Domingo 5º de Cuaresma -CICLO B.-

Domingo, 22 de marzo de 2015

Domingo 5º de Cuaresma

- Ciclo B.-

 

Primera lectura

Lectura del profeta Jeremías (31,31-34):

Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor –oráculo del Señor–. Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: “Reconoce al Señor.” Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande –oráculo del Señor–, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 50


R/.
 Oh Dios, crea en mí un corazón puro

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, 
por tu inmensa compasión borra mi culpa; 
lava del todo mi delito, 
limpia mi pecado. R/.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, 
renuévame por dentro con espíritu firme; 
no me arrojes lejos de tu rostro, 
no me quites tu santo espíritu. R/.

Devuélveme la alegría de tu salvación, 
afiánzame con espíritu generoso: 
enseñaré a los malvados tus caminos, 
los pecadores volverán a ti. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la carta a los hebreos (5,7-9):

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando es su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.
Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (12,20-33):

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»
Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
Palabra del Señor

COLLATIONES

Este domingo el Señor anuncia una nueva alianza, anuncia su Pasión. En esta nueva alianza meterá la ley en nuestro pecho, la escribirá en nuestros corazones, todos le conoceremos, cuando perdone nuestros crímenes y no recuerde nuestros pecados. Derramará el Espíritu Santo en nuestros corazones para crear en nosotros un corazón puro, como nos dice el salmo, y nos renovará por dentro con espíritu firme. “Es la sangre de Cristo la que consagra el Nuevo Testamento, (o Nueva Alianza), ya por lo que se refiere a los nuevos mandamientos de este testamento, ya por lo que se refiere a sus nuevas promesas. Porque Dios “ por el gran amor con que nos amó” y que nos testimonió al derramar su sangre por nosotros, se introduce en nuestro espíritu mediante los movimientos misteriosos de la gracia y su misma sangre, diría yo, nos sugiere de viva voz, amar sus preceptos desde el fondo del corazón y esperar confiadamente en sus promesas”. (Balduino de Ford).

También el testamento, o pacto, entre el diablo y el hombre fue confirmado como con sangre por el pecado del hombre y por su muerte, … pero en lo que respecta al hombre mismo: ninguna fuerza, ninguna humana sabiduría, puede liberar al hombre de la muerte, “mientras no venga aquél que le rescate y le salve”… El testamento del infierno no podía ser anulado antes de la muerte o sin la muerte del Mediador. (Balduino de Ford).

“El diablo, pues, poseía al género humano y con el recibo de los pecados tenía en su poder a los reos de suplicios; dominaba en los corazones de los infieles, los arrastraba, engañados y cautivos, a adorar a la criatura, abandonado al Creador. En cambio, mediante la fe de Cristo, que por su muerte y resurrección ha sido afianzada; mediante su sangre, que fue derramada para remisión de pecados, miles de creyentes son liberados del dominio del diablo, son unidos al Cuerpo de Cristo y, bajo tan importante Cabeza, por su único Espíritu son vivificados los miembros fieles. A esto llamaba juicio, a esta separación, a esta expulsión del diablo de sus redimidos”. (San Agustín).

 

El Antiguo Testamento, o Antigua Alianza, fue quebrantada por nuestros padres, pero Cristo nos muestra con su pasión que el perfecto cumplimiento de la ley es la obediencia hasta la muerte. Con su Pasión revoca la antigua alianza, y sella la nueva con su sangre. Puesto que en la desobediencia residía la raíz del pecado, era la obediencia lo primero que había que restaurar: “Lo primero que había que restaurar es la obediencia, para destruir de este modo el foco del error. (San Ambrosio).

“Ahora bien, la obediencia hasta la muerte no ha de entenderse únicamente de la muerte de la carne, sino, en cierto sentido, de toda perfecta mortificación y maceración del cuerpo, y, sobre todo, de toda perfecta abdicación de la propia voluntad”. (Balduino de Ford). Porque “el que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna”.

Declara el Señor que a la muerte le seguiría la resurrección al decir: Donde esté Yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.  Y ¿dónde está Cristo? En el Cielo. Entonces, aun antes de la resurrección trasladémonos al Cielo con el alma y el pensamiento.

San Ambrosio de Milán:

Cuando nuestro Señor Jesucristo se decidió a asumir nuestra carne para purificarla en sí mismo, ¿qué es lo que primero debió abolir sino el contagio del primer pecado? Y comoquiera que la culpa había penetrado por el camino de la desobediencia, al transgredir los mandatos divinos lo primero que había que restaurar es la obediencia, para destruir de este modo el foco del error. En ella residía, en efecto, la raíz del pecado. Por eso, como buen médico, debió proceder primeramente a amputar las raíces del mal para que los bordes de la herida pudieran percibir el saludable remedio de los medicamentos. De poco serviría curar el exterior de la herida, si en el interior campan los gérmenes del contagio; más aún, la herida empeora si se cierra en el exterior, mientras en el interior los virus desencadenan los ardores de la fiebre. Porque ¿de qué serviría el perdón del pecado, si el afecto permanece intacto? Sería como cerrar una herida sin haberla sanado.

Quiso desinfectar la herida, para sanar el afecto y no dejar alternativa alguna a la desobediencia. Asumió él la obediencia para inoculárnosla a nosotros. Esto es lo que convenía, pues ya que por la desobediencia de uno la gran mayoría se convirtió en pecadora, viceversa, por la obediencia de uno, muchos se convirtieran en justos.

… Como hombre estuvo sujeto a la enfermedad y al dolor; y nosotros lo hemos visto hombre en el sufrimiento: pero como vencedor de las enfermedades, no vencido por las enfermedades, sufría por nosotros, no por él; se sometió a la enfermedad no a causa de sus pecados, sino a causa de los nuestros, para curarnos con sus cicatrices. Asumió nuestros pecados, para cargarlos sobre sí y para expiarlos. Por eso le dará una multitud como parte y tendrá como despojo una muchedumbre.

El cargar con nuestros pecados es para su perdón; el expiarlos, para nuestra corrección. Asumió, pues, nuestra compasión, asumió nuestra sujeción. El someterse todas las cosas es prerrogativa de su poder, el estar sometido es propio de nuestra naturaleza. (Comentario sobre el salmo 61, 4-6)

 

Balduino de Ford:

Según testimonio del Apóstol, los que hacen las ofrendas prescritas por la Ley “sirven la sombra y la figura de las realidades celestiales”. Pero Cristo “Es mediador de una más excelente alianza, concertada sobre mejores promesas”. Por lo que se refiere al cumplimiento de esta alianza, el mismo apóstol nos lo muestra, citando el testimonio del profeta Jeremías: “Vienen días, palabra de Yavé, en que yo haré una alianza nueva con la casa de Israel y la casa de Judá. No como la alianza que hice con sus padres, cuando tomándolos de la mano los saqué de la tierra de Egipto”…

El Señor plantó una viña. ¿De qué viña se trata? La viña del Señor de los ejércitos —dice Isaías— es la casa de Israel. Como difiere la viña de la viña, así también el vino difiere del vino. La viña del Señor se distingue de la viña ajena. Esta representa a la gentilidad alejada del culto de Dios y entregada a la idolatría. La sinagoga, en cambio, que tiene la dicha de pertenecer a la viña del Señor por haber sido plantada y cultivada por él, por parte de los justos, es la viña del Señor, pero por parte de los malos y de los infieles se convirtió en espino, cepa borde. Porque son una generación depravada, unos hijos desleales. Esta viña dio como fruto la impiedad en vez de la fe, la desesperanza en vez de la esperanza, la envidia o el odio en vez del amor. Cual es la viña, tal es el vino.

Por lo que a la sinagoga fiel se refiere, que agradó a Dios por la obediencia, fue cual plantel preferido y como viña escogida, ya que Dios se deleitó en la obediencia de los antiguos justos acogidos a los preceptos, juicios, promesas y sacramentos legales.

Esta obediencia tuvo un límite: la pasión de Cristo. Le sucedió una nueva obediencia y una nueva justicia, destinada a agradar más a Dios en fuerza de su mayor perfección. Por eso dice ahora el Señor: No beberé más del fruto de la vid, etc. Que es como si dijera: No me deleitaré más en una obediencia como la que existió hasta el momento bajo el régimen de la ley. Está para amanecer el día —esto es, el tiempo de gracia— en que se disipará la sombra, se incrementará la religión en virtud de las nuevas promesas y bajo el régimen de nuevos preceptos y nuevos sacramentos, y la obediencia alcanzará la perfección a impulsos del ejemplo de mi humildad: en esta obediencia disfrutaré más con vosotros en el reino de mi Padre, esto es, en la Iglesia.

El perfecto cumplimiento de la ley es la obediencia hasta la muerte. Esta es la caridad perfecta, éste es el fin de la justicia y de toda perfección. Esta obediencia estuvo compendiada, durante la ley, en aquel primero y máximo mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Estaba también compendiada en los sacrificios y veladamente insinuada en la muerte de las víctimas. Ahora, en cambio, ha sido manifestada en el ejemplo de la muerte de Cristo e impuesta a los que desean vivir en la imitación y el amor de Cristo. Esta obediencia es la copa de la salvación, el cáliz de la pasión de Cristo.

Este es el vino nuevo del que dice el Señor: No beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. Y ¿qué es beber ese vino nuevo, sino padecer con amor de la obediencia? ¿Qué significa: hasta que lo beba con vosotros, sino que también vosotros padeceréis conmigo por amor de la obediencia? ¿Qué quiere decir: lo beba, pero nuevo, sino que era una novedad beber el cáliz de la pasión en vez de beber el fruto de la vid? Era asimismo una novedad el que en lugar del cordero fuera inmolado un hombre. Beba con vosotros el vino nuevo, porque me deleitaré en la novedad de este cáliz, y vosotros os deleitaréis conmigo, porque vuestra alma estará inundada de alegría.

Ahora bien, la obediencia hasta la muerte no ha de entenderse únicamente de la muerte de la carne, sino, en cierto sentido, de toda perfecta mortificación y maceración del cuerpo, y, sobre todo, de toda perfecta abdicación de la propia voluntad. Quien en la alegría del alma y en la dulzura de la caridad, posponiendo la propia voluntad antepone la voluntad del hermano mediante un juicio de valor, éste da la vida por el hermano. La obediencia hasta la muerte es consustancial a cualquier tipo de martirio, tanto si la que nos mata es la espada del perseguidor, como si es la espada del espíritu, que es toda palabra de Dios.

… A la ley de Dios se la llama con razón Testamento* porque nos promete una herencia, en muchos lugares muestra quienes son los herederos, contiene las promesas de Dios y sus voluntades, como un pacto de alianza que garantiza la amistad entre Dios y los hombres. Allí Dios se obliga, de buen grado y bajo juramento, a cumplir las promesas; el hombre queda obligado en conciencia a cumplir los mandamientos… Se encuentran  también bajo el nombre de testamento las confabulaciones de los malvados contra Dios, en el pasaje: “Nómadas de Edom e israelitas han hecho un testamento contra ti”. Testamento tiene también el sentido de “pacto con la muerte” o con el infierno, o aún con el mundo; se trata entonces de pecadores de los que aman el mundo, de los que ligados por sus malas acciones, se hacen deudores de la muerte y del infierno.

El testamento entre el diablo y el hombre fue confirmado como con sangre por el pecado del hombre y por su muerte… Este testamento, acabamos de decirlo, ha sido confirmado por la muerte del hombre, pero en lo que respecta al hombre mismo: ninguna fuerza, ninguna humana sabiduría, puede liberar al hombre de la muerte, “mientras no venga aquél que le rescate y le salve”. Por eso a Abel no le bastaba su inocencia, ni a Noé su justicia, ni a Abrahán su fe, ni a Moisés su mansedumbre, ni a Job su paciencia, ni, por último, a ningún santo su santidad para ser liberado de la muerte. El testamento del infierno no podía ser anulado antes de la muerte o sin la muerte del Mediador.

El Nuevo Testamento está pues como en las antípodas del testamento del infierno. Este último fue confirmado de algún modo por sangre, es decir, por el pecado del hombre y su muerte, porque por el pecado el hombre hace alianza con el diablo, y ni por la muerte ni después de la muerte podía liberarse de la obligación así contraída. Pero el Nuevo Testamento ha sido confirmado por la sangre de Cristo; él libera al hombre del pecado, le prescribe una nueva forma de vida, le constituye heredero de la vida eterna. Por eso se llama a esta sangre “la sangre del Nuevo Testamento” porque es él quien ha consagrado el Nuevo Testamento y ha confirmado la promesa de la herencia eterna…

Ambos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, tienen poder entonces para destruir el testamento del infIerno; el uno por su significación, el otro por la manifestación de la verdad. Esta sangre de Cristo consagra el Nuevo Testamento, ya por lo que se refiere a los nuevos mandamientos de este testamento, ya por lo que se refiere a sus nuevas promesas. Porque Dios “ por el gran amor con que nos amó” y que nos testimonió al derramar su sangre por nosotros, se introduce en nuestro espíritu mediante los movimientos misteriosos de la gracia y su misma sangre, diría yo, nos sugiere de viva voz, amar sus preceptos desde el fondo del corazón y esperar confiadamente en sus promesas. (Tratado sobre el sacramento del altar).

*Como los traductores griegos del AT tradujeron la palabra hebrea berith (alianza) por diatheke, que en lengua popular helenística significaba testamento, las versiones latinas reprodujeron también  por testamentum. De ahí la denominación de AT para significar la alianza que Yahveh concluyó con Israel, en contraposición al NT, la nueva alianza, fundada y sellada por Jesús. (Diccionario de la Biblia, Ed: Herder).

San León Magno:

Al ser levantado, amadísimos, Cristo en la cruz, no os limitéis a ver en él lo único que veían los impíos aquellos, a quienes se dirige Moisés cuando dice: “Tu vida estará como suspendida ante tus ojos y temerás día y noche y no creerán en tu vida”. La presencia del Señor crucificado no podía sugerirles más que el pensamiento de su propio crimen, llenándose, por tanto de temor, no por el que se alcanza la verdadera fe, sino el que atormenta a las conciencias culpables. Nuestra alma, iluminada por el Espíritu de verdad, recibe con libertad y pureza de corazón la gloria que la cruz irradia en el cielo y en la tierra, y entiende con la agudeza interior lo que dijo el Señor al hablar de la proximidad de su pasión: “Se acerca la hora en que el  hijo del hombre será glorificado”, y después: “Ahora dijo, mi alma está turbada,  y ¿qué diré? Padre, líbrame en esta hora. Y porque he llegado a este trance, Padre, glorifica a tu hijo”. Y como se oyese la voz del Padre del cielo, que decía: “Te he glorificado y te glorificaré”, contestando Jesús a los circunstantes les dijo: “No se ha dejado oír por mí esta voz sino por vosotros”. Ahora llega la hora de juzgar al mundo, y el Príncipe de este mundo será arrojado fuera. Y yo, cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré todas las cosas hacia mí”.

¡Oh admirable poder de la santa cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella podemos considerar el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado, oh, sí Señor: “atrajiste hacia ti todas las cosas” cuando teniendo extendidas todo el día vuestras manos hacia un pueblo incrédulo y rebelde, el mundo entero comprendió debía rendir homenaje a vuestra majestad. Atrajiste a ti todas las cosas cuando todos los elementos proclamaron en unánime sentencia el crimen execrable de los judíos; cuando al oscurecerse los luminares del cielo  y trocándose en tinieblas la claridad del día, la tierra tembló asimismo con extrañas sacudidas y toda la creación se negó a servir a aquellos impíos. Atrajiste a ti todas las cosas cuando rasgó  el velo del templo y el Sancta Sanctorum rechazó a sus indignos pontífices, como indicando que la figura se convertía en realidad, la profecía en revelaciones patentes y la ley en evangelio…

Ahora, efectivamente, el orden de los Levitas resplandece con mayor brillo y la dignidad sacerdotal tiene una mayor grandeza, y la unión que consagra a los Pontífices una mayor santidad, porque tu cruz es la fuente de todas las bendiciones y a causa de todas las gracias, y por ella los creyentes sacan de la debilidad fuerza, gloria del oprobio y vida de la muerte. Ahora, al cesar también toda clase de sacrificios carnales, toda especia de hostias, la sola ofrenda de tu cuerpo y sangre vale por todo lo anterior, porque tú eres “el verdadero Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo”, y así cumples en ti todos los misterios, y como un solo sacrificio suple a todas las víctimas, así se hace un solo reino de entre todas las naciones. (Sermón 8, De la Pasión del Señor (59)).

San Elredo de Rieval:

Me dirijo a vosotros, hermanos míos, hijos míos, que no sólo adoráis, sino que hacéis profesión de la cruz de Cristo; y no sólo hacéis profesión, sino que amáis su cruz. Me dirijo a vosotros, piense cada uno lo que quiera, mírelo como le parezca, tenga consigo las consideraciones que le parezca: en la cruz de Cristo no hay nada tierno, nada blando, nada delicado, nada que agrade a la carne ni a la sangre.

La cruz de Cristo ha de ser como el espejo del cristiano. En esa cruz de Cristo mire si su vida, su conducta están de acuerdo con la cruz de Cristo, y esté convencido que participará de la gloria de Cristo en la medida que participe de la Cruz de Cristo. En cambio, el que rechaza el sufrimiento de la cruz de Cristo tema ser rechazado de la presencia del Crucificado. Por vuestra parte, hermanos míos, daos cuenta como habéis de alegraros vosotros que estáis crucificados con Cristo. (En el día de Ramos, Sermón 10).

San Juan Crisóstomo:

♦ «Cuando el Apóstol habla de estas súplicas y del clamor de Jesús no quiere hablar de las peticiones que hizo para Sí mismo, sino para los que creerían en Él. Y puesto que los hebreos no tenían todavía la elevada concepción de Cristo que hubieran debido poseer, San Pablo dice que fue escuchado, como el mismo Señor dijo a sus discípulos para consolarlos: “Si me amaseis, os alegraríais de que fuera al Padre, porque el Padre es mayor que yo”… Eran tan grandes el respeto y la piedad del Hijo que Dios Padre no pudo menos que tener en cuenta sus súplicas, salvando a su Hijo y salvando también a todos los que le obedecen» (Homilía 11, sobre Hebreos).

 

♦ ¿Cuál pues de los profetas dice que fue Cristo quien dio el Antiguo Testamento a los judíos? ¡Jeremías, que fue santificado desde el vientre de su madre y que brilló ya desde su juventud! ¿Dónde y cuándo lo dijo? ¡Atiende a sus palabras y por lo que dijo quedarás instruido claramente! ¿Cuáles, pues, son sus palabras?: ¡He aquí que vienen días, dice el Señor!  De este modo nos significa que va a hablarnos de cosas futuras. Pero si habla de cosas futuras ¿cómo dice que fue El quien dio el Antiguo Testamento? ¡Espera y no te conturbes, y verás enseguida resplandecer pura la luz de la verdad! Porque cuando se decían esas cosas la Ley ya había sido dada y había sido violada; pero el Nuevo Testamento aún no se había dado. Teniendo, pues, asentado esto en vuestras mentes con toda claridad, oíd la solución de las dificultades en que muchos tropiezan.

¡He aquí que vienen días, dice el Señor (y con esto significa el tiempo presente), y haré yo una nueva Alianza con vosotros, no como la Alianza que hice con vuestros padres. Pues bien: yo pregunto al judío, al hermano nuestro enfermo: ¿Quién dio el Nuevo Testamento? Sin duda que cualquiera responderá que lo dio Cristo. En consecuencia también El dio el Antiguo. Porque quien dijo: Yo haré una Alianza nueva con vosotros, no como la Alianza que hice con vuestros padres, manifiesta haber sido El quien dio el Antiguo Testamento. De manera que de ambos Testamentos uno solo es el Legislador. Y ¿cuándo, pregunto, dispuso el Antiguo Testamento? En el día en que tomándolos de la mano los saqué de la tierra de Egipto. Advierte cómo por una parte manifiesta la facilidad en sacarlos y el cariño que les tuvo y la seguridad al hacerlo, y por otra cómo fue El quien obró en Egipto todos los milagros. Puesto que al decir: los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, significa todos los milagros, ya que la salida se verificó mediante aquellos estupendos milagros.

Ellos quebrantaron mi Alianza y yo los rechacé, palabra del Señor. De esto, pues, se deduce claro que fue uno solo el Legislador del Antiguo y del Nuevo Testamento. Pero, si alguno considera cuidadosamente lo dicho, encontrará que rebosa de no pequeñas dificultades. Porque al dar el motivo porque ha de proporcionar otro Testamento, a éste lo llama Nuevo, o sea estupendo. Puesto que dice: ¡Haré una Nueva Alianza, no como la Alianza que hice con vuestros padres; porque ellos quebrantaron mi Alianza y yo los rechacé, palabra del Señor! Lo consecuente era castigarlos y aplicarles las peores penas y los suplicios extremos, ya que tras de tantos milagros hechos en su favor, no habían mejorado en sus costumbres. Pero he aquí que no solamente no los castiga, sino que les promete cosas aún mayores que las antiguas…

Esta es, pues, la Alianza que yo haré con vosotros, palabra del Señor. Yo pondré mi Ley en la mente de ellos y la escribiré en su corazón. No tendrán que enseñarse cada ciudadano al otro, ni cada hermano a su hermano, diciendo ¡conoce al Señor! Porque todos me conocerán, desde los pequeños hasta los grandes; porque les perdonaré todas sus maldades y no me acordaré más de sus pecados ni de sus iniquidades. Y una vez que ha mencionado el Testamento Antiguo, una vez que mencionó también el Testamento Nuevo, que les habrá de dar, ahora se pone a describir su hermosura, ahora declara y apunta sus caracteres y sus contrapuestas cualidades, con el objeto de que veas la diferencia tan grande que hay entre el Nuevo y el Antiguo Testamento –¡diferencia, no oposición!– , y cuánta sea la excelencia del Nuevo y cuánto su esplendor, y cuánto el brillo de sus dones y gracias.

¿Cuáles son, pues, los caracteres del Nuevo Testamento? ¡Yo pondré mi Ley en la mente de ellos y la escribiré en su corazón! Porque la Ley Antigua estaba escrita en tablas de piedra; y una vez que se quebraron las primeras, otras nuevas fueron esculpidas, y de nuevo en ellas Moisés inscribió las letras y bajó llevando consigo aquellas tablas, cuya naturaleza pétrea decía bien con la insensatez de los destinatarios. Pero, en cuanto al Nuevo, las cosas no van por ahí. Porque no se esculpieron tablas cuando se dio el Nuevo Testamento. Pues ¿cuándo y cómo se dio? Escucha a Lucas cómo lo cuenta: Estaban todos, dice, juntos en un lugar, y se produjo de repente un ruido como de un viento impetuoso, y aparecieron, como divididas, lenguas de fuego que se posó sobre cada uno de ellos y quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extrañas según que el Espíritu les daba.

¿Ves cómo ya antiguamente el profeta claramente lo había predicho cuando dijo: pondré en ellos mi Ley y la inscribiré en su corazón? Porque la gracia del Espíritu Santo fue dada por Dios para que habite en ellos, con lo que los hizo columnas vivientes (…) y en la mente pone su sombra, mediante su gloria. Y por esto decía haber sido enviado a predicar no en sabiduría de palabras, para que no sea en vano la cruz de Cristo;  y además: ¡Hizo Dios la sabiduría de este mundo, estulticia!…

Llamó a la cruz locura de Dios y flaqueza de Dios. Pero no porque fuera locura, puesto que ¿qué cosa hay más sabia? Ni porque fuera flaqueza, puesto que ¿qué cosa hay más fuerte? Sino haciendo referencia a la opinión que de ella tuvieron los incrédulos…

¿Acaso no ha hecho Dios necedad a la sabiduría de este mundo?  De nuevo acomete a la sabiduría de los gentiles. Pero ¿qué quiere decir que la hizo necedad? ¡Que la mostró necia, como en verdad lo era! Y de ellos y de sus pecados y de sus iniquidades, no me acordaré más! Pero en esto el profeta del Antiguo Testamento nos presenta una bella descripción. En cambio el apóstol, puesto que luchaba contra los judíos, pone en oposición ambas cosas.  Más arriba nos dijo: ¡No en tablas de piedra sino en tablas de carne que son vuestros corazones!  Ahora nos dice: ¡no de la letra sino del espíritu, porque la letra mata mientras que el espíritu vivifica!

Alguien en sábado recogió unos leños y fue lapidado. ¿Ves cómo la letra mata, o sea cómo la letra daba muerte? ¡Aprende ahora cómo el espíritu da vida! ¡Entra alguno al templo lleno de millares de pecados, fornicario, ladrón, avaro, adúltero, cargado con todo género de maldades, muerto ya por el pecado! Pero el Espíritu Santo con su gracia lo trae a la piscina, y hace al fornicario hijo de Dios, y al muerto por los pecados lo engendra a la vida. Esto es lo que significa aquello del Espíritu vivifica. Pero, ¿cómo da la vida? ¡No castigando a los pecadores, según el dicho del profeta!: ¡Porque les perdonaré sus pecados y no me acordaré más de sus maldades!

Pregunta a los judíos cuándo aconteció esto en la Ley, y no podrán mostrártelo. Porque en la Ley el que había recogido leña en sábado era lapidado y la fornicaria era quemada y Moisés por un pecado perdió la tierra de promisión. En cambio ahora, en el tiempo de gracia, los que habían cometido miles de pecados, por la gracia del bautismo reciben la vida y no se les impone castigo alguno de sus crímenes. Por esto Pablo decía: ¡No os engañéis! Porque ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los dados al vino, ni los maldicientes, ni los raptores, poseerán el reino de Dios.  Y algunos erais esto, pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.

¿Veis cómo resplandece el dicho aquél del profeta? ¡No me acordaré más de sus maldades! Y cómo brilla el otro dicho apostólico: ¡El Espíritu vivifica! ¿Quieres oír otra cosa, es a saber cómo Pablo nos cuenta cómo en breve tiempo recorrió casi todo el orbe de la tierra? ¡Oye lo que dice: ¡De suerte que desde Jerusalén hasta Iliria y en todas direcciones, he predicado cumplidamente el Evangelio de Cristo. Y luego: Pero ahora, no teniendo ya campo en estas regiones y deseando ir a veros desde hace ya bastantes años, espero visitaros, cuando vaya hacia España, tras de haber gozado un poco de vuestra conversación. Pues si un apóstol en tan breve tiempo recorrió la mayor parte de las tierras del orbe, considera cómo todos los otros pescaron a todo el orbe como en una red. Por lo cual dice: El Evangelio que ha sido predicado a toda criatura que hay bajo del cielo,  interpretando con eso la palabra del profeta: ¡Porque me conocerán todos, desde el menor hasta el mayor!…
(Homilía 29, acerca de Eleazar y los siete jóvenes).

San Cirilo de Alejandría:

Cristo fue la primicia de este trigo, él el único que escapó de la maldición, precisamente cuando quiso hacerse maldición por nosotros. Es más, venció incluso a los agentes de la corrupción, volviendo por sí mismo a la existencia libre entre los muertos. De hecho resucitó derrotando la muerte, y subió al Padre como don ofrecido, cual primicia de la naturaleza humana, renovada en la incorruptibilidad. Efectivamente, Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres —imagen del auténtico—, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.

Que Cristo sea aquel pan de vida bajado del cielo; que además perdone los pecados y libere a los hombres de sus transgresiones ofreciéndose a sí mismo a Dios Padre como víctima de suave olor, lo podrás comprender perfectamente si, con los ojos de la mente, lo contemplas como aquel novillo sacrificado y como aquel macho cabrío inmolado por los pecados del pueblo. Cristo, en efecto, ofreció su vida por nosotros, para cancelar los pecados del mundo.

Por lo tanto, así como en el pan vemos a Cristo como vida y dador de vida, en el novillo lo vemos inmolado, ofreciéndose nuevamente a Dios Padre en olor de suavidad; y en la figura del macho cabrío lo contemplamos convertido por nosotros en pecado y en víctima por los pecados, así también podemos considerarlo como una gavilla de trigo. Qué puede representar esta gavilla, os lo explicaré en pocas palabras.

El género humano puede ser comparado a las espigas de un campo: nace en cierto modo de la tierra, se desarrolla buscando su normal crecimiento, y es segado en el momento en que la muerte lo cosecha. El mismo Cristo habló de esto a sus discípulos, diciendo: ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo el salario y almacenando fruto para la vida eterna.

Los habitantes de la tierra pueden, pues, compararse y con razón, a la mies de los campos. Y Cristo, modelado según nuestra naturaleza, nació de la Santísima Virgen cual espiga de trigo. En realidad, es el mismo Cristo quien se da el nombre de grano de trigo: Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Por esta razón, Cristo se convirtió por nosotros en anatema, es decir, en algo consagrado y ofrecido al Padre, a la manera de una gavilla o como las primicias de la tierra. Una única espiga, pero considerada no aisladamente, sino unida a todos nosotros que, cual gavilla formada de muchas espigas, formamos un solo haz.

Pues bien, esta realidad es necesaria para nuestra utilidad y provecho y suple el símbolo del misterio. Pues Cristo Jesús es uno, pero puede ser considerado –y lo es realmente– como apretada gavilla, por cuanto contiene en sí a todos los creyentes, con una unión preferentemente espiritual. De lo contrario, ¿cómo por ejemplo hubiera podido escribir san Pablo: Nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él? Siendo él uno de nosotros, comulgamos con él en un mismo cuerpo y, mediante la carne, hemos conseguido la unión con él. Y ésta es la razón por la que, en otro lugar, él mismo dirige a Dios, Padre celestial, estas palabras: Padre, éste es mi deseo: que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros. (Comentario sobre el libro de los Números, 2).

San Agustín:

«Si el grano de trigo, tras caer en tierra, no hubiere muerto, él mismo permanece solo; si, en cambio, hubiere muerto, produce mucho fruto» —pasaje este en que, a quienes quisieran seguirlo al reino de los cielos, los estimuló a odiar su alma en este mundo si pensaban custodiarla para vida eterna—, de nuevo adaptó a nuestra debilidad su sentimiento y aseveró:  «Ahora mi alma se ha turbado»,… ¿Por qué, Señor, se ha turbado tu alma? Como es notorio, poco antes has dicho: El que odia su alma en este mundo, la custodia para vida eterna3. ¿Tu alma, pues, es por ti amada en este mundo, y por eso se turba al llegar la hora en que salga de este mundo? ¿Quién osará a afirmar esto del alma del Señor? Más bien, nos ha trasladado a su persona, nuestra Cabeza nos ha asumido en ella, ha asumido el sentimiento de sus miembros y, por eso, no la ha turbado nadie, sino que, como está dicho de él cuando levantó a Lázaro, se turbó a sí mismo. Era preciso, en efecto, que el único mediador de Dios y hombres, Cristo Jesús hombre, como nos estimuló a lo más alto, así con nosotros padeciera también lo más bajo.

Le oigo decir más arriba: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre; si el grano de trigo fuere hecho morir, produce mucho fruto. Oigo: El que odia su alma en este mundo, la guarda para vida eterna. No se me permite admirar sólo, sino que se me manda imitar. Las palabras que siguen después: Si alguien me sirve, sígame, y donde estoy yo, allí estará también mi servidor, me provocan a despreciar el mundo, y nada es en mi presencia el vapor entero de esta vida, por largo que sea; por el amor de lo eterno, todo lo temporal se me deprecia y, por el contrario, a mi Señor mismo, que con aquellas palabras me arrastró consigo desde mi debilidad a su firmeza, le oigo decir: Ahora mi alma se ha turbado. ¿Qué significa esto? ¿Cómo mandas a mi alma seguirte, si veo que la tuya se turba? ¿Cómo soportaré lo que tan gran firmeza siente pesado? ¿Qué cimiento buscaré, si la Roca sucumbe? Pero me parece oír en mi imaginación al Señor responderme y decir de alguna forma: «Me seguirás más, porque me interpongo de forma que aguantes. Has oído dirigida a ti la voz de mi fortaleza; oye en mí la voz de tu debilidad. Te procuro fuerzas para correr y no freno el hecho de que aceleres, sino que transfiero a mí lo que temes y guarnezco el lugar por donde pases». ¡Oh Señor, Mediador, Dios por encima de nosotros, hombre por nosotros! Reconozco tu misericordia. Efectivamente, porque tú, tan grande, te turbas por decisión de tu caridad, a muchos de tu cuerpo a los que turba la necesidad de su debilidad los consuelas para que no perezcan por desesperar.

Por eso, el hombre que quiere seguir, escuche por dónde siga… Escucha, pues, qué añade después, tras haber dicho: Ahora mi alma se ha turbado. Afirma: ¿Y qué diré: «Padre, sálvame de esta hora»? Pero por esto vine a esta hora. Padre, esclarece tu nombre. Te ha enseñado qué has de pensar, te ha enseñado qué has de decir, a quién has de invocar, en quién has de esperar, la voluntad de quién, segura y divina, has de anteponer a tu voluntad humana y débil…

Por otra parte, ¿qué significa «Glorificaré tu nombre», sino con su pasión y resurrección? ¿Qué otra cosa significa, pues, sino que el Padre glorifique al Hijo, el cual también con los padecimientos similares de sus siervos glorifica el nombre de aquél? Por ende, de Pedro está escrito que, precisamente porque quiso dar a entender con qué muerte iba a glorificar a Dios, dijo respecto a él: Otro te ceñirá y llevará adonde tú no quieres. También en él, pues, Dios glorificó su nombre, porque así glorifica a Cristo también en sus miembros.

Vino, pues, del cielo una voz: Lo glorifiqué y de nuevo lo glorificaréLo glorifiqué antes de hacer el mundo, y de nuevo lo glorificaré, cuando él resucite de entre los muertos y ascienda al cielo. También puede entenderse de otra manera: lo glorifiqué, cuando nació de la Virgen; cuando obró prodigios; cuando, a indicación del cielo mediante una estrella, fue adorado por los Magos; cuando fue reconocido por santos llenos del Espíritu Santo; cuando lo puso de manifiesto el Espíritu Santo, al descender en forma de paloma; cuando lo mostró la voz que sonó desde el cielo; cuando se transfiguró en el monte; cuando hizo muchos milagros; cuando a muchos sanó y limpió; cuando alimentó con poquísimos panes a tan gran muchedumbre cuando se impuso a los vientos y a las olas cuando resucitó a los muertos. Y de nuevo lo glorificaré, cuando él resucite de entre los muertos; cuando la muerte ya no lo domina; cuando en calidad de Dios sea exaltado sobre los cielos, y su gloria sobre toda la tierra.

La turba, pues, que estaba allí y había oído, decía que se había producido un trueno; otros decían: Le ha hablado un ángel. Jesús respondió y dijo: Esta voz ha venido no en atención a mí, sino en atención a vosotros. Aquí muestra que lo que ya sabía fue indicado por esa voz no a él, sino a quienes era preciso que se indicase. Pues bien, como esa voz se ha producido por la divinidad no en atención a él, sino en atención a los otros, así su alma se ha turbado por la voluntad no en atención a él, sino en atención a los otros.

Atiende a lo demás. Ahora, afirma, hay un juicio del mundo. ¿Qué, pues, ha de esperarse al fin del mundo? Pero el juicio que se espera al final será el de juzgar a vivos y muertos, será juicio de premios y penas eternos… De entre estos juicios es también este que aquí menciona el Señor: Ahora hay un juicio del mundo, reservado para el final el juicio donde últimamente van a ser juzgados vivos y muertos. El diablo, pues, poseía al género humano y con el recibo de los pecados tenía en su poder a los reos de suplicios; dominaba en los corazones de los infieles, los arrastraba, engañados y cautivos, a adorar a la criatura, abandonado el Creador. En cambio, mediante la fe de Cristo, que por su muerte y resurrección ha sido afianzada; mediante su sangre, que fue derramada para remisión de pecados, miles de creyentes son liberados del dominio del diablo, son unidos al Cuerpo de Cristo y, bajo tan importante Cabeza, por su único Espíritu son vivificados los miembros fieles. A esto llamaba juicio, a esta separación, a esta expulsión del diablo de sus redimidos.

… Pero, porque asevera: «Ahora hay un juicio del mundo» y, para exponer qué dijo, afirma: «Ahora el jefe de este mundo será echado fuera», ha de entenderse esto que sucede ahora, no lo que va a suceder tanto tiempo después, en el último día. Predecía, pues, el Señor lo que sabía: que tras su pasión y glorificación iban a creer por todo el mundo muchos pueblos, en cuyos corazones estaba dentro el diablo que, cuando en virtud de la fe renuncian a él, es arrojado fuera

Como, pues, hubiese dicho: «Ahora el jefe de este mundo será echado fuera», afirma: Y yo, si fuere elevado de la tierra, tras de mí arrastraré todo. ¿Qué todo, sino esos de quienes aquél es echado fuera? Ahora bien, ha dicho no «todos», sino todo, pues la fe no es de todos. Así pues, ha referido esto no a la totalidad de los hombres, sino a la integridad de la criatura, esto es, el espíritu, el alma y el cuerpo: a eso mediante lo que entendemos, a eso mediante lo que vivimos, y a eso mediante lo que somos visibles y palpables. En efecto, quien ha dicho: «No perecerá un pelo de vuestra cabeza», arrastra todo tras de sí. O, si por todo ha de entender a los hombres mismos, podemos decir «todo lo predestinado a la salvación»; cuando arriba hablaba de sus ovejas, aseveró que nada de ese todo va a perecer. O ciertamente afirma: «Tras de mí», para ser él su cabeza y ellos sus miembros, «arrastraré todo»: todo género de hombres, ora en atención a todas las lenguas, ora en atención a todas las edades, ora en atención a todos los grados de honores, ora en atención a todas las diversidades de talentos, ora en atención a todas las profesiones de oficios lícitos y útiles, y cualquier otra cosa que puede decirse según las innumerables diferencias mediante las que, exceptuados los pecados, distan entre sí los hombres, desde los más encumbrados hasta los más viles, del rey hasta el mendigo. Pero, si fuere elevado de la tierra, afirma; esto es, cuando fuere elevado; no duda, en efecto, que sucederá lo que él vino a cumplir. Esto se refiere a lo que asevera más arriba: En cambio, si el grano hubiere muerto, produce mucho fruto. Verdaderamente, ¿a qué otra cosa llama elevación suya, sino al padecimiento en la cruz? No calló esto el evangelista mismo, pues añadió y aseveró: Ahora bien, decía esto para indicar de qué muerte iba a morir.

Les dijo, pues, Jesús: Aún un poco está la luz entre vosotros. A eso se debe que entendáis que el Mesías permanece eternamente. Caminad, pues, mientras tenéis la luz, para que las tinieblas no os apresenCaminad, acercaos, entended que Cristo entero va a morir, a vivir eternamente, a derramar su sangre para redimiros y a ascender a las alturas para conduciros allí. En cambio, las tinieblas os apresarán, si creyereis la eternidad de Cristo de forma que neguéis en él la humillación de la muerte. Y quien camina en las tinieblas desconoce a dónde va. Así puede tropezar en la piedra de tropiezo y en la roca de traspiés, cosa que el Señor fue para los judíos ciegos, como para los creyentes llegó a ser cabeza de ángulo la piedra que desecharon los constructores. Se desdeñaron de creer en Cristo, precisamente porque su impiedad lo despreció muerto, se rió de él, asesinado, mas esa misma muerte era la del grano que había de multiplicarse, y la elevación de quien arrastra tras de sí todoMientras tenéis la luz, afirma, creed en la luz para que seáis hijos de luz. Porque tenéis oído algo verdadero, creed en la Verdad para que renazcáis en la Verdad. (Tratado 52).

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