Domingo 4º de Cuaresma -CICLO B.-

15 de marzo de 2015

Domingo 4º de Cuaresma

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del segundo libro de las Crónicas (36,14-16.19-23):

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.»
En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia:
“El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!”»
Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 136,1-2.3.4.5.6

R/. Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti


Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas 
colgábamos nuestras cítaras. R/.

Allí los que nos deportaron 
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos: 
«Cantadnos un cantar de Sión.» R/.

¡Cómo cantar un cántico del Señor 
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. R/.

Que se me pegue la lengua al paladar 
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén 
en la cumbre de mis alegrías. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,4-10):

Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,14-21):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»
Palabra del Señor

 

 

COLLATIONES

Como ciudadanos de Jerusalén que somos, de la “Jerusalén celeste”, no debemos dejarnos arrastrar por “las costumbres abominables de los gentiles”, porque esas costumbres fueron las que desataron la ira del Señor permitiendo que su pueblo fuese llevado cautivo a Babilonia. Nosotros hemos recibido en herencia esta cautividad, este destierro, y estamos ya en Babilonia, pero, “que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, Jerusalén”. Que se nos pegue la lengua al paladar si olvidamos que somos ciudadanos de Jerusalén: “visión de paz”, y que estamos cautivos en Babilonia: “confusión”.

Nos recuerda San Agustín que, si no nos sentimos parte de esta confusión, sino que nos sentimos cautivos en ella, Dios no nos dejará perecer en Babilonia, pues nos predestinó para ser ciudadanos de Jerusalén. También nos dice que: “todo instruido en la santa Escritura debe saber de dónde somos ciudadanos y en dónde peregrinamos; y que la causa de nuestra peregrinación o destierro es el pecado, y que el don de la vuelta se debe al perdón de los pecados y a la justificación de la gracia de Dios”.

Leemos en las lecturas de hoy: “Estamos salvados por su gracia y mediante la fe”. “No se debe a las obras, dice  San Policarpo, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús. Él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en él”. “Pedirá cuentas de su sangre a  quienes no quieren creer en él”, dice, pues quienes crean en él se acogerán a su misericordia y se salvarán por su gracia y mediante la fe.

“Así habla Ciro, rey de Persia: Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡Sea su Dios con él y suba!. ¿Quién creerá en él, en Dios, y seguirá perteneciendo a su pueblo, al pueblo de Dios, tras este destierro que es la vida del hombre en la tierra?, ¿quién habrá conseguido permanecer sano y no contagiarse de esta enfermedad de muerte, del veneno que inocula la mordedura de la serpiente, del veneno mortal del pecado?.

Para no perecer, “para ser sanados del pecado, miremos  a Cristo crucificado, porque como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”(San Agustín).

Creer en Cristo y no perder de vista su cruz, es lo que nos salva  y nos mantiene perseverantes durante esta vida de destierro. Vivimos en Babilonia pero permanecemos fieles a Dios. No olvidamos de dónde somos ciudadano y quién es nuestro rey: “En medio de las gentes nos guardas como un resto para cantar tus obras y adelantar tu reino”.

 

San Ambrosio de Milán:

¡Oh divino sacramento de la cruz, en la que está clavada la debilidad, es liberada la virtud, están crucificados los vicios; se enarbolan los trofeos! Por lo cual dice un santo: Traspasa mi carne con los clavos de tu temor: no con clavos de hierro, precisa, sino con los clavos del temor y de la fe; la estructura de la fe es efectivamente mucho más robusta que la de la pena. De hecho, cuando Pedro siguió al Señor hasta el palacio del sumo sacerdote, él a quien nadie había atado, se sentía encadenado por la fe; y al que la fe encadena, no lo suelta la pena. En otra ocasión, maniatado por los judíos, la devoción lo liberó, no lo retuvo la pena, pues no se apartó de Cristo.

Por tanto, crucifica tú también el pecado, para que mueras al pecado; pues el que muere al pecado, vive para Dios. Vive para aquel que no perdonó a su propio Hijo, para crucificar en su cuerpo nuestras pasiones. Sí, Cristo murió por nosotros, para que nosotros pudiéramos vivir en su cuerpo revivido. En efecto, en él murió nuestra culpa, no nuestra vida. Cargado –dice– con nuestros pecados subió al leño, para que muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado.

Así pues, aquel leño de la cruz, cual otra arca de nuestra salvación, es nuestro vehículo, no nuestra pena. En realidad, no existe salvación posible al margen de este vehículo de salvación eterna: mientras espero la muerte, no la siento; despreciando la pena, no la sufro; ignorándolo, hago caso omiso del miedo.

¿Y quién es aquel cuyas heridas nos han curado, sino Cristo el Señor? Esto mismo profetizó de él Isaías al decir que sus heridas son nuestra medicina; de él escribió el apóstol Pablo en sus cartas: Él que no pecó ni en él pecó la naturaleza humana que había asumido. (Tratado sobre el Espíritu Santo).

San Elredo de Rieval:

No cabe duda que nuestro Señor Jesucristo “ha realizado nuestra salvación” no sólo de un modo, sino de muchos. Ya que en su misericordia había decidido nuestra redención, la “llevó a cabo” de modo que también fuese un ejemplo para nosotros. Por eso, queridos hermanos, si en estos días recordáis esa misma redención nuestra, fijaos bien no sólo en la misma redención, sino en ambas cosas: el modo como se ha llevado a cabo y el lugar en el que se ha realizado. El modo de la redención es la pasión de la cruz; el lugar, “fuera de la ciudad”. Hay que tener pues, presente que tal como ha sido llevada a cabo la misma redención, aprendamos a vivir de la misma manera, y busquemos el lugar apropiado para vivir así.

Ahora bien, de la misma cruz de Jesús hemos de aprender el modo de vivir. ¿De vivir, digo, o de morir? Más bien de vivir y de morir. De morir para el mundo, de vivir para Dios. De morir a los vicios y de vivir para las virtudes. De morir a la carne, pero de vivir para el espíritu. Por tanto, en la cruz de Cristo está la muerte, y en la cruz de Cristo está la vida. En ella está la muerte de la muerte y la vida de la vida; la muerte de los pecados y la vida de las virtudes; la muerte de la carne y la vida del espíritu. ¿Por qué Dios eligió este género de muerte? Sin duda porque es un misterio y un ejemplo. También porque nuestro mal era tal que convenía tal remedio.

Era verdaderamente necesario que los que habíamos muerto por un árbol, por un árbol volviésemos a la vida. Convenía que el que había vencido por un árbol, por un árbol también fuese vencido. Convenía que los que habíamos tomado de un árbol el fruto de muerte, de un árbol se nos diese el fruto de la vida. Y ya que de la tranquilidad de aquella tierra de delicias nos habíamos hundido en este mar grande y espacioso, era conveniente que se nos ofreciese un madero con el cual pudiésemos salvarnos, pues nadie puede cruzar el mar, si no es por medio de un madero, ni este mundo sin la cruz. (En la Semana Santa, Sermón 36, 1-3).

San Paciano de Barcelona:

Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial; porque el primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo. Si obramos así, hermanos, ya no moriremos. Aunque nuestro cuerpo se deshaga, viviremos en Cristo, como él mismo dice: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.

Por lo demás, tenemos certeza, por el mismo testimonio del Señor, que Abrahán, Isaac y Jacob y todos los santos de Dios viven. De ellos dice el Señor: Para él todos están vivos. No es Dios de muertos, sino de vivos. Y el Apóstol dice de sí mismo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir; deseo partir para estar con Cristo. Y añade en otro lugar: Mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Esta es nuestra fe, queridos hermanos. Además: Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. La vida meramente natural nos es común, aunque no igual en duración, como lo veis vosotros mismos, con los animales, las fieras y las aves. Lo que es propio del hombre es lo que Cristo nos ha dado por su Espíritu, es decir, la vida eterna, siempre que ya no cometamos más pecados. Pues de la misma forma que la muerte se adquiere con el pecado, se evita con la virtud. Porque el pecado paga con muerte, mientras que Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Como afirma el Apóstol, él es quien redime, perdonándonos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz, y, destituyendo por medio de Cristo a los principados y autoridades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo. Ha liberado a los cautivos y ha roto nuestras cadenas, como lo dijo David: El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y en otro lugar: Rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza. Así, pues, somos liberados de las cadenas cuando, por el sacramento del bautismo, nos reunimos bajo el estandarte del Señor, liberados por la sangre y el nombre de Cristo.

Por lo tanto, queridos hermanos, de una vez para siempre hemos sido lavados, de una vez para siempre hemos sido liberados, y de una vez para siempre hemos sido trasladados al reino inmortal; de una vez para siempre, dichosos los que están absueltos de sus culpas, a quienes les han sepultado sus pecados. Mantened con fidelidad lo que habéis recibido, conservadlo con alegría, no pequéis más. Guardaos puros e inmaculados para el día del Señor. (Sermón sobre el bautismo, 6-7)

San Ignacio de Antioquía:

No os llaméis a engaño, hermanos míos. Los que perturban las familias no heredarán el reino de Dios. Ahora bien, si los que así perturban el orden material son reos de muerte, ¿cuánto más los que corrompen con sus falsas enseñanzas la fe que proviene de Dios, por la cual fue crucificado Cristo? Estos tales, manchados por su iniquidad, irán al fuego inextinguible, como también los que les hacen caso.

Para esto el Señor recibió el ungüento en su cabeza, para infundir en la Iglesia la incorrupción. No os unjáis con el repugnante olor de las enseñanzas del príncipe de este mundo, no sea que os lleve cautivos y os aparte de la vida que tenemos prometida. ¿Por qué no somos todos prudentes, si hemos recibido el conocimiento de Dios, que es Jesucristo? ¿Por qué nos perdemos neciamente, no reconociendo el don que en verdad nos ha enviado el Señor?

Mi espíritu es el sacrificio expiatorio de la cruz, la cual para los incrédulos es motivo de escándalo, mas para nosotros es salvación y vida eterna. ¿Dónde está el sabio?, ¿dónde está el sofista?, ¿dónde la jactancia de los llamados cuerdos? Porque nuestro Dios, Jesús el Mesías, fue concebido en el seno de María según la economía de Dios: del linaje, sí, de David, pero por obra del Espíritu Santo. El cual nació y fue bautizado, para purificar el agua con su pasión.

Al príncipe de este mundo le pasó desapercibida la virginidad de María, su parto, así como la muerte del Señor: tres misterios sonados llevados a cabo en el silencio de Dios. ¿Cómo entonces fueron manifestados a los siglos? Un astro brilló en el cielo más que todos los astros: su luz era inexpresable y su novedad asombró a todos. Todos los demás astros, a una con el sol y la luna, hicieron coro a este astro, el cual proyectaba su luz superior a la de todos los demás. Se produjo una gran confusión, pues no acababan de explicarse de dónde procedía aquella novedad tan distinta de ellos. Así es como quedó destruida toda magia y disuelto todo lazo de maldad. Se disiparon las tinieblas de la ignorancia, y el antiguo imperio quedó abatido cuando apareció Dios en forma humana para conducirnos a la novedad de la vida perdurable: comenzaba a ser realidad lo que Dios había proyectado. No es extraño que todo se conmoviera, porque se estaba fraguando la abolición de la muerte. (Carta a los Efesios).

San Policarpo de Esmirna:

Policarpo y los presbíteros que están con él, a la Iglesia de Dios que vive como forastera en Filipos: Que la misericordia y la paz, de parte de Dios todopoderoso y de Jesucristo, nuestro salvador, os sean dadas con toda plenitud.

Sobremanera me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad y de que asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro Dios y Señor. Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe, celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte, y Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. No lo veis, y creéis en él con un gozo inefable y transfigurado, gozo que muchos desean alcanzar, sabiendo como saben que estáis salvados por su gracia, y no se debe a las obras, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús.

Por eso, estad interiormente preparados y servid al Señor con temor y con verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo y creyendo en aquel que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria, colocándolo a su derecha; a él le fueron sometidas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, y a él obedecen todos cuantos tienen vida, pues él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en él.

Aquel que lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros, si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición, sino recordando más bien aquellas palabras del Señor, que nos enseña: No juzguéis, y no os juzgarán; perdonad, y seréis perdonados; compadeced, y seréis compadecidos. La medida que uséis la usarán con vosotros. Y: Dichosos los pobres y los perseguidos, porque de ellos es el reino de Dios. (Comienza la carta de san Policarpo de Esmirna a los Filipenses).

San Juan Crisóstomo:

Honrando como honramos por tan diversos motivos a nuestro común Señor, ¿no debemos, sobre todo, honrarlo, glorificarlo y admirarlo por la cruz, por aquella muerte tan ignominiosa? ¿O es que Pablo no aduce una y otra vez la muerte de Cristo como prueba de su amor por nosotros? Y morir, ¿por quienes? Silenciando todo lo que Cristo ha hecho para nuestra utilidad y solaz, vuelve casi obsesivamente al tema de la cruz, diciendo: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros. De este hecho, san Pablo intenta elevarnos a las más halagüeñas esperanzas, diciendo: Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! El mismo Pablo tiene esto por motivo de gozo y de orgullo, y salta de alegría escribiendo a los Gálatas: Dios me libre de gloriarme si no en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

Y ¿por qué te admiras de que esto haga saltar, brincar y alegrarse a Pablo? El mismo que padeció tales sufrimientos llama al suplicio su gloria: Padre –dice–, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo.

Y el discípulo que escribió estas cosas, decía: Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado, llamando gloria a la cruz. Y cuando quiso poner en evidencia la caridad de Cristo, ¿de qué echó mano Juan? ¿De sus milagros?, ¿de las maravillas que realizó?, ¿de los prodigios que obró? Nada de eso: saca a colación la cruz, diciendo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Y nuevamente Pablo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?

Y cuando desea incitarnos a la humildad, de ahí toma pie su exhortación y se expresa así: Tened entre vosotros los sentimientos de una vida en Cristo Jesús. El, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

En otra ocasión, dando consejos acerca de la caridad, vuelve sobre el mismo tema, diciendo: Vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor.

Y, finalmente, el mismo Cristo, para demostrar cómo la cruz era su principal preocupación y cómo su pasión primaba en él, escucha qué es lo que le dijo al príncipe de los apóstoles, al fundamento de la Iglesia, al corifeo del coro de los apóstoles, cuando, desde su ignorancia, le decía: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte: Quítate –le dijo—de mi vista, Satanás, que me haces tropezar. Con lo exagerado del reproche y de la reprimenda, quiso dejar bien sentado la gran importancia que a sus ojos tenía la cruz.

¿Por qué te maravillas, pues, de que en esta vida sea la cruz tan célebre como para que Cristo la llame su «gloria» y Pablo en ella se gloríe?

 

San Agustín:

⇒ Creo que no os habréis olvidado que os recordé, y es más, os recomendé, que todo instruido en la santa Escritura debe saber de dónde somos ciudadanos y en dónde peregrinamos; y que la causa de nuestra peregrinación o destierro es el pecado, y que el don de la vuelta se debe al perdón de los pecados y a la justificación de la gracia de Dios. Oísteis y sabéis que corren, en el desenvolvimiento de los siglos hasta el fin, dos ciudades, mezcladas ahora corporalmente entre sí, pero separadas espiritualmente: una para la cual el fin es la vida eterna, y se llama Jerusalén; otra para la cual todo su gozo es la vida temporal, y se llama Babilonia. Si no me engaño, recordáis la significación de los nombres; Jerusalén quiere decir visión de paz; Babilonia, confusión. Jerusalén se hallaba cautiva en Babilonia, aunque no toda, pues conciudadanos de ella son también los ángeles. Por lo que se refiere a los hombres predestinados a la gloria de Dios, a los futuros coherederos de Cristo por adopción, a los que redimió con su sangre de la misma cautividad, a esta parte de la ciudad de Jerusalén que se hallaba cautiva en Babilonia por causa del pecado, dice que comenzó a salir de Babilonia, primeramente con el corazón por la confesión de la iniquidad y el amor de la justicia, después también, al fin del siglo, por la separación del cuerpo…

¿Cuáles son los ríos de Babilonia y qué es nuestro sentarse y llorar recordando a Sión? Pues si somos ciudadanos de ella, no sólo cantaremos esto, sino que obraremos; si somos ciudadanos de Jerusalén, es decir, de Sión, y durante esta vida no habitamos como ciudadanos en esta confusión del siglo, en esta Babilonia, sino que nos hallamos detenidos cautivos, conviene que no sólo cantemos estas cosas, sino que las ejecutemos con el piadoso afecto del corazón, con el anhelo religioso de la eterna ciudad. Esta ciudad que se llama Babilonia también tiene sus propios amadores, que atienden a la paz temporal, y, no esperando otra cosa, todo su gozo lo cifran y lo circunscriben a esto, y les vemos también que trabajan sobremanera en pro de la terrena república. Pues bien, cualquiera que se ocupe lealmente en ella, si allí no va en busca de la soberbia, y de la exaltación perecedera, y de la repugnante jactancia, sino que muestra una solicitud verdadera, la que puede, mientras puede, con quienes puede, tocante a las cosas terrenas, y se dedica, en cuanto puede, a lo que pertenece a la hermosura de la ciudad, Dios no le deja perecer en Babilonia, pues le predestinó para ser ciudadano de Jerusalén. Dios conoce perfectamente su cautividad, y les muestra otra ciudad por la que deben suspirar, por la que deben hacer los mayores esfuerzos y exhortar cuanto esté de su parte a sus ciudadanos, peregrinos en ella, a conseguirla. Por eso dice nuestro Señor Jesucristo: El que es fiel en lo poco, lo es en lo mucho; y también: Si no fuisteis fieles en lo de otro, lo vuestro, ¿quién os lo dará?

Sin embargo, carísimos, atended a los ríos de Babilonia. Los ríos de Babilonia son todas las cosas que se aman aquí y pasan…

Por el contrario, otros ciudadanos de Jerusalén, comprendiendo la cautividad, contemplan los deseos humanos y los diversos anhelos de los hombres, que los llevan de aquí para allá, que los arrastran y los arrojan al mar; ven estas cosas y no se meten en el mar de Babilonia, sino que se sientan junto a los ríos de Babilonia y lloran junto a ellos, ya a los que son arrebatados, ya a sí mismos, porque merecieron estar en Babilonia. Sin embargo, están sentados, es decir, humillados: Junto a los ríos de Babilonia, allí nos hemos sentado y llorado al recordar a Sión. ¡Oh santa Sión, en donde todo permanece y nada fluye! ¿Quién nos arrojó aquí? ¿Por qué hemos abandonado a tu Creador y tu compañía? Henos aquí establecidos entre lo que corre y desaparece. Difícilmente será arrastrado alguno por el río si pudiere agarrarse al madero. ¿Qué digo? Se verá libre. Luego, humillados en nuestra cautividad, nos sentemos junto a los ríos de Babilonia; no nos atrevamos a arrojarnos a ellos ni nos atrevamos, en el mal y en la tristeza de nuestra cautividad, a engreírnos; nos sentemos y lloremos así…

En medio de ella hemos colgado en los sauces nuestros instrumentos músicos. Los ciudadanos de Jerusalén tienen propios instrumentos músicos: la Escritura, los preceptos, las promesas de Dios, la meditación de la vida futura; pero mientras se hallan en medio de Babilonia cuelgan sus instrumentos en los sauces de ella. Los sauces son árboles sin fruto, y en este lugar se aducen en mal sentido, aunque quizá en otros lugares puedan consignarse en bueno. Ahora consideradlos como árboles estériles que nacen junto a los ríos de Babilonia. Estos árboles se riegan con los ríos de Babilonia y no llevan fruto…

Mas ya he dicho a vuestra caridad que todas las cosas que acontecían en aquella ciudad en la realidad, eran prefiguraciones nuestras, pues fácilmente puede demostrarse que nosotros estamos cautivos. Porque no respiramos ya el aire de aquella libertad, no gozamos de la pureza de la verdad y de aquella sabiduría que, permaneciendo en sí misma, renueva todas las cosas. Somos tentados con los deleites de las cosas temporales y luchamos diariamente contra las sugestiones de los ilícitos placeres. Apenas respiramos en la oración y vemos que nos hallamos cautivos. Pero ¿quiénes nos cautivaron? ¿Qué hombre? ¿Qué nación? ¿Qué rey? Si somos redimidos, éramos cautivos. ¿Quién nos redimió? Cristo. ¿De quién nos redimió? Del diablo. Luego el diablo y sus ángeles nos hicieron cautivos, pero no nos hubieran apresado si no hubiéramos querido. Nosotros fuimos llevados cautivos… Luego ¿quiénes nos llevaron cautivos? El diablo y sus ángeles…

¿Cómo cantaremos el cántico del Señor en tierra extraña? Así es verdaderamente, hermanos. Comenzad a querer predicar la verdad más insignificante que sepáis y ved que infaliblemente soportáis a estos mofadores, falsarios y fiscalizadores de la verdad. Responded a estos que os piden lo que no pueden entender y decidles respaldados por la seguridad que proporciona vuestro cántico santo: ¿Cómo cantaremos el cántico del Señor en tierra extraña?

Pero ve cómo has de portarte entre ellos, ¡oh pueblo de Dios, oh Cuerpo de Cristo, oh animosa peregrinación!, pues no eres de aquí, eres de otro lugar, no sea que, cuando ellos te dicen: Cantadnos palabras de cánticos, cantadnos un himno, cantadnos cánticos de Sión, aparezca como si fuesen amados por ti, y que deseas su amistad, y que temes desagradarles; y, por tanto, comience a deleitarte Babilonia y te olvides de Jerusalén… ; no queráis agradarles para que no os olvidéis de Jerusalén y diga a una nuestra alma, hecha, de muchos, una sola por la paz de Cristo; diga la misma cautiva Jerusalén, que se halla aquí en la tierra: Si me olvidare de ti, Jerusalén, se olvide de mi derecha. Severamente se ata, hermanos míos; se olvide de mí mi derecha; cruelmente se obliga. Nuestra derecha es la vida eterna; nuestra izquierda, la vida temporal. Cuanto haces por la vida eterna, lo ejecuta la derecha. Si al amor de la vida eterna mezclas en tus obras el deseo de la vida temporal, o de la alabanza humana, o de algún bien pasajero, conoce tu izquierda lo que hace tu derecha. Y sabéis que existe un precepto en el Evangelio que dice: No sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Si me olvidare —dice— de ti, Jerusalén, se olvide de mí mi derecha. Verdaderamente así acontece. Lo predijo, no lo deseó. A los que se olvidan de Jerusalén, les sucede esto que dijo: se olvida de ellos su derecha, pues la vida eterna permanece en sí; ellos son los que se quedan en el deleite temporal y se hacen derecho lo que es izquierdo.

Péguese mi lengua a mi paladar si no me acordase de ti. Es decir, enmudezca, dice, si no me acordase de ti. ¿Para qué habla, para qué toca, si no suena el cántico de Sión? Nuestra lengua es el cántico de Jerusalén. El cántico del amor de este mundo es la lengua ajena, la lengua extraña que aprendimos en la cautividad. Luego estará mudo para con Dios el que se olvidare de Jerusalén… (Comentario del Salmo 136).

 

 

 

⇒ Cogió, pues, la muerte, en la cruz colgó a la muerte y de esa muerte misma son liberados los mortales. El Señor recuerda lo que en figura sucedió entre los antiguos: Y como Moisés, afirma, levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna

El Señor, en efecto, dijo a Moisés que hiciera una serpiente de bronce, en el desierto la levantase sobre un palo y avisase al pueblo de Israel que, si una serpiente mordía a alguien, se fijase en la serpiente levantada en el palo. Sucedió: los hombres eran mordidos, miraban y eran sanados. ¿Qué son las serpientes mordedoras? Los pecados nacidos de la condición mortal de la carne. ¿Qué es la serpiente levantada? La muerte del Señor en la cruz. Efectivamente, porque la muerte viene de la serpiente, fue figurada mediante la efigie de una serpiente. Letal el mordisco de la serpiente; vital la muerte del Señor. Se presta atención a la serpiente, para que la serpiente no tenga fuerza. ¿Qué significa esto? Se presta atención a la muerte, para que la muerte no tenga fuerza. Pero ¿la muerte de quién? La muerte de la vida, si puede decirse; la muerte de la vida. Mejor aún, porque se puede decir, se dice admirablemente. Pero ¿acaso no había que decir lo que iba a ser hecho? ¿Dudaré yo en decir lo que el Señor se dignó hacer por mí? ¿No es Cristo la Vida? Y, sin embargo, Cristo está en la cruz. ¿No es Cristo la Vida? Y, sin embargo, Cristo murió. Pero en la muerte de Cristo murió la muerte, porque la vida muerta mató a la muerte, la plenitud de la vida se tragó la muerte; engullida en el cuerpo de Cristo quedó la muerte. Así lo diremos también nosotros en la resurrección, cuando cantemos triunfadores: ¿Dónde está, muerte, tu conato? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Mientras tanto, hermanos, para ser sanados del pecado, miremos de momento a Cristo crucificado, porque como Moisés, afirma, levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Como quienes miraban la serpiente no perecían por las mordeduras de las serpientes, así también quienes con fe miran la muerte de Cristo son sanados de las mordeduras del pecado. Pero para una vida temporal eran sanados de la muerte aquéllos; éste, en cambio, dice: Para que tengan vida eterna. De hecho, esta diferencia hay entre la imagen figurada y la realidad misma: la figura ofrecía vida temporal; la realidad misma, de la que era la figura, ofrece vida eterna.

Pues Dios envió su Hijo al mundo no para que juzgue al mundo, sino para que el mundo se salve mediante él. En cuanto, pues, depende del médico, ha venido a sanar al enfermo. Se suicida el que no quiere observar los preceptos del médico. Ha venido el Salvador al mundo. ¿Por qué se le ha llamado Salvador del mundo, sino para que salve al mundo, no para que juzgue al mundo? Si no quieres que te salve, serás juzgado por ti mismo. ¿Y por qué diré «serás juzgado»? Mira qué afirma: El que cree en él no es juzgado; quien, en cambio, no cree —¿qué esperas que diga sino que es juzgado?— ya está juzgado, asevera. Aún no ha aparecido el juicio, pero ya está hecho el juicio. El Señor conoce a quienes son suyos: conoce quiénes permanecerán hasta la corona, quiénes permanecerán hasta la llama; en su era conoce el trigo, conoce la paja; conoce la mies, conoce la cizaña. Ya está juzgado quien no cree. ¿Por qué juzgado? Porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

Ahora bien, éste es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron las tinieblas más que la luz, pues eran malas las obras de ellos. Hermanos míos, ¿de quiénes encontró el Señor obras buenas? De nadie. Malas encontró las obras de todos. ¿Cómo, pues, algunos han practicado la verdad y llegado a la luz? En efecto, sigue también esto: Quien, en cambio, hace la verdad viene a la luz para que se manifiesten sus obras, porque están hechas según Dios. ¿Cómo algunos han hecho la buena obra de venir a la Luz, es decir, a Cristo, y cómo algunos amaron las tinieblas? Efectivamente, si pecadores encontró a todos y a todos sana del pecado, y si la serpiente en que está figurada la muerte del Señor sana a esos que habían sido mordidos, y por la mordedura de la serpiente fue erguida la serpiente, esto es, la muerte del Señor por los hombres mortales, a los que halló injustos, ¿cómo se entiende: «Éste es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron las tinieblas más que la luz, pues eran malas las obras de ellos? ¿Qué significa esto? En efecto, ¿de quiénes eran buenas las obras? ¿Acaso no has venido a justificar a los impíos? Pero amaron las tinieblas más que la luz, afirma.

Pues muchos han amado sus pecados y muchos han confesado sus pecados, ha puesto el acento ahí: en que quien confiesa sus pecados y acusa sus pecados ya obra con Dios. Dios acusa tus pecados; si también tú los acusas, te unes con Dios. Hombre y pecador: son como dos realidades. Dios ha hecho lo que oyes nombrar «hombre»; ese hombre mismo ha hecho lo que oyes nombrar «pecador». Para que Dios salve lo que ha hecho, destruye tú lo que has hecho. Es preciso que odies en ti tu obra y ames en ti la obra de Dios. Ahora bien, cuando empiece a disgustarte lo que has hecho, a partir de entonces empiezan tus obras buenas, porque acusas tus obras malas. Inicio de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienes a la luz. ¿Qué significa «haces la verdad»? No te halagas, no te lisonjeas, no te adulas; porque eres inicuo no dices «soy justo», y comienzas a hacer la verdad. Por otra parte, vienes a la luz, para que se manifiesten tus obras, porque están hechas según Dios, ya que esto mismo, que te desagrada tu pecado, no sucedería si Dios no te iluminase y su verdad no te lo mostrase. Pero quien, aun amonestado, ama sus pecados, odia la luz amonestadora y la rehúye, para que no sean argüidas sus malas obras que ama. Quien, en cambio, hace la verdad, acusa en su persona sus males, no se tiene consideración, para que Dios le perdone no se perdona porque él mismo reconoce lo que quiere que Dios perdone, y viene a la luz, a la que agradece haberle mostrado lo que él había de odiar en su persona. Dice a Dios: Aparta de mis pecados tu rostro. Y ¿con qué cara lo dice, si no dijera a su vez: Porque yo reconozco mi fechoría y mi pecado está delante de mí? Esté ante ti lo que no quieres que esté ante Dios. Si, en cambio, pones detrás de ti tu pecado, Dios te lo dirigirá ante tus ojos, y lo dirigirá cuando ya no habrá fruto alguno de la enmienda.

Corred, hermanos míos, para que no os envuelvan las tinieblas. Sin tregua trabajad para vuestra salvación; trabajad sin tregua, mientras hay tiempo: nadie permita que se le impida venir al templo de Dios, nadie permita que se le impida hacer la obra del Señor, nadie permita que se le impida la oración continua, nadie permita que se le distraiga de la devoción habitual. Trabajad, pues, sin tregua, cuando es de día, luce el día: Cristo es el día. Está dispuesto a perdonar, pero a los que reconocen su pecado; en cambio, lo está a castigar a quienes se defienden, se jactan de ser justos y suponen ser algo, aunque son nada. Ahora bien, quien camina en su amor y en su misericordia, liberado también de pecados cuales son crímenes, homicidios, hurtos, adulterios y robos —letales y grandes por relación a los que parecen ser menudos, pecados de la lengua o de los pensamientos o de inmoderación en cosas lícitas—, hace la verdad de la confesión y por las obras buenas viene a la luz, porque muchos pecados menudos matan si se los descuida. Menudas son las gotas que llenan los ríos; menudos son los granos de arena; pero, si se amontona mucha arena, oprime y aplasta. La sentina, si se la descuida, hace lo que al precipitarse hace el oleaje: paulatinamente entra por la sentina; pero, si entra largo rato y no se lo saca, hunde la nave. Ahora bien, ¿qué significa sacar, sino con obras buenas —gimiendo, ayunando, repartiendo, perdonando— tratar de que los pecados no ahoguen?

Por otra parte, el viaje de este mundo es molesto, está lleno de tentaciones: ¡en la prosperidad no encumbre, en la adversidad no desanime! Quien te ha dado la felicidad de este mundo, te la ha dado para tu consuelo, no para tu seducción. A la inversa, quien te flagela en este mundo lo hace para tu enmienda, no para tu condena. Soporta al padre educador, para que no sientas al juez castigador. Cotidianamente os digo estas cosas y han de decirse con frecuencia, porque son buenas y saludables. (Comentarios al Evangelio de San Juan. Tratado 12).

 

San Juan Crisóstomo:

Si todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, ¿cómo no va a ser también un don de la diestra del Padre el conocimiento de Cristo? ¿Cómo no considerar la comprensión de la verdad superior a cualquier otra gracia? El Padre ciertamente no otorga el conocimiento de Cristo a los impuros, ni infunde la utilísima gracia del Espíritu en los que se obstinan en correr tras una incurable incredulidad: no es efectivamente decoroso derramar en el fango el precioso ungüento.

De ahí que el santo profeta Isaías manda a quienes desean acercarse a Cristo que se purifiquen primero dedicándose a cualquier obra buena. Dice en efecto: Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Fíjate cómo primero nos dice que hay que abandonar los viejos caminos y renunciar a los criminales proyectos, para así conseguir el perdón de los pecados, indudablemente por la fe en Cristo. Pues somos justificados, no por la observancia de la ley, sino por la gracia que nos viene de él y por la abolición de los pecados que nos viene de arriba.

-Pero quizá alguno objete: ¿Qué se oponía a relegar al olvido y conceder a los judíos y a Israel la remisión de los pecados lo mismo que a nosotros? Este parecería ser el comportamiento adecuado de quien es bueno a carta cabal.

-Pero se le puede responder: ¿Cómo entonces mostrarse veraz, cuando nos dijo: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que hagan penitencia?

¿Qué objetar a esto? La gracia del Salvador estaba destinada primeramente a solos los israelitas: pues —como él mismo afirma— sólo fue enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Y ciertamente a los que quisieren aceptar la fe, les estaba igualmente permitido caminar decididos a la vida eterna. Todo el que se portaba honestamente y buscaba la verdad era destinado a salvarse por la fe, ayudado por la gracia de Dios Padre; en cambio los arrogantes fariseos y, con ellos, los pontífices y ancianos de dura cerviz se obstinaban en no creer, por más que habían sido con anterioridad instruidos por Moisés y los profetas.

Mas, habiéndose hecho —a causa de su perversidad—totalmente indignos de la vida eterna, no recibieron la iluminación que procede de Dios Padre. De esto tenemos un precedente en el antiguo Testamento. Lo mismo que se negó la entrada en la tierra prometida a los que en el desierto dudaron de Dios, así también a los que, por la incredulidad, desprecian a Cristo, se les niega el ingreso en el reino de los cielos, del que la tierra prometida era figura. (Comentario sobre el evangelio san Juan, Lib. 4).

San Ireneo de Lyon:

A los que perseveran en la amistad de Dios, él se les comunica a sí mismo. Y la comunicación de Dios es vida, y es luz, y es goce de sus bienes. En cambio, a los que por voluntad propia se apartan de él, les da Dios la separación que ellos mismos se han escogido. Ahora bien, la separación de Dios es muerte, y la separación de la luz es tinieblas. La separación de Dios es la pérdida de todos los bienes que están en él, y así, los que por su apostasía los perdieron, se encuentran privados de todos los bienes y experimentan todos los males. No es que Dios directamente los castigue por sí mismo: sino que ellos han de sufrir el mal que se deriva de estar privado de todos los bienes. Porque los bienes de Dios son eternos e infinitos: por esto la pérdida de estos bienes es eterna e infinita. Si uno se ciega a sí mismo o es cegado por otro dentro de una luz infinita, quedará para siempre privado del gozo de la luz: no es que la luz le castigue con la ceguera, sino que su misma ceguera tiene como consecuencia tan grande mal. Por esto decía el Señor: “El que cree en mí, no es juzgado,” es decir, no es separado de Dios, ya que por la fe permanece unido a Dios. “Pero el que no cree — dice — ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios,” es decir, él mismo se separó de Dios por su propia decisión. “Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz. Porque todo el que obra mal, odia la luz, y no viene a la luz, a fin de que no se vean sus obras. En cambio el que hace la verdad, viene a la luz, para que sus obras queden patentes, porque ha obrado según Dios”. (El hombre, objeto de la salvación de Dios).

 

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