiduría hace esta obra suya por la necedad. La fortaleza hace esto por la debilidad, el pan por el hambre, la fuente por la sed, la virtud por el cansancio, la vida por la muerte. Para hacerla su obra, tomó la ajena como propia; para hacer la suya, dejó la propia. Para hacer la obra de su misericordia, dejó la propia de su sabiduría y de su juicio. (En el santo día de Pascua, sermón 12, 15.17.19-21).

♦ Muchas veces hemos oído decir que Moisés, después de haber sacado a Israel de  Egipto, construyó en el desierto un tabernáculo, una tienda del santuario, gracias a los dones de los hijos de Jacob… Démonos cuenta de que el apóstol Pablo dice que todo esto fue un símbolo…

Vosotros, hermanos, sois ahora el templo, el tabernáculo de Dios, como lo explica el apóstol: “El templo de Dios sois vosotros.” Templo donde Dios reinará eternamente, sois su tienda porque él os acompaña en el camino. Tiene sed de vosotros, tiene hambre de vosotros. Esta tienda, hermanos, sois vosotros mismos en el desierto de esta vida, hasta que lleguéis a la tierra prometida. Entonces tendrá lugar la verdadera dedicación, entonces será edificada la auténtica Jerusalén, no ya bajo la forma de una tienda sino de una ciudad.

Pero ahora, si somos verdaderos hijos de Israel según el Espíritu, si hemos salido de Egipto en espíritu, ofrezcamos nuestros bienes para la construcción del tabernáculo: “A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos…”. Que todo sea común para todos. Que nadie considere como bien propio el carisma que haya recibido de Dios. Que nadie tenga envidia de un carisma otorgado a otro hermano, sino que esté convencido de que el suyo sirve para bien de todos y no dude que el bien de su hermano es también su propio bien.

Dios actúa de manera que cada uno necesite del otro. Lo que uno no tiene, lo puede encontrar en el hermano… “así nosotros siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros”. (Sermón 8, para la fiesta de San Benito).

San Clemente de Alejandría:

⇒ Considera, si te place, los beneficios divinos, remontándote a los comienzos. El primer hombre, cuando jugaba libremente en el paraíso, era todavía un niño pequeño de Dios. Pero cuando, sucumbiendo al placer — porque la serpiente significa el placer que se arrastra sobre el vientre, el vicio terrenal vuelto hacia la materia — se dejó seducir por la concupiscencia, el niño se hizo hombre con la desobediencia y se rebeló contra su padre, y se sintió avergonzado delante de Dios. Tal fue la fuerza del placer. Y el hombre que en su simplicidad vivía en libertad, se encontró encadenado por sus pecados. Pero entonces el Señor quiso liberarlo de estas cadenas, y haciéndose él prisionero de la carne — eso sí que es un misterio divino — domó a la serpiente y esclavizó al tirano, es decir la muerte, y — cosa increíble — al hombre extraviado por el placer y encadenado a la corrupción, con sus manos extendidas (en la cruz) lo puso en libertad. He aquí una maravilla llena de misterios. Es abatido el Señor, pero el hombre es levantado: y el que en el paraíso había caído, recibe una recompensa mayor que la que hubiera tenido obedeciendo, a saber, los cielos.

Ahora bien, puesto que el Logos ha venido del cielo a nosotros, me parece a mí que ya no debemos ir a ninguna otra escuela humana, ni hemos de afanarnos por ir a Atenas o a cualquier otro lugar de Grecia, mucho menos de Jonia. Porque si nuestro maestro es el que ha llenado todas las cosas con santas manifestaciones de poder, con la creación, la salvación, los beneficios, la ley, la profecía, la enseñanza, este maestro ahora nos enseña todas las cosas. El universo entero se ha convertido en Atenas y en Grecia a causa del Logos… Vosotros no dejaréis de darnos fe a nosotros, que hemos sido hechos discípulos de Dios, depositarios de la sabiduría real y verdadera que los mejores de los filósofos sólo llegaron a entrever, y que los discípulos de Cristo han comprendido y predicado. Y es evidente que el Cristo total, por así decirlo, no está dividido en partes: ni es bárbaro, ni judío, ni griego, ni varón ni hembra, sino que es un nuevo hombre, transformado por el Espíritu Santo de Dios.

Por lo demás, otros consejos y disposiciones son cosa mezquina y referente a cosas parciales: si hay que casarse, comprometerse en política, tener hijos. Pero la religión es una exhortación universal, que evidentemente abarca toda la existencia humana, todas las situaciones, todas las circunstancias, en vistas a su fin supremo, que es la vida. Éste es el fin por el que es necesario que vivamos: la vida para siempre. La filosofía, como dicen los ancianos, es una deliberación prolongada que anda cortejando el amor eterno de la sabiduría. “Y el mandamiento del Señor brilla a lo lejos, iluminando nuestros ojos”. Toma, pues, a Cristo, toma la facultad de ver, toma lo que es tu luz, “a fin de que llegues a conocer bien lo mismo a Dios que al hombre”. El Logos que nos ha iluminado es “más amable que el oro, más precioso que las piedras preciosas, más apetecible que la miel y el panal”. ¿Cómo no sería deseable el que da la claridad a la mente enterrada en las tinieblas, el que da su agudeza a los “ojos luminosos” del alma? Así como “si no existiera el sol, todos los demás astros dejarían al mundo sumido en la noche”, así también si no hubiéramos tenido conocimiento del Logos y no hubiésemos sido iluminados por sus rayos, no nos distinguiríamos de las aves domésticas, que engordan en la oscuridad y son alimentadas para la muerte. Demos paso a la luz, a fin de dar paso a Dios. Demos paso a la luz, y hagámonos discípulos del Señor. Él ha hecho al Padre esta promesa: “Daré a conocer tu nombre a mis hermanos. En medio de la asamblea te ensalzaré”. Ensálzalo, y dame a conocer a tu Padre, Dios. Tus explicaciones me salvarán: tu canto me instruirá. Hasta ahora he andado errante en búsqueda de Dios; pero puesto que tú, Señor, iluminas mi camino, y gracias a ti he encontrado a Dios y de ti he recibido al Padre, he llegado a ser coheredero contigo, y tú no te has avergonzado de tenerme como hermano. (Protréptico o exhortación a los griegos: “El pecado del hombre y la salvación por el Logos de Dios”).

 

⇒ La claridad contribuye a la transmisión de la verdad, y la dialéctica a no dejarse arrollar por las herejías que se presenten. Pero la enseñanza del Salvador es perfecta en sí misma y no necesita de nada, pues es fuerza y sabiduría de Dios. Cuando se le añade la filosofía griega, no es para hacer más fuerte su verdad, sino para quitar las fuerzas a las asechanzas de la sofística y poder aplastar toda emboscada insidiosa contra la verdad. Con propiedad se la llama “empalizada” y “muro” de la viña. La verdad que está en la fe es necesaria como el pan para la vida, mientras que aquella instrucción propedéutica es como el condimento y el postre…

Hay muchas cosas que, sin tender directamente al fin perseguido, concurren en dar autoridad al que se afana por él. En particular, la erudición sirve para recomendar a la confianza de los oyentes el que expone las verdades particularmente importantes: ella provoca la admiración en el espíritu de los discípulos, y así los conduce a la verdad…

Aunque la filosofía griega no llega a alcanzar la verdad en su totalidad, y, además, no tiene en sí fuerza para cumplir el mandamiento del Señor, sin embargo, prepara al menos el camino para aquella enseñanza que es verdaderamente real en el mejor sentido de la palabra, pues hace al hombre capaz de dominarse, moldea su carácter y lo predispone para la aceptación de la verdad.

Por así decirlo, la filosofía griega facilita al alma la purificación preliminar y el entrenamiento necesario para poder recibir la fe: y sobre esta base la verdad edifica la estructura del conocimiento. (Protréptico o exhortación a los griegos: “En qué sentido la filosofía contribuye a la fe”).

Orígenes:

“Destruid este templo, y en tres días lo reedificaré”: ambas cosas, el templo y el cuerpo de Jesús, me parecen, según una de las interpretaciones recibidas, ser figura de la Iglesia, pues está edificada con piedras vivientes para ser edificio espiritual para un sacerdocio santo, edificada “sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, teniendo por piedra angular a Cristo Jesús” y reconocida como “templo.” Ahora bien, según aquello de que “vosotros sois cuerpo de Cristo y miembros unos de otros”, aunque parezca que la armonía de las piedras del templo es destruida, o que sean esparcidos los huesos de Cristo (como se escribe en el salmo 21) por las embestidas de las persecuciones y tribulaciones que le infieren los que atacan la unidad del templo, éste será de nuevo levantado y resucitará su cuerpo al tercer día, una vez pasado el día de la iniquidad que lo dominaba y el día del fin, que viene después de él. Porque se instaurará un tercer día en el “nuevo cielo” y la “nueva tierra”, en el cual estos huesos, es decir, toda la casa de Israel, vencida la muerte, resucitará en el gran día del Señor. De esta forma, la resurrección de Cristo a partir de la pasión de la cruz, que ya ha tenido lugar, incluye el misterio de la resurrección de todo el cuerpo de Cristo: así como el cuerpo” sensible de Jesús fue crucificado y sepultado y luego resucitó, así el cuerpo de Cristo formado por la totalidad de los santos ha sido crucificado con él y ya no vive; porque cada uno de ellos, como Pablo, ya no se gloría en nada sino en “la cruz de nuestro Señor Jesucristo,” por la cual está crucificado al mundo y el mundo lo está para él. Y no sólo fue crucificado con Cristo y está crucificado al mundo, sino que también ha sido con sepultado con Cristo, pues dice Pablo: “Hemos sido con sepultados con Cristo”; pero añade, como habiendo conseguido una cierta prenda de resurrección: “Hemos  resucitado con él”, porque (ya) vive una especie de vida nueva, aunque no ha resucitado con la bienaventuranza y perfecta resurrección que espera. Por tanto, de momento está crucificado, y luego es sepultado; y así como ahora, arrancado de la cruz, está sepultado, vendrá el día en que será resucitado de su sepulcro.

Grande es el misterio de la resurrección, y difícil de contemplar para la mayoría de nosotros. Pero la Escritura lo afirma en mucho lugares, especialmente en aquellas palabras de Ezequiel: “…Profetiza sobre estos huesos y diles: Vosotros huesos secos, oíd la palabra del Señor…”. Cuando venga la auténtica resurrección del verdadero y perfecto cuerpo de Cristo, los que ahora son miembros de Cristo y entonces serán huesos secos, serán reunidos hueso a hueso y articulación a articulación; y ninguno que no esté articulado podrá entrar a formar parte del hombre perfecto, que tiene las proporciones de la edad perfecta del cuerpo de Cristo. Entonces, una multitud de miembros formará un solo cuerpo, en cuanto que todos los miembros, aunque sean muchos, entrarán a formar parte de un solo cuerpo. Corresponde únicamente a Dios hacer la distinción de pie, mano, ojo, oído, olfato entre las partes que componen por una parte la cabeza, por otra los pies, y así de los demás miembros, de las cuales unas son más débiles o más humildes, decorosas o indecorosas: él combinará el cuerpo, y dará dignidad complementaria al que ahora anda falto de ella, para que no haya “disensión en el cuerpo, sino que todos los miembros a una cuiden unos de otros”; y si uno de los miembros se goza, se gocen con él todos los miembros, y si uno es glorificado, se alegren con él todos. (Comentario al Ev. de San Juan, 10).

 

San Agustín:

⊕ Reconoce, pues, a Cristo, que está lleno de gracia. Quiere derramar sobre ti aquello de que está lleno y te dice: «Busca mis dones, olvida tus méritos, pues si yo buscase tus méritos, no llegarías a mis dones. No te envanezcas, sé pequeño, sé Zaqueo».

Pero vas a decir: «Si tengo que ser como Zaqueo, no podré ver a Jesús a causa de la muchedumbre». No te entristezcas, sube al árbol del que Jesús estuvo colgado por ti y lo verás… Pon ahora los ojos en mi Zaqueo, mírale —te suplico— queriendo ver a Jesús en medio de la muchedumbre sin conseguirlo. Él era humilde, mientras que la turba era soberbia; y la misma turba, como suele ser frecuente, se convertía para sí misma en impedimento para ver bien al Señor. Se levantó sobre la muchedumbre y vio a Jesús sin que ella se lo impidiese. En efecto, a los humildes, a los que siguen el camino de la humildad, a los que dejan en manos de Dios las injurias recibidas y no piden venganza para sus enemigos, a ésos los insulta la turba y les dice: «¡Inútil, que eres incapaz de vengarte!» La turba te impide ver a Jesús; la turba, que se gloría y exulta de gozo cuando ha podido vengarse, impide la visión de quien, pendiente de un madero, dijo: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. Por eso Zaqueo, que quería verle, simbolizando a las personas humildes, no pone su mirada en la turba, que es impedimento, sino que sube a un sicómoro, como al árbol de fruto necio. Pues nosotros —dice el Apóstol— predicamos a Cristo crucificado, escándalo ciertamente para los judíos y —contempla el sicómoro— necedad, en cambio, para los gentiles. Finalmente, los sabios de este mundo nos insultan a propósito de la cruz de Cristo y dicen: «¿Qué clase de corazón tenéis quienes adoráis a un Dios crucificado?» «¿Qué clase de corazón tenemos?». Ciertamente, no el vuestro. La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos, pues, un corazón como el vuestro. Pero decís que nuestro corazón es necio. Decid lo que queráis; nosotros subamos al sicómoro y veamos a Jesús. He aquí la razón por la que vosotros no podéis ver a Jesús: porque os avergonzáis de subir al sicómoro. Alcance Zaqueo el sicómoro, suba el humilde a la cruz. Poca cosa es subir; para no avergonzarse de la cruz de Cristo, póngala en la frente, donde está el asiento del pudor; allí precisamente, en la parte del cuerpo en que aparece el rubor; póngala allí para no avergonzarse de ella. Pienso que te ríes del sicómoro, pero también él me hizo ver a Jesús. Tú te ríes del sicómoro porque eres hombre, pero lo necio de Dios es más sabio que la sabiduría de los hombres.

Así, pues, el Señor, que ya había recibido a Zaqueo en su corazón, se dignó ser recibido en casa de él, y le dijo: Zaqueo, apresúrate a bajar, pues conviene que yo me quede en tu casa. El consideraba un gran favor ver a Cristo. Quien tenía por grande e inefable favor verle pasar, mereció inmediatamente tenerle en casa. Se infunde la gracia, actúa la fe por medio del amor, se recibe en casa a Cristo, que habitaba ya en el corazón. Zaqueo dice a Cristo: Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado le devuelvo el cuádruplo. Como si dijera: «Mira que me quedo con la otra mitad, no para poseerla, sino para tener con qué restituir». He aquí, en verdad, en qué consiste recibir a Jesús, recibirle en el corazón. Allí, en efecto, estaba Cristo; estaba en Zaqueo, y por su inspiración se decía a sí mismo lo que escuchaba de su boca. Es lo que dice el Apóstol: Que Cristo habite en vuestros corazones por la fe.

Por tanto, como se trataba de Zaqueo, el jefe de los publícanos y gran pecador, aquella turba, que se creía sana y le impedía ver a Jesús, se llenó de admiración y encontró reprochable el que Jesús entrase en casa de un pecador, que equivale a reprochar al médico el que entrase en casa del enfermo. Puesto que Zaqueo se convirtió en objeto de burla en cuanto pecador y se mofaban de él, ya sano, los enfermos, respondió el Señor a esos burlones: Hoy ha llegado la salvación a esta casa. He aquí el motivo de mi entrada: Hoy ha llegado la salvación. Ciertamente, si el Salvador no hubiese entrado no hubiese llegado la salvación a aquella casa. ¿Por qué te extrañas, entonces, enfermo? Llama también tú a Jesús, no te creas sano. El enfermo que recibe al médico es un enfermo con esperanza; pero es un caso desesperado quien en su locura da muerte al médico. Así, pues, ¡qué locura la de aquel que da muerte al médico! En cambio, ¡qué bondad y poder el del médico que de su sangre preparó la medicina para su demente asesino! No decía sin motivo: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen, quien había venido a buscar y salvar lo que había perecido. «Ellos son dementes, yo soy el médico; se ensañan conmigo, los soporto con paciencia; cuando me hayan dado muerte, entonces los curaré». Hallémonos, pues, entre aquellos a quienes sana. Es palabra humana y digna de todo crédito que Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores. A salvar a los pecadores, sean grandes o pequeños. Vino el hijo del hombre a buscar y salvar lo que había perecido.

Es palabra humana y digna de todo crédito que Cristo Jesús vino al mundo. ¿A qué vino al mundo? A salvar a los pecadores. No hubo otro motivo para su venida al mundo. No fueron nuestros méritos positivos, sino nuestros pecados los que le trajeron del cielo a la tierra. Esta es la causa de su venida: salvar a los pecadores…  (Sermón 174).

 

⊕ La ley contiene muchos preceptos; aquella misma ley que recibe el nombre de decálogo tiene diez. Pero son como los diez preceptos generales a los que han de referirse todos los demás, innumerables por cierto… Escucha también al apóstol: La plenitud de la ley —dice— es la caridad. No te envió a cumplir muchos preceptos: ni siquiera diez, ni siquiera dos; la sola caridad los cumple todos. Pero la caridad es doble: hacia Dios y hacia el prójimo. Hacia Dios, ¿en qué medida? Con todo. ¿A qué se refiere ese todo? No al oído, o a la nariz, o a la mano, o al pie. ¿Con qué puede amarse de forma total? Con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; amarás la fuente de la vida con todo lo que en ti tiene vida. Si, pues, debo amar a Dios con todo lo que en mí tiene vida, ¿qué me reservo para poder amar al prójimo? Cuando se te dio el precepto de amar al prójimo no se te dijo: «Con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente», sino: como a ti mismo. Has de amar a Dios con todo tu ser, porque es mejor que tú, y al prójimo como a ti mismo, porque es lo que eres tú.

En consecuencia, ama a Dios y ama al prójimo como a ti mismo. Veo que al amar a Dios te amas a ti mismo. La caridad es la raíz de todas las obras buenas. Como la avaricia es la raíz de todos los males, así la caridad lo es de todos los bienes. La plenitud de la ley es la caridad. Por tanto, no voy a tardar en decirlo: quien peca contra la caridad, se hace reo de todos los preceptos.

(Sermón 179 A).

 

⊕ Adoremos a Dios de quien somos templos. Sólo a Dios podemos hacer un templo, sea de madera o de piedra. Si fuéramos paganos, levantaríamos templos a los dioses; pero a dioses falsos, como se los levantaron los pueblos infieles, alejados de Dios. Salomón, en cambio, siendo profeta de Dios, construyó un templo de madera y de piedra, pero a Dios; a Dios, no a un ídolo, ni a un ángel, ni al sol, ni a la luna; al Dios que hizo el cielo y la tierra; al Dios vivo, que hizo cielo y tierra y permanece en el cielo, le hizo un templo de tierra. Dios no lo tomó a deshonra, antes bien mandó que lo hiciera. ¿Por qué ordenó que se le levantara un templo? ¿No tenía dónde residir? Escuchad lo que dijo el bienaventurado Esteban en el momento de su pasión: Salomón le edificó una casa, pero el excelso no habita en templos de hechura humana. ¿Por qué, pues, quiso hacer un templo o que el templo fuese levantado? Para que fuera prefiguración del cuerpo de Cristo. Aquel templo era una sombra; llegó la luz y ahuyentó la sombra. Busca ahora el templo construido por Salomón, y encontrarás las ruinas. ¿Por qué se convirtió en ruinas aquel templo? Porque se cumplió lo que él simbolizaba. Hasta el mismo templo que es el cuerpo del Señor se derrumbó, pero se levantó; y de tal manera que en modo alguno podrá derrumbarse de nuevo. Cuando los judíos le dijeron: ¿Qué señal nos das para que creamos en ti?, les respondió: Destruid este templo, y yo lo levantaré en tres días. Él les hablaba en el templo construido por Salomón, y les decía: Destruid este templo; pero no escuchaban ni entendían a qué se refería con el término este; pensaban que él hablaba de aquel mismo templo. Finalmente, le replicaron ellos: Este templo fue levantado en cuarenta y seis años, ¿y vas a levantarlo tú en tres días? De aquí que el evangelista añada a continuación: Esto lo decía del templo de su cuerpo. Así, pues, el templo de Dios es el cuerpo de Cristo. ¿Qué son nuestros cuerpos? Miembros de Cristo. Escuchad al Apóstol mismo: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Quien dijo: Vuestros cuerpos son miembros de Cristo, ¿qué otra cosa mostró sino que nuestros cuerpos y nuestra cabeza, que es Cristo, constituyen en conjunto el único templo de Dios? Confiamos en que el cuerpo de Cristo y nuestros cuerpos son el templo de Dios, y lo seremos. Pues si no lo creemos, no llegaremos a serlo. Por tanto, dado que nuestros cuerpos son miembros de Cristo, escuchad otra afirmación del Apóstol: ¿Ignoráis que vuestro cuerpo es el templo en vosotros del Espíritu Santo que habéis recibido de Dios? Ved que tiene templo; ¿no es entonces Dios? Si lo tuviera de madera y de piedras, sería Dios; si lo tuviera construido por mano de hombre, sería Dios; y ¿no es Dios quien tiene un templo hecho de miembros de Dios? Agregad, pues, al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es Dios. Hay un único Dios: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Padre, el Espíritu de ambos no es ni el Padre ni el Hijo; pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un único Dios. Edificaos en la unidad para no caer en la separación. (Sermón 217).

 

San Ambrosio de Milán

Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo. Si el Hijo de Dios es llamado templo, lo es en el sentido en que él mismo dijo de su cuerpo: destruid este templo y en tres días lo levantaré. Templo de Dios es realmente el cuerpo de Cristo, en el que se llevó a cabo la purificación de nuestros pecados. Templo de Dios es realmente aquella carne, en la que no pudo haber contagio alguno de pecado, antes bien ella fue la víctima sacrificada por el pecado de todo el mundo.

Templo de Dios fue realmente aquella carne, en que refulgía la imagen de Dios y en la que la plenitud de la divinidad habitaba corporalmente, ya que el mismo Cristo es esa plenitud. Por tanto, a él se le dice: Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo. Y ¿qué significa esto sino aquello que dijo: En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis, esto es, está en medio de vosotros y vosotros no lo veis? Si por el contrario se refiere al Padre, ¿qué significa: en medio de tu templo, sino que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo?

En este templo, pues, hemos recibido —dice— tu misericordia, esto es, a la Palabra que se hizo carne y acampó entre nosotros. Pues del mismo modo que Cristo es la redención, es también la misericordia. Porque, ¿cabe mayor misericordia que ofrecerse como víctima por nuestros delitos para lavar con su sangre al mundo, cuyo pecado de ningún otro modo hubiese sido posible abolir?

En efecto, si hablando de los santos, dijo el Apóstol: Vosotros sois el templo de Dios, y el Espíritu Santo habita en vosotros, con cuánta mayor razón no podré llamar templo de Dios a la humanidad del Señor Jesús, del que leemos que estuvo siempre lleno del Espíritu Santo, como él mismo lo atestigua, diciendo: Yo he sentido que una fuerza ha salido de mí, cuya fuerza sanaba las acerbas heridas de todos.

Lo que dijo de haber él recibido, junto con el pueblo, la misericordia de Dios en medio de su templo, puede entenderse también en el sentido de que él mismo fundó su Iglesia y la propagó para siempre; de que él mismo, junto con su Hijo unigénito, confirió realmente esta gracia a su pueblo, a la vez que le presentaba como constructor, diciendo: edificará una ciudad. Ciudad que, dilatada por todo el orbe de la tierra, hizo que la tierra se llenara de su alabanza y de su nombre. Pues si está escrito: La tierra está llena de su alabanza, lo está también: Se le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre», de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios padre. (Comentario sobre el salmo 47).

 

San Juan Crisóstomo:

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa. El misterio no admite demostración, pero anuncia lo que es. Y no sería un misterio exclusivamente divino si le añadieras algo por tu cuenta. Por lo demás, se llama misterio porque creemos lo que no vemos: una cosa es la que vemos y otra la que creemos. Tal es de hecho la naturaleza de nuestros misterios.

Mi reacción ante el misterio es muy distinta de la reacción del infiel. Me dicen que Cristo ha sido crucificado, e inmediatamente entran en juego los mecanismos de mi admiración al comprobar su amor por los hombres; lo oye el infiel y lo considera una imbecilidad; me dicen que se ha hecho esclavo y admiro la providencia; lo oye él y lo juzga deshonroso; me dicen que murió y enmudezco ante su poder no superado por la muerte sino destructor de la muerte; lo oye él y diagnostica imbecilidad.

Cuando él oye hablar de resurrección lo considera una fábula, yo, en cambio, una vez hechas las debidas comprobaciones, adoro la economía de Dios. Oyendo hablar del bautismo piensa él que es sólo cuestión de agua, yo, en cambio, no me quedo en las meras apariencias, sino que veo además la purificación del alma por el Espíritu. Piensa él que sólo me han lavado el cuerpo, mientras que yo creo que también el alma se ha hecho pura y santa, y pienso en el sepulcro, la resurrección, la santificación, la justicia, la redención, la adopción, la herencia, el reino de los cielos, el don del Espíritu. Pues no juzgo los fenómenos con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma. Oigo hablar del cuerpo de Cristo, y lo entiendo de muy diversa manera que el infiel.

Y así como los niños al ver un libro, no conocen el valor de las letras y desconocen lo que ven, lo mismo pasa con el misterio: los infieles aunque oigan, es como si no oyeran; en cambio los fieles, que poseen la pericia del Espíritu, penetran el significado oculto. Aclarando este tema decía Pablo: Si nuestro evangelio sigue velado, es para los que van a la perdición, o sea, para los incrédulos.

Así pues, misterio es sobre todo lo que, aunque predicado en todas partes, no es conocido por los que no tienen un alma recta, pues se revela no por la sabiduría, sino por el Espíritu Santo y en la medida de nuestra propia capacidad. En consecuencia, no andaría errado quien, de acuerdo con lo expuesto, llamara al misterio «arcano», ya que ni siquiera a nosotros los creyentes se nos ha dado la plena percepción y el conocimiento exacto del misterio. Por eso decía Pablo: Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía. Ahora vemos confusamente en un espejo, entonces veremos cara a cara. Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. (Homilía 7 sobre la primera carta a los Corintios, 1-2)

 

Eusebio de Emesa:

Dos hombres entraban en la ciudad; dos hombres sin provisión de pan, sin dinero, sin túnica de repuesto. ¿Quién te imaginas que los recibía? ¿Qué puertas se les abrían? ¿Quién era el que los reconocía? ¿Qué hospedaje se les preparaba y dónde? ¿No te admira el poder de quien los envía y la fe de los que son enviados? Dos peregrinos hacían su entrada en la ciudad. ¿De qué eran portadores? ¿Qué es lo que predicaban? «Fue crucificado», decían. Para los judíos, eran hombres de humilde extracción, ignorantes, sin cultura, pobres. Su predicación: ¡la cruz! De ahí la fe. Pero el valor se abre paso a través de las dificultades. Se predica la cruz y los templos son destruidos; se predica la cruz y son vencidos los reyes. Se predica la cruz y los sabios son convencidos de error, las fiestas paganas son abolidas y sus dioses suprimidos.

¿Por qué te admiras de que se haya dado crédito a los apóstoles, o de que hayan sido capaces de creer, o de que se hayan convertido, o de que hayan sido acogidos? Que no se nos pasen por alto tantas maravillas. Unos peregrinos, desconocidos, que a nadie conocían, portadores de nada llamativo, recorrieron el mundo predicando al crucificado, oponiendo el ayuno a la crápula, la molesta castidad a la lascivia. Normas estas que tenían que resultarles poco menos que intolerables a gentes las menos predispuestas a aceptar unas exhortaciones de honestidad tan reñidas con sus nefandas costumbres.

Y sin embargo, se adueñaban de la gente y ocupaban ciudades. ¿Con qué efectivos? Con la fuerza de la cruz. El que los envió no les dio oro. Lo tenían –y en abundancia–los reyes. Pero les dio algo que los reyes son incapaces de adquirir o poseer: a unos hombres mortales les dio el poder de resucitar muertos; a ellos, hombres sujetos a la enfermedad, les autorizó a curar las enfermedades. Un rey no puede resucitar a un soldado de entre los muertos, y el mismo rey está sujeto a la enfermedad.

En cambio, quien los envió resucita y cura a los enfermos. Compara ahora las riquezas de los reyes y las riquezas de los apóstoles. Fíjate en la diversa condición social: el rey es noble, los apóstoles, humildes; pero siendo mortales, realizaron cosas divinas con la ayuda de Dios. Y si alguien pretende que los apóstoles no hicieron milagros, nuestra admiración sube de punto. En efecto, si resucitaron muertos, dieron vista a los ciegos, hicieron caminar a los cojos y limpiaron a los leprosos, mediante estos signos barrieron la irreligiosidad e implantaron la fe; es realmente admirable que no den fe a estos milagros de los que existe constancia escrita. Antes de la crucifixión los discípulos no hicieron milagro alguno; después de la crucifixión sí que los hicieron. Y si algo hicieron antes de la crucifixión, no tuvo resonancia alguna: mas cuando la sangre divina borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; cuando nosotros, inmundos, fuimos lavados en la sangre; cuando la muerte fue vencida por la muerte; cuando, por un hombre, Dios derrocó al que devoraba a los hombres; cuando, por la obediencia, dio muerte al pecado; cuando Adán fue rehabilitado por un Hombre; cuando por medio de la Virgen, fue cancelado el error originario, entonces es cuando los apóstoles obedecen y las sombras despiertan a los hombres que duermen.

Y es que la fuerza divina se había adueñado de aquellos a quienes les fue enviada. Ya no eran lo que eran, lo que éramos: habían sido revestidos. Y así como el hierro, antes de ser puesto en contacto con el fuego, es frío y en todo semejante a cualquier otro hierro, pero cuando es metido en el fuego y se vuelve incandescente, pierde su frigidez natural e irradia otra naturaleza incandescente, idéntica operación realizan los hombres mortales que se han revestido de Jesús. Así lo enseña Pablo cuando dice: Vivo yo, pero no soy yo – ¡estoy muerto con una óptima muerte!–, es Cristo quien vive en mí. (Sermón 14, 7-8)

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