Nuestra vida

Las monjas cistercienses son llamadas por Dios a seguir a Cristo por el camino del Evangelio, interpretado por la Regla de San Benito y la tradición de Císter. Cada persona, según la gracia recibida, se deja formar por el amor de Dios en una comunidad que el Señor ha reunido para hacerse presente en ella de forma particular. 

Nuestra Orden es un Instituto monástico íntegramente ordenado a la contemplación. Por eso las monjas se dedican al culto divino según la Regla de San Benito dentro del recinto del monasterio. En soledad y silencio, en oración constante y gozosa penitencia, ofrecen a la divina majestad un servicio, humilde y digno a la vez, observando la vida monástica según se determina en las Constituciones.

La entrada en el monasterio es un momento decisivo en la historia de quien ha escuchado ya la llamada del amor eterno de Dios.

El compromiso del Bautismo adquiere un nuevo sentido, y desde ese momento el itinerario monástico se orienta a la transformación progresiva de la persona a semejanza de Cristo, mediante la acción del Espíritu Santo.

Cada comunidad, como Escuela del servicio del Señor, está llamada a conservar y transmitir el patrimonio y el genuino carisma cisterciense a quienes entran en ella; ha de prestar atención a las inspiraciones del Espíritu Santo en el corazón de cada persona y a su necesidad de curación espiritual.

  Las monjas, en esta escuela de caridad, progresan en la humildad y conocimiento de sí mismas, y aprenden a amar a través del descubrimiento de la misericordia entrañable de Dios en sus vidas.

Al desprenderse gradualmente de falsas seguridades, crecen en la obediencia filial a Dios y corren, con el corazón ensanchado, por los caminos del servicio del Señor.

Cada monasterio es figura del misterio de la Iglesia:

  La vida en el monasterio nos lleva a experimentar cómo Jesucristo ha vencido la muerte con su muerte y resurrección y a vivir de su Espíritu, Espíritu de vida, fuente de agua que salta hasta la vida eterna.

 A través de nuestra vida entera deseamos responsabilizarnos con la misión que la Iglesia nos confía: dar claramente testimonio de la mansión que espera a todo hombre en los cielos y mantener vivo en medio de la familia humana el deseo de esta mansión, rindiendo testimonio a la majestad y al amor de Dios y también a la fraternidad de todos los hombres en Cristo.

Todas las iglesias de la Orden y todos los monjes y monjas están consagrados a la Bienaventurada Virgen María, Reina del Cister. Ella nos ayuda con su solicitud maternal, nos educa en la confianza y el abandono.

Las monjas siempre deben tener presente en sus corazones a la Virgen María, Asunta al cielo, vida, dulzura y esperanza del que peregrina en la tierra.(Constituciones Cistercienses).

Nuestra vida está enteramente orientada hacia la experiencia del Dios vivo.(Capítulo General 1969, Declaración de la Vida Cisterciense).

“Pero, ¿qué decimos cuando hablamos de la experiencia del Dios vivo?. Los cistercienses de hoy estamos de acuerdo en que la experiencia es una noción fundamental en la doctrina de los primeros Padres de Cister. La razón de esto es muy sencilla: Toda nuestra espiritualidad está basada en el amor.

Con frecuencia, nuestros autores espirituales nos invitan a la experiencia:

“Pero hay un cántico que por su singular sublimidad y dulzura supera justificadamente a todos los que hemos mencionado y a cualquier otro, lo llamaría con todo derecho: Cantar de los Cantares(…). Se trata de un Cantar que sólo puede enseñarlo la unción y sólo puede aprenderlo la experiencia. El que goce de esta experiencia, lo identificará enseguida. El que no la tenga, que arda en deseos de poseerla, y no tanto para conocerla como para experimentarla.”(San Bernardo,SC1:11)
Y no sólo nos invitan, hasta nos enseñan a orar pidiendo la gracia de experimentar hondamente el misterio del amor.
“Suene, pues, oh Jesús, tu voz en mis oídos, para que mi corazón aprenda a amarte, para que te ame mi mente, para que te amen las mismas entrañas de mi alma. Adhiérase a ti en apretado abrazo lo más íntimo de mi corazón; a ti, mi único y sólo verdadero bien, mi dulce y deleitable alegría(…)Te suplico, Señor, que descienda a mi alma una partecita siquiera de esa tu gran suavidad, para que con ella se torne dulce el pan de su desolada amargura. Guste de antemano algún pequeño sorbo de aquello que anhela, de aquello que ansía, de aquello por lo que suspira en esta su peregrinación. Pruébelo para que le dé hambre; bébalo para que de ello sienta sed, pues los que te coman tendrán más hambre y los que te beban tendrán más sed”.( S. Elredo, Espejo de la caridad,I,1:2-3)

(D.Bernardo Olivera, anterior Abad General I Congreso sobre Mística Cisterciense. Ávila, 9-12 de octubre 1998).

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